Mi irresistible enemigo Capítulo 46
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Capítulo 46

Luna

Me encontraba en la terraza de la habitación con el portátil abierto sobre las rodillas, intentando escribir. Habían pasado como dos horas desde que pedí un café frío al servicio de habitaciones y me senté en la hamaca a darle a las teclas.

El cursor parpadeaba en la pantalla en blanco como si se estuviera riendo de mí. Llevaba casi una hora mirándolo y no había conseguido escribir ni una sola frase que mereciera la pena. Tenía la cabeza demasiado llena de dudas, preguntas y reproches.

La noche anterior seguía pegada a mi piel: el olor de Marlon en las sábanas, la forma en que me había abrazado mientras lloraba, esa frase estúpida que se me había escapado y que ahora me daba una vergüenza absurda.

Me haces sentir tan real.

Solo a mí se me ocurría soltar eso después de un polvo glorioso.

Resoplé y me pasé las manos por la cara. Concentrarme en escribir ese maldito libro resultó imposible. Cada vez que intentaba centrarme en la historia, mi mente volvía a la noche de disfraces, a sus besos y caricias… y a lo aterrador que resultaba no odiarlo del todo.

Esto es una mierda, pensé, bajando la tapa del portátil con fuerza.

Escuché un par de risas femeninas a lo lejos y alcé la cabeza, curiosa, solo para percatarme de que mis vecinas también habían madrugado.

A dos terrazas de distancia, Daphne y Martha estaban tumbadas en las tumbonas, riéndose de algo que yo no podía oír. Martha le estaba pasando crema por la espalda a Daphne con una naturalidad casi doméstica. Se veían tan bien juntas. Tan felices.

¿Por qué no darían el paso para ser algo más que follamigas? Si hacían una pareja preciosa.

Una notificación en el móvil me sacó de mis pensamientos.

Nico solo me mandó un mensaje de auxilio y yo respondí que estaría en el bar del resort en diez minutos.

Prefería mil veces pelearme con él que con Marlon.

Al menos mi mejor amigo no me hacía sentir tonta por desear al hombre más irritable y vengativo del planeta.

Media hora después estaba sentada con Nico en una de las mesas exteriores del bar del resort, con un café con hielo delante y las gafas de sol puestas, aunque el día estuviera nublado. Él tenía ojeras profundas y el ceño permanentemente fruncido.

—¿Tan mal está Angy? —pregunté con genuina preocupación.

Aunque ella fue cruel la noche anterior, no le guardaba rencor. Suponía que Angy solo buscaba cómo proteger a su hermano. Pese a que ella sabía, en gran medida, lo que de verdad pasó con la entrevista que nos convirtió a Marlon y a mí en enemigos mortales.

Nunca mentí al respecto. No tenía por qué. Yo no hice nada malo, pero si ella ya empezaba a dudar, es porque nunca confió en mí del todo. Y eso me dolía.

—Ha dormido regular —reconoció mi amigo, bebiéndose la mitad de su café casi de un trago—. El dolor y el disgusto… ya sabes. Por suerte, hoy ha venido su madre y se ha quedado haciéndole compañía.

—Eso está muy bien.

Odiaba a esa señora, pero no diría nada feo de ella delante de Nico.

—Es una tortura —Nico se presionó el tabique nasal con ambos dedos—. Ya de buena mañana ha venido quejándose.

Guau. Así que no solo molestaba a su hijo, sino que también le quedaba energía con la que poner en jaque a su yerno.

—¿Te está culpando de lo ocurrido?

—Claro que sí. ¿Qué esperabas? Según ella, fue culpa mía por permitir que Angy usara tacones altos cuando nunca se le ha dado bien caminar con ellos. ¿Quién se cree que soy?, ¿el dueño de mi mujer? ¿Que debo prohibirle que haga lo que le dé la gana?

—Mi suegra casi anula la boda —soltó de golpe, sin preámbulos.

Me atraganté un poco con el café.

—¿Qué? ¿Por qué coño haría algo así? Ni siquiera es ella la que se va a casar.

—Pero es la que puso parte del dinero. Me jode admitirlo, pero parte de lo que estamos viviendo ha sido posible por el cheque que nos cedió.

—Eso tampoco le da derecho a hacer y deshacer a su antojo, insisto. No es su boda —recalqué—. Y si la condición para prestaros el dinero era esta, que se lo hubiese quedado.

Nico apretó los labios, asintiendo.

—Angy y yo le hemos dejado las cosas claras.

Al final lo solucionamos a base de cesiones ridículas, pero joder, Luna.

Estoy harto. Llevo semanas aguantando sus comentarios pasivo-agresivos, sus exigencias y sus miradas de desaprobación cada vez que abro la boca.

Y ahora vamos a ser familia. ¿Cómo se supone que convivo con alguien que me cae tan mal?

¿Que me hace sentir pequeño cada vez que está cerca?

No puse en duda nada de lo que contaba mi amigo por dos razones: él no era ningún mentiroso y yo misma había vivido en mis propias carnes el desdén de Nicoletta Jones.

Ella manejaba a sus hijos a su antojo, y me provocaba cierto placer darme cuenta de que ninguno de ellos se dejaba mangonear del todo.

Poniéndola en su sitio, a ver si así aprendía a respetar la vida de los demás.

—No tienes por qué caerle bien —le dije con suavidad, aun así.

Tratando de no echar más leña al fuego—.

Ni ella a ti. Cada persona es un mundo, Nico.

No hace falta que os convirtáis en mejores amigos ni que finjáis una relación perfecta delante de todo el mundo.

Mientras la respetes, pongas límites claros y la mantengas a una distancia razonable…

todo debería ir bien. No estás obligado a quererla.

Solo a no dejar que te amargue el día a día.

Ni la boda. Ni los años que vengan después.

Él me miró con una mezcla de alivio y agotamiento. Después soltó el aire y se pasó una mano por el pelo, despeinándose todavía más.

—Gracias. Necesitaba oír eso de alguien que no estuviera dentro del lío familiar. Todo el mundo me dice que “con el tiempo se suavizará” o que “es normal, es tu suegra”. Pero nadie me dice que está bien no soportarla.

—Si ya cuesta soportar a la familia de sangre, que muchas veces son un coñazo, imagina a la familia política. No quiero caer en el cliché de criticas a las suegras, porque seguro que las hay maravillosas… Pero a ti te ha tocado la arpía.

—Es una bruja —confirmó él.

—Exacto. Por lo menos ya sabes que no es bueno fiarse de ella ni tenerla cerca, y mucho menos aceptar su dinero. Si tienes que casarte en calzoncillos, tanto mejor; pero te ahorras sus tonterías.

—Tendría que haberme imaginado que esto pasaría. Nicoletta es… especialista en quejarse de todo. Nunca está contenta con nada.

—Pues vaya mierda de vida que tiene.

Le di otro sorbo a mi té helado, sin quitarle ojo de encima a Nico. Él, que rara vez se quejaba o estaba de mal humor, esta mañana se veía derrotado. Realmente cansado de aguantar dramas y quejas de todos a su alrededor.

—Menos mal que nos vamos dos semanas de luna de miel y la perderé de vista.

—Qué envidia.

Nico escondió una sonrisa. Su pelo oscuro había quedado muy desordenado de tantas veces que se pasó la mano por él, y yo le ayudé a peinarse como si fuera mi hijo en su primer día del colegio.

—Mucho mejor. Que ibas hecho un espantapájaros.

—Y hablando de cosas sórdidas… ¿Qué tal con Marlon?

Uf. Tocada y hundida.

Le conté por encima todo lo ocurrido entre nosotros —obviando la charla entre Angy y su hermano—, y cómo me sentía respecto a él. El cacao mental que me acompañaba desde que todos me recordaban, una y otra vez, lo mal que estaba caer en la tentación con un hombre como Marlon.

—Ayer me pasé contigo y lo siento. Me faltó empatía a la hora de abordar el tema.

Sacudí la cabeza, negando.

—Está bien. Hiciste lo que cualquier buen amigo haría: ser sincero.

—Ya. Pero te hice sentir mal, y no era mi intención. —Pausa—. En realidad… no creo que sea tan malo. Claro que me cogió por sorpresa todo, y reaccioné mal, pero porque no quiero que te vuelva a hacer daño. Sigue siendo el mismo de siempre.

—No se me ha olvidado —aseguré, con un nudo en la garganta—. Creo que esto solo es una tregua frágil y breve que se acabará en unos días, cuando pases por el altar. Y luego no nos volveremos a ver nunca más.

Hablarlo en voz alta dolía más que pensarlo.

Acallé a la vocecita que me exigía que contase también el miedo que me provocaba perderle de vista después de descubrir que no era tan mal hombre como pensaba.

Que bajo aquella fachada de arrogante ejecutivo se escondía un hombre divertido, fogoso y maduro.

No necesitaba hablar de eso. De amor. O de cariño. O como coño se llamara el sentimiento que bailaba en mi pecho cada vez que lo tenía cerca.

—¿Estás segura de que no te importa?

—Por supuesto —sonreí y le guiñé un ojo—. En unas semanas estaré liándome con otro en una discoteca, y mucho más sexy que Marlon Jones. ¿O no me conoces ya?

Nico me lanzó una mirada que venía a decir «precisamente porque te conozco es que estoy preocupado por ti», pero no dijo nada… y yo se lo agradecí.

—Anda, vamos a por algo de comer al buffet. Antes estaban friendo beicon y tenía una pinta estupenda —dije, frotándome la panza.

Mi amigo asintió y nos levantamos a la vez. Fue un momento extraño, pero antes de que ninguno dijese nada, nos acercamos y nos dimos un abrazo. Y con eso me sentí mucho mejor.