Capítulo 45
Marlon
Llegué tarde a la habitación porque Angy no me permitió irme hasta que le prometí que dejaría de liarme con Luna.
Lo que ella no sabía es que no pensaba hacer lo que me dijese.
Quería a Angy, por supuesto, pero no era mi dueña.
Ni mi protectora. Si a ella nadie le impedía casarse y ser feliz, ¿por qué pensaba que podía hacerlo con los demás?
La puerta se cerró a mis espaldas con un clic suave. La luz estaba apagada, y no me sorprendió demasiado. Luna solía dormir pronto.
Solo entraba un poco de claridad plateada por la ventana entreabierta, suficiente para dibujar la silueta de Luna en la cama.
Estaba de espaldas, hecha un ovillo bajo la sábana blanca.
Respiraba despacio, demasiado regular para estar dormida.
La conocía demasiado bien ya, aunque no quisiera admitirlo.
Me quité la camisa en silencio y la dejé caer sobre la silla. El colchón se hundió cuando me senté en el borde. Ella se tensó al instante. Un pequeño movimiento de hombros que lo delató todo.
—Sé que estás despierta —dije en voz baja—. ¿No quieres hablar conmigo porque nuestra noche divertida se ha transformado en… esto?
El silencio se alargó varios segundos. Casi pensé que no me respondería en ningún momento.
—No deberíamos seguir perdiendo el tiempo, Marlon. Ni tú ni yo somos amigos, y jamás lo seremos.
Sentí cómo se me cerraba el pecho.
—¿Otra vez con eso? Pensaba que ya se te había pasado la tont… —carraspeé, no queriendo herir sus sentimientos—. ¿No te dejé claro hoy que eso no me importa?
—Siempre vamos a ser enemigos —continuó, sin girarse todavía e ignorando mis palabras—.
Da igual lo que pase entre nosotros. Da igual lo bien que se sienta cuando me tocas…
o cuando me miras como si fuera la mujer más bonita del mundo.
Al final siempre vamos a volver al mismo sitio.
Tú y yo. Enemigos. Como siempre hemos sido.
Me pasé una mano por la cara. Estaba agotado. Agotado de pelear, de fingir, de cargar con todo lo que había entre nosotros desde hacía años.
Sí, la odiaba. Pero también la deseaba. Y me gustaba pasar tiempo con ella, conocerla a fondo y ver cómo se le achicaban los ojos cuando reía a carcajadas. Contra todo pronóstico, Luna me parecía una mujer increíble. Nada que ver con la imagen que tenía de ella una semana atrás.
—¿Eso es lo que sientes de verdad? —pregunté, y odié lo vulnerable que sonó mi voz.
En raras ocasiones abría mi corazón o preguntaba a los demás qué sentían. Y no porque me creyera superior al resto, sino porque se me daba como el culo hablar de sentimientos.
Ella tardó en responder.
—No lo sé… Está todo tan confuso. No sé qué siento. No sé ni quién soy cuando estoy contigo. A veces te odio tanto que me duele el pecho… y otras veces solo quiero que me abraces y no me sueltes nunca. Y eso me asusta. Me asusta muchísimo, Marlon.
Asentí en la oscuridad, aunque ella no pudiera verme.
—Para mí también —reconocí, y por primera vez no intenté disfrazarlo con bromas pesadas—. Todo es un puto lío. Llevo años sabiendo exactamente qué sentir por ti. Rabia. Desprecio. La necesidad de mantenerme alejado. Y de repente… de repente no sé ni qué coño estoy haciendo.
»El deseo me ciega cuando estoy a tu lado, chica medusa. Ya sea porque eres un poco bruja o porque no te pareces en nada al monstruo que pensaba que eras, no consigo sacarte de mi cabeza. Y a ratos me descubro deseando hacer cualquier cosa con tal de que no dejes de reír.
Luna no dijo nada ni se movió. Quizás me estaba castigando con su indiferencia, o no quería que viese su cara de cabreo. Lo respeté en todo momento.
Pero, cuando creí que ya no me hablaría más, ella se dio la vuelta y me miró con una expresión que me dejó con el corazón colgando de las manos.
La luz de la luna le iluminó la cara cuando se sentó sobre el colchón.
Tenía los ojos hinchados y brillantes, como si hubiera estado aguantándose las ganas de llorar durante horas.
Me miró y algo dentro de mí se quebró del todo.
Ya no quedaba nada de esa armadura que había construido alrededor de ella.
Ni odio. Ni rencor. Solo ella.
Vulnerable. Rota. Hermosa de una forma que me dolía.
No pude seguir odiándola. Ni siquiera intentarlo de nuevo. Había perdido, y nunca una derrota me supo tan dulce.
—Luna…
Me incliné hacia ella y la besé. Cuidadoso al principio, como si tuviera miedo de romperla. Ella respondió al instante, pero al segundo se le quebró la respiración y empezó a sollozar contra mi boca. Las lágrimas le resbalaron por las mejillas y me mojaron los labios. Yo no me aparté.
—Lo siento —murmuró contra mi boca, con la voz hecha trizas—. Soy un poco llorona… no puedo evitarlo. Siempre he sido así. Cuando siento demasiado, se me sale por los ojos. S-Supongo que no tiene sentido cambiar a estas alturas.
—No te disculpes —le dije, acariciándole el pelo con suavidad—. Nunca te disculpes por eso.
La atraje contra mi pecho y la envolví con ambos brazos. Ella se acurrucó de inmediato, escondiendo la cara en el hueco de mi cuello, todavía llorando bajito. Yo le acaricié el pelo una y otra vez, despacio, dejando que los sollozos se fueran calmando a su ritmo.
—No sé cómo seguir odiándote, Marlon. Esa es la verdad. —Sorbió por la nariz—. Antes me has preguntado si realmente me sentía así, pero no es cierto. No te odio.
Yo tampoco. El pensamiento me golpeó con tanta fuerza que, durante una fracción de segundo, solo atiné a respirar. A mantener mis pulmones y mi corazón en funcionamiento. Luego sentí que las manos me temblaban a su espalda. Luna debió sentirlo, porque me besó a la altura del hombro.
—Es que este día ha sido muy largo, con muchas cosas… y siento que no puedo más. Tengo la cabeza a punto de explotar.
—Descansa, entonces. No hay necesidad de hablar de esto ahora. Aún tenemos tiempo —mentí a medias.
Ella suspiró, y su cuerpo se relajó contra el mío. La obligué a tumbarse sobre el colchón, sin soltarla. En pocos minutos, su respiración se volvió regular, y supe que se había dormido porque mis manos bajaron hasta su cintura y ella no pegó ningún brinco.
Yo me quedé allí, despierto, mirando el techo y sintiendo el peso de su cuerpo contra el mío.
¿En qué momento el odio se había transformado en algo más aterrador como… el cariño?