Capítulo 42
Luna
Daphne apareció en mi habitación dos horas antes con una bolsa llena de disfraces, una botella de champán y una sonrisa que prometía problemas. Su follamiga, Marta, venía detrás con una peluca rubia y unos tacones de plataforma que parecían armas de destrucción masiva.
—¿Estás lista? —preguntó Daphne, dejando la bolsa sobre la cama.
—Más o menos.
—No me digas que no tienes disfraz.
—Sí tengo. —Abrí el armario y saqué una caja—. Pero no sé si es adecuado.
—¿Adecuado para qué? Es una fiesta de disfraces. Nada es adecuado.
Abrí la caja y saqué mi disfraz. Era de gata negra. Un mono ajustado de terciopelo, orejas de felpa y una cola larga que se ataba a la cintura. Lo había comprado meses atrás para una fiesta de Halloween. Nunca lo había usado.
—Perfecto —dijo Daphne, y sus ojos brillaron—. Te va a quedar increíble. Si esta noche no ligas con algún tío, me voy a ofender y todo. Porque ninguno te va a quitar la mirada de encima.
—Qué exagerada eres —puse los ojos en blanco—. No tengo intención de liarme con ningún tío.
Aún sentía el eco de los besos y las caricias de Marlon sobre mi piel. Tendría que haber sido sincera y confesarle a mi amiga que me lo había tirado —dos veces—, y que me había encantado. Pero una parte de mí quería aferrarse a ese secreto un poco más.
Me cambié en el baño, sintiendo cómo el terciopelo se adhería a mi cuerpo como una segunda piel. El mono era más ajustado de lo que recordaba, y el escote en V dejaba poco a la imaginación. Me pinté unos labios rojos, me puse las orejas y la cola, y salí al dormitorio.
Daphne y Marta se quedaron mirándome con los ojos abiertos de par en par.
—Dios mío —dijo Daphne—. Estás espectacular.
—¿Tú crees? Es que me da la impresión de que este mono me hace un culo enorme —me quejé.
—Pero qué dices —se burló mi amiga, acercándose con un bote de purpurina en spray—. Si estás cañón. ¿A que sí, Martha?
—Pues claro —la aludida me guiñó un ojo.
Daphne llevaba un disfraz de conejita, y Marta uno de policía. Las tres juntas parecíamos un anuncio de lencería, pero no me importaba. Era la despedida de soltero de Nico, y quería divertirme.
Mi amiga me espolvoreó un poco de purpurina plateada sobre el escote. De pronto parecía alguien de la familia Cullen disfrazada.
—Vamos —dije, cogiendo mi bolso—. Que la noche es joven.
La discoteca del resort estaba llena cuando llegamos. Las luces de colores parpadeaban al ritmo de la música, y la pista de baile estaba abarrotada de invitados con disfraces de todo tipo.
Vi a Nico con su atuendo de Indiana Jones, a Angy con un vestido de los años veinte, y a la abuela Sofía con un casco de astronauta que le cubría toda la cabeza.
—¡Luna! —gritó Nico cuando me vio—. ¡Estás increíble!
Sonreí un poco aliviada. Durante unas horas me había aterrado la posibilidad de que Nico me odiase después de lo ocurrido. No quería estropear su boda con mis dramas con Marlon. Pero él vino y me abrazó, y todo pareció estar bien.
—Tú también. ¿Dónde te has dejado el látigo?
—En la habitación, para luego —se cachondeó él entre risas.
—¡Ven a bailar! —exclamó Angy, igual de ilusionada que su futuro marido.
Me arrastró a la pista de baile, y por un momento, todo lo demás desapareció. La música, las risas, los amigos. Bailé con Nico, con Daphne, con Marta, con Angy. Bailé hasta que me dolieron los pies y la tela se me pegó al cuerpo.
Tan distraída como estaba, me costó un poco darme cuenta de que mi irresistible enemigo también se encontraba en la fiesta.
Al otro lado de la pista, apoyado contra la barra y con un vaso en la mano, estaba Marlon.
Llevaba un disfraz de lobo. Un traje gris oscuro con orejas puntiagudas y una cola que le llegaba hasta las rodillas. El traje se le ajustaba al cuerpo como una segunda piel, y sus ojos azules brillaban más que nunca.
Estaba guapísimo.
Maldita sea.
Nuestras miradas se encontraron, y por un momento, el mundo se detuvo. Él esbozó una sonrisa, y yo sentí cómo el corazón me latía con fuerza en el pecho.
Pero no me acerqué.
No podía. No delante de todos. Así que hice lo único que podía hacer: me giré hacia Daphne y seguí bailando.
—¿Estás bien? —preguntó ella, notando mi cambio de humor.
—Sí. —Sonreí, forzando la sonrisa—. Solo quiero divertirme.
—Pues vamos a divertirnos.
Y lo hicimos. Bailamos, reímos, bebimos. La noche pasó en un torbellino de luces y música, y por un momento, conseguí olvidar todo lo que me preocupaba.
Y entonces, el DJ subió al escenario.
—¡Señoras y señores! —gritó—. ¡Es hora de jugar! ¡Verdad o atrevimiento!
La multitud vitoreó, y yo sentí cómo el pánico me recorría el cuerpo.
—No —dije, retrocediendo—. No, no, no. Ni de coña vuelvo a hacer yo el ridículo delante de todos.
—¿Por qué no? —preguntó Daphne, con una sonrisa maliciosa—. Te dejo besarme a mí, si quieres.
—Porque la última vez fue un desastre. Y no voy a besarte, Daphne. Te quiero mucho, pero no eres mi tipo —traté de bromear.
Ella me dio un codazo suave a la altura del esternón.
—Esta vez será diferente.
—No. Ni de coña. —Me giré y caminé hacia la salida—. Voy a tomar el aire. Vuelvo cuando este juego infernal haya terminado.
Salí de la discoteca y el aire fresco de la noche me golpeó el rostro. El sonido de las olas era un susurro constante, y las estrellas brillaban en el cielo como pequeños diamantes. Cuando volviese a San Francisco echaría mucho de menos esos paisajes.
Me apoyé contra la barandilla de la terraza y respiré hondo. El silencio era reconfortante después del ruido de la discoteca.
Solo necesitaba unos minutos a solas antes de regresar a la fiesta y beberme hasta los floreros. Pero de un momento a otro, una mano grande y cálida cubrió mi boca, impidiéndome hablar o chillar; y yo me alerté tanto que hasta los huesos de los hombros me crujieron.
—Te he cazado —susurró una voz en mi oído—. Veo que esta gatita traviesa no conoce los peligros de ir meneando la cola por ahí.
Reconocí la voz al instante. Marlon.
Todo mi cuerpo se relajó de golpe. Si se trataba de él, no tenía nada que temer.
Me giré y allí estaba, con su disfraz de lobo y una sonrisa que me hizo olvidar cómo se respiraba.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, aún temblorosa.
—Buscarte. —Se acercó a mí, y su cuerpo quedó a centímetros del mío—. Te he visto bailar y no he podido evitar fijarme en que esto —agarró la cola de mi disfraz y la frotó entre los dedos— es un arma de destrucción masiva.
—Deja de decir tonterías —tragué saliva con fuerza—. Solo es un disfraz.
—Ya. El problema es que contigo nunca es lo que parece, ni todo es tan sencillo.
Quise preguntarle si era un piropo o una queja, pero Marlon soltó la cola y me cogió del culo, y todas mis neuronas se fueron de huelga a la vez.
—Para ser un lobo, hablas mucho y haces muy poco —balbuceé, sin saber si le estaba provocando o no.
Los ojos azules de Marlon se oscurecieron un poco. Se lo había tomado como un desafío.
—Si esta gatita quiere jugar… ¿quién soy yo para negarme?