Capítulo 41 #2
Marlon besó, mordisqueó, chupó la piel sensible justo debajo de la oreja. Yo eché la cabeza hacia atrás y gemí más alto. El agua salpicaba entre nosotros cada vez que nos movíamos.
—Te estás poniendo muy mojada… —susurró contra mi piel, con una sonrisa que sentí más que vi.
Una de sus manos se deslizó entre nuestros cuerpos. Apartó la tela del bikini y sus dedos encontraron mi coño hinchado y resbaladizo. Me acarició con una lentitud cruel, rodeando el clítoris sin tocarlo del todo, bajando hasta mi entrada y volviendo a subir.
—Marlon… —jadeé—. No me tortures, porfa.
—Dime qué quieres.
—Tócame… como anoche.
Él obedeció. Dos de sus dedos entraron en mí con facilidad y empezaron a moverse en un ritmo profundo y preciso.
Su pulgar se posó sobre mi clítoris y dibujó círculos lentos.
El placer me subió por la columna como una corriente cálida.
Casi abrasadora. Me aferré más a su cuello y moví las caderas contra su mano, buscando ese placer que me recorría de la cabeza a los pies.
—Muy bien… —murmuró él, besándome la mandíbula—. Tan receptiva.
Cuando sintió que estaba cerca, retiró los dedos. Yo solté un quejido de protesta que le hizo reír.
—Paciencia, chica medusa. No querrás que se termine la fiesta antes de que haya empezado, ¿no?
La cara me ardió por completo.
—N-No, claro que no…
—Buena chica —me besó el cuello mientras sus dedos aflojaban el lazo del bikini—. Mira qué pechos más preciosos.
—Las llamaste tetitas —me quejé a pesar de que sus caricias, besos y miradas me tenían sofocadísima.
Marlon se rio suavemente.
—¿De verdad? ¿Seguimos con esas?
—S-Sí. Fuiste un capullo.
—¿Por qué? Tus tetitas son preciosas —aseguró él. Y, como si quisiera convencerme de ello, bajó la cabeza un poco y tomó uno de mis pechos en su boca—. Deliciosas. Perfectas. —Mordió el pezón—. No hay nada de malo con ellas. A mí me la ponen durísima. ¿No te ha quedado claro ya?
No lograba hilar dos frases seguidas sin ponerme a gimotear. La boca de Marlon siguió jugando con mis tetas unos minutos más. Consiguió que mis pezones dolieran de tantos bocados que le dio.
Bajó su bañador lo justo. La cabeza gruesa de su polla rozó mi entrada. Me miró a los ojos mientras empujaba despacio, centímetro a centímetro, hasta enterrarse por completo en mi interior. El estiramiento fue delicioso. Me llenó de una forma que me robó el aliento.
Nos quedamos inmóviles un segundo. Marlon subió a besarme de nuevo en los labios. Sabía a sal. La boca se me irritó un poco por tantos mordiscos húmedos, aunque no me importó.
Después él empezó a moverse. Embestidas lentas, profundas, casi ceremoniosas. Cada vez que entraba hasta el fondo, el agua salpicaba entre nuestros vientres y yo gemía contra su boca.
—Más… —pedí.
Marlon aceleró el ritmo. Sus manos me agarraron con más fuerza y empezó a follarme de verdad.
Duro y constante. El sonido obsceno de nuestros cuerpos chocando bajo el agua se mezclaba con sus jadeos y mis gemidos.
Yo solo podía aferrarme a él y recibir cada embestida con el cuerpo extasiado, sintiendo cómo el placer se acumulaba en mi bajo vientre.
—Mírame —ordenó, sus dedos apretándose en la carne de mis nalgas—. Quiero verte cuando te corras.
Al entreabrir los párpados me encontré con que sus ojos azules estaban casi negros. La mandíbula tensa, al igual que los músculos de su cuello. Y los labios hinchados de tantos besos.
Hermoso y peligroso a partes iguales.
Tan hermoso que parecía irreal.
Aún aferrada a él con brazos y piernas, lo abracé más fuerte por el cuello y lo besé. Si debía morir ese día, que fuese con su boca pegada a la mía. Con su sabor llenándome por dentro y por fuera.
Marlon se movió más fuerte, enterrándose en mí hasta la empuñadura. Se abría paso en mi interior como si quisiera colonizar cada fibra de mi ser. El orgasmo me sacudió justo así; con él follándome sin descanso y abarcando mis piernas y mis nalgas con sus grandes manos.
Me contraje alrededor de él con fuerza, gritando su nombre mientras las olas de placer me sacudían desde el interior de mis muslos hasta mis sienes.
Marlon me folló a través del clímax, más rápido, más profundo, hasta que él también se corrió con un gruñido largo y gutural.
Vaciándose hasta la última gota dentro de mí.
Nos quedamos abrazados, temblando, todavía unidos. El agua nos mecía con suavidad.
Esta era la clase de locura por la que merecía la pena vivir.
—¿Estás bien, chica medusa? —susurró, casi con ternura.
—Mh… —entreabrí los ojos—. Sí. Muy bien.
—¿Ya no te acuerdas de los tiburones?
—Dudo mucho que se acerquen. Al parecer, hay otro depredador por aquí mucho más fiero —respondí con el aliento aún agitado.
Marlon, a modo de castigo, salió de mí y volvió a penetrarme. ¿Todavía seguía duro? Joder.
—Vamos a la arena, chica medusa. Está claro que eres una alumna pésima.
—Pero si no me he hundido.
Él se rio, sacándonos del agua. Solo entonces abandonó mi cuerpo y me ayudó a tumbarle en la arena. Arrodillándose entre mis muslos, me agarró de las caderas y me atrajo hacia él.
—Odio este bikini.
—Pensé que te gustaba.
Él se lamió la palma de la mano y se acarició su polla todavía erecta.
—Precisamente por eso, chica medusa. —Se inclinó sobre mí y alineó su erección con mi entrada—. Porque te queda tan bien que me resulta imposible no odiar la posibilidad de que todos vean el culazo que te hace.
No me dio tiempo a responder nada. Cuando Marlon se enterró en mí de nuevo, lo único que brotó de mis labios fue un gemido que resonó por toda la cala.