Capítulo 41
Luna
Llegamos a una pequeña cala contigua casi sin darnos cuenta. El agua era de un azul más intenso, como si fuera el reflejo del cielo, y no había nadie. Absolutamente nadie. Solo el sonido de las olas rompiendo suave contra las rocas y el calor del sol pegándonos en la piel.
Me dejé caer de espaldas sobre la arena fina y cerré los ojos.
El calor me envolvía como una manta. Por un momento pude fingir que no existía nada más.
Ni Marlon. Ni Sarah. Ni Nico. Ni esa confusión que me estaba comiendo por dentro respecto a los sentimientos que mi irresistible enemigo despertaba en mí.
¿El paraíso se acercaría a esto? ¿O solo era una ilusión frágil de mi mente?
Sentí unos pasos acercándose. Abrí los ojos justo a tiempo para ver cómo Marlon se agachaba a mi lado, sonriendo de medio lado.
En la mano llevaba una flor rosa que había arrancado de los arbustos cercanos.
Sin decir nada, la colocó detrás de mi oreja, enredada en el pelo rubio que tenía recogido en un moño desordenado.
—Te queda bien —murmuró.
Si existía una mujer capaz de resistirse a algo así, me hubiese gustado conocerla. Yo no era, desde luego. En cuanto los dedos de Marlon acariciaron mi pelo, o el contorno de mi oreja, todas mis dudas murieron de golpe y las mariposas alzaron el vuelo dentro de mi pecho.
—Es precioso —dije, señalando la pequeña cala en la que nos encontrábamos—. ¿Cómo lo has encontrado?
—Caminando. —Marlon se sentó a mi lado, con las piernas cruzadas y la mirada perdida en el horizonte—.
Angy me pidió el otro día que buscase una cala donde celebrar un pequeño cóctel antes de la boda, y di con este sitio.
Fui incapaz de contárselo. Pensé que era una pena que la gente ensuciara este lugar.
—¿Y por qué me lo enseñas a mí?
—Porque quería compartirlo contigo.
Las mariposas no volaban en mi pecho, estaban creando huracanes y tifones. ¿Y mi corazón? Nunca había latido tan rápido.
—Gracias —murmuré, incapaz de reprimir una sonrisa tonta.
Lo siento, Nico. No puedo reprimir lo que siento. Castígame mañana por lo que quiero hacer.
—¿Sabes? Deberías aprender a nadar de una vez.
—¿Cómo? —parpadeé, preguntándome si había oído bien.
—A nadar. —Señaló el agua con un gesto de la barbilla—. Es un crimen que vivas una semana entera en una isla y no sepas nadar. Te estás perdiendo uno de los mayores placeres del mundo.
—No necesito aprender a nadar. Mi cabeza cree que hay tiburones en el agua y que me comerán en cualquier momento. Aunque supiera nadar, al nivel de los nadadores de las olimpiadas, no pisaría estas playas ni loca —solté una risa nerviosa.
—Venga, no seas cobarde.
—Que conste que en cualquier otro momento me defendería… Pero sí, soy cobarde en esto. ¡Los tiburones son peligrosos!
—Los hipopótamos matan a más personas al año que los tiburones. No seas dramática. —Puso los ojos en blanco—. No vas a sentirlo. —Marlon dio un paso hacia mí—. Estaré contigo. No te voy a soltar.
Miré la mano que me tendía con una expresión de pánico.
—No… —tragué saliva—. No quiero.
—Te prometo que no te pasará nada.
Quise resistirme, de verdad que sí, pero entonces Marlon se sacó la camiseta por la cabeza y la simple visión de su abdomen lleno de músculos me dejó atontadísima.
—Vale —dije finalmente, agarrando su mano—. Pero si me ahogo, te mato.
Marlon esbozó una sonrisa ladina.
—Trato hecho.
Caminamos hacia el agua, y yo sentí cómo el pánico crecía con cada paso que daba. El sonido de las olas, que antes me relajaba una barbaridad, ahora me parecía amenazador. El agua, que antes me parecía hermosa, ahora me parecía un abismo.
Un abismo lleno de tiburones.
—Vamos a empezar despacio. Solo hasta las rodillas.
—Hasta las rodillas —repetí, temblando como un flan.
—Eso es, chica medusa.
Di un paso hacia el agua, y el frío me golpeó los pies. Otro paso. Otro. El agua me llegó a los tobillos, luego a las pantorrillas, luego a las rodillas… y un poco más allá. Hasta los muslos.
Mierda, iba a colapsar del miedo.
—Muy bien —dijo Marlon, a mi lado—. Ahora, vamos un poco más allá.
—No. No quiero. Esto es… Mira, si un tiburón se acerca, nos costará más esquivarlo.
Marlon deslizó una de sus grandes manos sobre mi cintura, muy cerca de la braguita del bikini. Ese simple contacto me provocó muchísimo calor. Como si sus dedos estuvieran grabándose a fuego en mi piel.
—Solo un poco. Hasta la cintura, chica medusa. Estás conmigo, ¿vale?
—Marlon... Es que esto me aterra —reconocí, mordiéndome el labio inferior con tanta fuerza que fue un milagro que no me hiciera daño.
—Confía en mí.
Y lo hice. Confié en él.
Di otro paso, y el agua me llegó a la cintura. El pánico empezó a subir por mi garganta, y sentí cómo las piernas me temblaban.
—No puedo —murmuré—. No puedo.
—Sí puedes. —Marlon deslizó la mano hasta casi tocarme el culo, y eso me distrajo lo suficiente como para que él me diese un suave empujoncito hacia delante. Sentí la caricia del agua sobre mis pechos, y ahogué un jadeo—. ¿Lo ves? No era tan complicado. Y no te he soltado en ningún momento.
Cerré los ojos y respiré hondo. El sol calentaba mi piel, y el sonido de las olas era un susurro constante en mis oídos. Marlon seguía allí, con sus manos en mis caderas, y su presencia era tan reconfortante que sentí cómo el pánico se aflojaba ligeramente.
—Vale —dije, abriendo los ojos—. Vale.
—Muy bien. —Marlon sonrió—. Ahora, vamos a flotar.
—¿Flotar?
—Sí. Solo tienes que dejarte llevar. Yo te sostengo.
—No puedo.
Qué extraño se sentía repetir todo el tiempo esas palabras, cuando, en mi día a día, siempre me recordaba a mí misma que podía con todo y mucho más.
—Sí puedes. —Me soltó la cadera y puso su mano en mi espalda—. Túmbate. Yo te sostengo.
Que sea lo que tenga que ser. Solo no me ahogues, Poseidón. Tú eres mi dios favorito.
Cerré los ojos y me dejé caer hacia atrás. El agua me envolvió por completo, y por un momento, el pánico volvió con fuerza. Pero entonces sentí las manos de Marlon en mi espalda, firmes y cálidas, y supe que no me iba a soltar.
—Muy bien —dijo con voz suave—. Ahora, mueve los brazos. Despacio.
Obedecí a Marlon solo porque él sabía estar allí sin ahogarse y yo no. Y sorprendentemente funcionó. Conseguí mantenerme a flote con pequeños movimientos de las piernas y de los brazos.
El sentimiento de libertad que me invadió fue tan intenso que casi se me escapó una sonrisita.
Pero la dicha duró apenas unos segundos. De un momento a otro, una ola me golpeó.
El agua me cubrió la cara, y el pánico volvió con una fuerza que me dejó sin aliento. Pataleé, agarrándome a Marlon con todas mis fuerzas, aferrándome a él como un koala.
—¡Marlon! ¡No me sueltes!
—No te suelto. —Sus brazos me rodearon, y su tono escondía un amago de risa—. No te suelto. Estoy aquí, chica medusa.
Me aferré a él, con los brazos alrededor de su cuello y las piernas alrededor de su cintura. Mi corazón latía con fuerza, y mi respiración hacía que mi pecho subiera y bajara a gran velocidad.
—Estás bien. No ha pasado nada.
—Casi me ahogo.
—No. —Me apartó ligeramente, y sus ojos azules se clavaron en los míos. Ya no se veía como un hombre a punto de reírse, sino como uno que buscaba tranquilizarme—. No te has ahogado. Estabas flotando. Y luego ha venido una ola. Nada más.
—Pero...
—Pero nada. —Sonrió, y su sonrisa fue tan cálida que sentí cómo el pánico se aflojaba—. Lo has hecho muy bien.
Mi corazón dio un vuelco absurdo. Se detuvo un segundo y después arrancó otra vez, aún más rápido.
El agua nos rodeaba hasta el pecho. Él seguía sosteniéndome sin esfuerzo, como si mi peso no le importara. Una de sus manos subió por mi espalda, lenta, dibujando círculos con la yema de los dedos sobre mis vértebras. La otra se quedó firmemente apoyada en mi cintura.
—Respira conmigo —murmuró cerca de mi oído—. Inhala… exhala… Muy bien. Qué buena chica, ¿verdad?
Obedecí como una tonta. Era absurdo la facilidad con la que mis murallas se venían abajo cuando Marlon me hablaba de esta forma.
—Así… —susurró—. Ya está.
Sus labios rozaron la comisura de los míos. Apenas un roce. Un coqueteo casi inocente. Me quedé quieta, esperando. Quería más de Marlon. Su boca sobre la mía, como la noche anterior.
Y él debió intuirlo, porque se inclinó y me dio un casto beso en los labios.
—¿Mejor?
Asentí, incapaz de hablar. Él volvió a besarme, pero ahora el beso se alargó. Y fue mucho más intenso que el anterior.
Sus labios se movieron con calma, explorando los míos.
Una invitación Angy a que hiciera lo que me diese la gana.
Los hombres como Marlon no cedían nunca el poder, pero conmigo hizo una excepción y yo no le defraudé.
Entreabrí los labios y permití que ahondase más.
Que me hiciera suya solo con esa boca de pecado.
Su lengua rozó la mía y un escalofrío me recorrió la espalda entera.
Joder, esto se sentía tan bien.
Las manos de Marlon bajaron hasta mi culo y me apretaron contra él. Noté su erección, dura y caliente, empujando contra mi centro a través de la tela empapada. Un gemido bajo se me escapó dentro de su boca.
—Cuidado, Luna… —dijo contra mis labios, con voz ronca—. Si sigues haciendo esos ruidos, me va a costar mucho no pegarte un bocado.
—¿Y si no quiero que vayas despacio? —pregunté, sorprendida de mi propia valentía.
Él soltó una risa baja, oscura.
—Entonces estás jodida, chica medusa. Un tiburón no sé, pero yo… —me mordió con saña el labio inferior. Emití un quejido que él se tragó con un beso corto—. Yo te follaría toda la vida y te marcaría por todos lados.
Hazlo, pensé. Hazlo, joder. No me importa.
Me besó otra vez, esta vez con más hambre. Sus manos se metieron bajo el bikini, acariciándome la piel desnuda del culo, subiendo por mi espalda, bajando otra vez. Cada roce era deliberado, como si estuviera aprendiendo mi cuerpo por primera vez.
Yo me froté contra él sin poder evitarlo, buscando más contacto, más presión.