Mi irresistible enemigo Capítulo 40
67%

Capítulo 40

Marlon

Sarah seguía hablando a mi lado, contándome no sé qué historia sobre una amiga suya que se había casado en Las Vegas, pero yo no podía concentrarme en sus palabras.

Porque Luna estaba allí.

Sentada en la barra, con un mojito a medio terminar y la mirada perdida en el horizonte. Llevaba un vestido de playa de color coral que dejaba sus hombros al descubierto, y el pelo recogido en un moño desordenado del que escapaban algunos mechones rubios.

Estaba hermosa. Maldita sea, siempre estaba hermosa.

Pero no me miraba.

Y me irritaba tanto que no lo hiciera.

—Marlon, ¿me estás escuchando? —preguntó Sarah, y su voz me arrancó de mis pensamientos.

—Lo siento. —Me giré hacia ella, forzando una sonrisa—. Estoy un poco distraído.

—Ya lo veo. —Sarah siguió mi mirada y vio a Luna—. Ah. Ella.

Sí. Ella.

Siempre era Luna, sin importa la situación o el lugar.

Se me había metido bajo la piel como un recuerdo, como un sentimiento cálido y profundo como el océano que nos rodeaba. Y se negaba a salir de allí. De mi cabeza, de mi pecho.

—¿Quieres ir a hablar con ella? —preguntó Sarah, más curiosa que burlona.

—No.

—Marlon. —Sarah me puso una mano en el brazo, tal y como haría Angy de encontrarse allí—. Está claro que hay algo entre vosotros. No soy tonta. Y no me voy a ofender si vas a hablar con ella, ¿sabes?

—Sarah, ya sé que no me vas a montar el pollo. Pero hemos quedado a tomar algo y me parece fuera de lugar dejarte aquí tirada.

Sarah escondió una sonrisa detrás de su vaso, en parte divertida con la situación. No acostumbraba a verme así. Y si era sincero, para mí también era algo nuevo.

—Ve. —Sonrió—. Ya quedaremos en otro momento.

—Vale.

Asentí y me levanté de la silla, sintiendo cómo el corazón me latía con fuerza dentro del pecho. Casi como un tambor de guerra que anunciara el inicio de una batalla. Caminé hacia la barra, con paso decidido, y me senté en el taburete de al lado.

Luna no se giró.

—¿Puedo sentarme? —pregunté, aunque ya estaba sentado.

—Es un país libre.

—Eso dicen. Yo no lo tengo tan claro.

Pedí un whisky con un gesto al camarero y me quedé mirando su perfil. La tensión entre nosotros era palpable, tan densa que casi podía cortarse con un cuchillo.

—¿Qué te pasa? —pregunté finalmente.

—Nada.

—No me lo creo. Eres como un libro abierto, todas tus emociones quedan a la vista. Y ahora estás cabreada por algo.

—Pues es lo que hay.

—Luna. —Me incliné hacia ella—, ¿te has puesto celosa?

Un delicioso rubor rosado se adueñó de sus mejillas. Se veía exquisita.

—¿Celosa? ¿Yo? —bufó—. Ya te gustaría.

—No me has mirado ni una vez desde que te has sentado aquí. Paseas la mirada por el bar con la naricita en alto, igual que una ratita presumida.

—No es cierto.

—Sí lo es. —Hice una pausa—. ¿Qué he hecho? ¿Te ha molestado que te dejase tirada antes y me fuese con mi madre?

Solo lo hice para evitar un enfrentamiento. Me daba dolor de cabeza solo el imaginar la que hubiese liado mi madre si no la acompañaba de compras. Era una mujer muy difícil. Caprichosa, incluso.

La clase de mujer que dejaba a un lado su cortesía y te miraba con desdén durante un buen rato, hasta que no te quedaba de otra que ceder.

—No. Para nada.

—¿Entonces?

—Entonces nada. —Bebió un sorbo de su mojito—. Nos llevamos mal. Nos odiamos. Eso no va a cambiar, ¿sabes? Ya deberías saberlo. Hace unos días estabas de lo más enfadado con mi existencia.

Eso fue antes de conocerte más a fondo , pensé con amargura. No se me olvidaba lo que me hizo. Pero, cuando Luna estaba cerca, mi cabeza se llenaba con su voz y su risa y sus ojos verdes como esmeraldas recién recolectadas. Todo lo demás quedaba en el olvido.

—¿Ah, no?

—No.

—Pues no lo parecía anoche. —Apoyé la mejilla sobre mi mano y la miré fijamente.

Luna jugueteaba con la pajita de su vaso, incapaz de devolverme la mirada—.

Cuando estabas debajo de mí, no parecía que me odiaras demasiado.

Gemías, te retorcías, suplicabas por más…

Pero ni rastro de ese rencor del que hablas.

Luna se giró tan rápido hacia mí que casi se le cayó el mojito. Sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso que se extendió hasta su cuello, y sus ojos verdes brillaron con una mezcla de rabia y vergüenza.

Dios, qué ganas de besarla.

—Marlon —dijo con un graznido—. No puedes decir esas cosas en público. ¡Cualquiera nos puede escuchar!

—¿Y en privado sí?

—Tampoco —ella carraspeó, nerviosa—. No digas nada de eso nunca más.

—Veo que te gusta negar la realidad. Una lástima.

—No es... —Se detuvo, buscando las palabras—. No es que esté negando lo sucedido. Lo que digo es que debemos olvidarnos de eso, ¿ok? Ni tú ni yo seremos colegas, mucho menos amantes.

—¿Y eso quién lo dice, chica medusa?

Luna no respondió. Se giró hacia la barra y bebió otro sorbo de su mojito, pero esta vez no se apartó. Su hombro rozaba el mío, y el contacto era tan cálido que sentí cómo el aire se me escapaba de los pulmones.

—Daphne me ha estropeado el rato de playa —dijo finalmente—. Estaba con su follamiga, tonteando. Y yo... no estaba de humor.

—¿Por eso te has venido aquí?

—Sí.

—¿Y por eso estás bebiendo sola?

—Sí.

—¿Y por eso me esquivas?

—No. Eso es culpa de Nico.

—¿Por qué? ¿Qué te ha dicho?

—Porque... —Suspiró, y su voz tembló ligeramente—.

Él considera que lo que ocurrió anoche entre nosotros es un error.

Nunca nos hemos llevado bien y, hasta hace unas horas, nos odiamos.

Aún lo hacemos, creo —se frotó los labios con las yemas de los dedos, mirándome por fin.

No quedaba ni rastro de la mujer inquieta que había conocido estos días atrás.

Esta Luna era más vulnerable—. C-Creo que cruzamos una línea que no debíamos.

Y no me arrepiento de lo que pasó, p-porque me gustó, pero…

—Te rayas demasiado por todo, chica medusa —la interrumpí. No quería seguir escuchando su discurso, o acabaríamos en el punto de partida. Y necesitaba su ayuda con los japoneses, así que no echaría a perder esta tregua—. Si a ti te gustó y a mí también, ¿qué importa lo demás?

—Estuvo mal.

—Si tan disgustada está por lo que ocurrió anoche, es que no te dejé muy satisfecha, chica medusa. Y eso solo se soluciona repitiéndolo.

Ella, roja como un bogavante, me miró con los ojos muy abiertos y los labios entreabiertos.

—¡Deja de hablar así! ¡Precisamente te estoy diciendo que esto no debería pasar nunca más!

Le di una palmadita en el muslo desnudo. Ella se sobresaltó un poco, mas no se apartó. Y yo me recreé en el tacto de seda de su piel bronceada.

—Vayamos a dar una vuelta, anda. Creo que lo necesitas casi tanto como yo.

—¿Una vuelta? ¿Dónde?

—Ya lo verás —saqué la cartera y pagué las bebidas de ambos—. A menos que seas una cobarde y tengas miedo de que te muerda detrás de la oreja otra vez.

—Serás idiota —bufó. Se bajó del taburete y cogió su bolso—. Muy bien, voy contigo. Pero más te vale que valga la pena.

—Créeme, chica medusa —me incliné hacia ella y le rocé la oreja con los labios, juguetón—. Te va a encantar.