Capítulo 39
Luna
Nico se había ido después de nuestra conversación, con una expresión de decepción que me había roto el corazón. Daphne había aparecido poco después con su follamiga, una chica rubia de piernas largas que se llamaba Martha y que no paraba de reírse de todo lo que Daphne decía.
Y yo estaba allí, tumbada en mi toalla, mirándolas tontear con la envidia carcomiéndome por dentro igual que un veneno letal. Al menos ellas eran felices.
—¿Estás bien? —preguntó Daphne, girándose hacia mí con una sonrisa.
—Sí. —Mentira.
—Estás rara.
—Solo estoy cansada.
—Llevas todo el día cansada. —Se incorporó y me miró con atención—. ¿Qué pasa? ¿Te has vuelto a pelear con Marlon?
No necesariamente. Solo me lo he tirado.
Un rubor intenso me recorrió el rostro de pronto. Lo achaqué al sol que hacía y que nos daba de lleno porque habíamos decidido broncearnos un poco antes de la boda.
—No, no. Es que son muchos eventos juntos y me cuesta dormir.
—Oye, si quieres puedes mudarte a nuestra habitación —sugirió Martha—. A mí no me importa que duermas en el sofá, de verdad.
Lo que le faltaba a mi espalda. Agradecía el gesto, y mucho, pero no cambiaba nada.
Y tampoco quería joderles aquellas vacaciones de ensueño que no repetirían en mucho, mucho tiempo.
Incluso si rompieran en un mes, Daphne se merecía disfrutar de aquella relación no oficial con las mismas ganas que ilusión que las demás.
—No, tranquila. Solo veo a Marlon para dormir, y no es tan malo —murmuré.
Empezaba a agotarme tantas mentiras. No quería engañar a Daphne, pero me faltaban fuerzas para enfrentarme a su mirada crítica y a su sermón. A mi amiga tampoco le sentaría bien lo que hice con Marlon la noche anterior.
—Sabes que, si necesitas cualquier cosa, estamos a tres habitaciones de distancia —dijo mi amiga, sonriendo con dulzura—. Eres bienvenida siempre que quieras.
—Y a cualquier hora —añadió Martha.
—Gracias chicas —rodé sobre mi toalla y me levanté, sacudiéndome la arena de las piernas—. Voy a por algo de beber, que tengo la boca seca.
—Vale, guapa —Daphne me guiñó un ojo.
Me alejé antes de que pudiera decir nada más, sintiendo cómo sus miradas me seguían. Pero no quería quedarme. No quería seguir viéndolas tontear mientras yo me hundía en mis propios pensamientos.
La barra exterior del resort estaba en una pequeña cala apartada, con vistas al mar y una brisa que me acariciaba la piel. Me senté en uno de los taburetes y pedí un mojito, sintiendo cómo el calor del sol me relajaba ligeramente.
No era tan malo disfrutar de un poco de soledad. A mí me encantaba estar sola algunos días. Sin dramas, sin verme obligada a socializar, sin sentir que debía hablar durante horas y horas.
Sorbí el mojito por la pequeña pajita y miré a mi alrededor. Había mucha más gente que días atrás. Era una pasada que una isla tan pequeña, y con tan pocos edificios para visitar, recibiera tantísimas personas cada semana. Claro que la gente pasaba por allí a disfrutar del mar y a descansar.
Escuché una risa ronca y masculina que erizó toda mi piel de golpe. Reconocería esa voz en cualquier lado.
La noche anterior me había estado susurrando todo tipo de guarradas y halagos al oído.
No puede ser.
Marlon y Sarah se encontraban a unas mesas de distancia. Bebían mojitos y hablaban como dos personas que se llevaban muy bien. Ella era guapísima. Nada que envidiar al resto de mortales. Y miraba a Marlon como si deseara hincarle el diente, saborearlo hasta dejarle agotado y sudoroso.
Un pesado nudo se instaló en mi estómago cuando Marlon le rozó el brazo a Sarah y ella sonrió con cierta coquetería. ¿Estarían liados esos dos? Al principio me había parecido que no, y que Marlon no estaba interesado en ella. Pero viéndolos así de juntos… La duda se instaló en mí.
¿Cómo voy a sentir celos por esto? Me he vuelto loca.
No podía estar celosa. No tenía derecho a estarlo. Marlon no era mío. No éramos nada. Solo habíamos pasado una noche juntos. Una noche que no significaba ni cambiaba nada.
Pero entonces, ¿por qué me dolía verlo con Sarah?
¿Por qué me dolía verlo reír con ella, hablar con ella, mirarla como si fuera la única persona en el mundo?
—Aquí tienes —dijo el camarero, dejando el mojito frente a mí. Era el segundo que pedía.
Bebí un sorbo largo, sintiendo cómo el ron y la menta me bajaban por la garganta hasta provocarme una náusea. No quería seguir bebiendo. O más bien no me apetecía ser testigo de cómo Marlon coqueteaba con otra mujer delante de mis narices.
Recordé las palabras de Nico. Él me había insistido muchísimo en que no me olvidase de mi historia con Marlon. De quién era él.
Mi enemigo. Siempre lo sería.
El hombre que me jodió la carrera y los sueños sin que le temblase el pulso. Sería una locura dejarme llevar por el deseo y ese sentimiento extraño que crecía dentro de mí, como un árbol capaz de soportar tormentas y tifones, como si nada.
Que se vaya al infierno , pensé. No me importa en absoluto.