Capítulo 38
Marlon
—Marlon —dijo Sarah en cuanto me vio. Su voz era suave, casi cantarina—. Te he estado buscando.
Me giré y la vi caminar hacia donde me encontraba. Llevaba un vestido blanco que dejaba poco a la imaginación, el pelo rubio suelto sobre los hombros, un pintalabios rojo precioso y una sonrisa que prometía cosas que ya no me interesaban.
—¿Para qué?
—Para invitarte a un mojito. —Señaló la terraza del bar, donde unas mesas de mimbre se asomaban al mar—. Parece que necesitas relajarte.
—No estoy de humor, Sarah.
Había tenido un día de mierda y lo único que me apetecía era meterme en la ducha, cambiarme de ropa y salir a dar una vuelta. Solo. Sin nadie que me calentase más la cabeza o me impidiera seguir buscando una solución con respecto a la amenaza que suponían los japoneses.
Steph y yo intercambiamos mensajes durante horas, y ninguno llegó a una solución viable. ¿Qué más podía pasar? Aparte de que los accionistas adelantaran la reunión, a pesar de la amenaza velada de los abogados, y decidieran poner punto y final a esta situación de mierda.
—Precisamente por eso. —Se acercó a mí y me cogió del brazo—. Vamos. Invito yo.
La dejé hacer. No tenía fuerzas para discutir. Y, en el fondo, un mojito no me vendría mal.
Nos sentamos en una mesa apartada, con vistas al mar, y Sarah pidió dos mojitos. El camarero los trajo rápidamente, y yo bebí un sorbo largo, sintiendo cómo el ron y la menta me bajaban por la garganta y reavivaba esas chipas de mi interior que se había apagado por completo.
—¿Qué te pasa? —preguntó Sarah, agitando la pajita de su vaso con el dedo de forma suave—. Te veo... diferente. Es como si el hombre que conocía se hubiera escondido de todos, y ahora tuviera en frente a uno muy tenso.
—Es una semana complicada. Mi hermana se casa, me han obligado a compartir habitación con una lunática… —encogí los hombros—. Uno intenta sobrellevarlo, pero ya ves que es difícil.
—¿Y la empresa? No te lo tomes a mal, es que escuché a tu madre hablar con tu hermana hace un rato sobre eso. Dijo que todo estaba mal y que tú no hacías nada por solucionarlo.
Gracias, mamá. Está genial que lo exageres todo y, encima, mientas a los demás sobre mí. Bebí otro trago del mojito, disolviendo el nudo que se me formó en la garganta.
—No es nada que no se pueda solucionar —mentí.
Pero Sarah no era ninguna estúpida, y algo debió ver en mi rostro, porque suavizó su expresión y me dio una palmadita en el brazo.
—Venga —siguió jugando con la pajita—, suéltalo. ¿Es una de esas críticas que llueven del cielo y te dejan a la altura del betún? No sería la primera ni la segunda vez que dicen algo malo de ti. Te suele dar igual, Marlon.
—No. Es peor que eso: unos japoneses quieren comprar una parte de las acciones de mi empresa.
Es el primer paso para seguir escalando.
Cada vez harán mejores ofertas y, cuando quiera darme cuenta, me habrán acorralado y me obligarán a venderles lo que queda de la empresa.
—Hablar de eso me provocaba tal furia que empecé a ver rojo—.
Steph y yo estamos tratando de ganar tiempo mientras buscamos una solución.
Sarah no trabajaba en el sector y no sabría ayudarnos, pero me sentó bien desahogarme con ella. No me miró como si me juzgara. Todo lo contrario, se mostró igual de molesta que yo por los acontecimientos.
—¿Y por qué no le pides ayuda a Luna?
El nombre me golpeó como una bofetada.
—¿A Luna? Dices… ¿Luna Rivera? —pregunté, y soné como un estúpido.
—Sí. —Sarah se encogió de hombros—. Es periodista. Y, por lo que he oído, bastante buena. Si alguien puede encontrar información sobre los japoneses, sobre sus puntos débiles, sobre sus negociaciones... esa es ella. Y tú sabes que ella es capaz de todo por rascar hasta debajo de las piedras.
Me quedé en silencio. Porque, en el fondo, tenía razón.
Luna era periodista. Y no una periodista cualquiera.
Ella había sido capaz de encontrar información sobre mí que nadie más había encontrado en los años previos a la salida de su entrevista.
Destapó la triste historia que sacudió a mi abuelo, la figura paterna que me enseñó todo junto a mi padrastro, y dejó mi apellido y mis logros a la altura del fango.
Recordarlo me provocó un retortijón tan desagradable que estuve a punto de vomitar sobre la mesa.
En los últimos dos años tuve que hacer un esfuerzo titánico por olvidar cada palabra que Luna escupió sobre las páginas del periódico. Toda la crítica que cayó sobre mí y las consecuencias que le siguieron.
¿Cómo se me había olvidado todo eso? ¿Cómo había pasado página tan pronto?
—Joder —murmuré—. Mierda.
Sarah arqueó una de sus cejas rubias.
—¿Qué pasa?
—Nada. —Bebí otro sorbo—. Solo que... tienes razón.
—Claro que tengo razón. —Sarah sonrió con cierta vanidad—. Soy una mujer muy lista.
—Modesta, también.
—La modestia está sobrevalorada. Para ser alguien en la vida, hay que ser inteligente y avispado.
Si no, estás acabado. Y lo cierto es que investigué un poco a esa tal Luna hace unos días —como la miré totalmente sorprendido, ella se echó el pelo hacia atrás en un gesto muy teatral y añadió—: ¿Qué?
Me rechazaste tan brutalmente por ella que no fui capaz de sacármela de la cabeza, así que la busqué en internet.
—¿Y te gustó lo que leíste sobre ella?
—Bastante. Tendría que dedicarse a escribir un blog propio o un libro. Tiene talento de sobra como para desperdiciarlo en la revista en la que está ahora. Y no me mires así —añadió, burlona—. Puede que se comportara mal contigo en el pasado, pero una cosa no quita la otra.
—Cualquiera diría que intentas lanzarme a los lobos al sugerirme que le pida ayuda con mi empresa.
Sarah le dio un sorbito a su mojito y se repasó los labios con la lengua.
—La venganza no está entre las cosas que me hacen feliz, Marlon. Me rechazaste, ya está. No es el fin del mundo —bufó—. Solo creo que cuando hay una situación desesperada, hasta el diablo se puede convertir en tu aliado.
Razón no le faltaba. Solo necesitaba encontrar la manera de convencer a Luna de que me echase un cable durante los próximos días. Y eso sería mucho más difícil.
—Va a ser muy complicado que el diablo colabore conmigo en esta ocasión.
—Oh, vamos, Marlon. Esa mujer está coladita por ti. Es capaz de todo por ti. Y si no lo ves, es porque eres tonto y ciego.
Está coladita por ti.
Esas palabras se repitieron en mi cabeza en bucle durante unos largos minutos. Dudaba bastante que fuera el caso, pero tampoco me molestó descubrir que existía tal posibilidad.
Luna jodió mi vida. Mintió sobre mí. Pero era la única persona capaz de ayudarme a plantarle cara a los japoneses.
¿Y si Sarah tenía razón y debía lanzarme a la piscina? Así estuviera vacía, no importaba. Si no hacía nada, perdería parte de mi empresa, de todos modos.
Mierda, pensé. Tengo que confiar en Luna. Y eso va a estar muy jodido.