Capítulo 37
Luna
—Vinieron otra vez —dijo la abuela de Nico, con los ojos brillantes, en tanto jugueteaba con la cucharilla del café—. Anoche. Los vi desde la ventana. Tenían luces verdes y hacían un ruido como de abejas gigantes. Creo que se sintieron un poco mal porque el otro día no me despedí de ellos…
Sofía, la abuela de Nico, seguía insistiendo en que los extraterrestres eran sus amigos y la adoraban.
Como venía siendo costumbre, no la sacamos de su error.
Los médicos insistían mucho en la importancia de seguirle el juego para que no se diera de bruces con la realidad y, más que ayudarla, empeorásemos la situación.
A veces me provocaba un poco de ternura verla así, agitada como una niña pequeña en la noche de Navidad, hablando de amigos imaginarios y de otro planeta que venían a verla cada pocas semanas.
La mente era capaz de crear tantas cosas buenas y malas…
Solo esperaba que Sofía supiera que, para nosotros, todas sus historias serían reales. Siempre.
—¿Y qué querían? —preguntó Nico, con esa paciencia infinita que siempre mostraba con su abuela.
Ningún otro nieto quería tanto a Sofía como él. Cuidaba de ella como si tuviera miedo de perderla antes de tiempo, o como si le aterrase la idea de que alguien le dijese que nada de lo que contaba era real.
—Querían llevarse a la novia. —La abuela Sofía asintió con solemnidad—. Pero yo les dije que no. Que la boda es pronto y que no pueden secuestrar a nadie antes de la ceremonia. ¡Solo faltaba!
Nico y yo intercambiamos una rápida mirada cargada de diversión.
—Hiciste bien, abuela. —Le dio una palmadita en el brazo.
—Claro que hice bien. —La anciana me miró y sonrió—. Y tú, ¿has visto extraterrestres?
—No, abuela. —Sonreí—. Pero he estado ocupada. El otro día vi a tortuguitas nacer e ir en busca de su mamá. Fue precioso.
Y en parte fue gracias a Marlon. Recordar aquel momento me erizó toda la piel de los brazos y los muslos.
Esa tarde llegué a pensar que alguien nos pillaría y luego nos multarían por estar donde no debíamos.
Ya fuese en China, en Saturno o en las Bahamas, seguía siendo ilegal acercarse tanto a las tortugas salvajes cuando salían del cascarón.
Pero aquella tarde me sentí inmersa en una estampa que jamás se borraría de mi memoria. Cada tortuguita que llegó al agua me dejó el corazón calentito. Y Marlon no dejaba de hacer comentarios jocosos, pero también de asombro.
Él lo hizo aún más especial, si cabía.
Contra todo pronóstico, Marlon Jones no era tan gilipollas como parecía a simple vista.
—¿Con un chico guapo? —Sus ojos brillaron con malicia.
—Por supuesto que no, abuela —sacudí la cabeza, evitando sonrojarme al pensar en Marlon y la noche que nos acostamos—. Es que esta isla es mágica. Siempre hay algo que ver.
La abuela Sofía asintió con satisfacción y volvió a su té, dejándonos a Nico y a mí en un silencio incómodo.
—¿Y bien? —dijo Nico, rompiendo el silencio—. ¿Cómo va lo de Marlon?
Como estaba bebiendo té frío de melocotón, me ahogué en cuanto nombró al hombre de mis pesadillas. Y de mis sueños más húmedos.
—¿Lo de Marlon? —traté de hacerme la tonta—. ¿Qué pasa con él?
—Sí. Lo de Marlon. —Nico apoyó la mejilla sobre su mano, y entrecerró los ojos un poco. Evaluando lo que pasaba por mi cabeza a través de las muecas que hacía—. Llevas días muy rara. No te has vuelto a quejar de él, y eso es extraño de cojones.
—Porque no hemos discutido.
Nico arqueó la ceja, sospechando por fin que algo no iba bien.
—¿En serio? Angy ya cometió el error de meteros a los dos en el mismo cuarto…
—Eso no te lo voy a negar —interrumpí.
—…pero tú pareces encantadísima. Y te recuerdo que Marlon es, a tus ojos, la peor persona del mundo.
—Solo intento mantener la fiesta en paz —remoloneé, porque mentirle a mi mejor amigo se sentía mal.
Como si estuviera cometiendo un pecado capital—.
Encima que no doy problemas, te quejas. ¿En qué quedamos?
¿Prefieres una boda tranquila, o que Marlon vuelva a joder una habitación tras discutir conmigo?
—Me gustaría escuchar la verdad, si te soy sincero.
Apreté los labios. No quería contárselo. No quería admitirlo en voz alta. Pero Nico me conocía demasiado bien, y sabía que no podría ocultarlo mucho tiempo.
—Me lo he tirado —dije finalmente—. Anoche, de hecho.
El silencio que siguió fue tan profundo que pude oír el sonido de las olas a lo lejos. Hasta la abuela Sofía se quedó callada, expectante. Y eso que ella no solía pegar la oreja a nuestras conversaciones.
—¿Qué? —Nico se quedó paralizado, con la taza de té a medio camino de la boca—. ¿Qué has dicho? Es que creo que he escuchado lo que no es.
—Que me lo he tirado. —Bebí un sorbo de mi té helado, intentando parecer despreocupada—. Anoche. En la habitación. Y… estuvo bien. Muy bien.
—¿Te has acostado con Marlon Jones?
—Eso parece, sí. Vamos, yo diría que era él. Hablaba y se veía como él. A menos que se trate de unos de los extraterrestres que visitan a tu abuela haciéndose pasar por tu cuñado, que todo puede ser.
La broma no caló en Nico. Él seguía flipando con las últimas noticias.
—¿El hombre que te arruinó la vida? ¿Ese Marlon?
—Sí.
—¿El que te hizo perder tu trabajo?
—Ajá.
—¿El que te humilló delante de todo el mundo?
—Nico, ya lo sé. No hace falta que me lo recuerdes. Ni todo lo que me hizo. Sí, es ese Marlon. El mismo que comparte ADN con tu futura esposa. Me lo follé y fue genial, y es una puta mierda porque es la última persona que debería haberme dado un orgasmo. Pero aquí estamos.
Nico dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco y se pasó las manos por la cara.
—No puedo creerlo. No me explico cómo demonios te pone cachonda el mismo tío por el que estuviste a punto de largarte de mi boda.
Aunque Nico se enfadaba muy pocas veces en la vida, en ese instante se veía cabreado de verdad.
O más bien ofendido. Y no era para menos.
Unos días atrás le dejé tirado en el resort y me compré un billete, dispuesta a volver a San Francisco y no cruzarme a Marlon, y ahora reconocía que me lo había tirado y me había gustado.
¿Quién me entendía? Si hasta yo misma me causaba un rechazo brutal.
—Yo tampoco me lo creo. Solo… pasó. Hubo mucha química y nos dejamos llevar.
—¿Y se puede saber por qué no pones el grito en el cielo? —Se inclinó hacia mí, y sus ojos oscuros brillaban con una intensidad que no le había visto nunca—. Luna, ese hombre te jodió la vida. Te hizo perder todo. Te humilló. ¿Y ahora te acuestas con él como si nada?
—No es como si nada —traté de defenderme. Pero sabía que no tenía defensa alguna—. Mira, no importa. Fue un desliz. Una tontería. Esta mañana ni hablamos del tema.
Solo desayunamos juntos y luego se largó con su madre, porque seguía siendo un hombre ocupado, y muy fiel a su familia. Yo solo fui su tontería de una noche. Un polvo en el que no pensaría demasiado.
Tomé un sorbo de té en un intento desesperado por calmar el pesado nudo de mi estómago. Decepción y dolor se mezclaron en mi pecho al pensar en cómo Marlon fingiría, a partir de entonces, que no habíamos pasado una noche increíble.
—Esto es surrealista —Nico seguía sin dar crédito a nada de lo que le contaba.
—Pero si fuiste tú quien me obligó a soportarlo. Ahora no me vengas con quejas, que bien que me lo encasquetaste todo lo que pudiste y más.
Nico entrecerró los ojos sobre mí.
—No, no te confundas. Yo te pedí que vinieras y que soportaras esta semana por la amistad que nos une.
Te pedí que no hubiera conflictos. Pero no te exigí que olvidaras lo que pasó y te acostaras con él.
Eso fue cosa tuya. Manda narices que lo digas tan tranquila después de todo el coñazo que has dado durante dos años con lo muchísimo que lo odias.
Como no era mentira, no me defendí de eso. Claro que hablé mal de Marlon durante todo ese tiempo. Él me jodió mi carrera y me puso en la lista negra.
—No me estás escuchando.
—Te estoy escuchando perfectamente. —Su voz temblaba—. Y lo que oigo me da miedo. Porque estás cayendo directamente en su trampa, Luna. Y no quiero que salgas herida.
—No estoy cayendo en ninguna trampa —murmuré—. Marlon no planea nada, que yo sepa. Salvo sobrevivir a los días que quedan aguantándome de compañera de habitación. Nada más.
—¿Ah, no? —Se levantó de la silla, y su figura se recortó contra el atardecer—. ¿Entonces qué? ¿Estás enamorada de él?
Abrí y cerré la boca igual que un pez fuera del agua. No supe qué decir. La respuesta era no, pero una parte de mí, y eso sí que me asustó sobremanera, dudó. Lo hizo durante una fracción de segundo, y me dejó sin aliento.
—No —dije finalmente.
—¿Entonces? ¿Cómo vas a seguir adelante después de lo ocurrido? —el cabreo de Nico se podía hasta oler y paladear—. ¿Qué pasará cuando Angy se entere?
—No lo sé. —Me levanté también, sintiendo cómo la rabia empezaba a hervir en mi pecho—. Pero tampoco hace falta que lo averigüe ahora mismo, ¿no?
—Sí que hace falta, Luna. Oye, te quiero, ¿vale? Y si fuera cualquier otro hombre me daría igual. Pero este es el que te hizo la vida imposible y te jodió, y al que odias. Y cualquier cosa que ocurra entre vosotros siempre nos salpicará a Angy y a mí. No es justo.
—Tampoco lo es que te olvides de lo que yo siento.
Nico se apaciguó un poco.
—Creo que necesitas pensarlo bien y asimilarlo. Marlon no es el hombre con el que puedes liarte como si nada. Él fue una basura contigo. Y me jode admitirlo porque es mi cuñado, y parte de mi futura familia; pero no quita lo mal que se portó. Una cosa es ser cordial, y otra que… que folléis y eso.
Joder, tenía razón. Había olvidado por completo cómo debía actuar frente a mi enemigo. Mi irresistible enemigo.
Marlon no era un hombre al que conocer a fondo y descubrir qué podía ocurrir entre nosotros. Lo mejor sería apartarlo de mi mente, alejarlo de mi cuerpo. Que no tuviera la oportunidad de liarme de nuevo con su labia y su encanto y sus besos tórridos.
—Ya lo sé —me dejé caer en la silla de nuevo, derrotada. Con los hombros hundidos—. Lo sé muy bien. Vaya… mierda.
La abuela Sofía, que había estado en silencio todo este tiempo, nos miró con una expresión que no supe interpretar.
—Los extraterrestres no siempre son lo que parecen —dijo, solemne—. A veces, los que creemos que son monstruos son solo... personas perdidas.
Nico y yo nos miramos, y por un momento, el silencio entre nosotros no se sintió tan tenso.
Pero las palabras de Nico seguían resonando en mi cabeza.
Y yo sabía que tenía razón.
Pero también sabía que no podía dejar de pensar en Marlon.
Y eso, más que cualquier otra cosa, era lo que realmente me asustaba.
—Anda, vamos a dar un paseo. Será lo mejor —dijo Nico, colocándose las gafas de sol—. Creo que todos necesitamos despejar la cabeza.