Mi irresistible enemigo Capítulo 36
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Capítulo 36

Marlon

El centro comercial de la isla era pequeño, con tiendas de lujo que parecían sacadas de una revista y una fuente central que brillaba bajo el sol de la mañana.

Mi madre caminaba a mi lado con paso firme, deteniéndose cada pocos metros para examinar escaparates y hacer comentarios sobre lo que le gustaba y lo que no.

—Demasiado llamativo —dijo, señalando un vestido rojo en un escaparate—. No sé cómo hay gente que se atreve con estos colores. ¿No son conscientes de lo chabacano que queda?

—Es una boda, madre. No un funeral.

—Precisamente por eso. La elegancia no está reñida con la diversión.

Suspiré y metí las manos en los bolsillos. No tenía ganas de discutir. No tenía ganas de nada, en realidad. Solo quería volver al café, sentarme frente a Luna y seguir escuchando su risa.

Pero mi madre no estaba dispuesta a dejarme escapar tan fácilmente.

—¿Has hablado con Steph? —preguntó, deteniéndose frente a una zapatería.

—Sí.

—¿Y?

—Los japoneses están aprovechando mi ausencia para presionar a los otros accionistas y comprar cuanto antes —dije con los dientes apretados. Ese tema aún levantaba ampollas en mi piel de la rabia que me provocaba—. Steph y yo estamos intentando ganar tiempo para no fastidiar la boda de Angy.

Cualquier otra madre habría asentido con compasión, o con entendimiento. Cualquier emoción que dejase entrever que no estaba nada de acuerdo con la situación, pero que agradecía que el día más importante de su hija saliera adelante sin ningún contratiempo.

Mi madre nació con otro gen, al parecer, porque apretó los labios y me lanzó una mirada llena de disgusto que se me clavó en el centro del pecho como cientos de astillas de hielo.

—¿Y qué vas a hacer?

—No lo sé todavía.

—Marlon. —Mi madre se giró hacia mí, y sus ojos azules se clavaron en los míos con una intensidad que me hizo retroceder—.

Esta empresa es tu responsabilidad. Tu padre la dejó en tus manos, y tú la has convertido en lo que es hoy.

No puedes dejar que unos extranjeros te la arrebaten de esta manera. ¿En qué diablos estás pensando?

En no joder a mi familia, por ejemplo.

—No voy a dejar que me la arrebaten, madre. Solo necesito tiempo.

—¿Tiempo? —Su risa amarga me escoció como si me hubieran echado sal en la herida—. El tiempo es un lujo que no tienes. Si no cierras el trato, perderás el capital que necesitas para el nuevo proyecto. Y entonces, ¿qué? ¿Volverás a empezar de cero?

—No voy a empezar de cero. Tenemos una oportunidad de impedir que se haga esa operación, cuando acabe la boda y pueda volver a San Francisco —expliqué con una calma que no se merecía.

—Eso espero. Porque no tienes treinta años, Marlon.

Tienes treinta y cuatro. Y no puedes permitirte el lujo de fracasar a estas alturas.

¡Imagina lo que dirá la prensa de ti si se entera!

Te van a machacar —insistió ella. Chasqueó la lengua con disgusto—.

Por dios, no me puedo creer que hayas permitido que esto llegue tan lejos.

Apreté los dientes. La rabia empezaba a hervir en mi pecho, pero no podía dejar que se notara. No delante de ella.

—Todos los accionistas tienen derecho a vender cuando les plazca.

Está en mi mano intentar que no se haga con el poder de la empresa gente indeseable.

Lo de los japonese es un contratiempo, sí, pero nada que no podamos evitar —repuse.

Un sabor amargo, como metálico, me inundó el paladar—.

Steph y yo evitaremos este desastre, y le haremos una mejor oferta a los accionistas.

—¿Acaso no has tenido tiempo de sobra para evitarlo?

¿En qué has estado ocupado, si puede saberse?

—preguntó ella, cada vez más enfadada conmigo—.

Todo lo que tienes es esta empresa. Sin ella, no serías quien eres hoy día.

Si la gente te respeta es porque has logrado sacar adelante lo que tu padre casi destruye una vez.

Que lo nombrase, y encima para echarle culpas encima, me dolió tanto que me quedé en silencio unos segundos enteros. Procesando sus palabras y evitando cabrearme con mi madre.

Ella no comprendía lo que pasó. Para mi madre, todo lo que hizo mi padre en el pasado estuvo mal porque no le benefició en absoluto a la familia. Pero él nos salvó. Él abrió el camino para que yo siguiera sus pasos y cogiera el relevo de sus más de tres décadas en el sector. Y no salió nada mal.

Lamentablemente, él no logró ver lo que conseguí gracias a sus aprendizajes. Y es una herida que aún tenía abierta.

Rocé con los dedos la muñeca donde solía llevar la pulsera que él me regaló el día que me nombró director de su empresa. Había sido mi amuleto durante años, y ahora pertenecía al mar. Nunca más la recuperaría.

Joder, sentí una presión en el pecho que me dejó noqueado casi por completo. Detestaba que mi madre usara la figura y el recuerdo de mi padre para dejarme mal. Como si fuera ético dañarme así.

Pero en esta ocasión no le pensaba dar el gusto, y por eso precisamente me rasqué el mentón, haciéndome el despistado, y retomé el paso por el pequeño centro comercial de la isla.

—Hay cosas que, por más que te las explique, no lo entenderás, madre —no lo dije para ofenderla, sino para que me dejase en paz—. Agradezco tu preocupación —mentí—, pero todo estará bien.

—Oh, espero que sí. No me gustaría tener que buscar a los mejores abogados del país y ocuparme yo misma. Te aseguro que no te conviene en absoluto.

La seguí en silencio, sintiendo cómo la rabia se mezclaba con la frustración. Respetaba a mi madre por ser una gran mujer, pero, en momentos con este, solo le guardaba un rencor lacerante que me dejaba con ganas de bloquearla de todos lados y no saber de ella en un mes. Como mínimo.

No le respondí más. Estos asuntos no le correspondían a ella, y si me había obligado a acompañarla solo porque quería meter las narices donde no la llamaban, entonces me encargaría de no darle el gusto bajo ningún concepto.

Veinte minutos después, estaba sentado en un sillón de terciopelo mientras mi madre se probaba el quinto par de zapatos.

—Demasiado altos —dijo, caminando frente al espejo—. Quiero algo más cómodo.

—Son perfectos, madre.

—No me digas lo que es perfecto. No tienes ni idea de moda.

Suspiré y miré el teléfono. La pantalla estaba llena de notificaciones que no había leído, y una de ellas me llamó la atención.

**Steph:** Llámame. Es urgente.

—Mierda —murmuré, marcando su número.

—¿Qué pasa? —preguntó mi madre, mirándome a través del reflejo del espejo.

—Nada. Un asunto de trabajo.

Me alejé de allí, para que ella no escuchara nada, y esperé a que mi amigo y socio respondiera.

Steph contestó al segundo tono.

—Marlon, tenemos un problema. —Su voz sonaba tensa, casi nasal—. Los japoneses han acelerado el proceso. Quieren cerrar la venta en dos días o se retiran.

—¿Dos días? Mierda. Sí que quieren hacerse con la empresa a como dé lugar.

Y que yo estuviera fuera de San Francisco les beneficiaba un montón.

—He conseguido un día extra, pero no mucho más. Los abogados están listos para intervenir, Marlon. El problema es que la venta es legal, y no hay motivos de peso ahora mismo para interrumpirla.

Un retortijón me obligó a apoyarme en la pared. Presioné el tabique de mi nariz con los dedos y cerré los ojos con fuerza, pensando en mil soluciones y no llegando a ningún lado.

Todo se estaba saliendo de control. El Marlon que un rato antes habló con tanta seguridad sobre este tema acababa de morir bajo el peso de la realidad.

—Steph… ¿estás seguro de que no podemos hacer nada más?

—No lo creo. Llevo más de treinta horas sin dormir, y no he solucionado nada. Lo siento, tío.

Apreté el puño. La rabia me hervía por dentro, caliente y amarga.

—No es tu culpa. Son esos hijos de puta. Quieren desmantelar mi empresa desde dentro, y están jugando bien sus cartas.

—Entonces, ¿qué hacemos?

—No lo sé. —Cerré los ojos—. Dame unas horas. Necesito pensar.

—Marlon, no tenemos tanto tiempo —insistió mi amigo.

—Confía en mí.

Colgué y guardé el teléfono en el bolsillo. Mi madre seguía frente al espejo, probándose otro par de zapatos, como si el mundo no estuviera derrumbándose a su alrededor.

—¿Problemas? —preguntó, sin girarse.

—Nada que no pueda resolver.

—Eso espero. —Se giró hacia mí, y su expresión era tan fría como siempre—. Porque si la empresa se va al garete, no pienso asumir la responsabilidad.

—Nadie te ha pedido que lo hagas —respondí de mala leche.

Mi madre no dijo nada más, y yo saqué el móvil, me senté en el taburete de terciopelo y empecé a buscar una manera de salir de aquella trampa llena de serpientes antes de que me picase alguna.

Salvaría la empresa a cualquier precio. Y me llevaría por delante a quien hiciera falta.