Mi irresistible enemigo Capítulo 35
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Capítulo 35

Luna

La cafetería era exactamente como Marlon lo había descrito.

Pequeñita, apenas cinco mesas de madera plantadas directamente en la arena, con sombrillas de colores que se mecían con la brisa marina. El olor a café recién hecho se mezclaba con el salitre, y el sonido de las olas era el único acompañamiento musical.

Era el lugar más bonito que había visto en toda la isla.

Y yo estaba allí, sentada frente a Marlon Jones, compartiendo un desayuno como si fuéramos una pareja normal. Como si la noche anterior no hubiera existido. Como si no nos hubiéramos despertado desnudos en la misma cama.

—¿Todo eso te vas a comer? —pregunté al ver el plato que el camarero dejó frente a él.

—¿Te parece mal? —enarcó una ceja—. Hay que alimentar el cuerpo y la mente.

—Pero no metiéndote mil calorías de golpe en el desayuno —me burlé, echando un poco de sirope de arce sobre mis tortitas.

Marlon se había pedido un plato con huevos revueltos, beicon, salchichas, dos tortitas y un par de patatas. Todo muy poco sano. Aunque buena pinta sí que tenía.

En cambio, yo me pedí un café bien cargado y un plato con cuatro tortitas que olían exquisitas.

—Un día es un día. Cuando estoy en San Francisco no suelo desayunar casi nunca. Como mucho, mi secretaria me trae un café.

—Eso tampoco es sano —señalé.

—Si quieres ser productivo en esta vida, debes sacrificar algunas cosas.

—Pues tienes demasiado músculo como para comer como un pajarito.

Se me escapó por completo, y, cuando caí en la cuenta de lo que había dicho, me sonrojé notoriamente.

Marlon escondió una sonrisita.

Sentí cómo mi corazón se aceleraba. Maldita sea. ¿Cómo podía hacer que me sintiera así con solo una sonrisa?

—¿Cómo descubriste este lugar? ¿Te has recorrido la isla entera?

—Eso es imposible. Este lugar es enorme, aunque apenas haya un resort, un centro comercial y poco más. Lo que pasa es que investigué mucho la isla antes de venir —me comentó como si nada—. Quería saber dónde me metía.

En la boca del lobo, como yo. El pensamiento resbaló por mi cabeza, recordándome cuál era nuestra relación de verdad, y por qué no debería estar tan cómoda en su presencia.

—Maníaco del orden, entonces.

Mastiqué despacio las tortitas, mirándolo con curiosidad.

—Exacto. No me gustan las aventuras ni las sorpresas. Prefiero saber a qué atenerme y dónde voy a pasar los próximos días.

—Vaya, entonces no te voy a preguntar si alguna vez te has tirado en paracaídas o has hecho puenting. Está claro que no —me burlé.

—¿Y por qué me preguntarías eso?

—Porque es más interesante que saber cuál es tu color favorito, por ejemplo. Además, ya sé que es el gris.

De pocas miradas había salido escaldada a lo largo de mi vida, pero cuando Marlon me miró, sentí que toda la piel me ardía. Y un extraño relámpago de orgullo me sacudió las entrañas.

—El tuyo es el turquesa.

—Es bonito —encogí un hombro—. Y me queda bien.

—No lo pongo en duda.

Uf. Necesitaba desviar la atención hacia otra cosa, o me pondría a babear por culpa de Marlon y a sentir que me estorbaban las bragas.

Como si el universo estuviera de acuerdo conmigo, una gaviota enorme se lanzó sobre la mesa de al lado y le arrebató el pancake a un hombre que estaba a punto de llevárselo a la boca.

El hombre soltó un grito, la gaviota salió volando con el botín, y yo solté una carcajada tan inesperada que casi me caigo de la silla.

—¡No puede ser! —grité, señalando al hombre que seguía mirando su plato vacío con una expresión de incredulidad—.

¡Le ha robado el pancake! ¿Lo has visto?

Es como en los vídeos esos de TikTok que siempre me trago antes de dormir —seguí carcajeándome—.

Ostras, qué buenas son. Podrían trabajar para la CIA.

—Dudo mucho que la CIA necesite animales como esos entre sus filas. Son incontrolables.

Nos reímos a la vez.

—Esto me recuerda a una historia.

—Espero que antes de ser empresario no te dedicaras a trabajar para la CIA. De verdad que no quiero saberlo —le di un sorbo al café para calmar el ataque de tos posterior a las risas—. Ya es lo que me faltaba: que me persiga la CIA por enterarme de cosas que no sabía.

Marlon me miró como si hubiese perdido un tornillo. O la puta ferretería entera. No lo culpé, claro, pero tampoco era tan descabellado lo que yo decía. Daphne se lio una vez con un agente del FBI y la estuvieron siguiendo casi un año entero después de la ruptura, por si acaso la liaba.

Yo ya me esperaba cualquier cosa.

—Cuando era pequeño, mi padrastro nos llevó a mi hermana y a mí al zoo —empezó a narrar Marlon.

Se notaba que trataba de sonar indiferente a pesar de que había un atisbo de emoción en su voz—.

Yo debía tener unos siete años, y Angy nueve.

Mi padrastro, que era un hombre paciente, nos había comprado sándwiches para comer en el área de picnic.

—¿Y vomitaste o algo así? Bueno, no te preocupes; eso a los críos les pasa mucho.

—Que un pavo real nos robó los sándwiches. —Explicó Marlon—. No uno. Los tres. Saltó sobre la mesa, agarró los sándwiches con su pico y se fue corriendo.

Intenté aguantar la risa metiéndome un trozo de tortita en la boca.

—¿Y vosotros qué hicisteis? —pregunté con la boca medio llena.

—Mi hermana se puso a llorar. Tendrías que haberla visto…

No era normal ese llanto. Le caían las lágrimas a puñados por las mejillas, y a mí me puso muy nervioso.

Yo intenté perseguir al pavo real, pero el bicho corría mucho.

Encima llamó a sus amigos, el hijo de puta —apretó los labios durante unos segundos—.

Apenas unos segundos después, un montón de pavos reales me rodearon y empezaron a rebuscarme entre los bolsillos y las manos, en busca de más comida.

Fue traumático. Y mi padrastro, en lugar de defenderme, se rio.

Se río tanto que se tuvo que sentar en el suelo. Luego nos llevó a comer hamburguesas.

No quise decirlo en voz alta, pero me dio mucha ternura imaginar al Marlon de siete años, tratando de salvar el honor de su hermana mayor a cualquier precio. Como un superhéroe.

—Déjame adivinar… Esta es la típica anécdota familiar que tu hermana recuerda siempre.

—Sí. Cada vez que alguien menciona un pavo real, Angy suelta la historia. "¿Os acordáis de aquel día en el zoo? Marlon persiguiendo a un pájaro que le había robado el sándwich". Es su historia favorita.

—Y la tuya también, estoy segura. Para ella, ese día fuiste su héroe.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque has sonreído cuando me lo contabas. —Lo miré directamente a los ojos—. Se nota que fue un buen recuerdo.

—Supongo que lo fue. —Su voz se suavizó—. Mi padrastro era un buen hombre. No era mi padre biológico, pero nunca me hizo sentir que no lo fuera. Siempre estuvo ahí. Para las risas, para las lágrimas, para todo.

—¿Y qué pasó con él?

Marlon guardó silencio un momento.

—Murió —dijo finalmente, con esa indiferencia que yo ya sabía que era fingida—. Hace años. Un aneurisma. Fue repentino. Un día estaba, y al siguiente ya no.

—Lo siento mucho.

—No hace falta que lo sientas. —Hizo una pausa—. Pero gracias.

El silencio que siguió fue algo incómodo. Me dio un poco de miedo que Marlon pensara que le sonsacaba información para venderla o algo así. Nada más lejos de la realidad, porque no me dedicaba a eso. Nunca había hecho tal cosa.

—Gracias por contármelo —dije finalmente, con un nudo en la garganta—. Echar de menos a las personas que queremos siempre es una mierda. Sobre todo, cuando fueron buenos y amables con nosotros.

A diferencia de otras veces, los ojos azules de Marlon brillaron con agradecimiento.

Tuvo que ser muy duro para él perder a su figura paterna. Aunque yo no me llevaba bien con mis padres, tampoco me llevaba mal. Sin embargo, la ausencia de ambos también me hacía sentir muy sola a veces. Extrañar tiempos pasados, cuando aún nos reuníamos en navidades o en Acción de gracia.

Estaba dispuesta a cambiar de tema, hablar de alguna tontería, cuando una mujer se acercó a nuestra mesa y se nos quedó mirando.

—Marlon, buenos días.

La voz era fría, cortante, y me hizo estremecer. Levanté la vista y vi a una mujer mayor, elegante, con el pelo plateado recogido en un moño impecable y unos ojos que me miraban con un desprecio tan puro que casi podía tocarlo.

La madre de Marlon. La reconocí enseguida porque era idéntica a Angy, solo que con más arrugas y el pelo entrecano. Su elegancia resultaba insultante. Toda la ropa y las joyas que llevaba encima debía valer una puta fortuna.

—Buenos días, señora Jones —saludé yo por cortesía.

Tal vez ella fuera una maleducada y una borde, pero a mí misma padres me educaron bien.

Ella no me respondió.

—Madre —dijo Marlon, y su voz cambió. Se volvió más formal, más distante—. No sabía que te gustaba desayunar en este tipo de sitios.

—He venido a buscarte. —La mujer no me miró ni una sola vez más. Sus ojos estaban fijos en su hijo, como si yo no existiera—. Necesito que me acompañes a hacer unos recados. La boda es en cuatro días y aún hay cosas que arreglar.

—Estoy desayunando —señaló ambos platos con cierto hastío—. Quizás más tarde.

—Ya lo veo. —Su mirada se posó en mí por un segundo, y en ese segundo vi todo lo que no decía. Desprecio. Desaprobación. La certeza de que yo no era bienvenida—. Esto es importante, así que paga la cuenta y despídete de tu… acompañante. —Pausa—. Te espero en el coche. No tardes.

Se marchó antes de escuchar qué tenía que decir su hijo.

Marlon le dedicó una mirada que poco o nada tenía que ver con la sumisión. Pensé que la despacharía, pero, un segundo más tarde, accedió a su petición ridícula.

Me sentí un poco fuera de lugar. Como un elefante en medio del Moma.

—Lo siento —dijo él, levantándose y sacando la cartera para dejar unos billetes sobre la mesa—. Tengo que irme.

—No pasa nada. —Sonreí con desgana—. Ve.

Marlon se despidió de mí con un gesto de la mano y siguió los pasos de su madre.

No me levanté enseguida, porque me sentía un poco mareada. Tampoco es que tuviera que afectarme que se largara, así como si nada. Tanto Marlon como yo éramos desconocidos. Enemigos, más bien. El hecho de que nos hubiéramos acostado no cambiaba nada.

C’est la vie, Luna. Los hombres como él no cambian porque les hagas una mamada de la hostia.