Capítulo 34
Marlon
Abrí los ojos lentamente, sintiendo el peso del sueño aún pegado a mis párpados. Mi mente estaba nublada, confusa. Llena de imágenes fragmentadas de la noche anterior.
El bar. El whisky. Luna.
Sus ojos verdes brillando bajo la luz tenue de la luna. Su voz contándome cosas que nadie más sabía. La manera en que me correspondió al beso, como si estuviera por fin cumpliendo un sueño. Alcanzando una meta.
¿Cómo era posible que esa mujer fuera la persona más dulce, sensual y desquiciante del mundo? ¿Por qué no podía sacármela de la cabeza? Sentía como si Luna fuese un virus letal capaz de hacerme colapsar en tiempo récord si no encontraba el antídoto.
Me froté el rostro con una mano y me giré, dispuesto a verla dormir. Pero no pude hacer nada de eso.
Porque la cama estaba vacía.
—¿Luna? —murmuré, incorporándome con un movimiento brusco. La habitación estaba en silencio, y mi corazón empezó a latir con fuerza—. ¿Luna?
Nada. Solo el sonido del mar y el crujir de las palmeras movidas por la brisa llegó a mis oídos.
Había huido. Como había hecho en la playa, como había hecho siempre. Y yo me había quedado solo, con el sabor de sus labios y el eco de su nombre en mis labios.
Maldita sea, seguro que está igual de confusa que yo . El pensamiento me decepcionó e irritó a partes iguales.
Me incorporé un poco más, y la imagen que vi me dejó sin aliento.
Luna estaba de espaldas a mí, sentada en el suelo de madera de la terraza, con la mirada perdida en el horizonte.
El sol naciente bañaba su piel de un resplandor dorado, y su melena rubia —no, castaña claro, pero la luz la hacía parecer rubia— caía sobre sus hombros en una coleta suelta y despeinada.
Iba desnuda.
Bueno, casi desnuda. Llevaba unas braguitas blancas, tan pequeñas que apenas cubría sus nalgas perfectas. El resto de su cuerpo estaba al aire, bañado por los primeros rayos del amanecer, y cada curva, cada sombra, cada línea de su silueta se dibujaba con una claridad que me dejó sin aliento.
Dios mío, era hermosa.
Era tan hermosa que dolía.
La polla me dio un tirón solo de verla. Y eso no me había pasado jamás.
Me quedé allí, sentado en la cama, observándola sin atreverme a respirar. No quería romper el momento. No quería que se diera cuenta de que la estaba mirando.
Pero necesitaba estar cerca de ella.
Me puse los bóxer con movimientos silenciosos y caminé hacia la puerta corredera. La abrí con cuidado, y el sonido del cristal al deslizarse la hizo girarse.
—¡Marlon! —chilló, y sus brazos se cruzaron sobre el pecho en un movimiento instintivo—. Cualquier día me vas a matar del susto, que lo sepas.
—Bueno, pero serás la muerta más guapa del cementerio —me burlé de ella.
Sus mejillas brillaron de un rojo exquisito.
—Eres un idiota.
—Un idiota que tiene suerte.
Luna estuvo tentada a apartar la mirada, pero se controló y apretó más los brazos contra su pecho.
—No me mires tanto, que me vas a desgastar.
Eso sería imposible. Luna estaba hecha para que la admiraran.
Y en parte me jodía que su ex y otros hombres le hubieran hecho creer que era mala en la cama.
Porque, joder, la forma en que se entregó a mí, retorciéndose por el placer, fue magnífico.
Esas imágenes y sonidos no se me borrarían de la cabeza en la puta vida.
Deslicé la mirada hacia sus pechos cubiertos, luego a su vientre al aire, y finalmente a sus braguitas. No cubría nada, maldita sea. Podría apartar la tela con el dedo y hundir mi nariz entre sus pliegues. Saborearla de nuevo.
Se me hacía agua la boca solo de pensarlo.
—¿Llevas mucho tiempo despierta?
—Un rato. Es que roncas mucho —se quejó ella.
—Sé perfectamente que no ronco, chica medusa.
—Sí que lo haces. Caíste rendido y empezaste a roncar como una morsa moribunda.
Y al final me desperté —se defendió ella.
Sus palabras me dejaron un poco descolocado.
No solía dormir de forma muy profunda, pero, ahora que ella lo comentaba, sí era cierto que no recordaba nada de la noche anterior después del orgasmo—.
Pero vamos, tranquilo, que no se lo diré a nadie. Tu secreto está a salvo.
Lo más extraño de todo es que tampoco tuve pesadillas. No recordaba nada de lo que soñé, tampoco. Como si mi mente se hubiera quedado completamente en blanco o hubiese sufrido un apagón.
Intenté no darle demasiadas vueltas. Probablemente solo era cosa de esa noche porque me había medio emborrachado y luego me acosté con Luna. Dos cosas que juntas parecían gasolina y fuego. Era muy normal que no me acordase de nada, ¿no?
—¿Quieres desayunar conmigo? —pregunté, despreocupado.
Me apoyé en el marco de la puerta y la miré con una de las cejas arqueadas.
Sus ojos se abrieron ligeramente.
—¿Desayunar? Dices… ¿comer huevos revueltos y tomar café?
Qué elocuente está por las mañanas, no me había dado cuenta . Ese pensamiento casi me arrancó una sonrisa.
—Sí. He encontrado un sitio muy chulo. Un café en la playa, al otro lado de la isla. Es pequeñito, apenas unas mesas en la arena, pero tienen los mejores panqueques que he probado en mi vida.
—¿Panqueques?
—Y fruta fresca. Y café recién hecho. Y una vista que te hará olvidar que estás en una isla con tu enemigo.
—Mmmmh… No suena mal.
Ella sonrió, y fue una sonrisa genuina, abierta, que iluminó todo su rostro.
En la puta vida me podría borrar aquella imagen de la cara.
—Vale —dijo—. Voy a ir contigo para no hacerte el feo. Eso de que afirmes que son los mejores panqueques sin tener mi beneplácito me parece muy osado por tu parte.
—Claro, claro.
Quizás escriba de esto en su libro , pensé. Obviamente no le dije nada. Luna no sabía que había husmeado en su portátil, y con muy malas intenciones. Además, prefería mil veces a que me lo contase ella.
Luna se levantó y, antes de que pudiera recrearme en su desnudez, entró corriendo a la habitación con un gritito de emoción y se lanzó de lleno a su lado del armario. En menos de un minuto me llenó la cama de ropa, sin decidirse sobre cuál sería su modelito hoy.
Me hubiese gustado tenerla desnuda más tiempo, pero cuando se puso un bikini azul turquesa sobre su piel dorada recién duchada y un vestido corto de flores amarillo, no me pareció tan malo. De hecho, estaba para desvestirla muy lentamente y besar cada porción de piel de su cuerpo muy lentamente.
Va a ser un día muy duro.
Aunque, cuando se puso su perfume y se pintó los labios, el que ya estaba duro era yo.