Mi irresistible enemigo Capítulo 33 #3
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Capítulo 33 #3

Sentí la cabeza gruesa de su polla rozándome la entrada. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Marlon empezó a empujar, muy despacio. Centímetro a centímetro, abriéndome con una lentitud tan cruel que me hizo morder la almohada en un intento desesperado y patético de acallar un gemido.

En cuanto entró por completo en mí, hasta la empuñadura, mis ojos se pusieron en blanco y me sentí más colmada que nunca.

—Joder… —siseó él a pocos centímetros de mi oreja—. Estás tan mojada, chica medusa. Veo que no era el único de los dos que soñaba con esto.

¿Qué quería decir con eso? No me dio mucho tiempo a preguntármelo, o a intentar descifrar sus palabras, porque Marlon comenzó a moverse.

Primero se retiró con calma… y luego se adentró con fuerza.

Me quedé temblando bajo su pesado cuerpo, inmóvil, intentando acostumbrarme a la sensación de estar tan llena de él.

—Desde esta posición te ves increíble, chica medusa —susurró, lamiendo el contorno de mi oreja—. Eres la mujer más bonita.

Empezó a moverse por fin, y de mis labios solo salieron gemidos cortos y agudos. Sus embestidas eran largas y profundas, y me sacaban el aire cada vez que llegaba al fondo. Yo gemía contra la almohada, incapaz de contener los sonidos. El placer me subía por la columna en oleadas densas y calientes.

Era tan, tan bueno.

—Eso es… muévete así —gruñó él, acelerando un poco el ritmo cuando vio que yo alzaba un poco las caderas y me echaba hacia atrás para recibirlo—. Tienes el culo más perfecto que he visto.

La cara me ardió por completo. No supe de dónde saqué aquella necesidad de seguirle el ritmo. De buscarlo, como si no pudiera vivir sin tenerlo dentro de mí.

Empujé las caderas hacia atrás al mismo tiempo que él entraba, y el golpe de piel contra piel resonó en la habitación una y otra vez. Marlon soltó un sonido gutural de puro placer y me soltó las muñecas solo para agarrarme de las caderas con las dos manos.

—Marlon —murmuré cuando clavé las uñas sobre el colchón, impulsada hacia delante cada vez que nuestros cuerpos se encontraron—. Marlon.

No lograba decir nada más que su nombre, como un mantra.

—Estoy aquí, chica medusa —besó y lamió mi nuca. Coló una de sus manos entre mis muslos y comenzó a acariciarme el hinchado clítoris—. Todo para ti.

Sus palabras me atravesaron como una corriente eléctrica.

Quería quedarme así para siempre. Olvidar todo lo que nos había pasado y nos había dicho en el pasado. Borrar cada día de odio con un beso o una caricia.

Marlon no dejaba de lamer mi piel, de morderme.

Sus dedos trazaban círculos rápidos sobre mi clítoris, al ritmo de nuestras embestidas.

Y la sensación era tan intensa que mi mente no procesaba más que el sonido que creábamos juntos en esa habitación que, horas atrás, me parecía una cárcel…

y ahora se me antojaba la entrada del paraíso.

Volví a gemir su nombre. Cada vez más alto. Si alguien nos escuchaba me daba exactamente igual. Era la primera vez que me sentía tan libre estando con alguien en la misma cama.

Marlon abandonó mi coño unos segundos para atrapar uno de mis pechos y amasarlo con fuerza.

Ladeé un poco la cabeza y lo miré por el rabillo del ojo.

Él estaba extasiado también. Un par de gotas de sudor le resbalaban por la sien y el cuello, tenía la piel enrojecida por el esfuerzo, y se veía tan imponente que casi me corrí solo con esa visión.

Era irresistible.

—¿Vamos por el tercero, cariño? —murmuró él, besándome la comisura de la boca—. ¿Te vas a correr otra vez para mí?

El orgasmo me sacudió sin previo aviso. Me contraje con fuerza alrededor de él, gritando contra la almohada mientras las oleadas de placer me sacudían una detrás de otra. Las piernas me fallaron en algún momento y caí sobre el colchón. El placer fue tan intenso que se me nubló la vista.

Marlon no dejó de gruñir y gemir cerca de mi oreja.

El sonido más sexy del mundo. Los hombres que hablaban en la cama, que transmitían su placer con algo más que un resoplido, siempre me habían parecido más atractivos.

Y en ese momento solo conseguí aferrarme a eso para que no se borrase jamás de mi memoria.

Un par de minutos después, Marlon salió de mí de golpe.

El vacío me hizo soltar un quejido. Me dio la vuelta y se arrodilló a horcajadas sobre mi cintura.

Tenía la polla brillante, dura y venosa, y se la agarró con una mano mientras me miraba los pechos con esa expresión hambrienta que me había puesto cachonda desde el principio.

—Te lo dije —jadeó, empezando a masturbarse rápidamente—. Que quería correrme en estas tetitas preciosas.

A pesar de la vergüenza, del orgasmo reciente, no me molestó que se dirigiera así a ellas. Ni siquiera necesité que él me ordenase nada; junté mis pechos con las manos en una clara invitación.

Marlon se corrió unos segundos después con un gruñido largo y gutural. Su simiente me empapó por completo la piel; cálido y pegajoso. Él se quedó encima de mí, respirando agitadísimo, mirando su semen resbalarme por el pecho como si fuera la imagen más perfecta que había visto nunca.

Después se inclinó y me besó. De una forma casi tierna a pesar de lo que acababa de pasar.

—Eres increíble —susurró contra mis labios—. Completamente increíble. No lo vuelvas a dudar, chica medusa.

Yo solo pude asentir, todavía temblando, con el corazón desbocado y el cuerpo marcado por él de la forma más deliciosa posible.

—Todo en ti está bien. Lo que pasa es que no saben ver todo ese fuego que arde dentro de ti.

Una pequeña sonrisa curvó mis labios. Que fuese él quien me dijese eso me hizo sentir como si pudiera tocar las estrellas y la luna con los dedos.