Mi irresistible enemigo Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

—¿Reírme de esta maravilla de la naturaleza? Por favor. Son las tetitas más preciosas del mundo —me mordió un pecho hasta dejar la huella de sus dientes marcadas—. Quiero correrme sobre ellas.

Me arqueé sin poder evitarlo al oír su discurso tan sucio.

Él me empujó de nuevo contra el colchón, obligándome a tumbarme del todo, y empezó a bajar. Besó el centro de mi pecho, después el abdomen, dejando un rastro húmedo y caliente de saliva. Cada vez que su lengua rozaba un punto sensible, yo me retorcía.

—Marlon… por favor…

—Shh… Deja de hablar. Te doy permiso para que me llames Marlon o dios, como tú prefieras. Pero no me distraigas cuando voy a comer. Es de mala educación.

Asentí, incapaz de hablar. Él se acomodó entre mis piernas, me abrió más con las manos y me miró fijamente ahí abajo. El aire fresco me golpeó la piel sensible y me estremecí.

—Estás empapada —dijo con admiración—. Tienes el coño hinchado y brillante solo porque te he estado mirando.

Me lamió de abajo arriba, lento, con toda la lengua. El placer me atravesó como una corriente. Solté un gemido largo y él se rio contra mí.

—Buena chica. Veo que aprendes rápido. Veamos cómo sabes…

Levanté un poco las caderas y él aprovechó para agarrarme del culo y pegarme más a su boca.

Empezó a lamer de verdad. Sin ninguna delicadeza.

Su lengua se metía entre mis pliegues, subía al clítoris, bajaba otra vez, me follaba superficialmente mientras él gruñía de placer como si yo fuera lo más delicioso que había probado nunca.

—Sabes tan jodidamente bien… —murmuró entre lengüetazos—. Ya decía yo que no parabas de mirarme con ojitos desde que saliste de la ducha. Solo que eras demasiado orgullosa para admitirlo. Ahora mírate —chupó mi clítoris y yo grité—. Temblando y mojándome la cara.

Marlon deslizó dos de sus dedos dentro de mí sin aviso. Me arqueé con un grito y él los movió en un ritmo profundo y constante mientras seguía chupándome el clítoris.

—Aprieta. Quiero sentir cómo te corres alrededor de mis dedos. No creo que seas capaz de aguantar mucho más —y no sonó como una crítica, sino como algo asombroso.

El orgasmo me golpeó de un segundo a otro.

Me contraje con fuerza, gritando su nombre mientras las caderas se me movían solas contra su boca.

Él no se detuvo a pesar de mis lloriqueos de placer.

Me lamió a través de las contracciones, más lento y profundo, prolongando cada oleada hasta que me quedé temblando y sin aire, completamente destrozada encima de la cama.

Cuando por fin levantó la cabeza, tenía la boca brillante y una sonrisa de pura satisfacción.

—¿Ves por qué siempre hay que decir la verdad, chica medusa? Porque te llevas el premio gordo —dijo, lamiéndose los labios—. Ahora vamos a ver cuántas veces eres capaz de correrte antes de que te deje follarte de verdad.

—Eso es solo el principio —dijo, lamiéndose los labios—. Ahora vamos a ver cuántas veces eres capaz de correrte antes de que te deje follarte de verdad.

No me dio tiempo a recuperarme.

Volvió a bajar entre mis piernas y me abrió con las manos, esta vez sin ninguna delicadeza.

Su boca se cerró sobre mí con hambre, lamiendo, chupando, follándome con la lengua de una forma sucia y constante.

Yo ya estaba demasiado sensible. Cada roce me hacía arquearme y gemir sin control.

Intenté apartarme un poco, pero él me agarró de los muslos y me pegó más a su cara.

—Quédate quieta y córrete otra vez —ordenó contra mi coño—. Quiero sentir cómo te deshaces en mi lengua, chica medusa.

No pude aguantar mucho. El segundo orgasmo me golpeó más fuerte que el primero. Me contraje con un grito, las piernas temblándome alrededor de su cabeza mientras él me lamía a través de las oleadas, prolongándolo hasta que casi me dolió de lo intenso que fue.

Antes de que pudiera recuperar el aliento, Marlon subió por mi cuerpo. Me atrapó las dos muñecas con una sola mano y me las presionó contra el colchón, por encima de la cabeza. Inmovilizándome por completo mientras me besaba.

Pero dentro de mi pecho empezó a crecer el pánico.

Siempre me había sentido una mala amante.

Torpe. Demasiado pasiva. De las que no sabían qué hacer con las manos ni cómo moverse.

Y ahora estaba allí, completamente entregada, sin tocarle apenas, sin hacer nada más que recibir.

El miedo me subió por la garganta. ¿Y si se aburría?

¿Y si se daba cuenta de que yo no aportaba nada?

Marlon debió notarlo, porque se separó un poco, todavía manteniéndome las muñecas inmovilizadas, y me miró a los ojos. Después soltó una de mis manos solo para bajarse el pantalón de deporte con la otra. La tela cedió y su erección saltó libre, gruesa y dura, rozándome el vientre.

Me quedé mirándola, hipnotizada y nerviosa a partes iguales. No me había equivocado en mis pesquisas; sí que era grande.

Él me cogió la cara con la mano libre y me obligó a mirarlo.

—Lo estás haciendo muy bien —dijo, con la voz ronca pero sorprendentemente suave—.

Eres exquisita. Todo este cuerpo temblando por mí, este coño empapado, esos gemidos…

me tienes loco. —Me rozó los labios con los suyos—.

Puedes pedirme lo que quieras, Luna. Lo que sea.

Estoy aquí. Y no pienso ir a ninguna parte.

A pesar del miedo y de las inseguridades que me gritaban que iba a hacerlo mal, que iba a ser torpe, que se iba a dar cuenta…

moví las caderas y me froté contra su erección.

La sentí caliente y dura rozándome el coño todavía sensible.

Un gemido se me escapó y Marlon soltó un sonido bajo, casi animal, contra mi cuello.

Empezó a besarme ahí, justo debajo de la oreja, mientras una de sus manos bajaba a mi pecho y me apretaba el pezón entre los dedos. Después bajó la boca y me chupó el otro.

—Déjame tocarte —susurré, con la voz entrecortada—. Quiero tocarte, Marlon. Por favor.

Marlon se detuvo un segundo. Me miró a los ojos, evaluando la situación, y después asintió.

Se apartó de encima de mí y se tumbó de espaldas en la cama, con los brazos abiertos a ambos lados del cuerpo.

El pantalón de deporte lo tenía todavía a medio bajar, pero su polla estaba completamente libre; gruesa, dura y brillante en la punta.

Me quedé mirándolo con la boca abierta y las mejillas sonrojadas. El pecho subiéndole y bajándole rápido, los abdominales tensos, esa expresión de espera contenida… Me excitó de una forma casi violenta.

Me acerqué a él a gatas, me coloqué boca abajo entre sus piernas y, antes de pensarlo demasiado, saqué la lengua y lo lamí desde de la base a la punta. El sabor salado me llenó la boca y Marlon soltó un gemido ronco que me recorrió la espalda.

—Joder, Luna…

Volví a lamerlo, esta vez con un poco más de confianza. Rodeé la cabeza con los labios y chupé suavemente, sin saber muy bien si lo estaba haciendo bien. Él levantó una mano y me apartó el pelo de la cara para poder mirarme.

—Así… —dijo, con la voz rota—. Sigue. Lo estás haciendo muy bien. Más profundo si puedes. Usa la lengua, cariño. Ugh… sí, así.

Bajé un poco más, chupando con más ganas, dejando que la saliva me resbalara por la barbilla mientras movía la cabeza.

Cada vez que gruñía o apretaba la sábana con el puño, me sentía más valiente.

Más segura de mí misma. Lo lamí de lado, chupé la punta, y después intenté tomarlo más profundo, hasta donde mi garganta me lo permitió.

—Eso es… así… —jadeó él—. No pares. Mírame mientras lo haces. Quiero verte.

Alcé la mirada sin dejar de mover la cabeza y lo encontré mirándome con los ojos oscuros y la mandíbula tensa. El simple hecho de tenerlo así, a mi merced, gimiendo por lo que yo le estaba haciendo, me mojó todavía más.

—¿Esto era lo que querías, mh? Cuando saliste de la ducha —murmuró él, agitado, con una de sus manos acariciándome el pelo húmedo y apartándomelo del rostro—. Ya veo…

Intenté tomarlo entero, como si esa fuera toda mi respuesta.

Bajé todo lo que pude por su longitud, sintiendo cómo la cabeza de su polla me rozaba la garganta.

Los ojos se me llenaron de lágrimas al instante y un sonido ahogado se me escapó alrededor de él.

Marlon soltó un gruñido profundo, pero antes de que pudiera seguir, me agarró del pelo con suavidad y me apartó.

—No —dijo, con la respiración agitada—. Si sigues así, la fiesta se acaba demasiado pronto. Y yo todavía no he terminado contigo, cariño.

Me dio la vuelta sobre la cama con tanta facilidad que ni siquiera me dio tiempo a protestar.

Quedé boca abajo, con la mejilla contra la almohada y el culo en alto.

Sentí sus labios en mi nuca. Después en el centro de mi espalda.

Marlon fue bajando despacio, dejando un rastro de besos húmedos hasta llegar a mis nalgas.

Allí se detuvo y me dio un mordisquito suave, justo en la carne más sensible. Me estremecí entera.

—Marlon… —jadeé, retorciéndome contra el colchón—. Por favor…

Sabía que iba a explotar si no me tocaba de verdad. El coño me latía, empapado y necesitado. Me movía sin poder evitarlo, buscando cualquier roce que me aliviase.

Él se rio bajito, un sonido oscuro y satisfecho, y me atrapó las dos muñecas con una sola mano, inmovilizándolas en mi espalda baja.

Nunca me había sentido más expuesta que en ese momento. Ya fuese por el poco alcohol que quedaba en mi cuerpo o porque el sabor de Marlon en mi paladar me dejaba atontada, fui incapaz de protestar. En realidad, quería esto más que nada. Lo deseaba con cada fibra de mi ser.

—Quieta —susurró cerca de mi oído—. Ya te voy a dar lo que estás pidiendo, chica medusa. Lo que llevas suplicándome toda la noche con la mirada.

Sexo. Es lo único que le faltó decir en voz alta. Que llevaba toda la noche mirándole con ganas de sexo. De un beso suyo. De todo lo que pudiera darme.