Capítulo 33
Luna
Salí del baño envuelta en el albornoz del resort, todavía con el pelo húmedo goteándome por la espalda. El alcohol de la cena me calentaba las mejillas y me hacía sentir un poco más valiente de lo normal… o eso creía hasta que levanté la vista.
Marlon estaba de pie junto a la cama, solo con un pantalón gris de deporte.
Nada más. El pantalón le quedaba bajo de cadera, la tela fina y suave le marcaba todo demasiado.
La uve de sus caderas, el bulto, la forma en que se notaba incluso en reposo…
Tragué saliva sin poder evitarlo. El sonido me pareció ensordecedor en la habitación silenciosa.
Seguro que la tiene inmensa . El pensamiento me golpeó tan fuerte que quise morirme allí mismo.
Él levantó la vista de su móvil y me pilló mirándolo. Una ceja se le arqueó. Después se le escapó esa media sonrisa de cabrón que siempre me había sacado de quicio.
—Deja de mirarme la polla, Luna —dijo, con la voz baja y claramente divertida—. Para ser tan torpe como dices que eres en la cama, bien que estás babeando, ¿verdad?
Me puse colorada de golpe. El calor me subió desde el pecho hasta las orejas a una velocidad humillante.
—No babeo, hijo de puta —escupí, apretando el albornoz contra el cuerpo—. Y deja de decir gilipolleces. Ya te gustaría que te mirase de esa forma.
Él soltó una risa ronca, lenta, y se pasó una mano por la nuca, lo que solo hizo que el pantalón se le tensara un poco más.
—Claro que no —replicó, sin dejar de mirarme—. Por eso se te ha olvidado cómo respirar, ¿no? A ver, que si lo que quieres es vérmela, podemos negociar.
Di un paso atrás por instinto. El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que se me iba a salir del pecho. Marlon avanzó hacia mí, muy espacio, como si disfrutara viéndome retroceder. Como si cada centímetro que cerraba entre nosotros fuera un triunfo personal.
Un depredador acorralando a su presa.
—No te acerques —advertí, pero mi voz sonó muy débil.
—¿Por qué no? —preguntó, deteniéndose a escasos pasos de mí. La luz de la habitación le marcaba los abdominales y esa línea de vello oscuro que se le perdía bajo el pantalón—. Si no estás babeando, ¿por qué tienes las mejillas tan rojas? ¿Por qué no puedes dejar de mirarme ahí abajo?
Aparté la vista de golpe, enfadada conmigo misma. El alcohol no ayudaba. Me hacía sentir caliente, vulnerable y demasiado consciente de lo poco que llevaba debajo del albornoz. Es decir: nada.
Estaba como mi madre me trajo al mundo a pocos centímetros de Marlon.
—Eres un cabrón —escupí—. Un cabrón egocéntrico y…
—Y tú estás temblando —me interrumpió, dando otro paso hacia mí. Ahora casi no había espacio entre nosotros—. ¿Es miedo, Luna? ¿O es otra cosa? Vamos… Con lo que te gusta decirme lo que piensas y sientes, y ahora te ha comido la lengua el gato.
Intenté apartarme, pero él movió su cuerpo conmigo, bloqueándome sin llegar a tocarme. El olor de su piel, limpia y cálida, me golpeó de lleno. Tragué saliva otra vez.
—No es nada —mentí—. Solo… deja de provocarme.
—No te estoy provocando —susurró, inclinándose un poco hacia mí. Su aliento me rozó las mejillas—. Te estoy dando exactamente lo que tus ojos me están pidiendo desde que saliste del baño. Y lo sabes.
La rabia y la excitación se me mezclaron en el pecho de una forma peligrosa. Levanté las manos y lo empujé contra el pecho para apartarlo de una vez.
—¡No digas tonterías!
El movimiento fue más brusco de lo que calculé, y el nudo del albornoz cedió. La tela se abrió de golpe hacia los lados y el aire fresco de la habitación me golpeó la piel desnuda. Me quedé completamente expuesta ante Marlon.
Joder. Esto solo podía pasarme a mí.
Marlon bajó la mirada de inmediato. Y yo sentí que se me caía la cara de vergüenza. ¿Es que el karma me odiaba o algo así?
Sus ojos se detuvieron justo encima del hueso de la cadera, donde tenía un tatuaje diminuto. Una luna creciente, casi invisible si no te fijabas. Me tapé de golpe con el albornoz, apretando la tela contra el cuerpo con las dos manos.
—Eres un guarro —escupí, la voz temblorosa—. Un puto guarro.
Él no se rio esta vez. Solo extendió el brazo, me agarró de la muñeca con firmeza y me atrajo hacia él de un tirón.
El albornoz se abrió otra vez entre nosotros.
Mi pecho desnudo chocó con el suyo. Sentí el calor de su piel, la dureza de su erección presionándome a través del pantalón de deporte, y un escalofrío me recorrió la espalda entera.
Dios mío, ni en mis mejores sueños húmedos.
—¿De verdad piensas eso? —preguntó en voz baja, mirándome a los ojos—. ¿O solo estás intentando disimular lo mucho que te está gustando que te mire?
Me temblaba todo el cuerpo. Las piernas, las manos.
No. Claro que no pienso eso. Quería follarme a Marlon. Solo que una parte de mí, pequeña pero ruidosa, no paraba de gritarme que era una mala idea.
¿Quién se acostaba con su peor enemigo? Sonaba demencial.
No dije nada, porque las palabras se habían atascado en mi garganta. Solo lo miré, atrapada entre la rabia y el deseo, incapaz de mentir con la boca cuando el resto de mi cuerpo ya me había traicionado.
Marlon debió ver la duda en mis ojos, porque se inclinó despacio, dándome una última oportunidad de apartarme… y no lo hice.
A la mierda la cordura , pensé, rodeándole el cuello con los brazos justo cuando él volvió a besarme.
Le mordí el labio inferior, le enredé los dedos en el pelo y me froté contra él sin poder evitarlo. El albornoz cayó del todo al suelo. Y no me afectó en absoluto. Solo importaba la forma en que su boca se movía contra la mía y lo mucho que llevaba negándome exactamente esto.
Que me besara, y me tocara, y me follara.
Como en mis fantasías prohibidas.
El albornoz se abrió otra vez entre nosotros.
Marlon deslizó una de sus manos por mi abdomen desnudo, subiendo centímetro a centímetro hasta alcanzar uno de mis senos. Trazó el contorno con la yema del dedo, apenas rozando la piel, dibujando círculos cada vez más cercanos al pezón. Me tembló todo el cuerpo.
Un escalofrío me recorrió desde el pecho hasta entre las piernas y tuve que morderme el labio para no gemir.
Cuando me aparté un poco, solo lo justo para recuperar el aire, vi que él había bajado la mirada. Estaba mirándome los pechos con una intensidad que me provocó más vergüenza que excitación.
—Bueno… —empecé, con la voz entrecortada y las mejillas ardiendo—. Ya sé que las llamas tetitas y que para ti no son la gran cosa, pero…
—Cállate —me interrumpió, levantando la vista hacia mis ojos. Su voz salió ronca, casi grave—. En realidad, me encantan. Son preciosas. Y las quiero en mi boca ya, Luna.
Se me escapó el aire de los pulmones. Me quedé sin aliento, mirándolo boquiabierta y sintiendo cómo el calor se me acumulaba entre las piernas de una forma vergonzosa.
Marlon no estaba bromeando.
Y aunque llevaba años convenciéndome de que era torpe en la cama, de que no sabía moverme, de que siempre acababa haciendo el ridículo… algo dentro de mí cambió por completo esa noche.
Me quedé completamente desnuda delante de él cuando aparté el albornoz con el pie y bajé los brazos. El pelo húmedo me hizo cosquillas en los pechos, los hombros y la espalda. Tenía la piel erizada, pero poco o nada tenía que ver con la brisa que entraba por la terraza.
Marlon se quedó sin aliento. Literalmente. Le vi tragar saliva, bajar la mirada otra vez hacia mis pechos. Luego más abajo, hacia el tatuaje en la entrepierna. Y por primera vez desde que nos conocíamos, fui yo quien lo dejó sin palabras.
—Espero que no te haya comido la lengua el gato —bromeé, todavía roja como una langosta.
Él no me dio tiempo a reaccionar cuando se acercó a mí de dos zancadas.
Me empujó suavemente hacia atrás hasta que las corvas de mis rodillas tocaron el colchón y caí sentada en la cama.
Antes de que pudiera cerrar las piernas o cubrirme, él se arrodilló entre ellas, me agarró de los tobillos y me arrastró hacia el borde.
—Ábrete —ordenó, con la voz baja y ronca—. Ahora.
Joder.
Obedecí porque el cuerpo ya no me respondía con lógica. Y porque su tono me había parecido tan sexy. Él me miró un segundo, completamente desnuda y expuesta, y soltó una risa sucia.
—Mírate. Toda mojada y todavía intentando fingir que no me quieres dentro. Eres muy mala mentirosa, chica medusa.
—No es mentira —me defendí.
—¿No? —enarcó una ceja—. ¿No estás así de mojada por mí? ¿Es que estás pensando en otro?
Tragué saliva.
—¿Hay alguien más con nosotros? —pregunté con un tono que intentaba ser coqueto—. Eres tú el que lleva toda la noche pensando en follarme.
Marlon se inclinó y me besó el cuello. Primero con los labios, después con los dientes. Me mordió justo debajo de la oreja mientras una de sus manos subía por mi muslo interno.
—¿Toda la noche? Dirás que esto es un patrón, chica medusa.
Contigo es imposible pensar con las dos cabezas al mismo tiempo.
Siempre monopolizas alguna de las dos —murmuró él, su aliento haciéndome cosquillas sobre la piel—.
Quédate quieta —susurró. Me besó detrás de la oreja—.
No te muevas a menos que yo te lo diga. Antes dijiste que eras mala en la cama, ¿verdad?
Y yo soy demasiado curioso como para no querer descubrirlo.
De haberse tratado de otro hombre, la vergüenza me habría consumido como la llama a una vela. Pero era Marlon, y él conseguía de mí lo que ningún otro. Para bien y para mal.
Seguí temblando cuando bajó la boca a mi clavícula, después a la curva de un pecho. Marlon lamió el pezón con lentitud, rodeándolo con la lengua antes de chuparlo con fuerza. Un gemido se me escapó sin permiso.
—Eso. Quiero oírte. —Cambió al otro pecho y repitió el mismo tormento—. Tienes las tetas perfectas para mi boca. Pequeñas, sensibles… y se te ponen los pezones tan duros que da gusto lamerte, chica medusa.
—Te burlaste de ellas —le recordé, luchando por no poner los ojos en blanco.
Marlon se rio suavemente.