Capítulo 32
Luna
Había sido una cena agradable y divertida, después de todo. Exactamente lo que necesitaba para no pensar.
Pero no había funcionado del todo.
Porque en cada conversación, en cada risa compartida, en cada momento de silencio mi mente volvía a Marlon. Al beso en la playa. A la forma en que me había apretado el trasero como si fuera suyo. Cada vez que lo recordaba, un súbito rubor se apoderaba de mí y me dejaba con las piernas temblorosas.
Tampoco ayudó demasiado el intercambiar algunos mensajes con él. Finalmente lo mandé a paseo con un sticker de Pedro Pascal, y guardé el móvil en el bolso.
Les había dicho a Daphne y Nico si querían seguir la fiesta, pero los dos estaban súper cansados y se despidieron de mí en recepción.
—Necesito una copa —murmuré, cambiando de dirección.
No quería volver a la habitación. Allí corría el riesgo de tener que enfrentarme a él. Y no me apetecía mucho explicar por qué había salido corriendo de la playa como si me persiguiera el diablo.
Marlon solo se burlaría de mí y me pondría de mal humor, como siempre.
El bar del resort estaba casi vacío a esas horas. Solo quedaban un par de parejas en las mesas del fondo, el camarero limpiando copas detrás de la barra y una figura solitaria en el extremo más alejado.
Marlon.
¿Qué coño hace él aquí? , pensé, en shock de pronto.
Me detuve en la entrada, dudando. Podía irme. Podía girarme y volver a la habitación, o buscar otro lugar donde esconderme. Pero mis pies no se movieron del sitio.
Llevaba una camisa blanca —los primeros botones desabrochados— y el pelo ligeramente despeinado. Frente a él, un vaso de whisky medio vacío y una botella que parecía estar siguiendo el mismo destino. El camarero se acercó a él para preguntarle algo, pero Marlon lo despidió con un gesto vago.
Parecía perdido. Solo. Y, a pesar de todo, irresistible.
—Maldita sea —murmuré, caminando hacia él antes de que mi mente pudiera detenerme con algún motivo lógico de por qué era una pésima idea.
Me senté en el taburete de al lado, dejando un espacio vacío entre nosotros. Marlon levantó la vista, y sus ojos azules se encontraron con los míos. Por un momento, no dijo nada. Solo me miró, como si estuviera procesando mi presencia.
—¿Qué haces aquí? —preguntó finalmente, y su voz era más grave de lo habitual. El whisky, supuse.
—Podría preguntarte lo mismo. ¿No te da vergüenza beber como si fueras un alcohólico? Porque todo lo que falta en esa botella te lo has terminado tú, ¿a que sí?
No tuve que mirar al camarero, al otro lado de la barra, para que me lo confirmara.
—He tenido un mal día, nada más.
—Yo también, y no vengo a emborracharme.
Vaya mentira.
—¿Y qué haces aquí entonces?
—Pensar. —Hice un gesto al camarero—. Lo mismo que tú.
El camarero se acercó y pedí un vino blanco. Marlon observó cómo el líquido llenaba mi copa, y luego volvió a mirarme con esa intensidad que me hacía olvidar cómo se respiraba.
—¿Has terminado de cenar? —preguntó.
—Sí. Sino no estaría aquí —bufé.
—¿Y tus amigos?
—Se han ido a su habitación a darse arrumacos con sus parejas. Te lo digo finamente porque una de esas personas es tu hermana, y dudo que te apetezca saber qué hace con su futuro marido —me cachondeé—. Yo quería... —Hice una pausa, buscando la palabra adecuada—. Respirar.
—Ajá. —Marlon pasaba el vaso de una mano a otra, haciendo que se deslizara sobre la barra—. ¿Y el moreno de ayer? ¿Dónde lo has dejado? Podrías haberte ido a su habitación para darle arrumacos también.
—¿De quién hablas?
—El chico de la discoteca. El que se pasó como una hora con sus manos ancladas en tus caderas.
Me mordí el interior de la mejilla con tal de ahogar una carcajada.
¿Se había dado cuenta, después de todo? Por un momento, pensé que me ignoró antes de hacerme la cobra delante de todos.
—Solo quería bailar esa noche, y eso hice.
No pasó nada entre nosotros, y tampoco me guardé su número de teléfono.
—Me encogí de hombros, intentando parecer despreocupada.
¿Por qué le estaba dando tanta información de golpe?
A él no le importaba si follamos o no—. Hace mucho que no tengo nada con un hombre, de todos modos.
Eso pareció atraer su atención, pues levantó la mirada, al fin, y me miró a los ojos.
Me sentí muy desnuda y expuesta de pronto.
—¿Por qué no? ¿Eres de las que necesitan estar enamoradas para echar un polvo?
Podría haberlo preguntado en tono jocoso, pero, contra todo pronóstico, solo sonó curioso.
El Marlon borracho tenía pinta de ser un hombre más maduro y coherente que el Marlon sobrio.
—Porque todos me acaban decepcionando. —Bebí otro sorbo de vino—. Y yo soy muy mala eligiendo a los hombres, tampoco te voy a engañar.
—¿Mala eligiendo? —Arqueó una ceja—. ¿O demasiado exigente?
—Las dos cosas. —Sonreí, pero la sonrisa no llegó a mis ojos—. La última vez que tuve pareja no lo fui, y pasaron muchas movidas que podría haber evitado… Pero como era muy blandita, y demasiado confiada, pues me la metieron doblada.
—¿Qué tipo de cosas? Espero que no fuera de esos tipos que dejan los calcetines por el suelo y los calzoncillos sucios en el lavabo. Menudos impresentables —dijo, y fingió que se estremecía.
En esta ocasión sí que sonó burlón, aunque no me molestó. Era demasiado obvio que Marlon solo buscaba hacerme hablar y reír.
Lo que él ignoraba era que mi ex no solo pecaba de ser un guarro —y sí, dejaba la ropa sucia por toda la casa—, sino que tenía una mente brillante para inventarse excusas y serme infiel con cuanta mujer se le ponía por delante.
Yo eso lo averigüé al final, pero cuando hacía memoria, siempre encontraba algo que por fin le daba explicación a su actitud errática y nerviosa.
—Mi ex era un gilipollas —dije, trazando círculos con el dedo sobre el borde de mi copa—.
Como la mayoría de los ex, supongo. Pero él era especial.
Durante la universidad, le dejé usar varios de mis trabajos.
Pensé que solo le estaba haciendo un favor, que era algo puntual.
Pero resultó que los estaba haciendo pasar por suyos, ¿sabes?
—¿Te robó los trabajos? ¿Cómo no te diste cuenta antes?
—Sí. Y yo, como una idiota, no dije nada. —Apreté la copa entre los dedos—. Porque le quería. Porque pensaba que era un buen chico, y no quería parecer una paranoica.
Recordar aquellos días en los que era demasiado joven para entender cómo funcionaba el mundo y la gente me hacía sentir un poco vulnerable.
Nunca hablaba de esto con la gente. Nico y Daphne lo sabían porque eran mis amigos, y porque ellos vivieron esa etapa conmigo.
Pero contárselo a Marlon, que me miraba con los ojos vidriosos y una intensidad capaz de desarmarme, no me ayudaba a tranquilizarme.
Probablemente pensaría que era idiota.
—¿Cómo te diste cuenta de lo que hacía?
—Porque le felicitaron por el buen trabajo y a mí me acusaron de copiarle —confesé, mordiéndome el labio inferior con fuerza—. El profesor me llamó al despacho y me dijo que si era consciente de la gravedad de mis actos. No entendía nada. Entonces lo vi.
A Marlon le tembló un músculo en el cuello.
—¿Y él no dio la cara por ti?
Me reí sin ganas.
—Sí y no —le di otro sorbo a mi copa de vino—. Dijo que lo hice sin querer, que me disculparan. Jamás contó que era él quien copiaba mi trabajo.
—¿Y seguiste con él? —Marlon me miró como si estuviera loca—. ¿En qué cabeza cabe, chica medusa?
Sentí que me ardía la cara entera de la vergüenza.
—Estaba enamorada, ¿vale? No me culpes por eso.
—No, estar enamorado no debería idiotizarte de esa manera, chica medusa —corrigió él. Sonó como un profesor echando la bronca a su alumno—. Cuando se está en pareja, hay que saber con qué clase de persona estamos.
—Eso suena muy bien sobre el papel. Pero cuando te enamoras, sueles pasar por alto muchas cosas. ¿A ti no te ha pasado con tus ex?
Como siempre, Marlon no respondió. Él rara vez hablaba de su vida privada.
—¿Siguió copiándote los trabajos después de que le pillaste? —retomó la conversación.
Pese a las ganas que me dieron de darle una colleja por no responderme a lo que le había preguntado, negué con la cabeza y suspiré.
—Le perdoné porque me demostró que me quería. A su manera, claro. Después de siete años, me dejó. —Mi voz tembló ligeramente—. Quería irse a vivir a Miami con una "amiga". Resultó que no era una amiga; era su novia. Llevaban meses juntos. Y yo no me había dado cuenta hasta ese momento.
—¿Novia? ¿Cómo es posible que una persona tenga dos parejas y ninguna de las dos se dé cuenta de la existencia de la otra?
Encogí un hombro y le hice una señal al camarero para que me sirviera otra copa de vino. El hombre nos dedicó una mirada de cansancio, probablemente harto de aguantar borrachos, pero llenó mi copa de nuevo y luego se alejó.
—Él me dijo que era culpa mía. —La risa que escapó de mis labios fue amarga—.
Que era una celosa patológica, que siempre estaba imaginando cosas y que por eso me había dejado.
Y yo me lo creí. No sé, Marlon. Te repito que estaba enamorada.
Pensé que esa chica era una buena amiga, incluso cuando me saltaban todas las alarmas.
Siempre era muy cariñosa y pesada, y él la priorizaba muchísimo.
Y cuando le reclamaba algo, me decía que era una mala persona por intentar coaccionarlo para que dejase de tener amistades.
»Después de romper, como a los dos meses, vi un post de ella en Instagram donde celebraban los cinco meses juntos. Imagínate mi cara al ver y leer eso… —me reí con más humor esta vez. Las heridas sanaban, aunque al principio pudiera parecer que no—. Menudo gilipollas.
—Espero que te vengaras de él, chica medusa.
Una sonrisita juguetona curvó mis labios.
—Pues claro. Lo alisté al ejército sin que él se enterase. Fue muy… cómico, supongo. Una mañana me llamó para insultarme, pero le dije que no era culpa mía. Que era un paranoico y que esperaba que fuese feliz aprendiendo a montar y desmontar un arma.
Para mi sorpresa, Marlon sonrió de medio lado.
—Bruja.
Le guiñé un ojo y saboreé el vino de mi copa, más despacio esta vez.
Aunque estuviese mal lo que hice, peor fue el engaño al que me sometió Jonas durante siete años. Que le dieran por el culo.
—Ahora sé que no era culpa mía. —Lo miré directamente a los ojos e hice un gesto con la mano, restándole importancia—. Pero esas palabras se quedan, ¿sabes? Se instalan en tu cabeza y no se van. Y por eso no he vuelto a tener novio.
El silencio que siguió fue diferente al del principio. Ya no sentía que Marlon me juzgaba con la mirada.
—¿Y desde entonces no has tenido nada con nadie? —preguntó—. Sé que has dicho que no, pero al menos un poco de sexo casual…
—¿Me estás preguntando por mis follamigos por algo en especial? —pregunté, burlona.
Marlon puso los ojos en blanco.
—Solo me sorprende que te cerraras en banda hasta para eso por culpa de un calzonazos mentiroso e infiel. Es todo.
—Ah. Que no tenga mucho sexo esporádico no es culpa de mi ex, sino mía. Es que no soy… —carraspeó, avergonzada y nerviosa—. Olvídalo.
—¿A qué te refieres? ¿Es que te da miedo quedar a solas con un hombre, por si te la lía?
—No, no. No es nada de eso.
—¿Entonces?
No iba a dejar de insistir y a mí el vino blanco me soltaba la lengua, así que desistí de seguir guardándome el secreto. Total, Marlon me odiaba en la misma medida que yo a él, y nunca nos liaríamos.
—Que no sé cómo hacerlo. —La confesión salió antes de que pudiera detenerla—. Soy muy mala en la cama.
Marlon olvidó por completo el whisky se bebía para centrar toda su atención en mí.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Mi ex. Y algunos otros. Así que... intento no hacer el ridículo.
Marlon me miró durante un largo momento. En sus ojos vi algo que no esperaba. Compasión. Rabia. Y un deseo tan puro que casi podía tocarlo.
—Tu ex era un idiota —dijo finalmente—. Muy probablemente te mintió al hacerte creer que eras mala en la cama.
—Créeme, lo soy. No tengo mucha práctica. Soy sosa y aburrida, y me lo han hecho saber más de una vez. Así que… —traté de sonar indiferente, aunque por dentro me quemase la vergüenza—. Es mejor aceptar en lo que fracasamos para no hacer mucho el ridículo.
Marlon no dijo nada. En parte lo agradecí. No quería su lástima ni sus comentarios fuera de lugar. Pero cuando se terminó el whisky de su vaso, sacó la cartera y tiró algunos billetes sobre la barra.
—Creo que follar bien o mal no depende de lo que digan los demás.
Cuando estás en la cama con alguien, no siempre se tiene química.
Hay gente que es torpe por naturaleza y culpa a sus parejas sexuales de su inaptitud en el sexo.
¿Te lo has planteado alguna vez? —no esperó a que respondiera.
Exhaló un suspiro—. Por supuesto que no.
Has dado por hecho que esos imbéciles tenían razón en lugar de plantearte la posibilidad de que fueran ellos los inútiles.
—B-Bueno… tampoco importa demasiado, ¿no?
—Debería importarte a ti, chica medusa. Te estás perdiendo de las mejores cosas de este mundo solo por miedo.
Decepcionar a los demás es un miedo válido, por supuesto.
Pero no es justo que te decepciones a ti misma por no cumplir con los estándares de gente que no fue amable contigo, ni te trató bien.
Sus palabras se clavaron en mi pecho como astillas afiladas y dolorosas. Tragué saliva. Marlon tenía tanta razón.
La cara me ardió como si me hubiese convertido en una antorcha humana.
—¿Y qué me recomiendas?
—Que salgas a follar, chica medusa. Es tan simple como eso.
Se levantó del taburete y se me quedó mirando.
No supe si iba a darme una palmadita en la espalda, como haría con sus colegas y socios para felicitarles por un trabajo bien hecho, o se burlaría de mí.
—¿Vamos a la habitación?
Las piernas me temblaron como si fueran de mantequilla. A la cama… Dios, sabía que Marlon no me estaba haciendo una proposición indecente, que no follaríamos, pero mi cuerpo creyó que sí y se activó en consecuencia. Los pezones erizándose, la entrepierna humedeciéndose.
Oh, oh. Estaba en serios problemas.
—Claro —acabé mi copa de un trago—. Vayamos a… dormir.
Marlon no dijo nada, pero un brillo travieso asomó en sus ojos azules. Y yo casi pierdo las bragas por su culpa.