Capítulo 31
Marlon
Luna seguía cenando con sus amigos, y yo había aprovechado su ausencia para darme una ducha rápida y cambiarme de ropa. Pero algo me molestaba. Algo que no podía quitarme de la cabeza desde aquella mañana.
Después de verla escribiendo sin parar en su portátil, di por hecho que estaba haciendo un reportaje lleno de detalles escabrosos sobre la boda y sus invitados.
En la isla no solo se encontraban un puñado de turistas o la familia de los novios; entre ellos también había gente importante.
Nombres conocidos dentro del mundo de las finanzas.
Y conocía de sobra lo ambiciosa y rencorosa que podía ser Luna respecto a su trabajo. Ella lo tenía muy fácil para pegar la oreja y escuchar cosas que no debía. No tenía por qué ser necesariamente algo mío. Así que no dudé en aprovechar la oportunidad y averiguar qué se traía entre manos.
Su portátil estaba sobre la mesa, junto a la ventana.
Ella le había pegado un montón de pegatinas sobre al tapa, de algunos viajes, tienda de souvenirs y también de marcas conocidas de comida rápida.
Cuando subí la tapa, descubrí que las teclas estaban muy usadas.
Seguramente llevaba usando ese MacBook como herramienta de trabajo muchísimos años.
No estaba nada bien husmear entre las cosas personales de los demás, y lo sabía. Pero también me aferraba mucho a la idea de que el fin justificaba todos los medios.
Aunque… ¿y si me estaba equivocando con ella? ¿Y si el rencor, el dolor por lo ocurrido dos años atrás, me cegaba respecto a ella?
La Luna que había visto en las termas, la que se había emocionado con las tortugas y la que me había besado en la playa no era la misma que había vendido mi historia a la prensa.
Algo dentro de mí me decía que estaba conociendo a dos mujeres diferentes dentro de un mismo cuerpo. Cuando la miraba a la cara, la veía solo a ella. Pero cuando trataba con Luna, todo era muy confuso.
Esta era divertida, caótica y muy dulce. Sexy también. Mientras que la Luna que conocí en el pasado fue cruel y aprovechada. Una mentirosa redomada.
¿Quién de las dos era la verdadera? ¿La que conocí en mi despacho, o la que dormía a mi lado, en una isla paradisíaca?
La duda seguía ahí, instalada en mi pecho como un gusano. Royendo mi corazón y mi mente hasta crear un montón de agujeros, por donde entraban las dudas.
—Maldita sea —murmuré, caminando hacia la mesa.
Sabía que no debería hacerlo. Sabía que invadir su privacidad era una traición. Pero necesitaba saber. Necesitaba confirmar que mis sospechas eran infundadas, demostrarme a mí mismo que estaba equivocado.
Toqué el trackpad, y la pantalla se iluminó.
El documento estaba abierto. Un archivo con un título que me dejó paralizado.
*"El arte de empezar de nuevo"*
No era un reportaje ni un artículo sobre mí. Era un libro. Una novela, por lo que parecía. Un proyecto personal, escrito con una prosa tan cuidada que no pude evitar leer el primer párrafo.
Había algo en el aire de aquella isla que no encajaba con la vida que había dejado atrás. Quizás era el sonido de las olas, o el olor a sal, o la sensación de estar en un lugar donde el tiempo parecía detenerse. Pero cuando llegó, supo que nada volvería a ser igual.
Siempre se había preguntado qué significaba ser una persona resiliente. Si ella también encajaba en esa lista. Y no fue hasta que se encontró de frente con su propia yo, al desnudo, que lo comprendió por fin.
Cerré el portátil con un golpe seco, sintiendo cómo el corazón me latía con fuerza dentro del pecho.
No estaba escribiendo sobre mí, joder. Estaba escribiendo una novela. Una historia que no tenía nada que ver con nuestra enemistad, con la entrevista, con el escándalo que nos envolvió a ambos y nos convirtió en dos personas unidas por el odio.
Y yo, en mi paranoia, había estado a punto de acusarla de algo que no estaba haciendo.
En realidad, la acusé directamente.
—Joder —murmuré, pasándome una mano por el pelo—. Joder, joder, joder. Soy un puto imbécil.
Antes de que pudiera seguir lamentándome por mi idiotez, el teléfono sonó, sacándome de mis pensamientos intrusivos de golpe.
El nombre de Steph apareció en la pantalla, y sentí cómo la tensión se instalaba en mi pecho. Steph era mi socio y mi amigo, y sabía que solo me llamaría a esas horas si algo iba mal.
—Dime que no vienes a preparar un funeral —fue mi respuesta al descolgar.
—Marlon, tenemos un problema. —La voz de Steph sonaba preocupada, y eso no era buena señal—. Los japoneses han decidido adelantar la compra de las acciones de la empresa, aprovechando que tú no estás aquí.
—¿Qué? ¿De qué coño hablas?
—Al parecer, los accionistas les dijeron que el jefe, es decir, tú, no se encontraba aquí y que era el momento perfecto para llevar a cabo la transacción. Así nadie se interpondría en la compraventa.
—¿Y qué les has dicho?
—He intentado negociar, pero no quieren ceder. Dicen que es lícito llevar a cabo este movimiento, y que no necesitan tu aprobación.
—Qué hijos de puta —solté entre dientes, enfadado—. No puedo creer que estén siendo tan miserables.
—¿En serio? Porque a mí me parece que han jugado bien sus cartas. Sabían de sobra que tú les pondrías pegas o tratarías de fastidiar ese encuentro. Y como no estás…
Habían aprovechado la boda de mi hermana para sacarme del miedo y llevar a cabo la operación con la mayor brevedad posible. Y no tenía sentido que los culpase, porque, de estar en su lugar, yo haría lo mismo.
—¿Qué podemos hacer?
—No mucho. Intentaré hablar con los abogados mañana, y buscar un punto débil. Pero, Marlon… no creo que sirva de mucho.
—Para ganar tiempo —repuse, alterado—. Si me das unos días, quizás pueda fastidiarles su operación y evitar que se hagan con nuestra empresa.
—Como mucho ganaremos dos o tres días —explicó Steph—. ¿Crees que servirá?
Apreté los puños, sintiendo cómo la rabia me hervía en las venas. Como un veneno letal.
—No voy a ceder. —insistí. Jamás me había rendido ante las adversidades—. No voy a dejar que se aprovechen de nosotros.
—Tal vez, si tuviéramos unos cuantos trapos sucios de ellos, o de los accionistas… —sugirió Steph—. Pero, aun así, sería alargar lo inevitable.
—No voy a dejar que nos mangoneen. —Cerré los ojos, intentando calmarme—. Ni de coña.
—Entonces, ¿qué hacemos?
—Habla con los abogados. Consigue esas setenta y dos horas extras. Del resto me ocupo yo.
—¿Estás seguro?
No, pero al menos se me ocurriría algo.
—Hazlo, Steph.
Mi mejor amigo suspiró al otro lado de la línea.
—Muy bien. Te iré informando.
Ni siquiera me despedí antes de colgar la llamada y quedarme mirando la pared, sintiendo que mi visión se volvía borrosa. Tantos años trabajando en esa empresa para que ahora quisieran venir a robármela.
Quizás es el karma, por todas las veces que jodí los planes de otro, pensé. Una opresión en el pecho me impidió respirar con normalidad.
Necesitaba beber.
Salí de la habitación y caminé hacia el bar del resort. La música sonaba en la distancia, mezclada con el sonido de las olas y las risas de los invitados. Todavía había gente en la playa, disfrutando del cielo estrellado y del hermoso paisaje.
Me senté en la barra y pedí un whisky. Doble. Sin hielo.
—¿Mala noche, señor Jones? —preguntó el camarero.
—Mala semana —respondí, dando un trago largo.
El whisky ardió en mi garganta, pero no era suficiente. Nada era suficiente para borrar la idea que rondaba mi cabeza: que iba a perderlo todo.
Absolutamente todo lo que me importaba.
—Otra ronda —dije, deslizando el vaso vacío hacia el camarero.
Él me miró dubitativo, pero no dijo nada. Y yo se lo agradecí enormemente. No necesitaba sermones, sino alcohol.
Caer inconsciente esa noche.