Mi irresistible enemigo Capítulo 30
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Capítulo 30

Luna

—Cualquiera diría que has encontrado a los extraterrestres que visitan a mi abuela y te has ido de pingoneo con ellos —comentó Nico después de escucharme suspirar por decimoquinta vez en menos de una hora.

Le di un puntapié por debajo de la mesa a modo de respuesta. No quería que se enterase —bueno, ni él ni nadie— de que me había besado con Marlon. Ese secreto pensaba llevármelo a la tumba.

—Ja, ja. Me parto y me troncho —respondí de forma irónica—. Lo que pasa es que estoy cansada, nada más.

—Pero si no dejas de suspirar como una colegiala. ¿No será que has ligado con alguien de la isla? —Nico me miró con una de sus cejas enarcadas.

—Claro que no. Aquí solo está tu familia; la de sangre y la política. ¿Con quién quieres que ligue?, ¿con tu tío Joseph, que tiene noventa años?

—Pues era bien guapetón con cuarenta años menos —se defendió Nico—. Tendrías que ver fotos de él.

—Cuando quieres ligar con alguien de la tercera edad, le miras la cuenta corriente, no los álbumes de Facebook —se cachondeó Daphne.

—¡Que no quiero ligar con un hombre de noventa años! —protesté—. Bueno, ni con él ni con nadie.

—Pues no sabes lo que te pierdes —dijo Daphne.

Tanto Nico como yo nos quedamos mirando a nuestra amiga, sin saber a qué se refería.

Ella se rio y bebió un sorbo de su copa de vino.

—No me refiero a que me haya follado a un viejo, que os veo venir. Lo que quiero decir es que mola estar pillada, tener a alguien especial… —hizo un aspaviento con la mano, restándole importancia—. Hace mucho que no follas, y eso se nota.

—El sexo no lo es todo.

—Claro que sí. Es parte fundamental del ser humano. De las pocas cosas que todavía podemos escoger con quién disfrutarlo, y además hacerlo a nuestra manera —insistió mi amiga.

—Eso lo dices porque tú tienes una follamiga con la que te lo pasas de lujo. Que, por cierto, ¿dónde la has dejado esta noche? —se interesó Nico.

—Se ha ido de compras. Dijo que quería darme una sorpresa esta noche y que no podía verla.

—Vamos, que se va a comprar lencería cara para que se la quites con los dientes —comentó mi amigo.

Daphne se rio.

Yo me eché más sal sobre las patatas fritas que estaba cenando. Carbohidratos por la noche… ¿quién me lo iba a decir? Así de nerviosa estaba por culpa de Marlon y el beso que compartimos.

—Eso espero. Imagina llegar y que me haya comprado un pareo horrible. Qué horror.

Continuamos cenando entre risas. Reunirme con ellos siempre me recargaba de energías. Eran las dos únicas personas en esta isla que no me condenarían por mis malas decisiones.

—¿Y tú vas a soltar prenda o te lo vas a llevar a la tumba? —insistió Nico, con la copa de vino a medio beber en alto—. Estás tan ausente que no te has coscado de las dos pullitas que te hemos lanzado.

—¿Cómo? ¿Qué dos pullas? Y no me pasa nada. Solo estoy cansada; hoy fue un día muy ajetreado.

No podía contarles lo del beso. La forma en que Marlon me había apretado el trasero. O la manera en que yo le había correspondido, como si no hubiera un mañana.

Maldita sea. Maldita, maldita sea.

—Bueno —dijo Nico, rompiendo el silencio—. Pasado mañana es la despedida de soltero. Espero que estéis listas.

—¿La despedida de soltero? —pregunté, agradecida por el cambio de tema—. Todavía no nos has contado qué quieres. Y dudo mucho que haya club de striptease en esta isla.

—Sí. —Sus ojos se iluminaron—. Vamos a celebrarlo todos juntos. He organizado una fiesta de disfraces. Va a molar mucho.

—¿Disfraces? —Daphne arqueó una ceja—. ¿De qué?

—De lo que queráis. —Nico se encogió de hombros—.

He alquilado un local en el centro del resort.

Habrá música, bebida, y todo el mundo tendrá que ir disfrazado.

He pensado que podría ser divertido y mucho menos aparatoso.

Así todos disfrutaremos en compañía de los demás, y no tendréis que elegir a qué despedida ir.

No sonó tan terrible como esperaba. Al menos podría perder de vista a Marlon, y eso era de agradecer.

—¿Y tú de qué vas a ir? —pregunté, lamiendo la cuchara del tiramisú.

—De Indiana Jones, obviamente. —Nico sonrió—. Es mi destino parecerme a él.

—Claro que sí. Y buscarle el tesoro entre las patas a Angy —se burló Daphne.

Las dos nos echamos a reír mientras él se sonrojaba como un colegial.

Nico se lanzó a explicarnos por qué era de mala educación hablar así de la futura novia a la que acompañaríamos hasta el altar, pero no le escuché del todo porque me llegó un mensaje.

Un mensaje de Marlon.

—¿Quién es? —preguntó Daphne, inclinándose para ver.

—Nadie. —Cogí el teléfono y lo escondí bajo la mesa—. Solo un mensaje de trabajo.

—¿A estas horas?

—Los periodistas trabajamos a todas horas.

Abrí el mensaje con dedos temblorosos.

¿Has llegado bien?

Me mordí el labio. ¿Por qué me preguntaba eso? ¿Por qué se preocupaba? ¿Y por qué yo sentía una calidez en el pecho al leer sus palabras?

Claro que sí.

Estoy cenando con Nico y Daphne.

Con razón se ha plantado mi hermana en mi habitación para pedirme que la acompañara a cenar.

Ya lo siento por ti.

Pensaba que querías a Angy.

Y lo hago. Lo cual no quita que siga siendo mi hermana pequeña.

¿Y qué tiene de malo?

Que se cree que puede convencerme de cualquier cosa solo haciéndome ojitos.

Lógico y comprensible.

Angy es un amor.

—Pero bueno. ¿Qué te está diciendo tu jefe que te arranca una sonrisita de idiota? —Daphne sonrió de medio lado, sin soltar su copa.

—¿Cómo? Ah, nada —me encogí de hombros en un intento patético de convencerla de que no pasaba nada raro—. Es que me gusta que halague mi trabajo.

—Pero si estás de vacaciones —comentó Nico.

—Ya. Dejé algunos artículos listos antes de venirme a esta isla. Obligada por ti.

Nico y Daphne intercambiaron una mirada. Parecían decirse, sin necesidad de usar palabras, que yo mentía fatal y que ocultaba algo.

Lo sé.

Oye, Marlon…

Espero que no le cuentes a NADIE lo que ha pasado esta tarde.

Tranquila.

Nadie sabrá que me metiste la lengua hasta la campanilla.

Me sonrojé al recordar la manera en que había asaltado a Marlon en su momento más vulnerable, adueñándome de su boca como si fuera una fuente de agua fresca en mitad del desierto.

Y lo peor de todo es que me había encantado.

Lo cual era totalmente innecesario.

Eso, tía. Tú hazte la fuerte , me susurró una vocecita.

Te complicas demasiado, chica medusa.

La próxima vez te callas tú solo.

Imbécil.

Creo que tu técnica es más efectiva.

Hablar, no hablé más.

Pero descuida, no le hablaré a nadie de tus besos de ventosa.

¡Yo no doy besos de ventosa!

Parecías un pulpo. Abrazándome por completo y baboseándome.

Será gilipollas , pensé. Me ardía hasta la garganta de la vergüenza.

Eres insufrible.

No pasa nada.

He sobrevivido a besos peores.

Una vez me hicieron una mamada, y la chica tenía Brackets.

Te imaginarás lo que pasó.

Dios mío…

Espero que la chica haya sobrevivido al trauma.

Sin saber muy bien por qué, solté una risa.

Una parte de mí estaba dando volteretas de felicidad al saber más cosas de Marlon que poco o nada tenía que ver con su vida como empresario. Y eso hablaba muy mal de mí, porque él era mi enemigo. Mi irresistible enemigo.

—¿Qué pasa? —preguntó Daphne, sorprendida.

—Nada. —Me cubrí la boca con la mano—. Solo un mensaje divertido.

—¿Un mensaje divertido? —Nico arqueó una ceja—. ¿De quién?

—Del trabajo, ya te lo he dicho. Es que mi jefe es muy gracioso —mentí.

—No me creo que el trabajo te haga reír así. Si siempre estás echando sapos y culebras por la boca acerca de la gente que trabaja ahí.

—Claro que no.

—Sí que lo haces —corroboró Nico. Sentado frente a nosotras, sonreía como si supiera un secreto y nosotras no—. Pero vamos, que no pasa nada. Ya nos contarás con quién andas tonteando. Prisa no hay.

—Eso, marrana —Daphne me dio un codazo, juguetona—. Tú echa un par de buenos polvos y desahógate.

Puse los ojos en blanco y escondí una sonrisita. Cogí la cucharita y tomé un poco más de tiramisú.

Si ellos supieran que se trataba de Marlon, no me estarían animando a tirármelo. Ni yo planteándome la posibilidad de hacerlo.