Mi irresistible enemigo Capítulo 29
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Capítulo 29

Luna

La última tortuguita llegó al mar justo cuando el sol se hundía en el horizonte.

Había sido un espectáculo hipnótico. Docenas de pequeñas criaturas abriéndose paso entre la arena, luchando contra las olas y encontrando su camino hacia el agua. Y Luna, a mi lado, había seguido cada movimiento con una atención que me había dejado sin aliento.

No podía dejar de mirarla.

El pelo mojado cayendo sobre sus hombros. La piel brillante bajo la luz dorada del atardecer. La sonrisa que se dibujaba en sus labios cada vez que una tortuguita conseguía llegar al mar.

Parecía tan... libre. Tan vulnerable. Tan hermosa.

Se había pasado veinte minutos chillando y suspirando y riendo al ver a aquellas criaturas recién nacidas ir en busca de su mamá. Y yo, en lugar de mirarlas también, no le pude quitar el ojo de encima a ella.

—No queda ninguna —dijo Luna, llena de satisfacción—. Han llegado todas.

—Todas —repetí, medio distraído.

Luna se dejó caer sobre la orilla, con los brazos extendidos y los ojos cerrados, como si el esfuerzo de haber presenciado el milagro la hubiera agotado.

—Es increíble. Nunca pensé que sería testigo de algo tan bonito.

—Yo tampoco.

Me alejé unos pasos y empecé a caminar por la orilla, buscando entre la arena húmeda.

Las olas lamían mis pies, dejando un rastro de conchas y caracolas que brillaban bajo la luz del atardecer a mi paso.

No supe por qué, pero me dio la impresión de que a Luna le gustarían, y por eso me agaché a buscar unas cuantas.

Cuando tuve las manos llenas, volví a su lado y dejé caer el montón frente a ella.

—¿Qué es esto? —preguntó, incorporándose con una mezcla de sorpresa y curiosidad.

—Conchas. Caracolas. —Me encogí de hombros, intentando parecer despreocupado—. Supuse que te gustarían. A la mayoría de mujeres les parecen bonitas.

Luna abrió los ojos de par en par y se inclinó sobre el montón, sus dedos rozando cada pieza con una delicadeza que me hizo olvidar cómo se respiraba.

—Son preciosas —susurró—. Todas son preciosas.

—Toma esta. —Señalé una caracola un poco más grande, de color blanco cremoso con vetas rosadas—. Es la mejor de todas.

—¿Cómo sabes cuál es la mejor?

—Porque sí. —Sonreí—. Es la que tiene la forma más perfecta, digamos.

Luna la cogió y la sostuvo contra la luz del atardecer, girándola entre sus dedos con una atención que me hizo olvidar dónde estaba. O más bien con quién estaba en esa pequeña cala de la isla.

—Podría guardarla de recuerdo —dijo sin dejar de girar la caracola entre sus dedos—. Para cuando vuelva a casa.

—¿Y te acordarás de mí cuando la veas? —bromeé.

—Puede que sí. —Esbozó una sonrisa—. O puede que la use para hacer un collar y me olvide por completo de quién me la obsequió. Nunca se sabe.

—Qué cruel.

—Soy una mujer cruel. Una bruja de la mar dispuesta a hacerte la vida imposible —dijo ella, salpicándome agua con el pie.

Intenté apartarme, pero ella siguió mojándome, sin dejar de reírse a carcajadas.

Bruja no sabía, pero cruel era un rato. Porque ¿cómo explicaba que estuviera tan hermosa al atardecer?

Con restos de sal pegados a su piel, al igual que la arena fina que las tortugas habían recorrido un rato atrás. Hasta la mirada le brillaba.

Traté de sostenerla para que se estuviera quieta, pero Luna se zafó como una culebrilla de mí.

No se apartó demasiado. Nuestros rostros estaban a centímetros de distancia, y podía sentir su aliento contra mi piel, el calor de su cuerpo, el olor a mar y a sal que la envolvía.

Sus ojos verdes se clavaron en los míos, y por un momento, el mundo se detuvo.

Sentí tanto vértigo que pensé que me caería.

—Gracias por la caracola y por lo de las tortugas. Ha sido bonito vivir algo así, para variar. Siento que desde que llegué a esta isla solo me han pasado cosas malas.

Quise responderle que no era más que una tregua entre nosotros. Que tarde o temprano se acabaría, y volveríamos a discutir y a hacernos putadas mutuamente. Pero ni siquiera tuve la oportunidad de arruinar el momento; el mar se me adelantó.

Una ola bastante grande se acercó rápidamente a la orilla y golpeó a Luna por detrás.

Ella chilló y se tambaleó hacia delante, chocando contra mí con tanta fuerza que casi caímos al agua a la par. Mis brazos la atraparon por instinto, y nuestros cuerpos quedaron pegados, tan cerca que podía sentir cada curva de su cuerpo bajo mis dedos.

—Mierda —dijo ella—. Eso ha sido una pasada.

—¿Estás bien?

—Sí, estoy bien. Pero... ¿eso no es tuyo?

Se detuvo en seco y miró hacia el agua. Yo seguí su mirada y vi cómo la pulsera que siempre llevaba en la muñeca se alejaba flotando, arrastrada por la corriente.

Era la pulsera que me regaló mi padre en mi último cumpleaños. Al menos, en el último que él vivió a mi lado.

—¡Mi pulsera! —grité, y la desesperación se adueñó de mí.

Me solté de aquel extraño abrazo que compartíamos y corrí hacia el agua, intentando alcanzarla, pero la corriente ya la había arrastrado más allá de mi alcance. La vi desaparecer entre las olas, y sentí cómo el pánico se apoderaba de mí.

De pronto, el aire abandonó mis pulmones y ya no sabía cómo se respiraba.

—¡No! —grité, y mi voz resonó en la playa vacía—. ¡No puede ser! Joder. La maldita pulsera.

—Marlon, cálmate —dijo Luna, apareciendo a mi lado—. Es solo una pulsera.

Pero no era solo un objeto de plata, con la fecha más importante de todas grabada en un lateral. Era lo único que me quedaba de él. Del hombre al que más admiraba, aunque ya no estuviera entre nosotros. Y lo había perdido.

Mierda, mierda, mierda.

Sentí cómo las lágrimas empezaban a formar un nudo en mi garganta. Era ridículo. Y rozaba lo patético. Pero esa pulsera era lo único que me quedaba de la única persona que me había querido sin condiciones.

—Joder, no puede ser… La pulsera. Mierda.

—¿Marlon? Marlon, hey… Me estás asustando. ¿Estás bien?

Ninguna palabra salió de mis labios. Solo un quejido roto, un suspiro lastimero.

Ella, al ver mi estado, se acercó y me sujetó el rostro entre las manos. A pesar de la brisa que soplaba a esas horas, donde el sol ya casi se había ocultado en el horizonte, ella tenía la piel tibia y suave. Como pétalos de rosa.

—Mírame, por favor.

No lo hice.

Ella suspiró.

—Marlon, respira.

Tampoco le hice caso.

—Oye, si no me hablas, voy a pensar que te ha dado un ictus o algo así, y me voy a asustar, y chillaré.

—Deja de parlotear y ayúdame a buscar la pulsera.

—Ya se ha ido, Marlon. El mar se la ha llevado. Sería un milagro si la encontramos.

—Pero la necesito de vuelta.

—Marlon, no puede ser.

—Claro que sí. Tenemos que rebuscar entre la arena. Seguro que se ha quedado atascada en algún lado.

—No vas a entenderlo por las buenas, ¿verdad?

—¿El qué? —intenté enfocarla con la mirada, pero mis ojos se iban hacia la orilla una y otra vez. Buscando algún destello, algo que me ayudase a ver la pulsera—. Te digo que podemos buscarla. Coge el móvil y alúmbrame. Yo mismo la buscaré y…

Luna volvió a suspirar y se inclinó para tomar mi boca. O más bien para adueñarse de ella.

Qué dulce sabe.

Por un momento, olvidé la pulsera. Olvidé el pánico. Olvidé todo. Solo existía ella, el sabor de su boca, la sensación de su cuerpo contra el mío y de sus dedos acariciando mis mejillas.

Lo más lógico hubiese sido apartarla y mandarla al infierno, pero no tenía ganas ni fuerzas para hacer tal cosa. En su lugar, la besé con la misma desesperación. Buscando el aire que me faltaba entre sus labios carnosos.

Luna se apoyó contra mi pecho y me rodeó el cuello con sus brazos. Era como si no quisiera dejarme escapar. Obligándome a derretirme bajo las caricias de su lengua, de sus dedos sobre mi nuca.

Mis manos encontraron su cintura, y luego bajaron, sin pensar, hasta su trasero. Apreté con fuerza, sintiendo la curva de su cuerpo bajo mis dedos, y ella emitió un sonido que era mitad sorpresa, mitad placer.

—Marlon... —murmuró contra mis labios.

Atrapé su labio inferior entre mis dientes y tiré suavemente. Un pequeño gemido escapó de sus labios. Y como si un interruptor se hubiera activado en su cabeza, se apartó de golpe y me miró con horror.

—¡¿Qué estoy haciendo?! —soltó un alarido—. ¡No puedo hacer esto! Eres… Oh, dios. He pedido el juicio. Mierda.

Antes de que pudiera detenerla y callarla yo en esta ocasión con otro beso, Luna salió corriendo. Su pelo rubio ondeando en el aire a medida que correteaba hacia el sendero que la llevaría directamente hacia el resort.

Yo me quedé allí un poco más, con los labios aún húmedos y la sensación de haber perdido algo, pero también ganado.