Capítulo 28
Marlon
Me había propuesto lidiar con mi calentón y mi confusión marchándome yo también a las termas. En un principio pensé que habría más gente, pero allí no quedaba un solo alma.
Bueno, sí. Una sola mujer.
Luna estaba sentada en el borde de roca, de espaldas a mí, con el agua cubriéndole hasta los hombros y la mirada perdida en el horizonte. Llevaba el bikini blanco. El que le había dicho que le sentaría mejor. Y tenía razón.
Maldita sea, tenía razón.
Se veía tan... tan... No podía ni pensarlo sin sentir que mi polla protestaba por el camino.
Tendría que haberme callado , pensé, enfadado conmigo.
El agua gorgoteaba suavemente, y Luna seguía mirando hacia el mar. Disfrutando de esa inmensa paz que se respiraba en las termas del resort. Un espacio protegido por palmeras, y techos muy altos y columnas de granito. Casi como si fuera un templo donde se venía a rezar.
Entré en el agua tras quitarme la ropa y dejarme solo el bañador. El sonido del agua alertó a Luna, quien se giró rápidamente a ver de quién se trataba. En cuanto me vio, sus ojos se abrieron de par en par, y corrió a meterse en el agua para cubrir su cuerpo.
Como si no la hubiera visto ya.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Relajándome. —Me sumergí hasta el cuello, apoyándome contra la roca opuesta—. Igual que tú.
—Hay otras termas, ¿sabes? Al otro lado de la isla. Y con más gente a la que puedas incordiar.
—Estas son las mejores.
—Seguro que sí —farfulló.
—Luna. —La interrumpí, sin querer discutir con ella. No me apetecía—. No voy a hacerte nada. Solo quiero estar aquí. En silencio.
Ella me miró durante un largo minuto, y en sus ojos vi una lucha interna. La necesidad de alejarse, de protegerse de mí y de mantener las distancias. Pero también las ganas de acercarse y pulular a mi alrededor como un gatito curioso.
Finalmente, se giró y volvió a mirar el horizonte.
El silencio entre nosotros fue incómodo al principio, cargado de todo lo que no decíamos. Pero poco a poco, el calor del agua y el sonido de la naturaleza fueron suavizando la tensión.
Envuelto en agua caliente, con las rocas presionándose contra mi espalda, me di cuenta de que llevaba muchísimo tiempo sin hacer algo que me relajase de verdad.
Y los masajes mensuales que recibía en San Francisco —más para evitar los dolores de espalda que por gusto— tampoco eran tan buenos comparados con este lugar.
Mi hermana escogió bien dónde celebrar su boda.
Se gastaría un pastón, pero merecía la pena.
Ya fuese de día o de noche, la isla de Norma era un paraíso al que jamás volveríamos con la misma ilusión ni energía.
Todo lo que tuviéramos que vivir aquí, tendríamos que hacerlo con la certeza de que no se repetiría jamás.
—Oye, Marlon… He estado dándole vueltas a algo todo el día —dijo Luna de pronto.
Al abrir los ojos, descubrí que ella estaba mirándome desde el otro lado.
Del agua solo sobresalía su cabeza y sus hombros—.
Acerca de lo que ocurrió anoche —se mordió el labio inferior con fuerza—. ¿Desde cuándo tienes pesadillas?
No me sorprendió en absoluto que quisiera descubrir qué provocaba que soñara todo tipo de cosas desagradables, al punto de atacarla sin querer.
Porque no busqué hacerle daño. Cuando dormía y las pesadillas me atacaban, a veces me golpeaba a mí mismo.
Me arañaba. O incluso me caía de la cama.
Y si alguien estaba a mi lado, también sufría las consecuencias.
Por eso no me permitía bajar la guardia con nadie.
Todo comenzó cuando mi padre me comentó el único secreto familiar que ensombrecía nuestra intachable trayectoria. Y descubrir de lo que había sido capaz de hacer mi abuelo, y la gente que lo rodeaba, me provocó náuseas y un terror absoluto.
Hablar de ello, además, me provocaba vergüenza.
Sentía que me juzgarían y me llamarían exagerado.
E incluso habiendo pasado por terapia, no cambiaba nada.
Porque descubrir que mi familia era partícipe del sufrimiento de alguien inocente, me rompía el corazón.
Y durante mucho tiempo, temí convertirme en alguien como él.
Capaz de todo por salvar las apariencias.
¿Y si la maldad y las malas elecciones también estaba en el ADN? ¿Y si lo heredé de él y en algún punto me convertía en un monstruo capaz de dañar a sus seres queridos?
No me gustaba mostrar mis secretos más oscuros. Y Luna lo había hecho. En parte. Quedaba mucho más bajo la superficie. Pero ella no lo sabía.
Que Luna me hubiera visto en ese estado vulnerable me hizo sentir más desnudo que si me hubiera puesto en pelota picada delante de todos los invitados a la hora de comer.
—No quiero hablar de eso.
Pensé que lo dejaría estar y no metería más las narices donde no la llamaban, pero exhaló un profundo suspiro y sacó la mano del agua. Sus ojos se centraron en las pequeñas gotitas que caían de entre sus dedos.
—Hubo una época en que yo también tuve muchas pesadillas. Me despertaba gritando y habiéndome arañado. Fue… muy desagradable.
Su confesión me sorprendió. Me incliné hacia ella, pero Luna no me miró. Seguía con la mirada perdida en las gotas de agua.
—En la universidad —continuó en un murmullo— me hicieron una putada muy gorda. En una fiesta, unos compañeros pensaron que sería divertido meterme en un armario. Como una broma. Y se olvidaron de mí.
—¿Qué?
—Me dejaron allí casi un día entero. —Su voz no tembló, pero había algo en su expresión, una tristeza que no estaba ahí minutos antes, que me hizo apretar los puños bajo el agua—. La chica de la limpieza me encontró al día siguiente. Estaba tan asustada que no podía ni hablar.
—¿Quiénes fueron? —pregunté, con los dientes apretados de la rabia.
—No importa. —Se encogió de hombros—. Fue hace años.
Pero durante un tiempo, tuve miedo a los espacios cerrados.
Y a la oscuridad. Y las pesadillas no me dejaban dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, recordaba la sensación de asfixia que me invadió cuando descubrí que no podría salir por mis propios medios de ese armario.
Ni siquiera me dormí, a pesar del cansancio.
Grité y pataleé todo el tiempo. Golpeé la puerta hasta reventarme las uñas de los pies.
Lloré como nunca. Y eso… jamás se me olvidó —confesó en voz baja.
De pronto se abrazó a sí misma, como si tuviera frío—.
Lo peor ni siquiera eran los recuerdos, sino las pesadillas.
Cuanto más soñaba con eso, más estrecho y oscuro era el armario.
Nunca entendería a esa clase de personas que veía cierta diversión en torturar a los demás.
Y aunque Luna no era santo de mi devoción, lo lamenté por ella.
Porque nadie se merecía ser enterrado —que no encerrado— en un armario diminuto, a oscuras, durante horas y horas.
Sin saber cuándo sería capaz de salir de allí.
—¿Y qué hiciste? —lo pregunté con toda la calma del mundo, aunque por dentro estaba rabioso.
—Fui a terapia. —Sus ojos se encontraron con los míos. La vergüenza y la rabia reflejándose en sus iris verdes—. Pero también me ayudó mucho el pensar en cosas bonitas antes de dormir. En lugares que me hacían feliz. En personas que me querían. —Hizo una pausa—. En cosas que me daban esperanza.
»Sé que sonará súper cursi y bobo, pero me ayudaba a despejar mi cabeza antes de irme con Morfeo. Como si pudiera drenar lo malo y dejar solo lo bueno.
No supe qué decir. Las palabras se me quedaron atascadas en la garganta, y solo pude mirarla, sintiendo cómo el peso de su confidencia se instalaba en mi pecho.
Quería decirle que no se lo merecía, y que ojalá hubiera atropellado con el coche a todos esos impresentables.
Pero cuanto más conocía a Luna, más me daba la impresión de que no era del tipo de mujer vengativa.
Solo asumía las cosas y pasaba página, para no envenenar su alma con lo malo que le sucedía en la vida.
—Lo siento —dije finalmente, y la palabra sonó tan pequeña que casi me avergoncé—. Lo siento que te hicieran eso.
Ella esbozó una pequeña sonrisa.
—Pasó hace muchos años. Ya lo tengo más que superado.
—Lo sé. Pero... —Hice una pausa, buscando las palabras adecuadas—. Nadie debería pasar por eso.
—No, no debería. Pero pasó. Y sobreviví. —Guardó silencio unos segundos—. Por eso sé que no es divertido ni bonito verse tan vulnerable delante de los demás. Las pesadillas son una mierda. Y solo quería que supieras que… que te entiendo, y que no pasa nada. No me hiciste daño.
De forma inconsciente, Luna se frotó las muñecas con los pulgares. Recordaba vagamente cómo se sintió tenerla debajo de mí, presionada contra el colchón, sacudiéndose y gruñendo. Y de solo recordarlo, la polla se me puso durísima.
No tenía ningún sentido, joder.
—Gracias —fue todo lo atiné a decir.
La sangre se me estaba acumulando en la cabeza equivocada, y tampoco es que quisiera contarle mis traumas. A ella menos que a nadie.
Luna asintió y volvió a girarse. Pude ver su pelo rubio y húmedo pegándose a su espalda cuando se apoyó contra la roca. Ni las sirenas le hacían justicia a esa mujer hecha de pecado.
Traté de relajarme y no pensar en los hijos de puta que la encerraron en el armario —y a los que me hubiese gustado torturar yo mismo—, pero no lo conseguí. Luna jadeó y empezó a chillar, señalando con el dedo en dirección a la playa.
—¡Mira! Oh, dios mío. ¡Marlon, no te pierdas esto!
—¿Qué pasa? ¿Por fin has encontrado a los extraterrestres que buscabas? —pregunté con ironía.
Ella bufó.
—Tu cabeza sí que no es de este planeta, gilipollas —me respondió—. ¡Son tortugas! —Su voz era un grito de emoción que nunca había escuchado en ella—. ¡Pequeñitas! ¡Están saliendo de los huevos!
Nadé hasta ella y vi lo que estaba señalando. En la playa, justo donde el agua lamía la arena, un grupo de tortuguitas diminutas salía de sus huevos y se arrastraba hacia el mar. Eran docenas y docenas, pequeñas y vulnerables, moviéndose con una determinación que me dejó sin aliento.
—Son preciosas —dijo Luna, y su voz era un susurro lleno de asombro—. Nunca había visto algo así. Bueno, en vídeos de TikTok y cosas así. Pero no en tiempo real. Son… preciosas.
Y entonces, sin saber muy bien por qué, me acerqué a ella.
Apoyé los brazos sobre la roca, de forma que nuestras manos se rozaron. Ella no se apartó. Solo siguió mirando las tortugas, con una sonrisa que iluminaba su rostro.
—Es increíble —murmuré.
—Sí —respondió ella. Sonreía tanto que sus ojos se achinaron—. Es increíble. Los milagros así solo ocurren una vez en la vida. Parece mentira que el destino nos lo tuviera preparado a nosotros, ¿verdad?
—Espero que no me sueltes una charla interminable sobre la importancia de ver a tortugas marinas salir del cascarón e ir en busca de sus madres. O que me digas que esto lo leíste en tu horóscopo, porque no te voy a creer nada.
Luna me dio un codazo suave.
—No te burles. Digas lo que digas, no vas a ver algo así en tu vida.
Recorrí su rostro con la mirada, desde sus iris verdes como las esmeraldas hasta sus labios carnosos, de color rosado. Y le tuve que dar la razón.
—Pues no. No voy a ver algo tan hermoso nunca más.
Se sonrojó tantísimo que miró al frente y sacó medio cuerpo a través del borde de las termas, intentando ver mejor a las tortugas. Que Luna se comportara como una niña pequeña emocionada solo me causó ternura. Vaya mala suerte la mía.
—¿Quieres ir a verlas más de cerca?
—¿Qué? ¿Podemos hacer eso? —preguntó con emoción.
—No. Pero si nadie se entera, no pasará nada. Será nuestro secreto.
La vi dudar unos segundos… hasta que asintió varias veces con la cabeza.
—Vayamos a ver a las tortuguitas.