Capítulo 27
Marlon
Abrí el grifo de la ducha y dejé que el agua helada me golpeara directamente en la cara. Necesitaba distraerme un poco y refrescar mi cabeza.
Mi encuentro con Luna me había dejado más enfadado de lo que me hubiese gustado. No soportaba verla con el portátil en las manos. Era un recordatorio constante de lo que me hizo dos años atrás. De que era una periodista a la que no le importaba nada, salvo tener su exclusiva.
Dios, necesitaba que esa boda se terminase ya. Adoraba a mi hermana, pero me había metido de lleno en la boca del lobo. A la fuerza, y sin que yo quisiera.
Angy sabía muy bien lo celoso que era con mi intimidad, lo mucho que amaba a mi familia, y lo poco que me gustaba que metieran las narices en esos asuntos.
Y también conocía el alcance de mi odio hacia Luna.
Ella lo había jodido todo. Me golpeó cuando estaba más vulnerable y, lejos de disculparse, se pavoneaba por ahí con sus vestiditos cortos, su sonrisa de sirena y su mirada de loba.
No lo aguantaba más.
Apoyé la frente sobre la pared y cerré los con fuerza, el agua cayendo sobre mi espalda a una temperatura más normal. Pero la paz ni siquiera duró más de unos minutos. Al otro lado de la puerta, alguien —aunque podía suponer quién era— había puesto la música a todo trapo y cantaba a pleno pulmón.
—¿Qué...? —murmuré, cerrando el grifo.
La voz de Luna perseguía el ritmo de la canción de Sabrina Carpenter en un tono agudo que me taladró los oídos. Cerré el grifo y me envolví la toalla alrededor de las caderas antes de salir en su busca.
La escena que vi me dejó clavado en el sitio.
Luna estaba en medio de la habitación, con su teléfono en la mano reproduciendo música, bailando como si no hubiera nadie mirando. Su cuerpo se movía con una naturalidad que me dejó sin aliento. Las caderas marcando el ritmo, el pelo rubio saltando con cada giro.
Mis ojos se deslizaron por su cuerpo… y me encontré con que iba medio desnuda. Salvo por el bikini de color negro. Tan pequeño que apenas cubría lo necesario.
Las tiras finas se anudaban a los lados de sus caderas, y la parte de arriba apenas contenía lo que prometía. Su piel morena brillaba bajo la luz de la habitación, y el movimiento de su cuerpo hacía que cada músculo se tensara y se relajara al compás de la música.
Sentí un calor en la entrepierna que no tenía nada que ver con la ducha.
—¿Qué estás haciendo?
Luna se giró hacia mí, y sus ojos se abrieron de par en par al descubrir que no estaba sola. Un rubor intenso subió por sus mejillas, extendiéndose hasta su pecho.
—¡Marlon! —gritó—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Vivo aquí. —Me apoyé contra el marco de la puerta, cruzando los brazos. Las gotitas seguían deslizándose por mi pecho, haciéndome cosquillas—. Es mi habitación.
—Bueno, sí. Cierto. Pero también es la mía.
—¿Acaso no has escuchado la ducha?
—Pues no. Es obvio que pensaba que estaba sola —se defendió ella, todavía abochornada.
Su mirada recorrió mi cuerpo de una forma tan sensual que la polla se me endureció todavía más. Joder, ¿por qué no podía comportarse de otra manera? ¿Por qué tenía que ser guapa, sensual y divertida? ¿Por qué no se parecía al monstruo que sabía que era?
—Deja de mirarme, chica medusa. Ten un poco de decencia.
—¡Pero si eres tú el que no me quita ojo de encima!
—No es mi culpa que estés aquí, bailando en bikini.
—¡No estoy bailando en bikini! —exclamó, pausando la música—. ¡Me estaba probando los bikinis para las termas! No sabía cuál elegir. Llegas a salir dos minutos antes, y me pillas en bolas. Pervertido.
Qué lástima. Hubiese mejorado mucho mi día ver ese trasero en primer plano . No supe de dónde vino ese pensamiento, pero me mantuvo en alerta todo el tiempo.
—¿Las termas?
—Sí. —Cogió una bolsa del suelo y empezó a meter cosas dentro con movimientos nerviosos—. Las termas naturales que hay al otro lado de la isla. Daphne me ha dicho que son increíbles para relajarse.
—¿Y te vas a relajar en bikini?
—No es asunto tuyo cómo me baño. ¿No te has fijado en que no estamos solos? Hay mucha gente que pasea por allí, y no quiero que nadie me vea como mi madre me trajo al mundo.
—No, no es mi asunto. —Esbocé una sonrisa perezosa—. Pero si vas a las termas, deberías llevar el blanco. Te sentaría mejor.
Sus dedos se detuvieron en el aire.
—¿Qué? ¿De qué hablas?
—El bikini blanco. —Señalé las dos prendas diminutas que había dejado sobre la silla—. El que tienes ahí. Te sentaría mejor que el negro.
El rubor en sus mejillas se intensificó hasta volverse casi púrpura.
Me di el lujo de volver a mirarla. El bikini apenas cubría sus pechos —que, aunque pequeños, se veían redondos y perfectos—, y dejaba al aire su vientre plano y su ombligo pequeño. Los huesos de las caderas sobresalían de una forma deliciosa. Y sus muslos… Maldita fuera, eran perfectos.
¿El bikini blanco? Ni de coña. Estaría mejor sin nada encima. Pero no era algo que admitiría en voz alta.
Luna farfulló algo que no entendí, cogió la bolsa y salió de la habitación casi corriendo. La puerta se cerró con un golpe que resonó en el pasillo, y yo me quedé allí, en medio de la habitación, sintiendo cómo el agua aún goteaba de mi cuerpo.
Sin poder evitarlo, solté una risa.
¿Qué coño estaba mal conmigo? Todo, probablemente.
Maldita sea.
Me pasé una mano por la cara y caminé hacia la cama, dejándome caer sobre el colchón. La toalla se aflojó ligeramente, pero no me importó.
Porque solo podía pensar en ella y en su maldito bikini.