Mi irresistible enemigo Capítulo 26
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Capítulo 26

Luna

El sol de media mañana calentó mi piel mientras cruzaba el resort con el portátil bajo el brazo. Llevaba un vestido ligero de color blanco, sandalias planas y una expresión de cansancio que ni el café más fuerte podría disimular.

Había dormido mal. Muy mal.

Las imágenes de la noche anterior seguían revoloteando en mi cabeza. Marlon, sobre mí, acorralándome contra la cama de una forma muy sensual. Y luego su mirada nerviosa, la vulnerabilidad en su voz.

¿Cuántos misterios escondía ese hombre debajo de su máscara de frialdad? ¿A qué se debían sus pesadillas? No me dejaría preguntárselo, y a Angy no quería involucrarla en esto, así que me quedaría con la duda. A menos que volviera a atacarme esa noche.

Encontré una mesa apartada en la terraza del resort. Saqué el portátil de la funda, lo abrí y empecé a escribir. Necesitaba sacar de dentro todo lo que me inquietaba últimamente. Esta boda iba a acabar conmigo.

Aún no le había contado a nadie que me había embarcado en la aventura de escribir un libro. Nada de misterios, thrillers o romances. En realidad, era una novela de ficción. Un libro que contenía una parte de mi vida como periodista.

San Francisco no era muy grande si te movías solo en ciertos escenarios. Y eso me había permitido conocer a mucha gente interesante y otros no tanto. Personas que mentían más que hablaban, y otras que basaban su existencia en aparentar lo que no eran.

Cuando me quedé en paro por culpa de Marlon, me relacioné con muchas de ellas.

Impulsada por encontrar una forma de limpiar mi imagen y mi nombre.

No sirvió de nada, pero me permitió crecer mucho como periodista.

Gracias a ellos, me cogieron en una revista enfocada para mujeres, donde escribía de todo un poco.

Pero eso no me llenaba.

Necesitaba escribir algo que me hiciera feliz. Transformar los miedos, las malas experiencias y las burlas en algo bueno y positivo.

El problema era que no me concentraba.

Mi mente volvía una y otra vez a las pesadillas de Marlon.

¿Desde cuándo las tenía? ¿Por qué? ¿Y por qué se había abierto conmigo? ¿Por qué me había contado algo tan personal, tan íntimo, después de todo lo que había pasado?

—Déjalo estar —murmuré, clavando los dedos en el teclado—. No es asunto tuyo.

Pero el cursor parpadeaba en la pantalla vacía, y yo seguía sin escribir ni una palabra diez minutos después de sentarme y pedirle al camarero que me trajese un margarita.

Beber a esas horas de la mañana debería estar prohibido —y más de la nochecita que había pasado—, pero nadie me lo impidió, y a mí me daba igual que me llamaran borracha.

Escribí una página entera a trompicones. Cada palabra salía de mí como si tuviera que empujarla cuesta arriba y pesara una tonelada. Y cuando miré los párrafos escritos, sentí que todo era una basura. Que mi mediocridad sería muy evidente cuando alguien cogiera ese libro y lo leyera.

Unas cuantas risas, a lo lejos, me distrajeron.

Levanté la vista y vi a un grupo de niños correteando por el césped. Debían tener entre cinco y nueve años, y estaban jugando al fútbol con una energía que solo los niños tenían a esa edad. Y en medio de ellos, como un gigante entre enanos, estaba Marlon.

Me quedé paralizada.

Llevaba unos pantalones cortos y una camiseta blanca que se le pegaba al cuerpo por el sudor.

El pelo, que normalmente llevaba perfectamente peinado, estaba revuelto y caía sobre su frente en mechones desordenados.

Estaba riendo. De verdad, riendo, con la boca abierta y los ojos brillantes, mientras un niño pequeño intentaba quitarle el balón.

—¡No me vas a ganar! —gritó, y su voz era un rugido juguetón en medio de las carcajadas infantiles.

El niño se rio y corrió tras él, y Marlon, en lugar de apartarse, se dejó atrapar. Acto seguido se dejó caer al suelo, fingiendo que el niño lo había derribado, y los demás se abalanzaron sobre él en una maraña de brazos y piernas y risas.

—¡Te hemos ganado! —gritaron—. ¡Te hemos ganado!

—Sí, sí —dijo Marlon, rodando por el césped para librar de ellos—. Me habéis ganado. Sois los mejores.

Nunca lo había visto así. Tan sencillo, tan libre, tan… humano. La máscara de arrogancia se le había caído por completo, y debajo solo había un hombre capaz de divertirse con un puñado de críos; sin pensar en qué imagen estaría ofreciendo al mundo.

¿Le gustaría tener niños? El pensamiento rozó mi mente y me puso más incómoda que alegre. No estaba segura de que un hombre como él fuese buen padre. Se volvería estricto con ellos, y no les permitiría hacer nada divertido. Aunque, viéndolo jugar al fútbol, cualquiera pensaría lo contrario.

Durante diez minutos, me pasé más tiempo mirándolos jugar que escribiendo.

Las palabras se habían atascado en mi interior y no fluían ni aunque mirase la pantalla, sin parpadear, durante veinte segundos consecutivos.

Pero Marlon y la pelota sí que me hacía sentir un cosquilleo en los dedos que nada tenía que ver con mis ganas de escribir.

Deja de mirarle, que pareces una voyeur.

Bajé la mirada hacia el portátil, dispuesta a seguir escribiendo un poco más. La boda y la presencia de Marlon no alterarían mi rutina. No era justo.

Pero no conseguí escribir dos líneas completas cuando, en una milésima de segundo, el balón con el que habían estado jugando se estrelló contra mi mesa.

—¡Mierda! —grité, saltando de la silla.

El impacto había tirado la copa, y ahora mi portátil estaba empapado por una esquina.

—¡Mi portátil! —gemí, levantándolo con manos temblorosas—. ¡No, no, no! Joder, no me digas que se ha jodido.

Marlon apareció de pronto, jadeante y sudoroso. Los rayos de sol hicieron que su piel brillara como si fuera de oro. Y sus ojos, de un azul precioso, se clavaron en los míos con cierto pesar.

—Lo siento mucho —dijo, y sonó sincero—. Ha sido un accidente. Los niños no querían...

Se detuvo en seco cuando se percató de que se trataba de mí. Con las gafas de sol no me había reconocido a la primera.

Su expresión cambió. La sonrisa se borró de su rostro, y en su lugar apareció el hombre serio —mi enemigo— de siempre.

—Ah, que eres tú.

—Pues sí. ¿Cambia algo la situación? —me quejé.

—¿Qué haces aquí?

—Escribiendo. —Apreté el portátil contra mi pecho, protegiéndolo de cualquier otro balonazo—. No sabía que tenías un equipo de fútbol infantil a tu disposición.

—Son hijos de invitados. —Se encogió de hombros—. Estaba echándoles una mano a sus padres, porque se han ido a dar un baño a las termas y la guardería del resort aún no había abierto.

Aparté de un manotazo aquella sensación cálida, casi de ternura, que me embargó al escucharle. Marlon no se merecía ningún tipo de empatía de mi parte.

—Pues se te ha ido la mano un poco. ¿Te has planteado siquiera que jugar al fútbol no es lo más recomendable dentro de un resort, donde hay mucha gente?

Marlon no me contestó. Sus ojos se posaron en el portátil que sostenía contra mi pecho, y algo en su mirada se endureció.

—¿Qué estás escribiendo?

—Nada —balbuceé, nerviosa de pronto—. Cosas mías.

—Ajá. —Dio un paso hacia mí, y yo otro hacia atrás—. Parece que estás escribiendo algo importante. ¿Una nueva exclusiva?

—No es asunto tuyo.

—¿No? —A medida que avanzaba hacia mí, me iba acorralando más y más contra la barandilla de la terraza—. Espero que no estés escribiendo otra exclusiva sobre mí, Rivera. Todavía no termino de creerme el cuentecito ese de que buscabas extraterrestres. A mi hermana le venderás la bici, pero a mí no.

Me ofendió un poco que se pensara que todo giraba en torno a él. O a lo que ocurría en su vida. Como si yo me dedicase a eso y no a escribir artículos sobre qué serum era mejor para la piel grasa o la piel seca.

—No todo gira alrededor de ti, ¿sabes? Podrás creerte el dueño del mundo cuando estás sentado en tu escritorio, Marlon. Pero aquí, en esta isla, no eres más que otro turista aburrido. Como todos los demás.

—Pues a mí me parece que te encanta tenerme a tu disposición y escribir más mierda sobre mi empresa —sus manos se posaron sobre la barandilla, a cada lado de mi cuerpo; creando una cárcel de músculo y hueso alrededor de mí—. ¿Qué estabas escribiendo?

—Pues estás equivocado. Nada de lo que tenga que ver contigo es de mi interés.

Por si no te has fijado, vivimos en una isla preciosa, llena de platos riquísimos y cócteles imposibles.

Playas de arena fina y una fauna salvaje que convive en perfecta armonía con nosotros.

¿Qué tienes tú de interesante? —solté de golpe, casi como si me faltase aire en los pulmones para hablar.

Marlon tenía los ojos más azules del mundo.

No podía compararlos con el cielo despejado que teníamos sobre nuestras cabezas porque no se parecían en nada.

El azul de sus iris era algo más oscuro, pero mucho más bonito.

Y que constantemente me mirasen a mí, sin darme tregua, me hizo temblar como una hoja al viento.

—Tienes razón —dijo finalmente, frío como el hielo—. No es asunto mío. Pero si descubro que estás escribiendo sobre mí, que estás usando esto para otra de tus exclusivas, te juro que...

—¿Qué? —Lo interrumpí, desafiante. No estaba en disposición de ponerme altiva, pero no iba a tolerar que me aprisionara de esa manera y, además, me cohibiera—. ¿Qué vas a hacer? ¿Tirarme otra vez al agua? ¿Inundar mi habitación? Ya lo has hecho todo, Marlon. No tienes nada nuevo que ofrecerme.

—No me tientes —gruñó él—. Todavía tengo varios ases bajo la manga.

—No te estoy tentando. —Con la mano que no sujetaba el portátil, le di un empujón suave—. Te estoy diciendo la verdad. No estoy escribiendo sobre ti. No me importas lo suficiente como para escribir sobre nada que tenga que ver contigo o lo que te rodea.

La mentira ardía en mis labios, pero no podía permitir que supiera la verdad: que estaba escribiendo una novela. Que necesitaba este proyecto para sentir que seguía siendo escritora, y no solo una periodista caída en desgracia.

Marlon me miró durante un largo momento, y en sus ojos vi algo que no esperaba. Duda. Inseguridad. La misma vulnerabilidad que había visto la noche anterior.

—Más te vale —dijo finalmente, y su voz era un susurro—. Más te vale no pegar la oreja cuando estoy cerca. Porque yo no juego, chica medusa. Si me vuelves a joder, esta vez no tendré piedad alguna.

—Lo sé de sobra —murmuré, recordando aquel escándalo que nos sacudió a los dos en el pasado—. Sé que eres un cabrón. No necesitas recordármelo.

Lo aparté de un empujón y me fui corriendo. Ya no me sentía contenta ni motivada para seguir escribiendo.