Capítulo 24
Marlon
¿Cómo se recuperaba alguien después de mirar a la lujuria a los ojos? ¿Existía alguna cura para el odio y el deseo? Esperaba que sí, y que no me hubiesen condenado al pecado eterno por dudar, durante una fracción de segundo, de si besar o no a Luna.
Caminé hacia la playa, alejándome del ruido, de la luz y de la gente después de apartarla como si me hubiese mordido.
Necesitaba espacio. Necesitaba olvidar la forma en que sus ojos verdes me habían desafiado antes de inclinarse hacia mí, con los labios entreabiertos, totalmente decidida a condenarnos para siempre.
A joderme la existencia todavía más de lo que ya lo hacía.
Me senté en la orilla, justo donde el agua lamía la tierra, y dejé que la brisa marina enfriara mi piel.
Pero la imagen de Luna no se borraba de mi cabeza. De entre todas las mujeres del mundo, tenía que ser ella la que me pusiera en jaque todo el tiempo. Haciéndome dudar de mis emociones solo porque era atractiva a rabiar.
Cerré los ojos un instante, y la imagen de Luna con ese vestido diminuto me asaltó de improvisto. Recordándome que no era de piedra. Que debajo de esta armadura de odio y resentimiento aún vivía un hombre que se calentaba al ver a una de las mujeres más sensuales que caminaban sobre la Tierra.
Si eso no era una putada, ¿entonces qué lo era?
—Marlon —la voz de Sarah me sacó de mis pensamientos—. Te he estado buscando por todos lados. Hoy has decidido darte a la fuga. Otra vez.
Tendría que haber imaginado que Sarah no dejaría irme sin antes pedirme explicaciones de por qué me había insinuado dos veces, y las dos veces la había dejado plantada.
Ella llevaba un vestido blanco y largo, que se ajustaba a su cuerpo curvilíneo como una segunda piel.
De un rubio artificial, las ondas de su pelo llegaban hasta casi su cintura, y enmarcaban un rostro ovalado con facciones muy suaves.
Sarah era muy guapa, pero no encajaba en mi prototipo de mujer.
Me di cuenta en ese preciso instante, porque no sentí que se me removiera nada por dentro.
—No era el momento —respondí, sin mirarla—. Y me temo que nunca lo será. Supongo que has venido a la espera de que cumpla mi palabra acerca de esa noche que llevamos tiempo proponiendo, pero no quiero. Lo siento, Sarah; mentir no es lo mío.
—¿Y por qué iba a enfadarme? Podrías haberlo dicho antes. Es cierto que quería pasar un rato contigo, Marlon. Entras dentro de mi lista de hombres favoritos, pero no pasa nada si no das el paso. No me gusta conformarme con migajas cuando en cualquier otro lado tengo un banquete esperándome.
Menos mal, Sarah era una mujer coherente y madura. Y me tranquilizó descubrir que no me montaría un drama innecesario por darle calabazas.
—Sigues pareciéndome muy atractiva —le dije.
Ella se sentó a mi lado, en la arena, y esbozó una sonrisa tranquila.
—Eso no lo pongo en duda. Capaz me creas una mujer superficial y con el ego por las nubes, pero soy consciente de mi atractivo.
Además, reconozco una mirada de lujuria a diez kilómetros a la redonda —explicó ella, sin rastro de soberbia en la voz—.
Aunque no te lo creas, sé que es fácil cambiar de opinión cuando entra otra persona en nuestra vida que nos gusta mucho más.
—Ese no es mi caso.
Sarah enarcó una de sus cejas, y me hizo saber, a través de su mirada, que lo ponía en duda.
—¿Y la rubia de tu habitación?
—Solo es la amiga de mi cuñado. Como su habitación se inundó, la acogí en la mía —mentí.
—Por la forma en que la perseguías con la mirada, cualquiera diría que no es una persona cercana a ti.
—Y no lo es.
Por el día hacía un calor infernal en aquella isla de arena blanca y agua cristalina, pero, en cuanto caía la noche, refrescaba un montón. Y en ese momento fue consciente de que tenía la piel erizada por culpa de la brisa que agitaba mi camisa y mi pelo.
—Marlon, no soy idiota. —Se giró hacia mí y sus ojos se clavaron en los míos—. He visto cómo la miras. Y he visto cómo te mira ella. Hay algo entre vosotros, y no me harás cambiar de opinión. No soy tonta.
Solté un suspiro. No tenía fuerzas para mentir.
—Ella se llama Luna —expliqué con hastío—.
Es periodista. Hace dos años vino a hacerme una entrevista para una revista importante, a mi despacho, y yo la acepté.
Como había sido el empresario en generar más dinero el año anterior con la compraventa de propiedades, ese periódico en concreto quería saber cómo lo hice y llevarse la exclusiva.
Les dije que sí por puro orgullo y pura soberbia. Pero maldita la hora.
Sarah encogió las piernas y se las rodeó con los brazos, atenta a mi explicación.
—¿Y qué pasó?
—Pasó que... —Hice una pausa, buscando las palabras adecuadas—. Conectamos. Hablamos durante horas. No solo de negocios, sino de todo. De la vida, de los sueños, de las cosas que nos importaban. Fue fácil dejarme llevar con Luna, porque es muy buena enredando a la gente en su tela de araña.
—Así que te liaste con ella y terminasteis como el culo, ¿no?
Eso hubiera sido lo fácil. Terminar enfadándome con una mujer o un hombre no me suponía problema alguno.
Estaba acostumbrado a lidiar con clientes imposibles y empleados contestones que ponían a prueba mi paciencia todo el tiempo.
Pero Luna fue un paso más allá aquella vez.
Ella cruzó todos los límites de lo moral, y me atacó donde más me dolía.
Confiar en la prensa después de su paso por mi vida —que fue más o menos similar a un putísimo huracán— me resultó imposible. Ya no creía en ninguno de ellos, y todos me parecían la misma calaña.
—No es tan sencillo —dije, negando con la cabeza. Explicar abiertamente lo que ocurrió dos años atrás siempre me provocaba una punzada de ansiedad. Aquel tema aún me cabreaba como nada más—. Ni Luna ni yo nos liamos, porque yo la detuve a tiempo.
—Pero has dicho que sentiste cierta química con ella, Marlon. Y conozco de primera mano cómo te comportas con las mujeres que te gustan; no perdonas ni una sola oportunidad. ¿Acaso Luna hizo algo que te desagradó? Parece el tipo de mujer que te vuelve loco.
En esta ocasión, Sarah lo dijo con un tono menos asertivo.
—Acababa de romper con Lina.
Sarah lo entendió al instante. Mi relación con Emily trajo muchísima cola que pisar después de la ruptura.
Ella había convertido mis días tranquilos y monótonos en un campo de batalla.
Provocándome insomnio, ataques de rabia y ansiedad constantes; todo esto mientras ella soltaba mentiras por aquí y por allá.
Justo cuando Luna apareció en mi vida por primera vez, Emily acababa de asestarme un duro golpe en mi ego como ejecutivo.
Vendiéndole las acciones de su hermano —que heredó tras su accidente— a uno de los empresarios más cerdos del sector.
No había otra forma de describir a Jacob Steel.
Por no hablar de los cuernos que me puso y de sus exigencias a la hora de romper: quería parte de mi casa, de mi dinero y de todo lo que pudiese sacarme.
Y esa noche, cuando Luna y yo nos tomamos una copa y sentí ese deseo burbujeando entre nosotros, prácticamente arrollándonos… me sentí incapaz de dar el paso. Porque no confiaba en ninguna mujer. En ninguna.
Tampoco me equivoqué demasiado, visto lo visto. Luna traicionó mi confianza solo porque no me la tiré esa noche.
—Debió sentirse muy dolida por mi rechazo, al parecer, porque a la semana siguiente salió su reportaje.
—Mi voz se endureció al recordar todo lo vivido durante aquellos días—.
Un reportaje que contaba cosas de mí que nunca había contado a nadie.
Cosas que ella ni siquiera podía saber. Secretos de mi empresa, de mi familia, de mi vida.
Cosas que la prensa nunca había conseguido sacar a la luz y que Luna expuso al mundo sin que le temblara el pulso.
—Vale. Lo entiendo. Pero ¿por qué haría algo así ella? ¿Solo por un rechazo? Suena un poquito exagerado.
—Dímelo tú. También te traicionaron porque no quisiste volver con un ex.
Sarah captó enseguida por dónde iba el asunto, y no me extrañó en absoluto. A ella también le hicieron una cerdada parecida. Y mucho peor, en comparación; porque a ella la engañó su ex y luego la vendió a los lobos.
—Ya —apretó los labios y luego suspiró—. Si te hizo algo así, supongo que es comprensible que te caiga mal. Pero no entiendo por qué la acoges en tu habitación.
Porque mi hermana ha decidido volcar sobre mí toda la tensión que le causa la boda, y no deja de torturarme, pensé. Tampoco lo dije en voz alta.
—Cosas que pasan.
Sarah guardó silencio un momento.
Viéndola de perfil, me pareció una mujer muy guapa y serena.
Mucho más sensata de lo que recordaba. Las pocas veces que nos habíamos cruzado, Sarah siempre seguía el mismo patrón: coqueteaba conmigo, me lanzaba la caña, se reía todo el tiempo…
Esa noche, sin embargo, me demostró que sabía escuchar y que podía ser una buena amiga.
Justo lo que necesitaba en aquella isla de mierda.
—Pero si la odiaras de verdad, no le prestarías tanta atención. No estarías aquí, en la playa, pensando en ella en lugar de estar conmigo —Sarah encogió los hombros.
Touché.
—No lo hagas ver tan fácil. En la vida no hay nada blanco o negro.
—Es obvio que te sientes atraído por ella.
—Su voz era suave, pero sus palabras eran cuchillos clavándose en mi pecho.
Como si yo fuese una diana donde ella apuntaba sin que le temblara el pulso—.
Que te engañes a ti mismo es una cosa, pero que trates de engañar a los demás, que tenemos ojos en la cara, es muy diferente.
De alguna manera muy retorcida… te la quieres tirar.
Para saciar tu curiosidad o para vengarte de ella, eso ya no lo sé.
¿Vengarme de ella? Claro que quería hacerlo, pero no usando el sexo. Eso llevaba a confusión siempre. Y más con una mujer que era capaz de humillarme delante de todos, de sacar a la luz mi pasado y luego anhelar besarme cuando se pasaba de copas.
Odiaba a Luna. La odiaba de verdad. Y el deseo latente debajo de ese odio no cambiaba lo demás. A los enemigos no se les besaba. Jamás.
—Tú también has tenido que beber bastante para ver cosas donde no las hay, Sarah.
—Soy una mujer que no bebe más de una copa de champán por noche precisamente para estar cuerda el máximo de tiempo posible que paso rodeada de personas.
—Se inclinó hacia mí, y sus dedos rozaron mi mejilla—.
Lo siento, Marlon. Pero alguien tenía que abrirte los ojos.
Entre Luna y tú hay algo muy raro, y hasta que no lo averigües no deberías prestarte a conocer a otras mujeres.
Más que nada porque nos haces sentir que somos la sustituta.
No dije nada, pero tampoco hizo falta. Sarah sonrió y me dio un casto beso en los labios.
—Buena suerte con ella. Visto lo visto… la vas a necesitar.
Sarah se levantó con la agilidad de un gato y se sacudió la arena del vestido. No la seguí. No quería volver aún a la habitación, donde me esperaba Luna.
—Pero aceptaré una copa cuando necesites hablar —ella me guiñó un ojo y se marchó.
Yo me quedé un poco más en la playa, dándole vueltas a lo que acababa de decirme Sarah.
¿Tan obvio era que Luna me la ponía dura a pesar de todo? Tendría que disimular mejor.