Mi irresistible enemigo Capítulo 22
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Capítulo 22

Luna

El tequila había conseguido que me doliese la garganta de tanto chupar sal y limón. Pero no me importaba. Llevaba dos horas bailando, bebiendo y riendo con Daphne, Martha, Nico y Angy, y por primera vez en días, sentía que podía olvidarme de todo.

De Marlon, sobre todo. Él era peor que un grano en el culo. Y encima me tocaba aguantarlo de compañero de piso lo que quedaba de semana.

Cuando en el resort me avisaron de que no había habitaciones libres, pensé en volverme a San Francisco o dormir en la hamaca de alguna habitación. La de Daphne —que había venido con una follamiga— o la de la abuela de Nico. Pero no pudo ser. Todos me miraron como si hubiese perdido la cabeza.

Nadie comprendía la profunda desesperación que me embargó al descubrir que la única habitación que no tenía acompañante era la de Marlon.

Mi cara tuvo que ser un poema. Pero de nada sirvió que protestase y amenazara con pegarme un tiro; tanto Angy como Nico se encargaron de hacer la maleta y llevar todas mis cosas a la de Marlon. Sin preguntarme ni nada.

Y aún no habíamos dormido juntos. Tendríamos que compartir cama, y eso me provocaba una ansiedad brutal. No quería al responsable de mis desgracias a menos de un metro de distancia. Mucho menos en pijama, despeinado y oliendo a sexo que echaba para atrás.

Porque encima Marlon estaba usando la cama en ese instante para beneficiarse a la chica con la que llevaba toda la semana coqueteando.

La rubia perfecta. La que seguramente estaría gritando su nombre y tirándole del pelo, cabalgándole como si estuvieran en una película del oeste o en la telenovela de Pasión de gavilanes.

¿Y a mí qué me importa? Que se tire a quien quiera.

—Otra ronda —dijo Daphne, levantando su copa—. ¡Por la boda!

—¡Por la boda! —coreamos todos.

El DJ puso una canción pegadiza, y la pista de baile se llenó de gente otra vez.

Me dejé llevar por el ritmo, moviendo las caderas al compás de la música, sintiendo cómo el alcohol aflojaba mis tobillos y nublaba mi mente. Que Marlon no estuviera allí, entre el público, era un puntazo.

Dejé el vaso sobre la barra y cogí mi trocito de limón.

A este paso, los labios se me quedarían hinchadísimos y la gente pensaría que me había inyectado ácido hialurónico.

Menos mal que no me dejó medio ciega, también, y tuve el placer de deleitarme con el hombre que se me acercó de la nada, con una sonrisa en los labios, y se apoyó justo al lado.

Era alto, moreno, y me sonrió como si quisiera cometer un montón de delitos conmigo. Vestía una camisa blanca abierta hasta el pecho y un collar de plata que brillaba bajo las luces de la discoteca. No era mi estilo, pero como tampoco nos íbamos a casar, no le di demasiada importancia.

—Bailas bien —me saludó.

—Espero que sea un halago de verdad y no me lo estés diciendo de forma irónica. Con la cogorza que llevo, ya no sé en qué tono me habla la gente.

El desconocido se rio y sacudió la cabeza.

—Lo decía en serio. Te he estado mirando un rato, la verdad. Espero que no te moleste.

—Hombre, un poco creepy sí que es. Pero no te lo tendré en cuenta porque mañana se me habrá olvidado. ¿Ligas siempre así?

—Solo si la chica me gusta mucho.

Frases clichés… pero funcionaron conmigo. Por lo menos no me estaba soltando el rollo acerca de lo mucho que le gustaba mi sonrisa o el color de mis ojos. El tipo iba directo al grano, y eso me gustó.

—Veo que tú no pierdes el tiempo.

—Eres la única mujer soltera que me ha gustado de todas las que estaban en la pista. Y no es que ese vestido ayude mucho —sus ojos bajaron por mi cuerpo, regalándome una mirada cargada de lujuria—. ¿Me puedes culpar por fijarme en ti y querer intentarlo?

Si Daphne hubiera estado cerca de mí, escuchando la conversación, se habría cachondeado del desconocido en su cara. Ella ni sabía disimular, ni quería hacerlo. Y le habría hecho la misma gracia que a mí los intentos del chico por llevarme a la cama.

Por suerte para ambos, ni mi amiga se encontraba cerca ni yo planeaba avergonzar a nadie. Mi parte más egoísta se aferró a la oportunidad que me ofrecía el moreno de sacarme de la cabeza a Marlon y Sarah, y ocupar mis manos en algo que no fuese sujetar un vaso tras otro de tequila.

—¿Y tú no bailas?

—Se me da fatal.

—Tampoco es que la gente se vaya a fijar.

—¿Me estás invitando a salir a la pista? —preguntó al mismo tiempo que una de sus cejas se elevaba.

—Sí. En efecto. Es la noche perfecta para bailar —repuse con voz pastosa. Sería un milagro si no me tropezaba con mis propios pies. Estaba mareadísima—. ¿O te da miedo hacer el ridículo?

Él no dijo nada, pero se apartó de la barra y me ofreció su mano. Cuando la estreché, me di cuenta de que estaba sudorosa y tibia. No me gustó nada la sensación que provocó su compañía.

—Mi nombre es Anthony, por cierto —me susurró en el oído.

—Soy Luna.

—Qué nombre más bonito.

—No te hagas el listo, que no sabes ni qué significa.

El hombre se quedó mirándome, sin saber qué responderme. Al final no dijo nada.

Me dejé llevar al centro de la pista, y el moreno me agarró por la cintura con una seguridad que me hizo sentir más sensual de lo que en realidad era.

Cuando Anthony miraba mi escote, me asaltaba la duda de si él también las llamaría tetitas con un tono burlón.

Nunca me había acomplejado tanto mi talla de sujetador como en ese momento.

Bailamos muy pegados, sus manos recorriendo mi espalda y su cuerpo presionándose contra el mío. A lo mejor me mintió cuando dijo que no sabía moverse, porque lejos de hacer el ridículo, me estaba siguiendo el ritmo sin tropezarse con sus propios pies ni pisar los míos.

El tequila había hecho muy bien su función y no sentía nada que no fuese el regusto de la sal y el limón en la boca. O el ritmo de la música acelerando mi pulso.

I'm loose (I'm loose)

And everybody knows I get off the chain

Baby, it's the truth (it's the truth)

I'm like Inception

I play with your brain

—Eres un bombón —me susurró Anthony al oído—. Seguro que en la cama te mueves incluso mejor.

Casi solté un bostezo —contrario a lo que decía la canción de JLo— cuando le escuché. Definitivamente los hombres no sabían ligar. Y que el moreno creyera de verdad que me bajaría las bragas solo por las cuatro cosas que me decía me hizo sentir menos en sintonía con él.

Un baile en una discoteca perdida en medio de una isla paradisiaca no merecía un acompañante tan aburrido. Y como si el destino me diese la razón, por el rabillo del ojo capté una figura masculina que reconocería —para mi desgracia, en realidad— en cualquier lugar del mundo; con y sin luz.

Marlon estaba en la entrada de la discoteca, apoyado contra el marco de la puerta con las manos en los bolsillos. Llevaba una camisa blanca impecable, los primeros botones desabrochados, y el pelo oscuro ligeramente despeinado.

Estaba solo.

No había rastro de Sarah. Solo estaba él, mirándome con una intensidad que me atravesó como una flecha.

—¿Quién es ese? —preguntó el moreno, siguiendo mi mirada—. ¿Un novio celoso? ¿Tu hermano?

—Nadie —mentí, encogiéndome de hombros. Moví las caderas cuando me pegué de nuevo al moreno—. Solo un conocido insoportable.

—Pues te mira como si fueras suya y quisiera partirme el cráneo en dos.

Solté una risita nerviosa. Eso no ocurriría en ningún universo.

Pick your body up and drop it on the floor (hey)

Let the rhythm change your world on the floor

You know we're running sh- tonight on the floor

Brazil, Morocco, London to Ibiza

Straight to LA, New York, Vegas to Africa (dale)

—No soy suya. Te estoy diciendo que no es nadie, no te hagas ideas equivocadas.

—Entonces, ¿puedo seguir conquistándote?

—Sí. Puedes seguir.

Pero no fui capaz de controlarme a la hora de lanzar miraditas hacia la puerta. Marlon seguía allí, con los brazos cruzados y la mirada fija en nosotros.

¿Qué estaría pensando? ¿Tal vez le preocupaba que me llevase a aquel moreno a la habitación, a modo de venganza por lo que él había hecho con Sarah?

Bueno, me daba igual. No se merecía que lo tranquilizara de ninguna de las maneras. Que sufriera un poco.

Me giré hacia el moreno y puse mis manos en su pecho.

El DJ consiguió animar el ambiente pasando de Jenifer López a Lady Gaga. La pista de baile se fue llenando, y yo aproveché para perderme entre la multitud después de escuchar al moreno decirme un montón de cursiladas e intentos de coqueteo al oído. Me dolía la oreja ya.

Busqué con la mirada a Marlon. Mi corazón anhelaba ese contacto visual.

Asegurarme de que me había visto y estaba temblando de miedo ante la posibilidad de que su cama quedase mancillada por las manos de otro hombre.

Una idea ridícula que, sin embargo, me motivó lo suficiente para olvidar que él también se había divertido bastante esa noche.

No tendría que afectarme de esta manera, pensé de pronto. Él es mi enemigo. El hombre que me jodió la vida. Una isla paradisíaca y seis tequilas no deberían cambiar eso.

Pero me afectaba. Maldita sea, me afectaba mucho y no sabía cómo controlar mis impulsos. El calor que me recorría de pies a cabeza a medida que nuestras miradas se encontraban.

—Señoras y señores —gritó el DJ de pronto, sobresaltándome.

A mi alrededor la gente perdió el ritmo de la canción que bailaban y se quedaron mirando hacia la mesa de mezclas—.

Vamos a hacer una pausa para llevar a cabo unos juegos muy especiales.

¡Una ronda de diversión para celebrar la boda de nuestros queridos novios!

¡Angy y Nico se casan en pocos días, y no veo que se esté cayendo abajo la discoteca por eso!

La gente aplaudió y vitoreó con tanta intensidad que noté los temblores bajo los pies. El DJ bajó la música y las luces se atenuaron, creando un ambiente más íntimo y cercano. Obligándonos a todos a interactuar de una forma más juguetona y menos impulsada por el alcohol.

—El primer juego se llama "Verdad o castigo" —anunció el DJ, y una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro—. ¿Quién se apunta? ¿Quedan valientes por aquí?

Hubo mucha gente que levantó la mano, y yo, con el tequila aún revolviéndome el estómago, levanté la mía.

—Yo —dije—. Yo me apunto.

—¡Y yo! —gritó el moreno, a mi lado—. Vamos a pasarlo en grande.

Mierda, me había encontrado.

Marlon seguía en la entrada, observando todo a su alrededor sin mover un solo músculo.

Una parte de mí se preguntó si dentro de su oficina era igual de callado y mortífero.

Capaz de hacer sentir a todos a su alrededor muertos de miedo por si daban un paso en falso y él se lo tomaba como una ofensa.

Y aunque lo más lógico hubiera sido pasar de él, me quedé mirándome su rostro, totalmente ansiosa por una reacción.

Algo que me hiciera saber que no le gustaba un pelo verme acompañada por un moreno de quitar el hipo.

—Perfecto —dijo el DJ—. Vamos a empezar. El primero en salir es...

Señaló al moreno.

—Tú. ¿Verdad o castigo?

—Verdad —dijo el moreno, con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Has estado alguna vez con dos personas a la vez?

El moreno soltó una risa.

—Sí. —Miró a la multitud, orgulloso de su hazaña sexual—. Y me encantaría repetirlo, si se presentan algunas voluntarias.

En cualquier otro momento, con menos alcohol en el cuerpo, me habría dado un cringe horrible escucharle hablar así. Pero como era una mujer de treinta años desesperada por cabrear al hombre más peligroso que habitaba la discoteca, me reí como una boba y le guiñé el ojo.

—Ahora, el castigo —dijo el DJ, señalando a otra persona—. Tienes que besar a la persona que tienes al lado.

La persona señalada era una chica rubia, que sonrió y se acercó a Anthony de lo más predispuesta. Se besaron, y la multitud aplaudió.

El juego era una gilipollez, pero más de uno se iría contento a la cama esa noche.

—Ahora, la señorita de azul —dijo el DJ, señalándome—. ¿Verdad o castigo?

Tendría que haber elegido verdad y apartarme con la dignidad intacta. En cambio, miré por encima del hombro a Marlon y pronuncié mi sentencia con una seguridad que no sentía:

—Castigo.

El DJ miró a su alrededor, buscando una víctima.

—Tu castigo es... —Hizo una pausa dramática—. Tienes que besar a la persona que más odias en esta sala. ¿Hay alguien? Seguro que un colega al que le prestaste algo y nunca te lo devolvió, o una amiga que coqueteó con el hombre que te gustaba.

El moreno se inclinó hacia mí, en un intento patético porque lo eligiese mi víctima a pesar de no conocernos, pero yo no lo miré a él. Mis ojos se fueron directos a la entrada, donde Marlon seguía de pie, con los brazos cruzados y una expresión que no supe interpretar.

¿Estaría preguntándose si lo señalaría? ¿Quizás me retaba con la mirada a que dijese su nombre?

—Él —dije con la voz pastosa y la mirada borrosa—. La persona que más odio es ese hombre de allí.