Capítulo 21
Marlon
El mar había conseguido vaciarme la cabeza de pensamientos e imágenes. A diferencia de la vida que llevaba en San Francisco, donde casi siempre estaba encerrado en la oficina, ocupándome de mi imperio y de los empleados que trabajaban para mí, aquí no tenía que preocuparme de nada.
Resultaba hasta… aburrido.
Pero nadar en el mar, recorrer las calas, empaparme del sol y la sal y la arena me ayudó bastante a quitarme de encima cualquier preocupación.
Últimamente las cosas no iban tan bien en la empresa.
Dirigía una multinacional que compraba edificios en ruinas o abandonados para repararlos, convertirlos en sitios de lujo y venderlos por el triple de lo que nos costó.
Pero, como siempre ocurría en el mundo de las finanzas, la competencia era grande y los gilipollas abundaban.
Había un par de accionistas planteándose la posibilidad de vender su parte a los japoneses para desentenderse de todo.
Y si permitía que eso ocurriera, sería cuestión de tiempo para que ellos se hicieran con todo el poder.
Poco importaba si la mayor parte de las acciones me pertenecían a mí, pues los japoneses se las arreglarían a la perfección a la hora de presionarme con la idea de cansarme y comprar mi parte también.
Un jodido desastre.
Llevaba horas nadando, dejando que el agua salada borrara los pensamientos, la rabia y la confusión de mi interior. Cada brazada era un intento de olvidar la imagen de Luna semidesnuda contra mi pecho, la manera en que sus tetitas me habían puesto durísimo sin venir a cuento.
Porque no tenía sentido alguno que ella me excitara. Ella no podía conseguir algo así solo con existir. ¿Qué clase de brujería estaría haciendo para meterse en mi cabeza y embotarme los sentidos? Dios sabía.
Salí del agua con los músculos temblando y la piel tostada por el sol.
Caminé de vuelta al resort con la toalla colgada del hombro, sintiendo cómo el cansancio se instalaba en cada fibra de mi cuerpo.
Lo que necesitaba era una ducha caliente, una cerveza fría y un masaje que deshiciera los nudos de mi espalda.
De camino al resort, sin embargo, lo único que encontré fue a Sarah. La mujer con la que me habría ido a la cama dos noches atrás de no ser porque Luna me envenenó con unos laxantes.
Apareció en el pasillo de las habitaciones como una aparición, con su melena rubia suelta y un vestido tan ajustado que parecía pintado sobre su cuerpo. Sonrió al verme, y sus ojos se iluminaron con una intensidad que me puso en alerta.
Sarah no estaba allí por casualidad, sino que quería algo de mí que todavía no había obtenido. Y, pese a que no planeaba tener aventuras a días de la boda de mi hermana, tampoco le diría que no a un polvo con una mujer guapa como ella.
—Marlon —me saludó ella, sonriendo como una actriz de Hollywood—. Te he estado buscando por todo el resort. Ya pensaba que te escondías de mí.
—¿Ah, sí? —Me detuve, sintiendo cómo el cansancio se mezclaba con una ligera incomodidad.
¿Por qué me parecía que esto estaba mal? Si realmente me gustaba Sarah, y ya en el pasado estuvimos tonteando durante un tiempo. Por fin podíamos dar rienda suelta a esa atracción que sentíamos el uno por el otro, pero algo dentro de mí me gritaba que no cometiera ese error.
—Sí. —Se acercó a mí, y el perfume dulzón que llevaba llenó el espacio entre nosotros.
No se parecía en nada al de Luna. El de ella era más sutil, mientras que el de Sarah pecaba de ser demasiado empalagoso—.
He pensado que podríamos retomar lo de la otra noche.
Lo de la cita que no pudimos tener porque te sentó mal la cena.
—Di por hecho que cambiaste de parecer.
—Anda, no me digas que no. Yo de parecer no he cambiado. No podría. —Puso una mano sobre mi pecho, y sus dedos trazaron círculos lentos sobre mi piel desnuda—. He visto cómo me miras. Y sé que quieres lo mismo que yo.
El cansancio y la rabia se mezclaron en mi pecho. Sarah era guapa, atractiva y sabía lo que quería. Y en ese momento, con los músculos doloridos y la cabeza hecha un lío, la idea de pasar un rato con ella no sonaba mal.
Un polvo. Nada más. Algo que me ayudara a olvidar a Luna, a borrar su imagen de mi mente, a recordarme que había otras mujeres en el mundo que no me traicionarían de la forma más vil posible.
Además, no es como si tuviera algo mejor que hacer. Y la idea de quedarme en mi habitación, que ahora compartía con la periodista de las narices, se me antojaba el peor de los destinos posibles.
—Vale —dije—. Me ducho, me cambio y luego nos vemos en el bar.
—O podemos saltarnos la parte del bar —dijo ella, y sus dedos subieron por mi cuello—. Podemos ir directamente a mi habitación.
—Lo vamos viendo.
Ella hizo un puchero con los labios, disgustada con mi respuesta. Estaba ansiosa por desnudarme, y esperaba el mismo trato de mi parte. Pero me costó mucho fingir que me apetecía ese polvo más que un masaje balinés.
—Pero mira que te gusta hacerte el duro.
Sabiendo lo bien que lo vamos a pasar… Ya me dejaste con el calentón la otra noche —se quejó ella, deslizando la mano por mi cuello en un intento de provocarme alguna reacción—.
Tengo un conjunto de La Perla monísimo, de color negro, que te va a encantar.
¿Acaso no te apetece más beberte el champán en mi habitación, y ver cómo te modelo un tanga de lencería?
Visto así… no podía quejarme. Sarah me lo estaba poniendo en bandeja. Quería sexo, sin muchas pretensiones. Y yo no estaba para perder el tiempo en cortejos ridículos.
Le acaricié el pelo y le sonreí, dispuesto a seguirle el juego. Quizás hasta podríamos ducharnos juntos y saltarnos también la parte en la que yo entraba en mi habitación y me cruzaba con Luna. Ella siempre me ponía de mal humor.
Pero ni siquiera me dio tiempo a sugerirle el plan B. La puerta se abrió a mi espalda, y Sarah hizo una mueca de fastidio y sorpresa que me hizo saber de quién se trataba.
Luna apareció en el marco, y el mundo se detuvo. O quizás fue mi corazón el que dejó de latir.
Llevaba un vestido turquesa que se adhería a su cuerpo como una segunda piel.
Era sencillo, de tirantes finos, con un escote que apenas dejaba espacio para la imaginación y un dobladillo que se detenía peligrosamente alto en sus muslos.
Su pelo rubio caía en ondas sueltas sobre sus hombros, y se había pintado los labios con un brillo que daban ganas de limpiárselo con la lengua.
No llevaba mucho más maquillaje. Y tampoco lo necesitaba.
El aire se me atascó en los pulmones. Sentí una sacudida que recorrió todo mi cuerpo, un calor que no tenía nada que ver con el sol de la tarde. Fue una respuesta física tan inmediata y tan intensa que no pude disimularla delante de Sarah.
Joder.
La polla se me puso dura dentro del pantalón con solo ver las largas piernas de Luna bronceadas por el sol.
—Oh —dijo Luna, sacándome del trance. Solo esperaba que no se hubiese dado cuenta de que me acababa de provocar una erección—. No sabía que tenías compañía. Ya me voy, de todos modos. Solo espero que, si follas, por lo menos quites las sábanas y no seas un puto guarro.
—Luna —empecé, pero las palabras no salieron de mi boca.
No sabía ni qué coño decir.
—No te preocupes. —Esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos—. No soy una espía, ¿recuerdas? Evita alterarte al pensar que voy a contar por ahí que te has liado con la hija de un banquero conocido. Es algo que no me interesa lo más mínimo.
Sarah me miró con los ojos entrecerrados.
—¿Quién es ella? —preguntó, recelosa—. ¿Tienes pareja y no me lo habías contado?
—¿Su novia? —se pitorreó Luna, sacudiendo la cabeza—. Ni de coña. Ya le gustaría a él tener una novia tan guay como yo.
—Es mi peor pesadilla —solté sin poder evitarlo.
Luna arqueó una ceja, pero no dijo nada. Solo sonrió —una sonrisa de pura indiferencia—, y levantó la mano en un gesto de despedida.
—Que tengáis una buena noche y no os piquen los mosquitos mientras estáis con el culo al aire. Adióooos.
Se giró y se alejó por el pasillo, dejando un rastro de perfume que me golpeó como una bofetada. Y yo me quedé allí, mirando cómo sus caderas se balanceaban con una elegancia y sensualidad que solo me la puso más dura.
—Marlon —murmuró Sarah—. ¿Estás bien?
—Sí. —La palabra salió automática, pero mis ojos no se apartaron de Luna—. Sí, estoy bien.
—Pues parece lo contrario.
—Sarah, lo siento. —Me giré hacia ella, y la vi con claridad por primera vez. Era guapa. Atractiva. Pero no era ella —. Esta noche no va a funcionar.
—¿Qué?
Sarah me miró sin saber qué decir o dónde poner las manos.
—Lo siento. —La besé en la mejilla y me aparté—. Tengo que irme. Otro día nos vemos.
Cerré la puerta antes de que Sarah me llamara imbécil o algo peor. No podía lidiar con dos mujeres de armas tomar a la vez. Y si me dejaban elegir contrincante, prefería a Luna una y mil veces.
Y mi polla, al parecer, también.