Capítulo 20
Luna
¿Cómo se calmaba una persona cuando estaba cabreada hasta lo indecible? Pues tomando el sol y emborrachándose a las doce de la mañana en la zona de la piscina del resort.
No se me ocurrió mejor plan que ese después de mi fatídica noche pasada por agua y de tener que convivir durante los próximos días con Marlon Jones.
Había conseguido escapar de la habitación compartida sin tener que cruzarme con él, que seguía desaparecido después de pelearse con su hermana y dejarme allí sola, colocando mis cosas en el armario.
Nico y Daphne estaban en el centro comercial con la abuela Sofía, la mayoría de los invitados se habían ido a la playa, y el resort estaba en silencio.
Un silencio que yo necesitaba como el aire que llenaba mis pulmones.
Me acomodé boca abajo en una de las tumbonas junto a la piscina, con la toalla extendida bajo mi cuerpo y el sol acariciando mi espalda.
El calor era perfecto, y el sonido del agua moviéndose suavemente era casi hipnótico.
Me desabroché la parte de arriba del bikini y la dejé caer sobre la toalla, disfrutando de la sensación de libertad.
No quería marcas de sol sobre mi piel; me parecían feísimas.
Cerré los ojos y dejé que el calor me envolviera. Por primera vez en días, sentí que podía relajarme en aquella isla. Sin tensiones de ningún tipo ni ejecutivos insufribles.
Pero estaba más que claro que la paz era algo puntual, casi efímero, cuando se trata de mí. No fue si pasó mucho rato o no —me había relajado demasiado después de dos cócteles—, pero de un momento a otro, algo cayó sobre mí y pegué un gritito.
Desde que Daphne me contó que había un montón de lagartos viviendo en libertad en aquella isla, ya no disfrutaba de la misma manera. Vivía con el miedo constante de encontrarme una higuana gigante en mitad del camino, o cualquier reptil capaz de arrancarle la mano de un bocado.
—¿Qué...? —me incorporé, girándome con el corazón latiendo con fuerza dentro de mi pecho.
No me dio tiempo a procesar lo que había caído sobre mí, ya que Marlon estaba a medio metro de distancia, mirándome como si le hubieran dicho que tendría que pagarme una gran suma de dinero en los próximos diez segundos.
—¿Tú solo sabes dar por culo? —gruñí cuando me di cuenta de que estaba empapado.
Gotitas de agua resbalaba por su cabello castaño claro, sus hombros desnudos, su pecho lleno de abdominales imposibles para un hombre que no abandonaba su despacho y… joder, me fue imposible pensar en nada que no fuese en la sed que me entró de pronto.
Llevaba un bañador negro ajustado que dejaba poco a la imaginación —y tampoco se necesitaba un gran cerebro para intuir que lo que escondía bajo la tela era grande y peligroso—, y en su mano sostenía la parte de arriba del bikini que había estado a punto de ponerme.
—Se te ha caído —dijo en tono burlón.
Miré hacia abajo y me di cuenta de que la parte de arriba del bikini había desaparecido de la toalla. Mis brazos se movieron instintivamente para cubrir mi pecho desnudo, y sentí cómo la sangre se me subía a la cara.
—¿Qué estás haciendo aquí? ¿Acaso no tienes nada mejor que hacer?
—Disfrutando de la piscina. —Se encogió de hombros, y el gesto era tan casual que casi me hizo olvidar que estaba semidesnuda frente a él.
Pero Marlon no lo pasó por alto en ningún momento.
Sus ojos se desviaban cada pocos segundos de mi rostro a mi pecho, y no supe qué hacer con esa información—. Y vi que se te había caído algo.
—No se me ha caído —me quejé—. Me lo has quitado, que es diferente.
—¿Y por qué iba a hacer eso? ¿Te crees que tengo un fetiche con ir desnudando a la gente por ahí? Eso lo hacen los mediocres y los desesperados.
No caí en su provocación. Que quisiera llamarme pervertida de forma indirecta por lo ocurrido la noche anterior no cambiaba el hecho de que él era un gilipollas.
—No lo sé. —Apreté los dientes—. Porque eres un idiota, y muy probablemente un adicto a ver tetas. Y para una vez que las puedes ver gratis…
—Un idiota que te ha devuelto tu bikini. —Lo sostuvo frente a mí, y sus ojos se clavaron en los míos. Las comisuras de sus labios estaban algo tensas, como si se estuviera aguantando la risa—. ¿No vas a agradecérmelo, chica medusa?
—Aún no me lo has devuelto —rezongué—. Dámelo.
—Pídemelo bien.
—Marlon, devuélveme mi bikini. Ahora.
—No has dicho "por favor".
—Te voy a matar.
—Eso no es "por favor" —agitó el bikini en el aire, como si se tratase de una bandera—. ¿Y bien?
Estiré la mano para cogerlo sin tener que levantarme de la hamaca, pero él lo apartó con un movimiento rápido. El bikini se balanceó en el aire como un trofeo, y yo sentí que mi piel se calentaba con rapidez.
—Devuélvemelo ahora mismo. ¡Ya es lo que te faltaba, Marlon! ¡Robarle la ropa a las tías!
—Ven a buscarlo.
—Estoy... —Miré hacia abajo, consciente de mi estado actual. De cintura para arriba no llevaba absolutamente nada—. No puedo, ¿es que no te das cuenta de lo que pasa o qué?
—¿Por qué? —Arqueó una ceja, y su sonrisa era diabólica—. ¿Te da vergüenza que te vea esas tetitas?
Un mareo me sacudió con la fuerza de un tsunami. ¿Acababa de burlarse de mis tetas? ¿Solo porque eran de un tamaño bastante modesto? Lo iba a matar.
—Que me las veas tú sería darte un privilegio que no te has ganado, ni te vas a ganar en la puta vida —me defendí a pesar de que aún me molestaba la forma en que se había dirigido a mis pechos—. ¡Dame ya el bikini!
—Vamos, Luna. Solo tienes que levantarte y venir a buscarlo. Me dices “por favor, Marlon, devuélvemelo”… y se acaba todo.
Era un demonio. Un ser enviado por Lucifer para torturarme día y noche.
Apreté los puños y me negué en rotundo a ceder. La rabia era tan intensa que casi podía saborearla, pero también sentía otra cosa. Una mezcla de adrenalina y algo más, algo que no quería reconocer.
—Estás jugando con fuego, Marlon. Y te vas a quemar por completo.
—Quizás. —Se inclinó ligeramente hacia mí, y el agua de su cuerpo cayó sobre mi piel. Estaba tibia—. Pero es divertido ver cómo te sofocas solo porque no tienes el control absoluto de la situación.
Sin darle muchas más vueltas, abandoné la butaca. Necesitaba recuperar lo que era mío antes de que a Marlon se le ocurriera desaparecer.
Cubriéndome el pecho con un brazo, di un paso hacia él y estiré la otra mano para coger el bikini. Pero él lo apartó otra vez, y yo, en mi impulso, perdí el equilibrio.
Caí contra Marlon, y nuestras pieles se rozaron de forma tan intensa que me quedé sin aliento.
El pecho de Marlon era férreo como una roca, pero su piel, al tacto, se sentía suave y cálida. Un delicioso contraste que me erizó el vello de los brazos y la nuca, y también mis pezones. Menos mal que él no se daría cuenta de ese último.
—Cuidado, chica medusa —dijo él en un susurro.
Se había inclinado hacia mí, su aliento acariciándome las mejillas cada vez que exhalaba.
Además, una de sus manos se posó sobre mi cintura y no se movió de ahí a pesar de que ya volvía a sostenerme sobre las dos piernas sin problemas—.
No te vayas a caer de boca. Ya lo que te faltaba, ¿verdad?
Salir en las fotos de la boda con dos dientes menos.
¿Por qué sentía mi corazón latiendo desbocado? ¿Por qué me ardía la piel y me picaban los dedos? No tenía sentido alguno. Marlon no podía despertar ese tipo de interés en mío, maldita fuese. Era mi enemigo.
Mi irresistible enemigo.
—Suéltame y dame el maldito bikini —gruñí, roja como una langosta.
—Aún no me lo has pedido por favor.
Estaba a punto de meterle dos dedos en los huecos de la nariz para echarle la cabeza hacia atrás y quitarle el bikini cuando, en cuestión de un segundo, alguien nos capturó a los dos con el objetivo de la cámara. Y supe que era eso y no otra cosa porque el clic resonó por todo el lugar.
Nos giramos al mismo tiempo, y vimos al fotógrafo del resort, un hombre pequeño con una cámara colgada del cuello, mirándonos con los ojos abiertos de par en par.
—Lo siento —dijo, con una sonrisa nerviosa—. Era para el álbum de la boda. La señora Angy me pidió que hiciera fotos de todos los momentos especiales y así elegir después las mejores.
—Esto no es un momento especial —me quejé con la voz más aguda que de costumbre. Sentía que alguien me apretaba la garganta con fuerza, dificultándome respirar y hablar—. ¡Estoy en pelota picada! ¿Es que no te has dado cuenta?
—Pues parece muy especial —dijo el fotógrafo, y su sonrisa se amplió—. Pensé que los dos estabais a punto de besaros y que eso quedaría muy bien en el álbum.
¿A punto de besarnos? ¿Marlon y yo? ¡Qué de sandeces!
—No es íntimo. Es... —Miré a Marlon, que seguía sosteniéndome y cubriéndome con la mitad de su cuerpo de la mirada capciosa del fotógrafo—. Fue un accidente. Nada que deba interesarle ni a los novios ni a los invitados.
—Claro. —El fotógrafo asintió con una sonrisa de complicidad. Aun así, continuó con la cámara en algo; a la espera de que ocurriese algo interesante—. Un accidente. —El hombre levantó la cámara—. ¿Puedo hacer otra? Para el álbum.
—¡No! —dijimos Marlon y yo al mismo tiempo.
Pero el fotógrafo nos apuntó con la cámara y sacó otra foto para el recuerdo.
Me aparté de Marlon con un movimiento brusco, y él, sorprendido, soltó el bikini. Cayó al suelo, y yo lo recogí con la mano libre, cubriéndome el pecho con la otra.
—Vete —dije, mirando al fotógrafo—. Vete ahora mismo, si no quieres que te ahorque con mis propias manos.
—Pero la señora Angy...
—¡Que te largues ya!
El fotógrafo salió corriendo, y me quedé a solas con Marlon, que me miraba con una sonrisa de satisfacción que me hizo querer estrangularlo también.
¿Qué más daba dos asesinatos? Si iba a ir a la cárcel de todos modos, al menos me llevaría conmigo a ese idiota de sonrisa de anuncio y de pecho moldeado.
—¿Estás contento? —pregunté, molesta—. Me has humillado otra vez. Ahora hay un pajero suelto con una foto mía enseñando mis… pechos.
Y una mierda iba a llamarlas tetitas, tal y como él hizo unos minutos atrás.
Los ojos azules de Marlon se deslizaron hacia abajo… y pareció decepcionado al ver que seguía cubriéndome con el brazo.
—No ha sido mi intención que viniera ese imbécil a sacarnos fotos. Ni siquiera sabía que mi hermana le pidió que se pusiera a dar vueltas por el resort, cámara en mano, a molestar a los invitados.
—Siempre dices lo mismo. —Me puse el bikini con movimientos torpes, sintiendo cómo la vergüenza y la rabia se mezclaban en mi pecho—.
Siempre la misma excusa para todo. Nunca sabes nada.
¡Qué conveniente! Quita —le aparté de un empujón al ver que quería ayudarme a colocarme la prenda—, que no me gusta que me toquen imbéciles como tú. Solo espero que te mantengas alejado.
—Va a ser difícil, teniendo en cuenta que compartimos habitación.
—Habértelo pensado antes de liarla. Dios, necesito una copa.
—Todavía no es ni la hora del almuerzo.
—Tampoco son horas para hacer comentarios fuera de lugar, Marlon. Cuando una está en el paraíso, tiene vía libre para emborracharse a cualquier hora.
Y nadie me quitaría la copa de la mano una vez me sentara en la barra del bar.