Mi irresistible enemigo Capítulo 19
30%

Capítulo 19

Marlon

El sol atravesó las cortinas como una daga directa a mis ojos.

Gemí y me giré en la cama, enterrando la cara en la almohada.

Mi cabeza latía con un dolor que solo el whisky barato podía provocar, y mi boca sabía a algo que prefería no identificar.

La noche anterior era un borrón de imágenes borrosas: la risa del público, la camisa desabrochada, la manguera, el agua, los gritos de Luna.

Joder. Tenía que dejar de beber de esta manera. No me hacía ningún bien.

—Marlon, despierta.

La voz de Clara perforó mi cráneo como un clavo.

—Vete —murmuré, sin levantar la cabeza—. No quiero hablar contigo cuando voy en calzoncillos y aún no soy capaz ni de abrir los ojos.

—Tenemos que hablar. Ahora.

—Más tarde.

—Ahora —repitió ella, y sonó cabreada.

Sentí cómo tiraba de la almohada y la arrancaba de debajo de mi cabeza. El sol me golpeó directamente en los ojos, y solté un gemido que habría avergonzado a un animal moribundo.

—¿Qué quieres? —pregunté, con la voz ronca—. ¿Es que te has peleado con mamá y vienes a desahogarte conmigo?

Clara estaba de pie junto a la cama, con las manos en las caderas y una expresión que conocía demasiado bien. Era la misma que ponía cuando éramos niños y yo había hecho algo terrible, y ella estaba a punto de castigarme por gilipollas.

—¿Te acuerdas de la manguera? —preguntó, y su voz era peligrosamente calmada.

—¿Qué manguera?

—La que usaste anoche para inundar la habitación de Luna. ¿Te va sonando ya?

El recuerdo de la noche anterior me golpeó con la fuerza de un tren.

—Ah, sí —dije con la voz enronquecida—. ¿Qué pasa?

—Pues has conseguido inundar su habitación.

—¿Qué? ¿En serio? —me jodió sonar tan emocionado, porque eso enfadó aún más a mi hermana.

—Entera. El suelo, las paredes, los muebles… todo está empapado. Han tenido que llamar a un equipo de limpieza de emergencia, y la habitación no estará disponible durante al menos tres días.

El dolor de cabeza se intensificó.

Joder. Mira que liarla así… Pero al menos me libraría de tenerla de vecina. Ojalá la mandasen a dormir a la caseta del perro guardián.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —pregunté, sentándome en la cama.

—Todo. —Clara se inclinó y me miró directamente a los ojos—. Vas a tener que pagar los desperfectos.

—Vale. Lo pago. El dinero no es un problema.

—Y hay algo más, hermanito. No te creas que te vas a librar solo por extender un puto cheque —siseó—. No hay más habitaciones disponibles. —Hizo una pausa dramática—. Así que Luna va a compartir la tuya.

Me incorporé tan rápido que el mundo empezó a girar a mi alrededor.

—¿De qué coño hablas? ¿Qué pinta esa lunática aquí?

—Has oído bien. Va a compartir tu habitación con ella porque has sido tú —recalcó— el responsable de joderle la suya.

—No. —La negativa salió de mi boca antes de que pudiera pensar—. No. De ninguna manera.

—No tienes elección.

—Angy, no puede ser. Es ella. La odio. Me odia. Es la peor persona que conozco.

—Esto te pasa por gilipollas.

—No fue mi intención.

—¿No fue tu intención? —Clara soltó una risa amarga—. ¿Cogiste una manguera, la dirigiste a su ventana y abriste el grifo sin intención de mojarla?

—Bueno, sí. Pero...

—Pues entonces asume las consecuencias. Que manda narices que seas tú el hermano mayor, el padrino y el hombre que roza casi los treinta y cinco años. ¡Compórtate como un adulto ya! Estoy harta de vuestras pataletas. Y lo de la habitación ha sido la gota que colma el vaso.

—Angy, no puedo compartir habitación con ella. Es imposible. Nos mataríamos y entonces sí que va a joderse tu boda.

—Más te vale que te comportes como un hombre y no como un crío —Angy se dirigió a la puerta, pero me lanzó una mirada rabiosa por encima del hombro—. Y ahora, vístete. Van a llegar en cinco minutos.

—¿Quiénes?

—Luna y sus amigos. —Hizo una pausa—. Y sus maletas.

—¡Angy! ¡Detente ahí mismo!

Pero ella ya se había ido, dejándome solo con el dolor de cabeza, la resaca y la certeza de que mi vida acababa de convertirse en un infierno.