Mi irresistible enemigo Capítulo 18
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Capítulo 18

Marlon

La botella de whisky estaba medio vacía y mi paciencia completamente agotada después del ridículo que había hecho frente a todos mis conocidos y a la familia de mi cuñado.

Llevaba una hora tumbado en la hamaca de la terraza de mi habitación, mirando el cielo estrellado sin verlo realmente, sintiendo cómo el alcohol quemaba mi garganta y adormecía mi rabia muy lentamente.

Pero no funcionó del todo. La rabia seguía ahí, latiendo en mi pecho como un animal salvaje, recordándome cada segundo lo que había pasado aquella noche.

¿Cómo se le ocurría a esa maldita lunática dejarme en calzoncillos delante de todos? ¿Es que había perdido el juicio? ¿Le parecía gracioso comportarse como una adolescente y no como la mujer hecha y derecha que era?

Apreté la botella con más fuerza de la necesaria y le di otro trago; el calor abrasador del whisky deslizándose por mi garganta como un río de lava.

—Maldita sea —murmuré—. Maldita periodista de los cojones.

El whisky ardía en mi estómago, pero no era suficiente. Nada era suficiente para borrar lo sucedido de mi cabeza, la forma en que sus ojos verdes habían brillado con malicia mientras me desnudaba frente a todos.

Fui tan idiota de permitirle hacer lo que le diese la gana, y eso me había pasado factura.

—Joder —dije, y mi voz resonó en la noche vacía—. Joder, joder, joder.

Cerré los ojos, acomodándome mejor en la hamaca.

Si tenía que cogerme una cogorza esa noche, solo como un perro, lo haría.

No sería la primera ni la segunda vez que le daba a la botella con la intención de acallar las voces de mi cabeza.

Y hubiese sido un plan cojonudo de no ser por la voz que resonó en mitad de la noche, taladrándome el cráneo y despertando en mí un instinto casi asesino.

—¿Dónde he dejado las chanclas? Pero si las tenía aquí mismo. Y mira que son caras… Como alguien del servicio se las haya llevado o me las haya tirado, les pienso poner una hoja de reclamaciones. Robando chanclas por la cara, por favor.

Me incorporé en la hamaca con rapidez, y el whisky se derramó ligeramente sobre mi camisa. La voz venía de la habitación de al lado. Era inconfundible.

Me levanté con un movimiento brusco y caminé hacia la barandilla que separaba ambos balcones. La valla era baja, apenas un metro de madera pintada de blanco, y la distancia entre las dos terrazas era mínima.

No me lo puedo creer. Esto tiene que ser fruto de mi embriaguez.

Ni de coña tengo a esa psicópata de vecina , pensé, dejando la botella medio vacía a un lado.

No supe qué me impulsó a ello, y no me molesté en averiguarlo, pero salté por encima de la valla antes de que Luna cerrara las puertas de cristal.

Aterricé en su terraza con un golpe sordo, y ella se giró tan rápido que casi se cayó de la silla donde estaba sentada.

—¿Qué...? —dijo, con los ojos abiertos de par en par—. ¿Qué estás haciendo aquí? Oh, dios mío. Has perdido la cabeza, ¿verdad? ¡Pues que sepas que todo lo que hagas será utilizado en tu contra!

¿Quién se creía ahora esa loca? ¿Ally McBeal? ¿O la mano derecha de algún agente del FBI? Lo que había que aguantar.

—Vengo a hablar contigo —dije en un tono bastante engañoso—. Porque está claro que contigo las cosas no sirven ni por las buenas ni por las malas.

Ella no se lo tragó. Es más, se levantó de la silla y se protegió con ella. De una manera tan cómica que casi me eché a reír en su cara.

—¿Hablar? ¿Después de lo que has hecho hoy? Menudo morro tienes tú.

—¿Después de lo que he hecho? —Di un paso hacia ella, y ella dio otro hacia atrás.

Entre los dos existía una tensión insoportable, que se tensaba más y más cuando nos encontrábamos en la misma habitación.

Pero borracho como estaba, no le di importancia al calor que me embargó cuando mis ojos descubrieron que llevaba un vestido larguísimo, con una raja a la altura de la cadera, que dejaba entrever una de sus piernas—.

¡No he sido yo quien ha humillado al otro delante de todos los invitados!

Para ser una periodista que se cree muy brillante, no eres más que una mentirosa patológica y una inmadura incapaz de encajar los golpes con cierta soltura.

—Si Luna quería guerra, la tendría—. Y estaría dispuesto a disculparme por lo ocurrido esta mañana, cuando casi te ahogas por mi culpa, pero decidiste convertir esto en un espectáculo digno de un montón de personas sin cerebro que aplauden sin pensar.

—Pausa—. Si lo que querías era amenizar el circo, podrías haber elegido a otro.

»Te has equivocado de presa, chica medusa.

—Te he humillado —dijo, temblando como una hoja, aunque sin agachar la mirada—, como tú me humillaste a mí al cambiar mis elecciones de decoración para esta noche.

Me has hecho quedar como una irresponsable incapaz de tomarse en serio la boda de sus seres queridos, así que corta el rollo y no vayas de maduro cuando tú también has jugado la misma carta que yo.

A mí me vas a venir a hablar de espectáculos lamentables cuando te has dedicado a convertir la cena de ensayo en una escena dantesca digna de la peor comedia cinematográfica.

Dado que ella no tenía hacia dónde escapar sin llamar la atención del resto de usuarios del resort, me acerqué a la puerta doble de la terraza y me apoyé en el marco.

Con los brazos cruzados sobre el pecho en un intento por controlar la rabia y la adrenalina que corrían por mis venas en ese instante.

—Eso no es lo mismo.

—Es exactamente lo mismo. —Me señaló con el dedo, y su gesto era tan acusador que sentí un pinchazo a la altura del hombro—.

Tú me tiraste al agua de muy malas formas sin plantearte siquiera si era peligroso o yo sabría nadar.

No paras de faltarme al respeto cada vez que te cruzas conmigo.

Y no contengo con eso, tomas mis decisiones y te las pasas por el forro de los huevos para dejarme ver ante todos como una payasa insufrible.

Yo solo te he devuelto el favor, Marlon.

Dejarte en calzoncillos delante de tu familia no es nada comparado con todo lo que llevo vivido por tu culpa en menos de cuarenta y ocho horas.

Suerte tienes de que no me haya querido vengar de ti de una manera más cruel.

Su discurso no me ablandó en absoluto. Con todo lo que Luna hizo en el pasado, se merecía eso y más. Un escarmiento a la altura de la vergüenza que pasé cuando su estúpido artículo salió a la luz.

—¿Y crees que eso lo arregla todo? ¿O es que tienes cierto fetiche conmigo y querías verme la polla? —solté de pronto—. A lo mejor te piensas que soy tan imbécil que voy a acostarme contigo después de todo. Como aquella noche.

—Tu desfachatez no conoce límites. Imbécil de mierda — soltó esto último en español, y aunque no entendía el significado, me pude hacer una idea por la manera en que pronunció las palabras.

Me estaba insultando.

Sus mejillas ardieron, tiñéndose de un delicioso color rojizo que hacía juego con el pintalabios que llevaba esa noche. Su piel bronceada refulgía bajo las luces tenues de la habitación como si ella estuviera barnizada con oro.

Conocía muy bien los orígenes de Luna. Nació en Puerto Rico, aunque se mudó a San Francisco, junto a sus padres, cuando era muy pequeña.

Hablaba español de aquella manera, con un acento más típico del americano que aprendía de forma autodidacta que del que había mamado el idioma desde que era un crío.

Aun y con todo, sonaba delicioso de sus labios.

Y la odiaba por eso.

—Si vas a insultarme, hazlo de forma que te entienda.

Di otro paso hacia ella, y esta vez ella no retrocedió. Nos quedamos frente a frente, tan cerca que su fragancia viajó hacia mí y me noqueó por unos segundos.

—Bruto. Gilipollas. Cerdo de mierda. Arrogante de las narices. Inmaduro de los cojones. ¿Sigo?

Una sonrisa curvó mis labios. Al menos era una chica valiente.

—¿Así que soy todo eso?

—Ya deberías saberlo. Es una vergüenza que la gente de tu entorno te tenga tanto miedo que sea incapaz de decirte las verdades a la cara.

Si te llamaran capullo a la cara más a menudo, no irías por ahí con esos aires de ejecutivo exitoso al que le sobra el dinero y se le permite salirse con la suya siempre. Te han malacostumbrado.

La vi coger el bote de laca de la mesa, como si con eso estuviera a salvo de mí.

—Luna, Luna… Creo que deberían lavarte a fondo esa boquita. No es normal que te pases el día insultando a la gente, y de formas tan feas.

Ella pegó un respingo cuando me acerqué y, en un visto y no visto, le arrebaté la laca y la tiré sobre la cama. Luna trató de forcejear, pero la mantuve en el sitio agarrándola de las muñecas y obligándola a mantener las manos pegada a la espalda.

El vestido que llevaba era diminuto y de tela muy fina, y fue muy fácil entrever el color de sus pezones a través del satén.

Estaban erizados. Y eso me descolocó incluso más que su intento de darme un golpe en la barbilla para librarse de mí.

Porque que ella estuviera mínimamente excitada solo avivaba el fuego que se encendía en mi pecho —en contra de mi voluntad— y que no sabía cómo apagar.

—¡Suéltame! ¿Ves como sí eres un bruto?

—Quédate quietecita, chica medusa. Me has humillado delante de todos, y te mereces un castigo a la altura.

—Como no me sueltes, voy a gritar. Y se va a plantar aquí medio resort, te lo aviso.

—A mí no me amenaces, rubita. Te crees muy lista y valiente, pero sigues siendo una periodista de pacotilla que no ha levantado cabeza desde que cometió el mayor error de su vida.

Que fue, en efecto, meterse conmigo. Y al parecer no aprendiste la lección, porque sigues presionándome como si tuvieras potestad para ello —chasqueé la lengua.

Mis ojos viajaron de sus labios carnosos a su cuello, y luego subí a sus ojos.

Luna estaba rabiosa. Preciosa—. Definitivamente mereces un castigo.

Luna tragó saliva. Sus pupilas se habían dilatado en cuestión de segundos.

Probablemente sentía la misma tensión asfixiante que yo.

Con la diferencia de que ella seguía retorciéndose entre mis brazos como un gatito enfadado, y yo estaba tan ebrio que no distinguía del todo la línea que separaba el odio del deseo que Luna despertaba en mí.

Estoy muy jodido.

Ella me pegó un pisotón y se apartó cuando aflojé el agarre sobre sus muñecas.

Su pecho subía y bajaba rápidamente, como si hubiera corrido durante mucho rato.

Y aunque sus mejillas continuaban sonrosadas, ya no me miraba con rabia.

Había algo en su expresión, un fervor intenso, que me hizo sentir mucho más desquiciado.

Como si compartiéramos de pronto un secreto horrible.

—No soy tu hija ni nada que se le parezca para que tengas que castigarme, bruto de las narices —jadeó ella, alejándose hasta poner bastante distancia entre los dos—.

Acepto que estés molesto por lo de esta noche, dado que me he pasado tres pueblos.

Pero no es nada que no te hayas ganado tú con tu actitud de mierda.

»Has boicoteado la boda de tu hermana solo para fastidiarme a mí, y eso te convierte en un mal hermano y en un idiota de mierda. No me compete a mí que te hagas responsable de tus actos.

—Tus ideas eran mediocres, acéptalo de una puta vez.

No tienes ni idea de lo que hace la gente con dinero para pasárselo bien.

Llenar las mesas con flamencos de colores y flores coloridas desentona notoriamente con los cócteles, bailes y cenas a los que acuden todos los invitados de la boda.

Solo me adapté a tus caprichos de quinceañera que todavía no ha superado lo de celebrar cumpleaños y demás eventos con globos de colorines y velas de un dólar.

—¡Eso no te daba derecho a contratar a un mago, a un principiante del sushi y a una orquesta de mierda para darme una lección!

Estás llevando esto demasiado lejos. No estoy aquí para convertir esta…

situación en una guerra absurda —insistió Luna, abarcando la habitación con un gesto de la mano—.

El único que no tiene ni idea de lo que pasa a su alrededor eres tú.

El alcohol me nublaba demasiado la mente como para razonar de forma coherente con ella. Solo quería… hacerla callar. Y no poniéndole la mano sobre la boca. O quizás sí. Taparle los labios mientras los mío trepaban por su cuello de cisne hasta el hueco detrás de su oreja.

¿Qué coño estoy pensando?

—Me enfermas, joder.

Las palabras escaparon de mi boca antes de que pudiera contenerlas.

Luna apretó los puños, pero no hizo ademán de tirarme algo a la cabeza.

—Y tú me pones de muy mala leche. Por tu culpa me van a salir arrugas prematuras y un montón de granos —se quejó ella—.

Si de verdad quieres mantenerme alejada, ¡deja de colarte en mi habitación, borracho perdido, a discutir conmigo!

No discutía con mi exnovio, que era un idiota, y lo voy a hacer contigo.

Dios mío —se echó el pelo hacia atrás y respiró hondo—.

Lárgate por donde has venido. Es que no quiero ni verte —insistió—.

Espero que mañana hagas un poco de autocrítica y me dejes en paz.

No quiero volver a verte la cara nunca más.

—Eso es imposible, chica medusa. No solo soy tu vecino de habitación —señalé la pared de la derecha—, sino que además soy tu puto karma.

—Eres peor que eso. Eres mi enemigo. Por eso mismo espero no tenerte cerca. Solo me contagias tu negatividad —dio un paso hacia mí y señaló la terraza—. Fuera. De. Aquí.

Como no quería montar un numerito, me di media vuelta y salí por la terraza.

Pero no podía irme con toda esa rabia y humillación dentro.

Miré a mi alrededor y vi la manguera del jardín enrollada junto a la pared. Era larga, flexible, y estaba conectada a un grifo que parecía funcionar.

Sin pensarlo, la cogí y tiré de ella hacia la terraza de Luna. La desenrollé, la dirigí hacia la ventana abierta de su habitación, y abrí el grifo a su máxima potencia.

El agua salió con una fuerza que no esperaba, y el chorro impactó contra la ventana con un ruido ensordecedor. Escuché un grito desde dentro, seguido de un chapoteo y de una maldición que me hizo sonreír.

—¡Marlon, hijo de puta! —gritó ella, apareciendo en la ventana con el pelo empapado y el vestido pegado al cuerpo. Una sirena recién salida del agua y con la luz de la luna volviendo su pelo plateado. Joder, estaba irresistible—. ¡¿Pero qué coño haces?!

—Dulces sueños, chica medusa.