Capítulo 17
Luna
La cena transcurrió con pocos sobresaltos gracias a la participación del tío de Nico y sus amigos.
En cuestión de un rato, los cinco se pusieron detrás de la barra, junto al cocinero, y le ayudaron a preparar algunos boles de arroz con cosas y piezas de sushi que iban tomando una forma adecuada a medida que los camareros pasaban por allí.
En cuanto a la música, nadie fue capaz de mejorarla, pero Angy le pidió a los chicos de la banda que tocaran algo diferente y ellos aceptaron sin muchos miramientos.
Amenizaron la velada con un poco de jazz que calmó un tanto la preocupación de los novios —y por qué no decirlo, también la mía— hasta la hora de los postres.
—No me lo puedo creer —dijo Daphne a mi lado, algo achispada—. ¿Qué es esto?
Miré mi plato y me quedé de piedra al ver que el postre era un pastel pequeño de queso, pero con una figura en el centro que representaba una mujer embarazada. La panza estaba abultada.
—¿Esto no es…? —tragué saliva con fuerza. En mis oídos escuché un pitido muy fuerte, como si mi corazón estuviera abandonando mi cuerpo de pronto—. ¿No es un pastel típico de los baby shower?
—Joder si lo es. Mira, a mí me ha salido que es niño —Daphne alzó su cuchara, donde estaba el relleno de la panza de su pastel, en color azul—. ¿Y a ti?
Cogí el tenedor con manos temblorosas y lo partí directamente por la mitad. El bizcocho de color rosa se deshizo bajo la crema de queso. Me quedé muda.
A nuestro alrededor, unas cuantas risas me obligó a levantar la mirada. Nico y Angy saludaban a todos, riéndose también, pero se les notaba muy desubicados e incómodos.
—Me van a matar —balbuceé.
—Bueno, mujer. Un error lo tiene cualquiera. A lo mejor se han equivocado y al baby shower de otra persona han enviado galletas con forma de polla. Cosas que pasan.
A pesar de la situación, me fue imposible contener una carcajada.
—Cómo te pasas.
Daphne se comió su pastel como si nada. Y los demás también.
Ningún invitado se quejó de lo ocurrido porque todos dieron por hecho que el error provenía de la distribuidora y no de los organizadores.
Pero yo sí sabía la verdad. Marlon estaba saboteando la cena por completo simplemente para joderme.
A él no le gustaba nada de esto —lo consideraba zafio y fuera de lugar— y, en lugar de ser el empresario serio y formal que todos conocían, había sacado su faceta más canalla con tal de joderme.
Y no pensaba dejar las cosas así.
Abandoné mi mesa para ir a por algo más fuerte —un whisky o un poco de absenta, lo que hubiese en la barra del bar— cuando la música de la orquesta dejó de tocar y se subió una de las chicas del resort al escenario para dirigirse a los invitados.
—Buenas noches a todos. Esperamos que estén disfrutando de una agradable velada familiar.
De parte del resort queremos transmitirle la enhorabuena a la feliz pareja por confiar en nosotros y permitirnos formar parte de este gran evento —pausa—.
Tal y como nos han pedido los organizadores, queríamos presentarles al gran mago Miao.
Es uno de los magos más conocidos y alabados de esta parte del país, y esta noche nos ofrecerá un espectáculo perfecto para cualquier edad. ¡Que lo disfrutéis!
¿Cómo que un mago? ¿Estaba hablando en serio?
Nada más bajar la mujer, un hombre se subió al escenario, llamando la atención de todos los presentes.
Era un hombre pequeño, con un bigote ridículo y una capa de terciopelo rojo que no combinaba con ninguna de las otras prendas que vestía. Llevaba una caja de cartas bajo el brazo y una sonrisa de oreja a oreja que me dio malas vibraciones.
Para ser sincera, daba la impresión de ser el típico mago que protagonizaba los carteles de los documentales de true crime de Netflix por haber acabado con la vida de sesenta personas de la tercera edad.
Espero que estés disfrutando de esto, imbécil, pensé mientras buscaba con la mirada a Marlon. Pero él ya no estaba en la mesa, junto a su familia. Sino que se había levantado y acercado al escenario junto a un puñado de invitados.
—Señoras y señores —anunció el mago—. Bienvenidos al espectáculo de magia más sorprendente de la isla.
Contra todo pronóstico, a una parte de los invitados pareció gustarles que la cena de ensayo recibiera la visita de un mago dispuesto a sacar conejos de la chistera.
O lo que fuera que hicieran los magos. A quien no le hizo mucha gracia —y no lo culparía jamás por no ver lo chistoso a algo tan infantil y fuera de lugar— fue a Nico.
—Te voy a matar —dijo en cuanto llegó a donde me encontraba—. Cuando termine la boda, te voy a matar y enterraré tu cadáver en el fondo de esta isla.
—Será un placer.
Nico estaba muy molesto, y no podía culparlo.
La cena era un desastre. Los flotadores de flamenco se balanceaban con el viento, la música tibetana fue una puta tortura y el sushi parecía una broma de mal gusto.
Los invitados intentaban sonreír, pero se notaba que estaban confundidos con las decisiones que tomamos.
Algunos incluso se habían puesto las servilletas en la cabeza, como si esperaran la llegada de los extraterrestres de los que hablaba la abuela Sofía.
—Señoras y señores —dijo el mago, subiendo al escenario improvisado—. Necesito un voluntario para mi próximo número de magia. ¿Quién quiere que le ayude a desaparecer?
Nadie se movió.
—Un voluntario —repitió el mago, y su voz sonó más insistente—. Venga, no seáis tímidos.
Yo me quedé paralizada. No quería subir. No quería ser parte de aquel espectáculo. Pero entonces vi a Marlon, sentado en una de las mesas del fondo, con su camisa blanca y su chaleco impecable, y la rabia me hirvió por dentro.
Había sido culpa suya. Todo había sido culpa suya. Si no me hubiera tirado al agua, si no me hubiera humillado, si no me hubiera hecho sentir tan pequeña quizás me habría concentrado más en la cena y menos en sus intentos patéticos por joderme.
Pero no. Él había tenido que arruinarlo todo con su actitud de crío de instituto al que no le gustaba que le dijeran la verdad a la cara.
Es mi turno de devolvérsela por todo lo alto , decidí, sin saber muy bien qué pretendía.
—Yo —dije, levantando la mano—. Quiero ser voluntaria.
El mago me miró con una sonrisa de satisfacción.
—Excelente. Y ahora, necesito un segundo voluntario. —Sus ojos recorrieron la sala, y se detuvieron en Marlon—. Usted. El señor de la camisa blanca. ¿Quiere acompañarnos?
Marlon abrió la boca para protestar, pero Angy lo empujó desde atrás con una sonrisa de oreja a oreja.
—Vamos, hermano —dijo—. No seas aburrido.
—Estate quieta, que no pienso hacer el ridículo delante de todos.
—Sube ya, jolines. Que todo hay que repetírtelo dos veces —insistió su hermana, tirando de él.
Marlon subió al escenario con una expresión de absoluto horror. La rabia que sentía hacia mí era tan palpable que casi podía tocarla y saborearla.
Ahora ya no te ríes tanto, ¿verdad, mamarracho?
—¿Qué está pasando? —me susurró, con los dientes apretados—. ¿Has apalabrado con el Chad Chaplin de marca blanca una emboscada con la que dejarme en paños menores delante de mi familia?
—¿De qué hablas? Ni siquiera sabía que vendría un mago. Eso ha sido cosa tuya, y pensé que te gustaban los trucos de magia. —Esbocé una sonrisa inocente—. Pero seguro que va a ser divertido. El Chad Chaplin de marca blanca, como lo llamas tú, tiene pinta de no dejar a nadie indiferente.
Marlon no dijo nada, pero en sus ojos azules —como dos zafiros relucientes— se reflejó la rabia y las ganas de vengarse que se acumulaba dentro de él como una olla a presión.
Pues ya somos dos los que estamos furiosos , pensé con rabia, aguantándome las ganas de pegarle una patada en la entrepierna.
—Señores —dijo el mago, interrumpiéndonos—. Vamos a hacer un truco de magia. La señorita sostendrá esta carta. —Me entregó una carta de la baraja—. Y el señor la agarrará por el otro extremo. Cuando yo cuente hasta tres, la carta desaparecerá.
—¿Y no podemos hacer que quien desaparezca sea el señor? —pregunté con inocencia al mago.
Escuché risas entre el público. Por el rabillo del ojo vi a Daphne partiéndose la caja mientras alzaba la copa hacia mí, dándome ánimos.
—Lo siento, mi capa no es tan grande.
—Lástima.
—Tres —dijo el mago—. Dos. Uno.
Apreté la carta con fuerza, y cuando el mago dijo "uno", tiré de ella hacia mí con un movimiento rápido. Marlon, sorprendido, soltó la carta y dio un paso atrás.
Pero yo no me detuve solo en eso, porque estaba sedienta de venganza, y porque el mago se puso entre nosotros y el público, ocultándonos con su gran capa para enseñar la carta que habíamos sostenido los dos durante unos minutos. Era la misma. Un truco de magia mediocre, si me preguntaban.
Aunque aún quedaba el gran final.
—¿No querías un mago? Pues toma magia —susurré antes de abalanzarme hacia Marlon y bajarle los pantalones de un tirón—. A ver qué te parece esto.
Jamás le contaría a nadie dónde aprendí a hacer un pingüino —que constaba, básicamente, de bajarle los pantalones a un tío para que empezara a caminar como uno de ellos—, porque me causaba muchísima vergüenza.
Pero de lo malo también se aprendía, y no me quedé con las ganas de guardarme toda esa rabia dentro.
—¿Pero qué cojones…? —él se quedó pálido de pronto, sin saber qué pasaba.
El mago se apartó y todo el mundo se quedó mudo al ver la escena.
Yo me aparté de Marlon y alcé las manos, demostrando que no tenía carta alguna. Que el mago, en efecto, había hecho su truco de magia a la perfección. Pero ninguno de los invitados miraba a mis manos, sino a Marlon.
El muy impresentable y vengativo llevaba unos bóxer de color negro. Demasiado ajustados. Tanto, que marcaba a la perfección la uve de sus caderas, el bulto de su entrepierna y los rizos oscuros de sus piernas.
Casi se me cayó el alma a los pies al descubrir que Marlon Jones estaba buenísimo. Que era la clase de hombre capaz de poner en jaque a cualquier mujer que le prestara un mínimo de atención.
Una oleada cálida se extendió por todo mi ser y me aturdió durante unos segundos. Con la garganta seca y la mente embotada fui incapaz de comprender lo que estaba ocurriendo en ese momento. Solo atiné a grabar aquella imagen en mi cabeza como si de un pecado mortal se tratase.
—Esto no era parte del truco de magia —dijo el mago, claramente molesto.
La gente aplaudía y se reía, porque daban por hecho que Miao mentía y Marlon estaba cooperando con gusto. Pero no era cierto.
Marlon se quedó paralizado después de subirse los pantalones rápidamente. Su rostro pasó del horror a la rabia en el espacio de un segundo, y cuando sus ojos se clavaron en los míos, solo conseguí ver la profunda humillación a la que acababa de someterlo.
Por un momento, la culpa se apoderó de mí.
Pero solo por un momento.
—¡Bravo! —gritó alguien desde el público.
—¡Eso es magia! —gritó otro.
Marlon ni siquiera me volvió a mirar antes de bajar del escenario y largarse de la fiesta. Tanto Angy como Nico sacudieron la cabeza en mi dirección, decepcionados con mi actitud. Mantuve la sonrisa como pude y le di las gracias al mago por elegirme entre el público.
—Eso ha estado fuera de lugar —me dijo al pasar por su lado.
—Sí, ya lo sé —murmuré, y salí corriendo.