Mi irresistible enemigo Capítulo 16
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Capítulo 16

Luna

Cuando llegué a la zona del resort donde se celebraba el evento, supe que algo iba mal. Y no necesariamente por la cantidad de miradas que me dedicaron nada más poner un pie en el lugar.

Las luces colgaban de los árboles en tonos naranjas y verdes fluorescentes, creando un ambiente que no era ni tropical ni elegante. Algo en lo que había hecho hincapié cuando apuntaba en una hojita de papel lo que necesitaríamos para llevar a cabo la mejor cena de ensayo posible.

Era más bien... psicodélico. Como si alguien hubiera decorado una boda con los restos de un concierto de los años sesenta.

—¿Qué es eso? —preguntó Daphne, señalando una de las mesas más cercanas.

La gente ya se había sentado en la mayoría, dispuestas a pasar una buena velada… incluso si la decoración no acompañaba.

—Flotadores de flamenco —respondí, con la voz plana—. Para decoración.

—Parecen... —Daphne hizo una pausa, buscando la palabra adecuada. Su cara era un poema, no sabía ni dónde mirar—. ¿Pájaros muertos? Sí, creo que parece el botín de unos cazadores.

—Son flamencos. Vivos. Bueno, de goma. Pero vivos en espíritu —me defendí.

Daphne soltó una risa que sonó más a bufido, y yo apreté los dientes. No era mi culpa. Bueno, sí era mi culpa. Pero no había sido mi intención. Había intentado hacer algo bonito, algo que combinara la elegancia que Marlon quería con la diversión que yo deseaba. Pero algo había salido mal.

Todo había salido mal, en realidad.

Los novios van a matarme, pensé, y quise dar media vuelta y volver a mi habitación. Tal vez, si me escondía debajo de la cama, a nadie se le ocurriría pasar a molestarme o exigirme una explicación de por qué una boda selecta parecía más una boda al más puro estilo de Las Vegas.

Pero, como todo en la vida, me tocó sacar pecho y fingir que aquel despropósito no era tan malo.

La música no ayudó mucho. Al menos, lo que se escuchaba en ese momento por encima de las decenas de conversaciones que mantenían los invitados.

Marlon había contratado a una banda que tocaba música "tibetana", según el folleto que me habían dado.

Pero lo que sonaba era más bien un concierto de gatos afilando las uñas sobre una pizarra.

Nadie en su sano juicio pensaría que era relajante o elegante escuchar aquellos grititos acompañados de un arpa, unos tambores…

y otros instrumentos a los que no supe dar nombre.

Los instrumentos de cuerda y los cantos guturales creaban una atmósfera que no era ni relajante ni festiva. Era inquietante. Como si estuviéramos en el funeral de un monje budista que había dado su vida para proteger todo un bosque lleno de especies en peligro de extinción.

—¿Y eso? —preguntó Nico, apareciendo a mi lado con el rostro desencajado—. ¿Por qué suena como si los Aristogatos se hubieran unido a la fiesta?

—Bueno, me vas a perdonar, pero los Aristogatos tocaban bien. Estos suenan a la típica banda escolar donde ningún alumno se pone de acuerdo con la partitura —repuso Daphne, agachando la cabeza para que ninguno fuéramos consciente de que estaba a punto de reírse.

La vergüenza me subió en oleadas desde las entrañas hasta la cara, y noté que me sonrojaba como nunca.

—Música ambiental —respondí con toda la calma que logré reunir—. Ya sabes, lo que se espera de una boda elegante y llena de gente con buen gusto.

Daphne tosió y se cubrió la boca con el puño, ahogando el inicio de una carcajada.

La quise estrangular.

—Es música tibetana. Relajante. —Hice una pausa—. O algo así.

—Luna, parece que estamos en un ritual de exorcismo.

Nico me miró con una mezcla de horror e incomodidad que me hizo sentir un poco culpable.

Yo hubiese preferido música moderna —Arian Grande, Madonna, Lady Gaga—, pero el estúpido de Marlon insistió en que una orquesta en directo haría sentir a los invitados mucho más cómodos durante la cena.

Tendría que haberme negado con más insistencia.

—¿Y la cena? —preguntó, señalando la mesa donde un chef novato intentaba preparar sushi en directo.

Los cortes eran torpes, el arroz se deshacía entre sus dedos y las piezas quedaban amorfas sobre los platos—.

¿Por qué no habéis elegido otra cosa? A la mayoría de los invitados no les gusta el pescado crudo.

Mira que se lo dije a Marlon , pensé con fastidio.

¡A nadie le gustaba el puto sushi! Era asqueroso.

Pero él insistió en que a su familia le encantaba, y que la gente solía consumirlo a menudo, así que cambió la carne asada a baja temperatura por un plato de salmón crudo con aguacate.

Y tendrá el valor de sentirse orgulloso con su elección.

—Sushi en directo —dije en un intento desesperado por defender el desastre que los dos creamos debido a nuestras diferencia—. Es tendencia en este lado del país, al parecer. Como en la isla capturan muchos peces, suelen hacer platos típicos con ellos. Y el sushi suele gustar a la gente.

Nico estaba guapísimo, y me dio un poco de pena que no estuviera disfrutando de su noche por culpa de nuestras malas decisiones.

Eso no me impidió seguir defendiendo que no todo estaba tan mal —ni siquiera los flamencos de colores junto a un montón de floreros llenos de frutas exóticas cortadas en flor— y que la noche iría bien.

—Luna, el sushi parece que lo ha preparado un niño de cinco años. Coño, si hasta yo sería capaz de dejar las piezas redondas y no… —hizo una mueca de asco cuando el cocinero puso otro plato sobre la mesa—. Esto es un desastre.

—Es estilo vanguardista.

—Es un desastre —repitió él—, y la gente va a empezar a quejarse.

—Pues que se quejen. Lo quieren todo hecho y no son capaces de colaborar —resoplé, cruzándose de brazos en una actitud algo defensiva—.

Solo es una cena cualquiera, no el día de la boda.

Y esto es culpa vuestra por obligarnos a colaborar.

Yo estaba muy feliz en mi habitación, sin que intentaran ahogarme ni me tocaran las narices.

Nico hizo una mueca y asintió.

—No te preocupes. Supongo que lo importante es que estemos reunidos —dijo mi amigo, consolándose como mejor podía—. ¿Vamos a cenar?

—Sí, anda. Quiero probar esas piezas de sushi. Os estáis calentando por una tontería. Algo puede verse feo por fuera, y estar riquísimo.

Le dediqué una sonrisa a mi amiga, agradeciéndole que me echara un cable a pesar de todo.

Nos acercamos a la mesa contigua a la de los novios, y me fijé en que las luces allí eran de un rojo intenso. La típica iluminación que alguien pondría en un club de swingers o en un club de striptease. Y yo no había apuntado nada de esto en la enorme lista que redactamos Marlon y yo.

Seguro que añadió cosas cuando no me di cuenta, solo para fastidiarme. Mientras me sentaba y me servía una copa de vino, lo busqué con la mirada. Él estaba sentado en la mesa de enfrente, de cara a nosotros. Y se veía jodidamente atractivo. Era injusto que el diablo se viera tan guapo.

Marlon alzó su copa y brindó conmigo en la lejanía, guiñándome un ojo de forma irónica. Fue su particular manera de decirme que, dado que las cosas no se hicieron a su gusto, él mismo se encargó de que yo tampoco me sintiera satisfecha.

—Gilipollas —murmuré antes de llevarme la copa a los labios y dar un sorbo—. A ver quién se ríe más tarde.