Mi irresistible enemigo Capítulo 15
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Capítulo 15

Marlon

—Deja de moverte, que ya no eres un niño —dijo Angy, tirando del cuello de mi camisa con una fuerza que me robó el aire de los pulmones—. Si no te quedas quieto, vas a parecer un espantapájaros en la cena. Y dudo que desees verte en las fotos hecho un cuadro, sinceramente.

—No necesito que me arregles la camisa —murmuré, apartándole las manos con un movimiento brusco—. Puedo hacerlo yo solo.

—Claro que puedes, pero no lo haces bien. —Angy me agarró por la barbilla y me obligó a mirarle a los ojos—. Y esta noche es importante. Quiero que estés perfecto, ¿vale?

—¿Para qué? ¿Para que los invitados piensen que soy un muñeco de escaparate?

—Para que los invitados piensen que eres un hombre civilizado, Marlon. —Angy soltó mi barbilla y empezó a ajustar el chaleco blanco que llevaba puesto—. Que no tiene el mismo efecto, pero es un comienzo. Y más si tenemos en cuenta el numerito que montaste hoy con Luna.

Suspiré y dejé que hiciera lo que quisiera. Había aprendido —por las malas, claro estaba— que era inútil discutir con mi hermana cuando estaba en modo organizadora de bodas. Era como tratar de detener un huracán con un paraguas.

Además, no me apetecía hablar de Luna. De ella, menos que de nadie. Solo sabía fastidiarme de mil formas diferentes.

—¿Y tú? —pregunté, mirándola a través del reflejo del espejo—. ¿Estás lista para la cena? No te veo muy nerviosa.

—Siempre estoy lista. —Angy sonrió, y su reflejo en el espejo era tan parecido al mío que por un momento olvidé que estábamos discutiendo—. Pero no me cambies de tema. Estamos hablando de ti, Marlon. Y de tu insistencia por comportarte como un idiota redomado.

—No hay nada de qué hablar.

—Oh, cariño. Claro que hay mucho de qué hablar. —Se detuvo y me miró directamente a los ojos—. La mayoría de los invitados ya están al tanto de lo ocurrido con Luna, y es probable que hagan preguntas o murmullen. ¿Eres consciente de eso?

El aire se me quedó atascado en los pulmones. Por supuesto que lo había oído todo el puto mundo. En una isla donde la mayoría vivíamos hacinados, los secretos no duraban más de cinco minutos.

—Fue un accidente —dije, y mi voz sonó más defensiva de lo que pretendía—. Ni siquiera sabía que Luna no sabía nadar. ¿Crees que la habría tirado al agua de conocer su inaptitud como nadadora?

No quería que la gente me mirase como si fuese un asesino en potencia. A mí lo único que me ponía cachondo era conseguir contratos millonarios y ganar dinero, no asesinar a periodistas mediocres.

—Sé que fue un accidente, porque fui testigo de semejante escenita —mi hermana apoyó las manos sobre su cintura, en una pose que quería dejar claro que no toleraría más cosas así en el futuro—.

Pero eso no quita que en ese momento fueras un neurótico y un capullo.

—Pausa—. Marlon, llevas dos años comportándote como un idiota con esa mujer.

Y no me vengas con que ella te hizo algo, porque ya me sé ese cuento.

—Y si ya lo sabes, ¿para qué sigues insistiendo?

—¡Porque aún tengo la esperanza de que os empecéis a llevar bien! ¿Tienes idea de lo cansado que es ver a mi hermano y la mejor amiga de mi futuro marido enemistados? No podremos sentarnos jamás en la mesa a comer porque os vais a lanzar cuchillos o envenenar o vete a saber.

No, no íbamos a sentarnos en la misma mesa porque Judas ya me traicionó una vez —y después de besarme, para más inri—, y yo no era tan idiota de cometer el mismo error dos veces.

Por mí, Luna y mi hermana y mi cuñado tenían libertad absoluta de cenar juntos todas las noches, si querían.

Pero no volvería a arriesgarme a que una trepa de ojos verdes me llevase al matadero por la puerta grande a cambio de un fajo de billetes.

Y me había cansado de oír a los demás —o, más bien, a mi hermana pequeña— juzgarme por ello y señalarme con el dedo. Como si no se me permitiera enfadarme por haber sido lanzado a los cocodrilos sin ningún tipo de aviso o preparación previa.

—Así que, después de todo, nos juntaste a Luna y a mí para que nos hagamos amigos y tú no tengas que elegir, ¿no?

Las mejillas de mi hermana se tiñeron de un profundo escarlata. La vergüenza reflejándose en sus ojos —del mismo color que los míos, de un azul intenso— y en el temblor de sus labios pintados de rosa.

—Solo intento hacer las cosas de corazón, que es diferente —respondió con la boca pequeña—. ¿Por qué me lo echas en cara?

Pasé junto a ella y me miré en el espejo de nuevo, colocándome el chaleco de la manera menos ridícula posible.

—Porque, desde que eras una niña, disfrutas colocándome entre la espada y la pared sin importarte mis sentimientos.

—Eso no es cierto.

—Claro que sí. Cuando estábamos en el instituto, me empujaste a salir con tu amiga Stephanie porque ella era fea como el demonio y nadie la invitaba a salir.

Y tú querías liarte con su hermano, y me metiste a mí por el medio.

Fue la peor noche de mi existencia —le recordé, por si acaso se había olvidado de aquella aventura digna de It —.

Un circo, una chica vomitándome sobre los pantalones después de decirme que quería chupármela y un montón de fotos y vídeos que circularon por el instituto los siguientes meses.

—¡Como si eso fuera mi culpa! Además, supera ya Vietnam —se quejó ella, sin dejarse pisar por los recuerdos—. Stephanie es un bombón hoy en día, y eso que pasó entre vosotros solo fue mala suerte. La chica era alérgica a las palomitas y no lo sabía.

—Me da igual que esté buenísima o no; no estaba discutiendo eso.

—¿Entonces qué es? ¿Que eres un rencoroso de mierda con todo el mundo?

—Si solo fuese rencor, hasta me lo tomaría a risa. Tu problema es que te crees que debo seguirte el ritmo como si fuera un perro amaestrado, y no son así las cosas.

Angy titubeó un poco antes de responder, como si le hubiese trastocado por completo sus argumentos ensayados.

—Pues lo siento, ¿vale? Sé que soy una egoísta, que todo el tema de la boda me tiene de los nervios y me hace comportarme como una tirana; pero solo quiero que todo vaya bien.

Estoy muerta de miedo al saber que os pasáis discutiendo todo el tiempo, y que eso pueda perjudicar mi momento.

—Angy se dejó caer sobre el borde de la cama, cubriendo su rostro con las manos—.

Me sacas de quicio y no sé cómo pedirte las cosas.

—De buenas, y sin mentiras de por medio.

Ella alzó la cabeza, con los ojos brillantes. Esa simple imagen me tocó el corazón. Angy era mi debilidad, después de todo.

—Vale, Marlon. Lo siento.

Exhalé un profundo suspiro y me acerqué a ella para ayudarla a levantarse.

—No importa. Con suerte, esa lunática no volverá a cruzarse en mi camino una vez salgamos de esta isla.

—A riesgo de que te enfades otra vez conmigo… solo diré que ella no es tan mala.

—Hoy ha vuelto a husmear donde no debía. Te estaba hablando de un tema importante, y ahí estaba ella. Como siempre.

—Claro que no —Angy sacudió la cabeza—. Acababa de llegar cuando tú le increpaste y la tiraste al agua.

—Me dijo que estaba buscando extraterrestres. Para ser una periodista que se cree tan buena, deja mucho que desear a la hora de buscarse excusas.

Las comisuras de los labios de mi hermana temblaron ligeramente, en un intento patético de contener una risa.

—Marlon, el juego existe. O sea, no es que sea un juego ni nada de eso.

Pero tienen que seguir el rollo con ese asunto de vez en cuando.

—Angy se acercó a mí y me puso una mano en el brazo—.

No sé si lo sabes, pero la abuela de Nico cree que hay extraterrestres en la isla.

O bueno, en todos los sitios a los que va —aclaró—.

Y todos los que la quieren le siguen el juego.

Luna no se estaba cachondeando de ni de nadie, Marlon. Solo estaba ayudando.

—¿Ayudando? ¿De qué hablas?

—Es una de las razones por las que Nico la quiere tanto. Porque es capaz de adaptarse a cualquier situación, y es generosa, divertida…

—No me vendas la bicicleta, que no te la voy a comprar. Y todo este tema de los extraterrestres suena a cachondeo.

—¡Pero no lo es! Yo he visto cómo funciona la dinámica de su abuela. Ella cree que sus amigos de Saturno vienen a verla y… ¿Te estás riendo?

Sí, lo estaba haciendo. Más que nada porque todo aquello parecía un cuento sacado de internet. Como esos famosos creepy pastas que se pusieron tan de moda en la época de los dos mil.

—Es que no doy crédito a que intentes convencerme de que la abuela de tu futuro marido se cree que unos alienígenas de color verde la vienen a ver los domingos para tomar el té. ¿Te das cuenta del disparate?

Angy abrió la boca, dispuesta a ponerme en mi sitio, cuando entraron mi madre y su actual marido. Un constructor de barcos muy conocido en Grecia que, además de tener la piel súper bronceada y los dientes muy blancos, hacía chistes que a nadie le hacía gracia.

—¡Angy, cariño! Estás preciosa. El blanco te sienta tan bien —mi madre se acercó a ella y le apretó ambas manos—. ¿No te parece que está divina, cielo? —le preguntó a su marido.

Basilio la miró un segundo antes de asentir.

—Preciosa, como siempre.

—Oh, gracias —Angy le dedicó una amplía sonrisa—. ¿Bajamos ya? Creo que Marlon ha hecho un gran trabajo respecto a la cena de ensayo.

—¿En serio? —mi madre me lanzó una mirada curiosa por encima de su hombro. De perfil, se parecía muchísimo a Angy—. Veamos qué se le ha ocurrido.

Nada bueno, pensé. Porque una lunática me obligó a ceder en cosas ridículas.

—Estoy seguro de que será algo increíble —dijo Basilio—. Las damas primero.

Angy y mi madre salieron de la habitación, mientras que Basilio aguantó la puerta para que yo fuese el penúltimo de la fila.

No me caía nada bien ese hombre, pero al menos no había hecho ningún chiste y había interrumpido la incómoda conversación que mantenía con mi hermana.

Y solo por eso no le solté ningún comentario fuera de lugar, como venía siendo habitual entre nosotros.