Capítulo 14
Luna
El agua me tragó como si fuera un monstruo.
No tuve tiempo de reaccionar. Un segundo estaba en el aire, flotando como una muñeca de trapo, y al siguiente el mar me engulló con una violencia que me robó el aliento.
El frío me golpeó como una bofetada, y el sabor salado se metió en mi boca, en mi nariz, en mis pulmones…
invadiendo todo mi ser y robándome el aire.
Pataleé y grité todo lo que pude. Pero mis piernas no respondían, mis brazos se movían sin rumbo, y cada vez que lograba asomar la cabeza a la superficie, una ola me devolvía al fondo.
El pánico se apoderó de mí a una velocidad aterradora. No podía respirar. Tampoco podía ver qué o quiénes habían a mi alrededor. Solo sentía el agua llenando mis pulmones, el peso de la ropa mojada arrastrándome hacia abajo, y la certeza de que me estaba ahogando.
Iba a morir ahogada porque nunca aprendí a nadar. ¿Se podía ser más desgraciada en la vida?
Fueron los segundos más aterradores de mi existencia.
Mi mente se nubló y mi pecho ardió por la falta de oxígeno.
No me gustaba bañarme en el mar o la piscina precisamente porque no era capaz de mantenerme a flote.
Solo soportaba las termas, y únicamente porque hacía pie y no había manera de que me tragase el agua.
Tuve tanto miedo que solté un sollozo.
No quería morir.
Pero cuando creí que se me acababa el tiempo, unos brazos fuertes y firmes tiraron de mí hacia arriba, con una fuerza que me arrancó del abismo y del miedo en un abrir y cerrar de ojos.
El aire golpeó mi rostro como una explosión, y tosí, escupiendo agua salada mientras mis manos se aferraban a lo único que había alrededor: brazos, hombros, piel desnuda.
Marlon.
Era él.
Lo reconocería en cualquier lugar, porque las facciones de su cara y su olor eran inconfundibles.
Su rostro estaba cerca del mío. Tan cerca que podía ver el miedo en sus ojos, las gotas de agua corriendo por sus pómulos, y la forma en que sus dedos se clavaban en mi espalda como si yo fuera el único ancla que lo mantenía en la superficie.
Aunque, técnicamente, fuese al revés.
—¡Tranquila! —gritó, y su voz sonó desgarrada—. ¡Estoy aquí! ¡No te voy a soltar! Deja de patalear, Luna. Estás a salvo. Shhh… Estás a salvo, te lo prometo.
Pero yo no podía tranquilizarme. Mis piernas seguían sin responder, mis brazos se aferraban a él con una desesperación que me avergonzaba, y el pánico seguía latiendo en mi pecho como un tambor de guerra.
Tosí otra vez, y el agua salió de mi boca en un chorro que le salpicó la cara. Prácticamente le vomité toda mi rabia y mi miedo en forma de espuma de mar.
—Joder, Luna —dijo él, sin soltarme—. Respira. Por favor, respira. Ya está, ya está. Ya pasó todo.
Quise decirle que me dejara en paz, que no necesitaba su ayuda, que todo era culpa suya y que, si no estaba ya con San Pedro, era por mi cabezonería y no por su arrepentimiento. Pero las palabras no salían de mi boca. Estaba tan entumecida que era incapaz de reaccionar.
Marlon nadó hacia la orilla conmigo en brazos, y cada roce de su cuerpo contra el mío lo sentí como un recordatorio de lo cerca que había estado de morir.
Cuando sus pies tocaron la arena, me levantó con una facilidad que me sorprendió y me llevó hasta la orilla, donde el sol calentó mi piel helada.
—Luna —dijo, dejándome en la arena con una suavidad que no esperaba de él—. Luna, ¿estás bien? Dime algo, por favor.
No respondí. No podía. Solo conseguí toser, y temblar, y sentir cómo el frío y el miedo se mezclaban en mi pecho.
Casi me había ahogado por su culpa. Y que ahora tuviera el descaro de pedirme que le dirigiese la palabra, como si se mereciera algo de más allá de una patada en los huevos, me cabreó incluso más que cualquiera de sus otros insultos.
—No necesito hacerte una RCP, ¿verdad? —dijo él, y su voz sonaba con una urgencia muy impropia de él—. ¿Estás en shock o algo?
—No... —logré decir, con la voz ronca—. No me toques, hijo de puta.
—Pero necesito...
—¡Que no me toques! ¡Casi me ahogo por tu culpa, desgraciado! ¿En qué demonios estabas pensando?
A pesar de mis insultos y protestas, Marlon se mantuvo en el sitio y me agarró por los hombros. Me acercó a él, casi con desesperación, pero lo aparté de un manotazo.
Aún me quedaban fuerzas para pelear.
—Aléjate de mí, bastardo. ¡No te atrevas a acercarte de nuevo, o te juro que te arranco la piel a tiras!
—Luna, estaba intentando ayudarte —fue su excusa.
—¿Ayudar? —La risa que escapó de mi garganta fue amarga, casi histérica—. ¿Tú crees que esto es ayudar? ¡Me has tirado al agua y yo no sabía nadar! ¡Casi me muero, maldito imbécil! Eres un… —aparté su mano de nuevo—. ¡Te he dicho que no me toques!
—No sabía que no pudieras nadar. No ha sido mi culpa. Solo quería que te despejaras un poco.
—¿Despejarme? —Lo miré con los ojos entrecerrados.
Marlon ni siquiera parecía arrepentido, y eso me enfadó más.
La rabia me dio fuerzas para darle un escarmiento—.
¿Crees que esto me ayuda a despejarme? ¿Crees que casi ahogarme me va a hacer olvidar que eres un idiota arrogante que no sabe cuándo parar?
Y un neurótico, ya que estamos. ¡Porque no te espiaba!
¡No hay nada de ti, ni de tu vida, que me cause interés!
—Luna, por dios. Estás llamando la atención de todos —dijo Nico, acercándose a nosotros y cubriéndome con su camisa—. No es el momento. Solo ha sido un error, ¿vale?
Miré a mi amigo como si fuera cómplice de Marlon. ¿Por qué lo defendía tanto? ¿Solo porque iba a casarse con su hermana? ¿Y qué pasaba conmigo? ¡Había estado a punto de morir! Nada de eso era justificable.
—Tú podrías ponerte de mi lado por una vez, ¿sabes?
—le increpé a Nico, pasando por su lado.
Quería llorar, aunque no delante de ellos—.
Vale que sea tu cuñado, y que te una a él un lazo familiar extraño —lo miré por encima del hombro—, pero eso no te da derecho a excusarle en todas las situaciones.
—Eso no es… —empezó a decir Nico, avergonzado.
—Luna, tranquila. Todo está bien —Daphne me abrazó con fuerza y me cubrió con su brazo, como si quisiera protegerme—. Volvamos a la habitación.
—Solo ha sido un error —Marlon me miró como si quisiera zarandearme para que dejase de pensar que lo hizo a propósito—. Tú me envenenaste. Ya estamos en paz.
¿Envenenarlo? ¿Todo esto era una estúpida venganza de su parte?
—Te crees muy listo porque tienes dinero y contactos, y haces y deshaces a tu antojo siempre que las cosas no salen a tu gusto —le acusé, acercándome a él pese a que Daphne peleaba por impedirlo—.
Pero yo a ti no te he hecho nada, NADA, para que me intentes joder de todas las formas que se te ocurren.
Y solo espero que la próxima vez que decidas tomar un laxante, te tires tres días seguidos cagándote patas abajo. ¡Que es lo que te mereces!
Angy y Nico se llevaron a Marlon antes de que continuase con aquella discusión, y yo lo agradecí, pues la cabeza me dolía horrores y estaba empapada.
—Vamos, anda. No merece la pena —dijo Daphne, frotándome la espalda con cariño—. Él ya sabe que es un imbécil.
—Pues no lo tengo tan claro —mascullé.
Daphne hizo una mueca y me condujo de vuelta al resort por el mismo sendero. Con la diferencia de que en esta ocasión me volví a tropezar… porque había perdido las sandalias en el agua.