Mi irresistible enemigo Capítulo 13
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Capítulo 13

Marlon

La rabia me hervía en las venas. Estaba harto.

No soportaba que aquella periodista —por no llamarla hiena— se dedicara a husmear donde no la llamaban.

Aunque mi hermana hubiese insistido en que era de fiar, y que las cosas no eran lo que parecía, a mí me quedó bastante claro lo que Luna buscaba en aquella isla.

Y era sacar a la luz cualquier trapo sucio que se le hubiera quedado en el tintero la última vez.

Como no tenía tanto tiempo libre para hablar con mi hermana, aproveché la oportunidad y le conté algunas de las cosas que estaba ocurriendo en mi empresa.

Y es que uno de los accionistas había decidido, sin consultarlo con el resto, vender su parte a unos japoneses y desentenderse del tema.

Algo que trastocaba notablemente nuestros planes de futuro.

Más que nada porque la empresa japonesa que anhelaba hacerse con mi empresa no tardaría en ir convenciendo al resto para que también vendiese.

Arrinconándome hasta que no me quedara de otra que ceder.

Y no me daba la gana.

Si esa información llegaba a los medios, sería mi ruina. El resto de los accionistas entrarían en pánico, los futuros clientes romperían sus contratos, y los japoneses se frotarían las manos.

Por eso, cuando Luna apareció en escena, la furia se apoderó de mí de un segundo a otro.

Siempre está en la escena del crimen , pensé, con la mandíbula apretada.

Claro que su entrada no fue muy triunfal. Apareció de la nada, con un vestido azul claro y el pelo revuelto por el viento; tropezando como una cría y rodando por la arena hasta estrellarse contra mis piernas.

—¿Estabas espiándome, Rivera? —le espeté, alzándola del suelo con más fuerza de la necesaria. Sentí sus manos sobre mi pecho desnudo, y el contacto fue una chispa que recorrió todo mi cuerpo—. Vamos, dímelo. Total, eres tan patética que no sirves ni para esconderte.

Ella parpadeó, desconcertada. Sus ojos verdes se abrieron como platos, y por un momento me pareció ver terror y confusión. Como si no tuviera muy claro cómo proceder.

—¿Q-Qué...? —tartamudeó, dando zarpazos al aire para soltarse de mi agarre—. No estaba espiándote. Estaba buscando...

—Buscando, claro. Una noticia jugosa, por lo que veo. —La interrumpí, con la voz cargada de sarcasmo—. ¿Más historias que vender? ¿Más información que filtrar?

—¡No! —Se zafó de mi agarre, y su rostro enrojeció de ira—. Estaba buscando extraterrestres, ¿vale? No tenía nada que ver contigo. ¡Ni siquiera sabía que estabas aquí!

El silencio que siguió fue tan denso que casi podía cortarse.

—¿Extraterrestres? —repetí, y la rabia aumentó todavía más—. ¿Estás vacilándome?

Encima de ser una listilla, se creía muy graciosa. Como si tuviera algún tipo de sentido lo que salía de su boca.

—Sí. Extraterrestres. —Cruzó los brazos, desafiante—.

La abuela de Nico cree que hay una nave en la isla y hemos estado buscándola.

Yo estaba guiándolos hacia la playa, por eso he venido por aquí.

Pero mi chancla se enganchó con una tabla y he tropezado.

No te estaba espiando, ¿vale? No todo gira alrededor de ti, Jones.

¡No eres el centro de mi mundo, aunque te creas la puta estrella!

Durante un momento, casi le creí. La historia era tan absurda que tenía que ser verdad. Pero luego recordé quién era, recordé las portadas de los periódicos, recordé la traición, y la rabia volvió a hervirme en las venas.

Iba a vacilar a su prima, pero a mí no me tomaba más el pelo.

—¿Me estás viendo la cara de imbécil? —pregunté, dando un paso hacia ella de forma amenazadora—. ¿Crees que es gracioso todo esto?

Ella retrocedió un paso, sin apartar la mirada de mí.

—No. Estoy diciendo la verdad, joder. Estaba buscando la nave espacial.

—¿La verdad? —Solté una risa amarga—. ¿Tú sabes lo que es eso, acaso?

—Más que tú, desde luego —contraatacó ella.

—Mira, Rivera —dije, y mi voz era un gruñido—.

Estoy harto. Harto de tus juegos, harto de tus mentiras y harto de que aparezcas en los momentos más inoportunos.

Así que voy a hacerte un favor, porque soy buena persona, muy en el fondo, y creo que alguien necesita ser condescendiente contigo.

Dado que tus padres no te dieron una azotadita en el culo cuando tocaba.

Las mejillas se le tiñeron de rojo y, lejos de irritarme, me pareció que estaba más bonita que nunca. Con sus rasgos latinos realzados por el color de su vestido, el maquillaje y su expresión de confusión.

—¿Un favor? ¿Tú a mí?

Se la veía muy desconcertada, sin saber qué decir o a dónde huir.

—Sí. —Sin darle tiempo a reaccionar, me agaché, la agarré por la cintura y me la eché al hombro como si fuera un saco de patatas—. Como veo que estás muy acalorada, y necesitas algo sobre lo que escribir, creo que te vendría bien darte un chapuzón.

—¡Marlon, suéltame! —gritó ella, golpeándome la espalda con los puños. Su tono de voz era muy agudo—. ¡No sabes lo que estás haciendo! ¡Bájame, animal! ¡Bruto! ¡No se tratan así a las mujeres!

—Te sorprenderías —murmuré, ignorando a Angy cuando intentó detenerme—.

Sé perfectamente lo que estoy haciendo. —Caminé hacia la pequeña cala que había al lado, oculta entre las rocas y los arbustos.

Mi hermana y yo nos habíamos dado un baño un rato antes por allí—.

Voy a meterte en el agua para que se te enfríe la cabeza.

Quizás así aprendas a no meterte en conversaciones ajenas.

—¡No fue mi intención! ¡Te he dicho la verdad! —ella seguía golpeándome la espalda y los hombros—. ¡Déjame en el suelo! ¡Por favor, Marlon! ¡No lo hagas!

—No te creo, Luna. Eres la mujer más mentirosa que conozco. Y los periodistas como tú me dais asco.

Llegué al borde del agua, justo donde las olas lamían la arena, y sin pensarlo dos veces, la lancé desde la roca para que cayese directamente en la parte más profunda.

El sonido de su cuerpo rompiendo la superficie fue tan satisfactorio como inesperado. La vi emerger unos segundos después, tosiendo y pataleando, y con el pelo pegado a la cara. Su expresión era de puro terror.

—¡Te juro que cuando salga de aquí, te voy a...! ¡Gilipollas!

Le costaba decir todas las frases completas porque no dejaba de patalear y hundirse en el agua.

—¿Vas a qué? —dije, con una sonrisa desganada—. ¿A vender otra exclusiva? ¿A contarles a todos cómo el malvado Marlon Jones te ha tirado al agua? Venga ya, chica medusa.

Luna no volvió a responder, porque se hundió en el agua tras tragar un poco de la misma, y no volvió a sacar la cabeza.

Pensé que estaba haciendo el paripé para que me sintiera culpable, pero como ya la conocía, no me lo tragué. Que saliera cuando quisiera. Solo esperaba que no se dedicase a sonsacarle información a Daphne o a los demás sobre lo que pasaba en mi vida privada.

Me di media vuelta, dispuesto a volver al resort, cuando una voz resonó por todo el lugar; atrayendo la atención de los presentes.

—¡LUNA NO SABE NADAR, IMBÉCIL! ¿Qué coño has hecho?

Nico se acercó a nosotros, corriendo hacia la orilla con el rostro desencajado. Detrás de él, Daphne y una señora mayor caminaban muy deprisa por el sendero hacia la cala.

—¿Qué?

—Gilipollas —Nico pasó por mi lado y me dio un empujón—. ¿Es que has perdido la cabeza? ¡Luna se está ahogando! No sabe nadar.

—¡Nico, lánzate al agua! ¡Hay que sacarla de ahí! —gritó Angy, con el rostro pálido.

La imagen de ella pataleando en el agua, con los brazos agitándose sin rumbo, se grabó en mi mente como una maldición.

Los segundos se estiraron de pronto, volviéndose insoportables, y entonces, como si alguien hubiera activado un interruptor dentro de mi cabeza, sentí un retortijón que me provocó el mayor sentimiento de culpabilidad de mi existencia.

Joder. Acababa de lanzar a una mujer que no sabía nadar al agua, y llevaba como medio minuto sin salir a la superficie. ¿Y si se moría por mi culpa?

Mierda, mierda, mierda.

Empujé a Nico y me lancé al agua sin pensarlo dos veces. Mi error, mi penitencia.

Salvaría a Luna a cualquier precio.