Capítulo 12
Luna
—¿Qué tal tu mañana con Marlon? —preguntó Daphne al cabo de unos minutos.
Hacía un calor horroroso y nosotros nos encaminábamos hacia la playa por uno de los senderos laterales. Era de los menos concurridos, con muchísima arena blanca que se me metía entre los dedos.
—¿Cómo lo sabes? No le dije a nadie que iba a reunirme con él.
—Porque Angy vino antes a vernos y nos comentó que estabais haciendo buenas migas. ¿Es verdad? —Daphne me miró con una de sus cejas alzadas, obviamente dudando que eso fuera cierto.
—¿Tú qué crees?
—Que lo has matado y enterrado el cuerpo.
—Shhhhhh, no digas esas cosas en voz alta —la regañó Nico—, o mi abuela se pensará que han matado a alguien y nos obligará a buscar el cadáver.
Daphne y yo intercambiamos una mirada, y nos echamos a reír.
—A mí me gustaba CSI Las Vegas, así que no me quejaré.
—Te ponía cachonda Grisom, cerda —me cachondeé de ella.
Daphne se puso rojísima.
—Bueno, cada una tiene sus gustos, ¿vale? Tenía su puntito sexy de madurito inteligente.
La abuela Sofía se detuvo de golpe junto al sendero y señaló unas latas de cerveza que algún cerdo —o más bien varios— había dejado abandonadas ahí hacía algún tiempo.
—Los extraterrestres están cerca —dijo ella, muy seria—. Les gusta esa cerveza.
—Pues vaya marranos —se quejó Daphne—. Ya podrían usar la basura. ¿Qué pasa, que en Saturno no hay?
—¡Ellos no entienden nuestra costumbres! No te burles —a la abuela Sofía se le empañó la mirada—. Ellos son buenos y listos, y nos quieren. Están aprendiendo de nosotros.
—Claro que sí, abuela. Son increíbles.
—Tiene sentido, entonces. Porque este planeta está lleno de gente que deja la basura en cualquier lado —refunfuñó Daphne.
A veces era inevitable que saliera a la luz esa parte de ella que abogaba por no comer animales, no contaminar y no llenar los espacios de basura.
La abuela Sofía se secó las lágrimas y continuó con su camino, y nosotros tres la seguimos.
—Bueno, y quitando el hecho de que nos van a invadir seres con cinco ojos… ¿Qué tal con Marlon? —insistió Daphne, ansiosa por el chisme.
—Marlon —dije, y el nombre salió como una maldición—.
Estoy harta de él. Harta de su cara, de su voz, de su forma de caminar, de su olor y de su prepotencia.
Estoy harta de tener que trabajar con él.
Estoy harta de que Nico me haya obligado a colaborar con él —recalqué esa parte porque yo jamás hubiese caído tan bajo—.
No sé qué te he hecho para que me estés castigando de esta manera, pero sea lo que sea te pido perdón.
—¡No fue cosa mía! Angy insistió. Yo ya le dije que era mala idea.
—Sí, y yo. Porque podríais mataros mutuamente y eso afea mucho una boda —Daphne se apartó antes de que Nico le diese un manotazo.
—No seáis exageradas tampoco. Marlon no es mal tío —al ver que lo mirábamos de malas formas, Nico carraspeó—. Lo digo completamente en serio, aunque te moleste. Es mi cuñado, y siempre se ha portado de putísima madre conmigo.
—Contigo, claro. Porque eres el que va a preñar a su hermana. A mí me jodió la carrera, y encima me llama cursi y rata. Un amor de hombre —gruñí con los dientes apretados.
Marlon y todo lo que le envolvía siempre me ponía de un humor terrible. Debía ser el único hombre del mundo que, aparte de llenarse los bolsillos estafando a la gente, también se creía más listo y valioso de lo que era.
—Sé que no es lo más agradable del mundo, pero mañana es la cena de ensayo y la gente está esperando ver lo que habéis preparado. Seguro que luego se te pasa un poco el enfado —trató de suavizar la situación mi mejor amigo.
Se me enganchó la chancla en uno de los tablones de madera y solté una maldición.
—Pues no sé qué decirte. No nos hemos puesto de acuerdo —le solté—. De hecho, él quería algo tipo cóctel de empresa.
—¿Y tú? Seguro que has propuesto algo hawaiano, ¿a que sí?
Noté que un calor súbito me subía por el cuello hasta las mejillas. Daphne se rio al verme.
—Dios mío, sí que eres una cursi.
—¡No es cierto! Pero estamos en una isla y le pega muchísimo —defendí mi idea, que no era tan mala como decían—. Aquí es muy fácil conseguir collares de flores y hula-hulas.
Nico hizo una mueca de horror que me confirmó que no le gustaba para nada la idea de llenar el álbum de boda con los invitados vestidos de hawaianos. Me sentí aún peor por tener que darle la razón a Marlon cuando me advirtió que a nadie le agradaría una velada de ese estilo.
—¿Y por qué habéis optado? —preguntó él, casi con miedo de saber la respuesta.
—Lo descubrirás mañana. Pero estoy segura de que no dejará indiferente a nadie —fue todo lo que dije.
Ni de coña le daría mérito a Marlon con respecto a la idea base sobre la que trabajamos durante dos horas para llevar a cabo la estúpida cena de ensayo.
Encima ni siquiera servía de nada, más allá de entretener a los invitados, pues el día de la boda se celebraría un banquete totalmente elegido por los novios.
—Eh, eso no es justo. Creo que me merezco… ¡abuela, espera! —Nico se lanzó corriendo hacia donde estaba Sofía—. No vayas por ahí, ¿no ves que te puedes caer?
—¡Pero la nave está por ahí! Si no llegamos pronto, se van a ir sin despedirse.
A pesar de que Nico trató de que su abuela se metiera entre la maleza que rodeaba el sendero que llevaba directamente a la playa, fue imposible. Sofía ya se había desviado y caminaba como un autómata hacia algún punto entre los árboles y arbustos.
—Joder, esto tiene mala pinta. Los chicos del resort me dijeron que por aquí hay animales salvajes —dijo Daphne, seria de pronto.
—¿Animales salvajes? ¿Qué coño?
—Sí, eso dijeron.
—¿Rollo panteras?
—Ni idea. Voy a avisar a Nico.
Me quedé sola antes de que pudiera decir nada.
Como no quería enfrentarme a un nido de arañas, seguí sendero abajo, pensando que podría guiarlos hacia la playa y así evitar un desastre mayor.
Pero justo cuando llegué al final, mi chancla volvió a engancharse con otra tabla suelta de madera y tropecé hacia delante.
Di un par de volteretas sobre la arena y acabé chocando con alguien.
Alcé la vista justo a tiempo de ver unas piernas largas, atléticas y llenas de vello rizado y oscuro que no reconocí al instante.
Tampoco el bañador turquesa que llevaba y que se adhería a unas caderas en forma de uve que daba paso a otro rastro de vello oscuro que subía por unos pectorales bien formados.
De hecho, lo que me puso en alerta fueron los tatuajes tribales que cubría su brazo y hombro izquierdo.
—Mierda —me quejé—. Joder, qué mala suerte.
—¿Estabas espiándome, Rivera?
La voz de Marlon sonó tan llena de rabia que no me dio tiempo a responder cuando él ya me había alzado del suelo, obligándome a mirarlo.
—¿Q-Qué…?
—Sabía que no eras de fiar. Siempre haces lo mismo, eh. Algunas cosas no cambian.