Capítulo 11
Luna
No sentí ganas de irme a la playa a dar un paseo, volverme al bar del hotel a beber mojitos hasta que me doliese el paladar por la lima o fingir que me interesaba dormir una siesta.
En realidad, necesitaba hablar con Nico.
Desahogarme con él, dado que era el culpable de que hubiese tenido que confraternizar con Marlon durante dos horas… ¡y lo que quedaba!
Me encaminé hacia su bungaló, y me detuve en seco al ver el panorama.
Nico estaba sentado en el suelo, con un mapa desplegado sobre la alfombra. Daphne estaba a su lado, con una linterna en la mano. Y entre ellos, sentada en un sillón mullido y con una expresión de absoluta seriedad, estaba la abuela de Nico.
—Abuela Sofía —dijo Nico, con la misma paciencia con la que siempre hablaba a la pobre mujer—, te prometo que los extraterrestres están aquí. Pero necesitamos que nos ayudes a encontrarlos. ¿Tienes alguna pista?
—Los extraterrestres —repitió la abuela Sofía, y sus ojos brillaron con ilusión—. ¿Dónde están? No sé, no sé. Hace tiempo que no se comunican conmigo.
—En la isla, ¿verdad? Es lo que nos has dicho antes —dijo Daphne, señalando el mapa con la linterna—. Hemos visto señales. Luces extrañas en el cielo. Pero necesitamos tu ayuda para localizar su nave, abuela. Eres la única que sabe dónde se esconden.
La abuela Sofía asintió con solemnidad y se inclinó sobre el mapa, estudiándolo con mucha atención. A pesar de su ceguera inminente, señaló un punto de la isla, y no movió el dedo.
—Está aquí.
—¿Qué está pasando? —pregunté, avanzando hacia ellos con cierto reparo.
Nico levantó la vista y esbozó una sonrisa de alivio.
—Luna, menos mal que has llegado. Necesitamos ayuda.
—¿Ayuda? ¿Con qué? —Miré el mapa, la linterna, la expresión de la abuela Sofía… y me pregunté si se había vuelto a inventar una de sus historias—. ¿Estáis buscando extraterrestres?
—Exacto —dijo Nico, y su voz era tan seria que por un momento pensé que hablaba en serio. Claro que solo le seguía el rollo a su abuela—. Los ha visto y ahora quiere encontrarlos.
—Sí, se ha puesto muy nerviosa —murmuró Daphne.
Me quedé mirándolos, sin saber qué decir.
La abuela de Nico sufría de demencia, y se inventaba historias que iban desde un matrimonio con el rey de una isla perdida, al avistamiento de duendes o seres de otro planeta.
A pesar de la medicación, era imposible evitar que de vez en cuando se perdiera en ese mundo ficticio que solo existía en su cabeza.
Así que Nico, como buen nieto, le seguía el rollo hasta que se olvidaba por completo.
Por eso no me sorprendió que hablaran de la existencia de extraterrestres como si fuera algo muy común.
—¿Muy nerviosa? ¿En serio?
De pronto me invadió un sentimiento agridulce al comprender que Nico solo intentaba impedir que los delirios de su abuela fueran a más.
—Muy nerviosa —confirmó Daphne, bajando la voz—.
La última vez que no le hicimos caso, se pasó toda la noche llamando a la policía para denunciar una invasión alienígena.
Tuvimos que intervenir y explicarles a la policía que no la reteníamos en contra de su voluntad, ni era una paciente psiquiátrica.
Sí, me acordaba de eso. La peor experiencia de Nico, según él.
—¿Y eso es normal? Hacía mucho tiempo que no… Ya sabes —encogí uno de mis hombros—, hablaba de seres de otro planeta.
—El problema fueron unos turistas —repuso Nico, algo enfadado—. Anoche, durante la cena, se pusieron a hablar del Área 51 en la mesa de al lado. Mi abuela lo escuchó todo y ya se cree que los extraterrestres están aquí, con nosotros. Y tenemos que buscarlos.
La abuela Sofía levantó la vista del mapa y me miró con unos ojos tan vivos que casi olvidé que no estaba del todo presente.
—Tú —dijo, señalándome con el dedo—. Eres la periodista, ¿verdad? La que vino a buscar extraterrestres. Ellos me lo han dicho.
—Sí, abuela —dije, decidiendo seguir el juego—. He venido a ayudaros y a hablar con ellos para que no te molesten más.
Nico me miró con agradecimiento.
—Bien. —Asintió con satisfacción—. Porque los extraterrestres están aquí, en la isla. Y necesitamos encontrarlos antes de que se vayan. Quiero decirles adiós.
Me arrodillé junto a ellos, y Nico me pasó un mapa de la isla que habían dibujado a mano. Tenía marcas de colores, círculos y flechas que señalaban puntos estratégicos.
—Hemos visto luces cerca del faro —dijo Daphne, señalando un punto en el mapa—. Y ruidos extraños cerca de las termas. Seguro que han escondido la nave por allí.
—¿Y si se han ido ya? —pregunté con inocencia.
—¡Claro que no! No se irían sin despedirse —dijo la abuela Sofía—. Tenemos que encontrarlos y decirles que se cuiden. El viaje a Saturno es muy largo.
Suspiré. Era absurdo si lo veías desde fuera, pero la abuela de Nico creía tan fuerte en esos seres saturninos que no fui capaz de romper el momento con un golpe de realidad.
—Vale —dije, señalando otro punto en el mapa—. Yo he visto algo cerca de la playa. Una luz azulada. ¿Podría ser su nave?
La abuela Sofía se inclinó hacia el mapa y estudió el punto que había señalado.
—Sí —dijo, con voz solemne—. Esa es su nave. Lo sé porque los extraterrestres siempre eligen playas con buena conexión wifi. Les encanta Madonna, ¿sabéis? Dicen que es la mejor cantante del mundo.
Nico y Daphne intercambiaron una mirada de complicidad, y por un momento, el absurdo de la situación me hizo sonreír.
—Por supuesto que les gusta Madonna, abuela. Es la reina del pop —dijo Daphne.
—Yo pensé que elegirían a Lady Gaga —repuse por lo bajini.
Nico me dio un codazo.
—Entonces es nuestra misión —dijo Nico, levantando la linterna—. Llegar a la playa sur, encontrar la nave y hacer contacto con los extraterrestres.
—¿Y qué hacemos si los encontramos? —pregunté.
—Les pedimos que se vayan —dijo la abuela Sofía—. Ya han visitado bastante este planeta. Es hora de que se vayan a casa.
—Me encanta tu filosofía —dijo Daphne, y su sonrisa era tan genuina que por un momento olvidé que estábamos en medio de una locura—. Si solo van a contaminar el aire con su nave, que se larguen.
Esta vez fui yo quien le di un codazo a mi amiga, para que dejase de decir tonterías.
—Pues en marcha —Nico se levantó y se guardó el mapa en el bolsillo del pantalón.
—Eso, vamos a buscarlos antes del almuerzo. Que seguro que nos dejan sin macarrones con queso —dije, incapaz de esconder una risita.
La abuela Sofía fue la primera en abandonar el bungaló, y nosotros solo pudimos seguirla, sintiéndonos dentro de un capítulo de una serie de ciencia ficción.