Capítulo 10
Luna
Aún no daba crédito a que hubiese cedido a los caprichos de Angy y Nico, y me hubiera presentado en la sala de reuniones improvisada, dispuesta a hablar de la cena de ensayo con Mister Gilipollas.
Él, por descontado, llegó antes de tiempo y me lanzó una mirada desdeñosa que no logré interpretar. ¿Estaba disgustado por lo de la noche anterior?, ¿o su problema conmigo era que había llegado diez minutos tarde?
Como tampoco me importaba demasiado, lo dejé correr y me senté en una de las sillas de metal junto a la mesita donde el servicio del hotel dejó té y galletas.
Lo peor de todo no era que Marlon supiera cómo hacerme sentir incómoda sin abrir la boca —después de todo, amasó una fortuna por algo—, sino que era atractivo a rabiar.
Tenía el pelo oscuro y los ojos azules, y se parecía demasiado a ese Damon Salvatore que tan locas nos volvió a las adolescentes millennial que aún buscábamos un vampiro sexy y de moralidad cuestionable que nos clavase los colmillos en el cuello.
Salvando diferencias, claro. Marlon no era un vampiro, pero envejecía como el buen vino.
Y sus músculos definidos no se podían ocultar bajo una camisa blanca y arremangada —porque dios no quisiera que le obligasen a llevar una de manga corta— y unos pantalones de pinzas negro que valía más que toda su estancia en esta isla para diez días consecutivos.
El atractivo de Marlon residía, más que en su ropa o en su rostro esculpido por un dios, en su mirada. En sus ojos azul intenso, capaz de hacerte sentir en el cielo y, una milésima de segundo después, en la boca del infierno.
—Vale —dije, apartando ese pensamiento de mi mente con la misma urgencia con la que se apartaba una araña—. He estado pensando en la cena de ensayo y creo que ya sé lo que podría gustarles a los novios.
—Qué bien —murmuró él, sin levantar la vista del móvil—. ¿Una entrevista sorpresa con la que sonsacarle información y luego venderla? Te aseguro que Angy no tiene mucho que contar; es una mujer bastante tranquila y anónima.
—Me sorprende que creas que los periodistas estamos en activo las veinticuatro horas del día cuando tú, que eres un cabrón de las finanzas, estás mirando tu Instagram con aburrimiento ahora mismo…
en lugar de seguir generando dinero. Y por supuesto, no voy a caer en tus provocaciones, porque te repites más que un loro.
Cogí una de las galletas en un intento patético de ocupar mis manos y no envolverlas a través de su cuello. Aún pensaba de verdad que la falta de aire le haría pensar con claridad a ese imbécil.
—Prefiero que no pienses en voz alta, si no te importa.
Apreté los dientes y saqué mi libreta, la que siempre llevaba conmigo para apuntar ideas. La abrí por la página que había estado llenando durante el desayuno, con dibujos torpes y notas garabateadas.
—He estado investigando —dije, tragándome una lista de insultos muy originales que me había aprendido solo para él—. He hablado con los organizadores de la boda, con el chef del resort, y con algunos invitados, y creo que he encontrado el tema perfecto.
—¿Ah, sí?
—Sí. —Hice una pausa dramática—. Hawaiano. Después de todo, estamos en una de las islas más bonitas del mundo, y creo que da el pego.
El silencio que siguió fue asfixiante. Marlon apartó la mirada de su móvil y arqueó una de sus cejas lentamente.
—Hawaiano —repitió Marlon, y las comisuras de sus labios temblaron ligeramente.
—Hawaiano. Camisas floreadas, collares de flores, cócteles con sombrillas, música de ukelele. —Abrí los brazos en un gesto teatral—. Imagínatelo así: todos los invitados con sus trajes de colores, bailando bajo las estrellas, sintiendo el espíritu de la isla… No sé, suena bien.
—Suena a pesadilla.
—Suena a diversión.
—Suena a que has visto demasiadas películas de Disney y te crees que todos los isleños disfrutan viviendo en una especie de escenario sacado de Lilo y Stitch. Pero no es así, mujer. ¿Te has vuelto loca?
La forma en que lo dijo me sentó como una patada en el hígado. ¡No pensaba que los isleños quisieran emular los paisajes de Lilo y Stitch! Solo pensaba que encajaba más un estilo hawaiano que algo más formal, típico de las galas interminables neoyorquinas.
—Suena a que tú tienes menos sentido del humor que una piedra. —Cerré la libreta con un golpe, avergonzada—. Mira, Marlon, si vamos a trabajar juntos, al menos intenta ser un poco abierto de mente.
—Mi mente está abierta —se inclinó sobre la mesa, y un rayo de sol le acarició los mechones de pelo oscuro que caían sobre su rostro—, a ideas que no impliquen que los invitados parezcan salidos de un anuncio ridículo de colonias frutales.
—¿Y qué propones tú? —pregunté, arqueando una ceja—. ¿Un tema formal? ¿Chaquetas y corbatas? ¿Música clásica?
—Sí. Porque eso es lo que se hace en las bodas: ir de etiqueta.
—¿En serio? —Solté una risa que sonó más a bufido—. ¿Quieres convertir la cena de ensayo en una reunión de accionistas?
—Quiero que sea elegante. Sofisticada. —Hizo una pausa, y sus ojos azules se clavaron en los míos—. Algo que la gente recuerde por su clase, no por lo ridículos que salían en las fotos.
—Ridículos. —Repetí la palabra, saboreándola—. ¿Sabes qué es ridículo? Un grupo de personas congeladas en sus asientos, sin atreverse a reír, sin atreverse a bailar, sin atreverse a ser felices porque el señor multimillonario ha decidido que la diversión es vulgar y está fuera de lugar.
—La diversión no es vulgar. La vulgaridad es vulgar. Y llevar camisas estampadas y coloridas, además de collares de flores, no es elegante ni digno de admiración. Eres una… vulgar, sí. Eso es lo que eres.
—Y tú eres un esnob y un ridículo.
—Y tú eres una idealista ingenua.
—Y tú eres... —me callé, intentando calmarme—. Mira, no voy a acceder a organizar un cóctel ridículo que, además, no encaja en absoluto en la idea que tienen los invitados sobre lo que es divertido y lo que no.
Marlon se levantó y, para mi sorpresa, caminó hasta mí y se apoyó en el borde de la mesa. Justo a mi lado.
Tuve que alzar la cabeza para mirarle a los ojos.
Y ese fue mi primer error. El retortijón en mi estómago no tenía nada que ver con los tacos que me había desayunado un rato antes.
Con extra de picante. Como muchas de las cosas que me venían ocurriendo en los últimos días, Marlon Jones era el culpable y no había forma de evitarlo.
Simplemente no existía antídoto para su veneno.
—Vamos a hacer una cosa —dijo Marlon, y en su rostro ya quedaba claro que tampoco le hacía especial ilusión tener que estrechar lazos conmigo—.
Tú dejas de tratar de convertir esto en una especie de fiesta de instituto, y yo dejo de tratar de convertirlo en una reunión de la alta sociedad.
Porque está claro que no nos vamos a poner de acuerdo, y que tu gusto y el mío difieren hasta en la más mínima cosa.
—¿Y eso qué significa exactamente?
Lo pregunté un poco de mala hostia. El tío se pensaba que las fiestas hawaianas era cosa de adolescentes, y eso me tocó las narices.
Aunque, por otro lado, tampoco me sorprendió demasiado.
En el instituto nadie debía invitarle a las fiestas, porque sería un estirado y un gilipollas sin control alguno.
—Significa que encontremos un punto medio para no fastidiarle la noche a los novios. —Se inclinó un poco más, y su presencia era tan abrumadora que sentí que el aire se me escapaba de los pulmones—. No es tan difícil de entender.
Me dieron ganas de tirarle del pelo por la manera en que me hacía sentir estúpida.
—¿Y qué propones? Por la forma en que hablas, pareces un wedding planner más que experimentado —repuse con ironía y una sonrisa sardónica que escondía las ganas de matarlo que tenía.
—No lo sé todavía. Pero podemos descubrirlo juntos.
Las palabras "descubrirlo juntos" resonaron en mi cabeza como una advertencia, más que una sugerencia bastante madura de su parte. Como si el universo estuviera tratando de decirme algo que no quería oír, ver o sentir.
Pero no podía apartar la mirada de sus ojos mientras fantaseaba con mandarlo a la mierda.
Eran de un azul precioso, y ahora que me encontraba en una isla perdida en el mar, con el sol y el mar envolviéndome como una cápsula, me di cuenta que ningún color resaltaba más que el de sus iris.
Que, a pesar de todo, Marlon era uno de los hombres más sexy y guapo que hubiese tenido la desgracia de cruzarme.
Claro que su atractivo no borraba lo mala persona que era, y lo mucho que lo odiaba.
—¿Juntos? —repetí, y enarqué una ceja—. ¿Cómo que juntos?
—Juntos, sí. ¿O tienes miedo de que pueda tener buenas ideas? Te veo más asustada que de costumbre, Luna.
—No tengo miedo. —Enderecé la espalda, intentando recuperar el control de mis emociones y mis pensamientos. Ni loca le daba el gusto de ver que me alteraba de un modo u otro—. Solo soy realista. Tú y yo trabajando juntos es como... como meter un gato y un perro en la misma jaula.
—Los gatos y los perros pueden convivir. Si se esfuerzan, claro.
—Bueno, supongo que podemos intentarlo. Hasta un perro como tú sabe dónde están los límites —a pesar de la mirada que me dedicó, pasé de largo y me crucé de brazos.
Fingiendo que me importaba su opinión—. ¿Y entonces cuáles son tus propuestas para la cena de ensayo?
¿Qué crees que haría disfrutar a las personas que se han cogido un vuelo desde todas partes del mundo para vivir encapsulados en un resort de lujo durante diez días seguidos?
No tendría que haber hecho esa pregunta porque, como ya sospechaba, Marlon era un cretino y tenía muy mal gusto.
Y sus ideas fueron, desde la primera hasta la último, un sinsentido que me tuvo riendo durante un buen rato.
Eso sí, bajo la atenta y amenazadora mirada de aquel hombre que ponía mi corazón a latir desbocado.
—Esto es una puta mierda, Marlon. Es gracioso que no conozcas ni a tu hermana.
—Ni tú a tu amiguito, ya que estamos —él levantó la mirada de su tercera copa de vino. El muy borracho llevaba toda la reunión bebiendo como un cosaco—. Estoy muy seguro de que se va a sentir decepcionado cuando descubra lo que le has preparado.
—Ya lo veremos. A diferencia de ti, Marlon, mis amigos no me dan de lado por las mierdas que hago para sobresalir.
Él se tensó ante mis palabras venenosas, que era justo lo que pretendía al decirlas en voz alta. Una pulla que me hizo sentir mucho menos tonta al colaborar con el hombre que había destrozado mis sueños.
Pensé que me respondería o me atacaría con la misma bajeza, pero Angy, su hermana, llegó de pronto —con el pelo húmedo y en bikini—, y nos saludó con la mano.
—¡Hola! ¿Alguno se viene al spa conmigo? Nico ha tenido que ir con su abuela y a mí me da mucho palo ir sola a los sitios.
—Voy contigo —se ofreció Marlon—. Necesito un chapuzón.
—Sí, porque ese vino no se baja solo —murmuré por lo bajini.
Angy pasó la mirada de uno a otro, y tuvo a bien no comentar nada. Quizás por miedo a romper la frágil tregua que existía entre nosotros.
—¡Genial! Así me pones al día con tus cosas —Angy se enganchó al brazo de su hermano—. ¡Nos vemos luego, Lunita!
Les dije adiós con la mano, y respiré profundamente. A juzgar por la mirada que me lanzó Marlon antes de irse, el muy impresentable tenía planeado vengarse de mí de alguna manera.