Mi irresistible enemigo Capítulo 9
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Capítulo 9

Marlon

Llevaba una hora dando vueltas en la cama, mirando el techo y contando las grietas que se formaban en el yeso como si fueran ovejas. El aire acondicionado zumbaba con un ruido monótono que debería haber sido relajante, pero solo conseguía ponerme más nervioso.

No podía dejar de pensar en ella.

En Luna.

¿Cómo era posible que el universo se estuviera riendo de mí de esta manera tan cruel?

Según mi mejor amigo, el cual me había llamado un rato antes, se trataba de una deuda kármica que debía saldar sí o sí.

Dado que yo era un gran cabrón en los negocios, el universo me hacía pagarlo con la horma de mi zapato.

Que era, ni más ni menos, que Luna Rivera.

Y a lo mejor Steph tenía razón, después de todo.

Me levanté de la cama con un gruñido y me puse unos pantalones cortos y una camiseta vieja.

No podía dormir. No podía pensar en nada más allá que la rabia que me consumía desde que me enteré de que Luna compartiría el mismo especio que yo por una semana.

Solo podía caminar, moverme, hacer algo que me distrajera de la tormenta que llevaba dentro.

El resort estaba en silencio a esas horas, y menos mal. Decidí ir a comer algo, a ver si eso calmaba el agujero de mi estómago.

Había oído que la pequeña cocina para clientes estaba abierta las veinticuatro horas, y que podíamos usarla siempre que quisiéramos.

Pensé que un sándwich o cualquier cosa que se preparase rápido me distraería de mis pensamientos. Craso error. Allí, acoplada en una de las mesas, se encontraba la protagonista de mis pesadillas. La culpable de que no fuese capaz de pegar ojo.

Luna estaba sentada de espaldas a la puerta, con el pelo recogido en un moño despeinado y un pijama de seda que dejaba ver sus hombros desnudos. Tenía los pies apoyados en el taburete de al lado y una taza humeante entre las manos.

Al verme, su expresión cambió de sorpresa a irritación en el espacio de un segundo.

—¿Qué haces aquí? —preguntamos al unísono.

—No podía dormir —dije yo, con la voz tensa.

—Yo tampoco —dijo ella, y señaló la taza con un gesto vago—. El ramen instantáneo siempre me ayuda a dormir. Bueno, más bien el hecho de llenarme el estómago. Comer puedo comer lo que me dé la gana; desde un ramen de dos dólares con dudoso sabor a carbonara, o un sándwich de pollo con mayonesa.

Me importa un carajo , pensé, irritado.

—Esos fideos es pura sal y saborizantes. Te vas a morir antes de tiempo.

Luna encogió uno de sus hombros y sorbió los fideos de forma muy ruidosa.

—De algo nos tenemos que morir. Mejor que sea comiendo, que, junto a dormir y Pedro Pascal, son lo mejor de este mundo.

Que Luna también babease por ese hombre no me sorprendió en absoluto. No conocía a una sola mujer sobre la Tierra que no quisiera bajarse las bragas frente a Pedro Pascal.

Una locura.

Me acerqué al mueble que había junto a los vasos de plástico y los cubiertos, y curioseé la cantidad de ramen instantáneos que ofrecía el resort. También había otras pastas envasadas, y sándwiches de huevo. Cogí uno de estos últimos y le quité el envoltorio.

En San Francisco no solía ser un hombre trasnochador.

Respetaba bastante mis horarios de comidas y sueño, pero aquí todo era distinto.

Ya fuese por el calor que hacía —demasiado, a mi parecer— o por la presencia de la mujer que casi me jodió la reputación en el pasado, pero me costaba llevar un horario normal.

—Nico me ha dicho que nos toca trabajar juntos de forma puntual. Supongo que te hace la misma ilusión que a mí.

—Muchísima —repuse de espaldas a ella, con los dientes apretados.

—Creo que solo es una estrategia de tu hermana y tu cuñado para que nos llevemos bien.

—No me lo había planteado.

La escuché resoplar ante mi ironía.

—Que conste que esto me jode muchísimo, pero soy consciente de que es una situación que no se repetirá —y menos mal—, así que… ¿y si hacemos una tregua? De unas horas, claro.

Giré sobre mis talones y le dediqué una mirada jocosa.

—¿Tregua? ¿Tú te crees que la vida se soluciona fingiendo que no han pasado ciertas cosas?

Sus hombros se tensaron de golpe. Luna dejó el bote de ramen sobre la mesa y se levantó con la idea de encararme.

Tal vez ella fuese más baja y menuda —aunque menudas curvas tenía, dios mío—, pero no le importaba una mierda a la hora de ponerme en mi sitio.

—Siempre eres el mismo cabrón arrogante que cree que el mundo se mueve bajo sus normas, ¿verdad? —escupió con rabia.

—Y tú siempre eres la misma oportunista.

—Me acerqué a ella tanto como pude, y nuestros cuerpos quedaron a apenas unos centímetros de distancia.

La rabia que me transmitía su postura era magnética y sofocante—.

La periodista que seduce al multimillonario para conseguir información.

La que vende su cuerpo a cambio de una exclusiva.

Cosas que, por lo que veo, no han cambiado demasiado.

—¿Mi cuerpo? —Luna enrojeció de rabia—. ¿Cómo te atreves a decir eso? Que me llames puta de forma indirecta no te da la razón, miserable.

—Es lo que hiciste. Es lo que siempre haces —recalqué, porque dudaba bastante que su modus operandi hubiera cambiado en los últimos tiempos.

—¡No es verdad! —Su grito resonó en la cocina vacía—.

Aquella noche no estaba pensando en seducirte, gilipollas.

¡Pensaba que yo te gustaba! Y solo… —se pasó una mano por el rostro, y soltó una carcajada desprovista de humor—.

Pedirte una tregua… —se rio más fuerte—.

Qué imbécil soy. ¿Cómo voy a ser capaz de colaborar contigo, si eres venenoso a rabiar?

El aire se me quedó atascado en los pulmones.

—El favor se lo hago a mi hermana, no a ti.

Tú no mereces ninguna consideración, dadas las circunstancias.

Y no te creas que no sé que planeas alguna cosa y por eso estás siempre en todos lados.

¿Vas a escribir un artículo sobre mi familia, eh?

¿También vas a confirmar si todo lo que sacaste a la luz aquella vez era cierto o no?

—Tenía que serlo, si destruiste mi carrera por eso. Quien nada debe, nada teme —replicó con enfado. Sus mejillas se habían encendido, y me miraba como si quisiera matarme con sus propias manos—. Ahora tengo más que claro que eres un hombre horrible y que…

—¿Señores? —dijo, con voz cansada, uno de los empleados del resort—. ¿Todo bien por aquí?

Tanto Luna como yo nos sobresaltamos. Ninguno se percató de las horas que eran y dónde estábamos.

El hombre, con una actitud mucho más profesional de la que nos merecíamos, se acercó a nosotros con una sonrisa forzada.

—Todo perfecto —dijo Luna, con una sonrisa tensa—. Solo estábamos discutiendo, como ya te habrás dado cuenta.

—Lamento informarles que no toleramos ciertos… ruidos pasada la medianoche. Por respeto a los clientes, más que nada.

—Lo siento —dije yo, intentando apaciguar al hombre—. No ha sido nuestra intención montar este escándalo.

—No se preocupe —dijo el empleado, y señaló la cocina con un gesto vago—. Pero si van a seguir discutiendo, ¿podrían hacerlo en otra parte? Los huéspedes están durmiendo.

Luna y yo nos miramos, y por primera vez en toda la noche, vi algo en sus ojos que no era odio. Ojalá lo hubiese sido.

Lo que asomaba en su mirada no era más que una tristeza tan profunda que me hizo sentir pequeño. Culpable, de algún modo.

—No vamos a seguir discutiendo —dijo ella, con la voz rota—. Yo ya me voy a dormir. Lamento las molestias.

Pasó de largo y se marchó de la cocina.

Me hubiese encantado seguir diciéndole la horrible persona que me parecía, y que todo lo que sacó a la luz no era cierto. Por eso la odiaba. Porque vendió una imagen de mí que no casaba con la realidad. Que no eran más que rumores dañinos que hicieron tambalear mi imperio.

Pero discutir a medianoche en un lugar público no era lo adecuado.

—Señor Jones —dijo el empleado—, ¿desea que le ayude con algo?

—No, gracias. —Cogí el sándwich de huevo y una botella de agua de la mesa—. Todo está bien.

Pero ni de coña lo estaba.