Mi irresistible enemigo Capítulo 8
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Capítulo 8

Luna

—No.

—Luna...

—He dicho que no.

—Pero es que...

—Nico, te quiero, eres mi mejor amigo, y por eso mismo voy a ser clara: no. No. Y no.

Nico suspiró y se dejó caer en la silla frente a mí con una expresión de perro apaleado que conocía demasiado bien.

Era la misma que ponía cuando quería que le prestara dinero para un libro de arqueología que no necesitaba, o cuando intentaba convencerme de que ver una película de Indiana Jones era culturalmente relevante.

En el pasado, bastaba para que yo cediera a regañadientes y me comportase como una buena amiga y aliada; pero en ese momento solo me provocaba un rechazo absoluto. Y no tanto por las formas, sino por lo que me estaba pidiendo.

—Mira —dijo, inclinándose sobre la mesa del desayuno con las manos juntas en actitud suplicante—. Solo es la cena de ensayo. Una cena. Con comida, bebida y un pequeño detalle sorpresa. Nada más.

—Nada más —repetí, arqueando una ceja—. Dime, Nico, ¿qué parte de "tu cuñado me jodió la vida" no entiendes?

—Ya sé que te cae mal y lo odias, pero sois los padrinos de la boda. Las personas más importantes para los novios, joder. ¿Por qué no pones un poco de tu parte?

—Porque ya lo estoy haciendo —solté con fastidio—.

Me quedé en la isla porque tu boda es importante y porque te quiero.

Pero hasta ahí termina mi trabajo. Si quieres que Marlon y yo estemos unidos, lo llevas claro.

Es… mi enemigo. Mi enemigo mortal —recalqué, con la intención de grabárselo a fuego en la cabecita—.

Y nadie me convencerá, ni siquiera tú, de que lo trate bien y sea amigable con él.

—Ni siquiera tienes que ser su amiga. Solo organizáis la cena de ensayo y ya está.

—Es que no es ya está —insistí, al borde del colapso mental—. Ese es tu problema, Nico; que crees que todo se soluciona haciendo borrón y cuenta nueva. Y no funciona así.

—¿Y qué planeas hacer? ¿Evitarle hasta el día de la boda?

—En efecto —me coloqué las gafas de sol de nuevo, ocultando, en parte, mi expresión de enfado—. Tal vez en la vida real no se pueda bloquear a una persona, pero sí ignorarla. Fingir que no existe. Y eso, amigo mío, es lo que haré.

Nico se bebió su café con calma. Estaba recopilando un montón de frases motivacionales y excusas con las que convencerme a la hora de ceder a sus caprichos. Cosa que no sucedería.

Aunque nuestra amistad era profunda, casi fraternal, no le permitiría forzarme a ser amable con un tipo como Marlon. Un tipo que la noche anterior, lejos de quedarse en su cuarto a pasar el efecto del laxante con calma, decidió venir a mi habitación a intimidarme. A seguir faltándome al respeto.

Y menos mal que ya no me intimidaban los hombres como él, y logré despacharlo enseguida, porque en el pasado me habría quedado muda y encogida en un rincón. Pensando que me merecía que pensara lo peor de mí y, además, me lo dijera de muy malas formas.

—Nadie ha dicho que sea fácil. Pero tampoco es imposible.

—Nico me cogió las manos y me miró directamente a los ojos—.

Escúchame. Angy y yo hemos estado planeando esta boda durante un año.

Un año entero. Y lo único que queremos es que sea perfecta.

Que todos los que queremos estén ahí, felices, celebrando con nosotros.

—Y yo estoy aquí, tal y como te prometí. —Mi voz sonó un poco nasal—. He dejado mi trabajo, he cogido un avión, he venido a esta isla perdida en el Caribe… y me he quedado a pesar de que Marlon duerme bajo el mismo techo que yo. ¿Qué más quieres?

—Quiero que me ayudes a organizar la cena de ensayo.

Tú y Marlon. Los dos. Porque sois las personas que mejor me conocéis, las que sabéis lo que me gusta, lo que me hace reír, lo que me emociona…

—Apretó mis manos—. Y quiero que añadáis algo chulo.

Algo que sorprenda a los invitados. Algo que haga que esta boda sea inolvidable para todos nosotros.

—¿Y por qué tiene que ser con él?

—Porque Angy también quiere a su hermano. Y porque, aunque no os guste, los cuatro somos una familia. O vamos a serlo. —Nico soltó una risa—. Y las familias se soportan en las bodas. Es la ley.

—Esa ley no existe, Nico. Te la estás sacando de la manga en un intento patético de que no me vuelva loca y te mande a tomar viento.

La suave brisa cálida que azotaba la isla por las mañanas me revolvió el pelo. Me aparté algunos mechones de la cara, sin quitarle la mirada de encima a Nico. Planeaba llevarme a su terreno a cualquier precio, y yo era más que consciente de ello. Por eso estaba a la defensiva.

—La he inventado yo, sí. —Se levantó y me besó en la frente—. Por favor, Luna. Hazlo por mí. Una noche. Una cena. Y luego, si quieres, no vuelves a hablar con él en toda la semana.

Cerré los ojos y respiré hondo. Podía sentir cómo la rabia y el odio se arremolinaban en mi pecho, pidiendo a gritos que dijera que no. Pero también podía sentir el peso de la amistad, el amor que sentía por Nico, la necesidad de hacerlo feliz, y contra eso no sabía cómo luchar.

Soy una blandengue.

—Vale —dije finalmente, y soné derrotada—. Pero solo porque eres tú.

—¡Sabía que dirías que sí! —Nico dio un salto de alegría y me abrazó con tanta fuerza que las costillas me crujieron—. Eres la mejor. La mejor amiga que alguien podría tener. Te quiero, te quiero, te quiero.

—Sí, sí, ya —dije, apartándolo de un empujón—. Pero no me eches la culpa si el menú termina siendo solo comida picante y el entretenimiento es un concurso de quién puede aguantar más tiempo sin vomitar, te lo advierto. Esto no se me da bien.

—Eso es tu venganza por mentirte, ¿verdad?

—Si quisiera vengarme, Nico, no estaría aquí sino en mi casa. Viendo reposiciones de Una rubia muy legal mientras me cago en toda tu estampa. Y en la de Marlon. Pero mira por dónde, estoy aquí y voy a hacerte el favor porque no me queda de otra.

Nico soltó una risa y se fue antes de que pudiera decir nada más, dejándome sola en la mesa del desayuno con el peso de mi decisión.

Solo esperaba que Marlon no tuviera la desfachatez de ponerme a prueba otra vez, o le echaría todo el bote de laxante en su copa de vino a la mínima oportunidad.