Mi irresistible enemigo Capítulo 7
11%

Capítulo 7

Marlon

La manzanilla estaba tibia y tenía un sabor a hierba amarga que apenas notaba. Llevaba diez minutos sentado en la terraza del restaurante del resort, con la taza entre las manos, mirando el mar sin verlo realmente.

No había dormido.

Cada vez que cerraba los ojos, volvía a sentir los retortijones, el sudor frío, la desesperación de estar encerrado en un baño que olía a desinfectante barato mientras el resto del mundo seguía cenando y riendo y viviendo sus vidas.

Y todo por culpa de ella.

La mujer que había destruido mi carrera. La mujer que me había humillado en público. La mujer que ahora, para rematar, me había envenenado con un maldito laxante.

—Marlon, buenos días.

La voz de Angy me arrancó de mis pensamientos. Levanté la vista y vi a mi hermana y a mi madre acercándose a la mesa, con sus vestidos de colores claros y sus sombreros de playa. Ambas sonreían, pero cuando me vieron la cara, sus sonrisas se congelaron.

—Hijo, ¿estás bien? —preguntó mi madre, sentándose a mi lado—.

Tienes una cara... ¿No será que has trasnochado?

Mira que te dije que te lo tomaras con calma estando aquí.

Esta isla tiene algo que te hace sentir más joven y en sintonía con la naturaleza, ¿verdad?

Da mucho margen a relajarse y olvidarse de las obligaciones del día a día.

—Solo me sentó mal la cena —mentí.

Mi madre y Angy intercambiaron una mirada que no supe interpretar. Luego Angy se sentó frente a mí y apoyó los codos sobre la mesa.

—¿Qué te pasa? —preguntó, con ese tono de hermana mayor que siempre me ponía de los nervios—. Anoche te fuiste corriendo al baño y no volviste a aparecer. ¿Estás enfermo? ¿Fue el cóctel de gambas? Ningún otro invitado acabó en las mismas circunstancias que tú, que yo sepa.

—Enfermo no. —Apreté los dedos contra la taza de manzanilla—. Envenenado, más bien.

—¿Envenenado? —Mi madre se inclinó hacia mí, con los ojos muy abiertos. El terror se apoderó de ella de pronto—. ¿Quién te ha envenenado? ¿Qué ha pasado? Oh, dios mío. ¿Fuiste al médico? ¿Ha sido alguien del hotel?

—Luna. Fue esa… ratita tramposa la que me mandó al baño por la vía rápida —siseé.

El nombre cayó sobre la mesa como una bomba. Mi madre y Angy volvieron a intercambiar una mirada, y esta vez su expresión era de incredulidad.

—¿Luna? —repitió Angy—. ¿De qué hablas? ¿Cómo iba ella a envenenarte? Venga, Marlon; deja de decir tonterías. No tiene gracia.

—Sí, porque ella es un amor de persona, ¿verdad? —repuse con veneno.

—Porque no es tan tonta, básicamente. Que sea buena o mala persona me es indiferente —mi hermana sacudió la cabeza—. ¿Cómo va a meter veneno en tu comida o tu vino, delante de veinte personas, y salirse de rositas? ¿No lo habrás soñado?

Mandaba narices que mi hermana pequeña hubiese decidido defender a Luna a capa y espada en todos los ámbitos de su vida. ¿Tan rápido le había lavado el cerebro?

—Luna usó laxante. Bebí su copa sin querer y… —carraspeé, incómodo— me pasé toda la noche en el baño. Como ves, no me he imaginado nada.

El silencio que siguió a mis palabras fue tan profundo que pude oír el canto de los pájaros en la distancia.

Unos segundos más tarde, mi madre rompió a reír a carcajadas. Llamando la atención de una pareja que desayunaba a unas mesas de distancia.

Tendría que haberme callado. Ahora van a hacer bromas de esto todo el puto día, pensé.

—¿Laxante? —dijo mi madre entre risas. Algo raro en ella, porque siempre había sido estricta y mandona a más no poder. Tendría una muy buena mañana—. ¿Te echó laxante en el agua?

—Ya te he dicho que no era mi copa, sino la suya. La cogí sin pensar, y el resto es historia.

Angy también empezó a reír, y pronto las dos estaban dobladas sobre la mesa, riendo como si acabaran de escuchar el chiste más divertido del mundo.

—No tiene gracia —dije, y mi voz salió más aguda de lo que pretendía—. He estado toda la noche en el baño. He vomitado, he tenido calambres, he visto a Dios y le he pedido que me llevara con él cuanto antes. ¿Qué tiene de chistoso?

—Ay, Marlon —dijo mi madre, secándose las lágrimas de la risa—. Eres tan dramático a veces. Cualquiera diría que eres uno de los empresarios más temidos de San Francisco.

—¿Dramático? —Me levanté de la silla bruscamente—. Me han envenenado. Me han humillado. Y ahora vosotras os reís. ¿Para qué voy a seguir manteniendo una conversación con vosotras dos?

—No te han envenenado —dijo Angy, conteniendo la risa—. Te has tomado un laxante sin querer. Es diferente, hermanito.

—Y un cuerno que es diferente. —Me pasé una mano por el pelo, sintiendo cómo la rabia me hervía por dentro—.

¿Sabéis qué? No entiendo cómo podéis reíros de esto.

La mujer que me arruinó la vida me ha hecho pasar la peor noche de mi existencia, y vosotras estáis ahí, riendo como si fuera una anécdota divertida.

Mi madre dejó de reír y me miró con una expresión que conocía demasiado bien. Era la misma que ponía cuando éramos niños y yo hacía una rabieta por algo que no entendía, no me gustaba o ambas cosas.

—Marlon, siéntate.

—No quiero sentarme.

—Siéntate, por favor. Prometo que no voy a reírme más de lo que te ha ocurrido.

Me senté. Era imposible desobedecer a mi madre cuando usaba ese tono. Llevaba treinta y cuatro años intentándolo, y siempre terminaba rindiéndome.

—Ahora —dijo mi madre, inclinándose hacia mí— quiero que me expliques bien qué pasó anoche. Acusar a una persona de intento de envenenamiento no es justo; ni para ella ni para los demás, que se van a creer esta trama digna de Stephen King.

—Bueno, dudo mucho que Stephen King escribiera sobre alguien cagándose toda la noche y muriendo de deshidratación por ello —apostilló mi hermana, escondiendo una sonrisita—; pero quién sabe.

Apreté los puños debajo de la mesa, controlando mi rabia y mi consternación.

—Anoche, en la cena, Luna y yo discutimos. Como no podía ser de otra manera, dado que aquí, mi querida hermana —le lancé una mirada rabiosa a Angy— decidió que merecíamos compartir espacio en la mesa.

—Aunque no te lo creas, no fue decisión mía.

—Exacto, Angy. No me creo una mierda.

Ella me lanzó una mirada airada.

—¡Haberle cambiado el sitio a otra persona!

—No eches balones fuera, anda. No cuando decidiste mentirme a la cara no para admitir que la madrina del novio no es otra que la mujer que puso mi reputación a la altura del betún.

Angy se mostró dolida por mis palabras, pero no dijo nada.

Tanto mejor, porque no quería seguir discutiendo sus malas acciones.

—Volviendo al tema que nos atañe, debo decir que no fue culpa de Luna.

Era su copa, después de todo. —Mi madre me miró con una mezcla de cariño y exasperación—.

Marlon, ¿no ves lo ridículo que es todo esto?

Has bebido de su copa sin permiso, te has tomado un laxante que era para ella, y ahora estás enfadado porque te ha sentado mal.

En todo caso, debería ofenderte más mezclar tu saliva con la de alguien como ella.

No sabes lo que puede tener —añadió con una mueca de asco.

—Pero ella se rio. —La rabia volvió a subirme por la garganta—. Cuando le dije lo que había pasado, se rio en mi cara. Me dijo que me lo tenía merecido.

—Y quizás tenía razón.

—¿Qué? ¿De qué coño estás hablando?

Mi madre se inclinó hacia mí y me puso una mano sobre el brazo.

—Hijo, llevas dos años culpando a esa mujer de algo que no sabes si hizo.

Dos años odiándola sin pruebas, sin haberte planteado otra posibilidad o, al menos, pasado página.

—Apretó suavemente mi brazo—. ¿No crees que quizás, solo quizás, te has ganado un poco de su rencor?

A ella también le dieron un escarmiento por todo lo sucedido.

—Solo faltaba que, después de hacerlo que hizo, le dieran una medalla al honor o algo así —siseé con los dientes apretados.

—Pero no te ha intentado envenenar. Y estaría bien que la ignorases y evitaras intercambiar más palabras con ella —insistió mi madre, bastante más asertiva de lo que esperaba—. Nadie quiere un escándalo antes de la boda.

Angy puso carita de perro pachón, y yo desistí de hacerles entender por qué Luna y yo jamás seríamos cordiales el uno con la otra.

Nos unía un escándalo, una mentira y una traición, y eso no se olvidaba fácilmente. Al menos, para mí, seguiría siendo el motivo por el cual quería a Luna —y a cualquier otro periodista— lejos de mí.

—Voy a por otra manzanilla —informé, levantándome y colocándome las gafas de sol—. Nos vemos luego.

Y me alejé de ellas antes de decir algo de lo que luego me arrepintiese.