Mi irresistible enemigo Capítulo 6
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Capítulo 6

Luna

El pijama que llevaba esta noche era de seda color lavanda, un capricho que me había comprado en el aeropuerto de San Francisco justo antes de coger el avión. Algo de consuelo para el viaje que sabía que iba a ser un infierno… aunque por las ideas equivocadas.

Cuando me embarqué a aquel viaje, pensé que mi único problema sería el calor, la gente y los insectos. Estaba claro que pequé de ilusa.

La seda acariciaba mi piel y me hacía sentir menos tonta, y mientras me untaba la crema hidratante en las piernas, casi conseguía convencerme de que esta semana podría ser llevadera.

Casi.

La cena había sido un desastre. La conversación con Marlon, un campo minado.

Joder, no me esperaba que fuese tan… estúpido. El odio era mutuo, claro estaba, pero él era mucho más agresivo. Él, que fue el culpable de todo. El que mintió y arruinó mi carrera, y salió victorioso de cada encuentro. No me parecía justo.

Pero le había prometido a Nico que me esforzaría, por él y por la boda, y no pensaba claudicar a la primera de cambio.

Me apliqué la crema con movimientos circulares en los brazos, inhalando el aroma a almendras que tan familiar me resultaba. Estaba un poco molesta aún. Que Marlon me llamase rata no me molestaba; que su presencia lo llenase todo, sí.

A veces se sentía como mirar a una superestrella o algo así. Resultaba… asfixiante.

Cuando dejé el bote de crema sobre el tocador, un par de golpes en la puerta me sobresaltó. Sonaron demasiado fuertes y bruscos; casi urgentes.

—¿Quién es? —pregunté.

La respuesta fue otro golpe, más fuerte.

Tal vez sea Nico o su madre, que son igual de dramáticos a horas intempestivas , pensé.

Ya había asumido que esa semana me tocaría aguantar las dudas de Nico respecto a la boda y los pequeños detalles, y no me molestaba trasnochar si eso le hacía sentir más tranquilo.

Me levanté y abrí la puerta con una sonrisa, dispuesta a ejercer mi papel de buena amiga. Pero no era Nico quien me esperaba al otro lado.

Marlon Jones me devolvió la mirada en cuanto abrí la puerta, y su aspecto era tan desastroso que por un momento no supe qué decir.

Llevaba la camisa desabotonada hasta el ombligo, el pelo revuelto —como si se hubiera pasado las manos por él una docena de veces—, y su piel estaba pálida, casi grisácea. Tenía los ojos inyectados en sangre y una expresión de furia tan pura que instintivamente di un paso atrás.

—¿Cómo coño se te ocurre envenenarme? —espetó, entrando en mi habitación sin invitación.

—¿Qué? —parpadeé, sin entender nada—. ¿Envenenarte? ¿De qué coño hablas?

—No finjas ahora, anda. —Se volvió hacia mí, y su expresión era feroz—.

He estado toda la noche en el baño, con retortijones y náuseas.

He vomitado hasta el alma. Y lo único que he comido o bebido diferente ha sido tu maldita agua.

¿Acaso planeabas ofrecérmela para envenenarme? ¿Planeabas un funeral antes de la boda?

Tardé casi un minuto en comprender qué estaba diciendo o insinuando, porque obviamente no había tratado de envenenarle. No era tan estúpida. Cualquiera sabía que, para cometer un asesinato, había que pensarlo bien y evitar dejar pistas. Pero ese no era el caso.

—¿Envenenarte? ¿Te estás escuchando? —le espeté, aún sujetando la puerta.

—No me vengas con ese tonito de “ay qué buena soy”, porque no cuela. Tu agua sabía a rayos y…

Una carcajada brotó desde lo más profundo de mi ser, tan inesperada y liberadora que tuve que apoyarme en la pared para no caerme al suelo.

Es que mandaba narices que el muy idiota se pensara que yo había tratado de enviarlo con San Pedro delante de su familia.

—¿Te ríes? —rugió Marlon, y su cara se puso aún más roja—. ¿Te ríes de que me hayas envenenado y casi te salga bien? ¿Qué clase de demente eres tú, eh?

—No te he envenenado —dije entre risas, apenas capaz de respirar—.

Te has envenenado tú solito, idiota. O bueno, te has…

hecho una limpieza profunda de colon, por lo que me explicas.

Que eso, en tu tierra y en la mía, no se llama envenenamiento, precisamente.

Las actrices y actores del mundo adulto lo usan mucho antes de una escena anal, ¿sabes?

—¿Qué?

Me sequé las lágrimas que me provocaron las carcajadas y lo miré con una sonrisa que debía ser de oreja a oreja.

Es que no se me habría ocurrido jamás que Marlon terminaría bebiendo de mi copa por error. No es que yo planeara joderle la noche, pero estaba claro que el universo quería compensarme un poco el daño recibido por su culpa.

—Era mi agua. Mi copa. Y yo le eché laxante.

—Expliqué con una calma que era evidente que no sentía—.

Llevo dos años sufriendo de estreñimiento por culpa de los nervios.

Mi médico me recetó un laxante líquido, y siempre llevo unos sobrecitos conmigo.

Especialmente en situaciones estresantes.

Como bodas, ya sabes. Lo que te tomaste no era más que un laxante, idiota.

Marlon se quedó mirándome con los ojos como platos.

Visto así, resultaba hasta cómico. ¿Quién iba a decirle a este maestro del engaño y de hacer dinero… que unas gotitas de laxantes podrían aniquilarlo durante cuatro horas seguidas?

—¿Laxante? —repitió, casi anonadado.

—Laxante. —Asentí y me crucé de brazos, intentando no cachondearme más de la situación—.

Debo decir que no es tan potente, y no suelo echar mucha cantidad, pero como estos días estaban siendo muy estresantes…

—Encogí uno de mis hombros, callándome la explicación escatológica que seguía—. De ningún modo iba para ti, Jones.

—Pero... —tartamudeó—. ¿Por qué lo echaste en el agua?

—Porque iba a beberla, Marlon. Dado que era mi copa… ¿dónde iba a echarla, sino? —Apreté los labios para no volver a reírme—. Pero entonces tú, en tu infinita sabiduría, decidiste beber de mi copa. ¿Qué esperabas? ¿A quién se le ocurre meter los morros donde no debe?

La expresión de Marlon pasó de la rabia al horror en cuestión de segundos.

—No sabía que era tuya cuando la cogí. Me pusiste nervioso y yo… —se pasó una mano por el pelo. Curiosamente, se veía bien así; todo desubicado—. Parecía agua, a simple vista.

—Y diste por hecho que llevaba veneno para ratas, ¿no?

Marlon me dedicó una mirada desdeñosa al entender por qué nombraba ese veneno en concreto, y no otro.

—No puede ser... —Marlon se pellizcó el puente de la nariz con los dedos—. He estado toda la noche encerrado en el baño. Me he perdido la cena, el postre, y lo que iba a ser el momento más importante de mi noche.

—¿Momento importante? —Me apoyé contra el marco de la puerta, cruzando los brazos. Sabía muy bien a qué se refería, pues me había tocado aguantar la bochornosa charla entre aquella mujer despampanante y el gilipollas que tenía delante—. ¿Qué momento importante?

—Tenía una cita. Con Sarah. —La forma en que pronunció su nombre, como si fuera una revelación, me hizo arquear una ceja.

Por supuesto que quería dejar claro que era un hombre atractivo que follaba siempre que le apeteciera—.

Después de la cena, íbamos a encontrarnos en el bar del hotel.

Y tú lo has echado a perder con esa mierda.

—Qué pena.

No quería darle el gusto de ver que me irritaba un poco su actitud de casanova profesional. Que a él todo le saliera bien siempre, en todos los ámbitos de su vida, mientras a mí me salía regular, no me parecía demasiado justo.

En realidad, lo fácil hubiese sido espetarle un jódete , pero no quería echar más leña al fuego.

A veces, todo lo que una mujer estaba en su derecho de hacer era comportarse de forma madura y no caer en provocaciones tan fáciles.

—¿Qué pena? —Marlon dio un paso hacia mí, y su presencia era tan abrumadora que tuve que recordarme a mí misma que estaba en mi habitación, que él no podía hacer nada sin que lo echaran a cajas destempladas de allí—.

¿Sabes cuánto tiempo llevo intentando quedar con Sarah?

¿Cuántas veces me ha rechazado porque está en su luna de miel profesional?

—Su luna de miel profesional. —Apreté los labios para no reírme, ya que me sorprendió bastante la forma tan patética en que se justificaba ante las calabazas de la tal Sarah en cuestión—. ¿Eso es lo que los millonarios llaman a las relaciones? ¿Lunas de miel profesionales?

—No tiene nada de gracioso. —Se acercó a mí, y su altura me hizo retroceder por instinto; incluso si estaba segura de que no me haría nada. Sus ojos azules, de ese azul intenso y precioso parecido al de los zafiros, brillaron con rabia al posarse sobre mi cara—. Ni puta gracia.

—Si me permites opinar al respecto, creo que es bastante graciosa toda la situación.

—Di un paso hacia él, y nuestros cuerpos quedaron a apenas unos centímetros de distancia.

Olía jodidamente bien, a pesar de todo—.

Mira, Marlon. Te lo voy a explicar con palabras sencillas, porque veo que el laxante te ha afectado al cerebro.

—No me ha afectado al…

—Tú cogiste mi copa. Bebiste de mi agua. Te tomaste un laxante que era para mí. —Levanté un dedo y señalé su pecho—. ¿Y sabes qué es lo mejor de todo? Que te lo tienes bien merecido, por comportarte como un cretino toda la noche.

La sonrisa que se dibujó en mi rostro debía ser diabólica, porque Marlon dio un paso atrás, como si acabara de darse cuenta de que no era tan inofensiva como parecía. Y que en cualquier momento le mordería, de ser preciso.

—¿Merecido?

—Merecido. —Asentí, sintiendo una satisfacción que no había experimentado en años—.

¿Recuerdas todo lo que pasó hace dos años?

Pues no se me ha olvidado nada —siseé en voz baja, muy segura de que en esta ocasión yo tenía las de ganar—.

Y lo único que me detiene de retorcerte los huevos no es lástima hacia la mujer que tenga la desgracia de casarse contigo y espere embarazarse de ti —le dejé claro—; sino Nico.

Y tu hermana. Ellos dos no se merecen que le jodamos la boda por lo ocurrido.

Pero, si por el camino te tomas un laxante y te cagas un poco pierna abajo —me mordí ligeramente el labio inferior, conteniendo una risa—, no me quejaré ni me lamentaré. Es lo que te mereces y más.

Marlon hizo ademán de usar otra vez su altura y peso para acorralarme, mas no se lo permití. Lo empujé con una mano hacia la puerta, sorprendida de que hubiese cedido. Una parte de mí temió hacerse daño por culpa de sus músculos de acero.

—Y ahora lárgate de mi habitación. No eres bienvenido a mis dominios.

—Esto no va a quedar así, embustera.

—Lo que tú digas —le di una palmadita en el hombro—. Recuerda pedir otro rollo de papel higiénico en recepción. Por si acaso.

Y le cerré la puerta en las narices.

¡Que se fuera al infierno!