Mi irresistible enemigo Capítulo 5
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Capítulo 5

Marlon

La cena de bienvenida era exactamente lo que esperaba.

Una larga mesa iluminada por velas, decorada con flores blancas y tropicales, rodeada de invitados que no dejaban de hablar, reír y brindar como si el mundo no se estuviera desmoronando a su alrededor.

El sonido de la brisa mezclado con la música suave debería haber sido relajante, pero a mí solo me ponía más nervioso.

Y el motivo de mi nerviosismo estaba sentado justo a mi derecha, riéndose de algo que acababa de decir un primo lejano de Angy.

Luna Rivera.

Llevaba un vestido largo de color azul que hacía resaltar el moreno natural de su piel y las sencillas joyas que adornaban su cuello y sus manos.

Su pelo castaño caía en ondas sueltas sobre sus hombros, y cuando reía, sus ojos se cerraban ligeramente, formando unas pequeñas arrugas en las comisuras.

Era preciosa.

Y eso me enfurecía más de lo que estaba dispuesto a admitir. Porque el hecho de que ella fuera una de las mujeres más atractivas del mundo solo me recordaba que el diablo enviaba a sus mejores súbditos a la Tierra para crear el caos.

—Hermano, deja de mirarla así —susurró Angy a mi lado, con un codazo disimulado—. Parece que la estás taladrando con la mirada.

—No la estoy mirando. ¿De qué hablas?

—Estás mirándola como si estuvieras planeando su asesinato. Córtate un poco, por dios.

—Es solo una posibilidad. En las islas paradisíacas siempre muere alguien en extrañas circunstancias.

Obviamente no lo decía en serio, pero me cabreaba demasiado la cercanía de Luna. El hecho de que fuera tan hermosa. O que fuese la mejor amiga de Nico.

Mi futuro cuñado me caía muy bien, pero estaba claro que se juntaba con la peor calaña de San Francisco.

Angy suspiró y negó con la cabeza.

—Estaría bien que te comportaras. No quiero numeritos durante las reuniones familiares —siseó ella.

Se fue antes de que pudiera responder, y me quedé solo con Luna y el silencio incómodo que se extendía entre nosotros.

Ella no había hecho ademán de hablar conmigo en toda la noche, y menos mal. Hasta alejó la silla de mí de forma poco disimulada cuando el camarero le explicó que ese era su asiento.

Alguien del servicio se había enterado de nuestra animadversión y se estaba divirtiendo con esto, no me quedaba ninguna duda. Porque… ¿cómo era posible que estuviéramos cenando codo con codo?

Para un hombre como yo, acostumbrado a salirse con la suya siempre, esto le parecía peor tortura que aguantar a los japoneses exigiéndome cosas ridículas durante las reuniones de negociaciones.

Mi empresa lo era todo para mí, y la conocía como la palma de mi mano.

Luna, en cambio, era una bomba a punto de estallar.

Y no estaba seguro de qué planeaba en esta ocasión.

Mientras en situaciones límites dentro de mi empresa me movía como pez en el agua, aquí, en esta isla, me sentía vulnerable. Y odiaba esa sensación.

—No tienes que hablar conmigo —dijo ella, sin mirarme—. Puedes fingir que no existo. Yo pienso hacerlo contigo.

Vaya, entonces había pegado la oreja y escuchado lo que dijo mi hermana.

Típico de los periodistas , pensé con asco.

—No tengo intención de fingir nada.

—Qué alivio. Por un momento pensé que íbamos a tener que ser educados el uno con el otro.

Su tono era venenoso, y a pesar de todo, sentí una punzada de admiración. No se dejaba intimidar. Nunca lo había hecho. Incluso aquella noche, en el cóctel, cuando estaba frente a uno de los hombres más poderosos del país, no había mostrado ni un ápice de miedo.

Y ahora, dos años después, seguía igual.

Quizás por eso hacía lo que hacía, pensé. Porque a ella también le faltaban escrúpulos a la hora de conseguir lo que se proponía.

—¿Sabes? Podrías haberte quedado en San Francisco. No tenías que venir.

—Podría decir lo mismo de ti. —Se giró para mirarme, y sus ojos verdes brillaron con rabia contenida—. Pero supongo que los dos tenemos obligaciones con las personas que queremos.

—Angy es mi hermana.

—Y Nico es mi mejor amigo. —Su sonrisa era una mueca—. Supongo que eso nos convierte en algo así como... ¿familia política?

—Prefiero que no. Soy muy consciente de que hay gente que se encariña con los ratones y las ratas, y hasta las tienen de mascotas; pero yo prefiero que en mi familia no pase.

Luna miró al tenedor junto a su plato, y luego a mí… y deduje que quería cogerlo y clavármelo en el ojo. O en los dos.

—Supongo que llegas tarde, entonces —respondió con los dientes apretados y una mueca que dictaba mucho de ser amable o cordial—. Porque está claro que en tu familia hay una rata enorme con la que se han encariñado de más.

¿Así que planeaba devolvérmelas todas? Mandaba cojones que la primera vez que nos veíamos en dos años fuese bajo estas circunstancias. O que ninguno de los dos pudiera alzar la voz o mandar al otro a la mierda.

Sentía la rabia y el rencor bullendo en mis venas. Quería echarla de allí y recordarle que la única rata miserable y aprovechada era ella. Capaz de vender a cualquier persona por un poco de éxito y dinero.

El camarero se acercó para servirnos la cena, y el momento de tensión se rompió. Me serví una copa de vino tinto, y Luna hizo lo mismo con su copa de agua. Luego, durante unos minutos, nos concentramos en la comida, ignorándonos el uno al otro como si fuéramos extraños.

Pero no éramos extraños; éramos enemigos. Y cada vez que nuestras miradas se cruzaban, sentía el peso de dos años de odio acumulados en lo más hondo de mi ser.

¿Qué importaba que fuese guapa? Todo era una fachada. Bajo sus labios gruesos y sus ojos grandes se escondía una periodista capaz de hacer daño, de mentir y manipular con tal de escalar puestos. Y nada me daba más asco que eso.

—¡Marlon! —una de las amigas de Angy —y conocida mía— se acercó a mí de pronto y me dio dos besos, como si nada—. Qué alegría verte. Pensé que no vendrías.

Sarah era una mujer exótica y despampanante. El tipo de mujer que sabía que lo tenía todo para despuntar, llamar la atención y hacer que los hombres se aturullaran durante unos minutos en su presencia.

Estuvimos a punto de acostarnos unos meses atrás, pero ella conoció a otro hombre y me dio calabazas. Y yo no era de los que daban segundas oportunidades… hasta esa noche.

Tal vez, el echar un buen polvo y pasármelo bien conseguía que mi furia se aplacase, y que el hecho de estar diez días atrapados con Luna Rivera fuese más soportable.

—¿Y eso por qué? No me perdería por nada del mundo unas vacaciones como esta —mentí vilmente.

Sarah se rio de forma estridente, y acto seguido se lamió los labios en un claro intento por atraer mi atención hacia ellos.

Y lo consiguió.

—Es que siempre estás muy ocupado, ya sabes… —Sarah hizo morritos—. Los hombres como tú nunca tienen tiempo para tomar una copa y pasárselo bien.

—Pues eso ha cambiado por completo. ¿Te apetece tomar una copa conmigo esta noche?

No necesitaba ser mucho más insistente; sabía de sobra que ella aceptaría.

Sonrió tanto, y tan de repente, que me pareció hasta grotesco. Pero era una mujer interesante, divertida y guapa; no necesitaba mucho más para echar un polvo.

—Claro. ¿Nos vemos en el bar del hotel a medianoche?

—Allí estaré.

Sarah me lanzó un beso y se alejó meneando las caderas.

Junto a mí, Luna resopló y puso los ojos en blanco.

—¿Qué? —espeté de malos modos.

—Nada. Solo me divertía viendo cómo pierdes las pocas neuronas que te quedan por un culo de melocotón y una melena rubia —se burló.

Sacudió la cabeza y me dio la espalda.

Si solo pudiera enviarla de vuelta a San Francisco y quitármela de encima, pensé cabreado.

Cogí la copa y le di un largo trago… hasta que me di cuenta de que se trataba de agua. O de alguna bebida similar, porque sabía demasiado dulce. Pero definitivamente no era vino. Ojalá lo hubiera sido.

—¿Qué cojones? —farfullé.

Tal vez era la copa de Luna. Joder. Qué asco. Habíamos compartido un mismo vaso por culpa de mi cabreo.

Dejé la copa sobre la mesa y me concentré en mi plato. Pero ya no tenía hambre. Solo tenía ganas de que la noche terminara, de que esta semana pasara volando, de que Luna Rivera desapareciera de mi vida para siempre y de que Sarah fuese una buena compañía esa noche.

—¿Estás bien? —preguntó Angy, que se había acercado a comprobar que seguía todo en orden—. Te veo pálido. ¿Te ha sentado mal la cena?

—Estoy bien —mentí, porque un poco agitado sí que me sentía—. Este cóctel de gambas es de baja calidad.

Angy puso los en blanco.

—Seguro que en tu restaurante favorito lo hacen mejor. Pero ya te digo que el marisco es fresquísimo. Aquí lo pescan todo a diario.

—Desde luego.

—Voy a seguir saludando a la familia —me informó mi hermana—. Pórtate bien.

Vi que Luna cogía uno de los colines de la mesa cercana y lo mordisqueaba como un ratoncito. Sus labios eran carnosos y preciosos, sin necesidad de cirugías. Mucho más apetecibles que los de Sarah.

¿Qué coño estoy pensando? Luna no tiene nada de atractivo. Es solo una harpía.

Como mi familia y yo no teníamos lo que se decía una relación estrecha, ninguno de ellos —los que habían llegado ya a la isla, no los que faltaban— se tomó la molestia de abrirme conversación.

Al final Angy tenía razón en una cosa, y es que no me tomaba el tiempo de crear y cuidar lazos sentimentales con nadie.

Solo esperaba que Steph, mi mejor amigo y socio, me llamase de improvisto para librarme de este infierno.

Unos minutos más tarde, el calor y el frío se apoderaron de mi cuerpo. El malestar empezó casi de improvisto.

Primero fue un ligero retortijón en el estómago. Luego, una sensación de náusea que me subió por la garganta. Después, el sudor frío en la frente, la palidez en la piel, la certeza de que algo no iba bien… y que mi estómago iba a explotar en cualquier momento.

—Señor Jones —dijo el camarero, acercándose a la mesa—. ¿Se encuentra bien?

—Estoy... —No pude terminar la frase. El dolor en el estómago era tan intenso que tuve que agarrarme a la mesa para no caerme—. Necesito ir al baño. Si me… disculpa…

Me levanté de la silla con más fuerza de la necesaria, y el mundo empezó a girar a mi alrededor. Las luces de la cena se convirtieron en borrones de colores, el ruido de las conversaciones se volvió un zumbido lejano.

Sudaba a chorros y estaba hasta mareado del dolor que me recorría desde las entrañas hasta la garganta. ¿Qué demonios llevaba el puto cóctel de gambas?

No, no habían sido las gambas. Había cenado lo mismo que el resto de los invitados, y ninguno de ellos parecía afectado. Sin embargo…

Mierda.

Mientras caminaba hacia el baño, tropezando con las sillas y los invitados, solo podía pensar en una cosa.

El agua. El sabor amargo. Luna.

¿Me habría envenenado?

La idea era ridícula por sí sola. Luna no era una asesina. Pero en ese momento, con el dolor retorciéndome las tripas y el sudor corriendo por mi frente, no podía evitar preguntármelo en serio.

Llegué al baño justo a tiempo para cerrar la puerta y soltar un gruñido cuando mi estómago rugió… y el mundo me dio vueltas.