Mi irresistible enemigo Capítulo 4
6%

Capítulo 4

Luna

El restaurante del resort era amplio, con mesas largas de madera clara y vistas al mar que, a esas horas, ya se había vuelto negro.

Había farolillos colgando de los árboles cercanos y de las farolas, y el olor a comida especiada y el murmullo constante de conversaciones y risas me ayudaron a relajarme un poco.

Daphne estaba radiante, Martha —su acompañante y follamiga oficial— también, Nico intentaba no parecer nervioso, y el resto del grupo ocupaba sus asientos; tal y como indicaban los cartelitos frente a los platos.

Yo llegué un poco más tarde. Me había cambiado tres veces de ropa y todavía no estaba segura de haber elegido bien. Este vestido era demasiado escotado, pero, al mismo tiempo, me hacía unas tetas y un culo cojonudos.

Me senté donde me indicaron, sonreí, saludé… y se me cortó la respiración justo cuando descubrí quién era mi compañero de mesa. Marlon Jones.

El mayor gilipollas sobre la faz de la Tierra.

Estaba conversando con alguien, con esa postura relajada y arrogante que siempre había odiado de él, porque me recordaba a aquella primera y única noche donde hablamos de verdad.

El pelo lo llevaba un poco más largo que la última vez que lo había visto, la camisa blanca arremangada hasta los codos le daba un aire desenfadado, y no paraba de sonreír de esa manera sardónica que sacaba de quicio a cualquiera.

Para mi mala suerte, levantó la vista en el preciso instante en que yo lo miraba a él.

Nuestros ojos se encontraron… y el mundo pareció detenerse justo en ese preciso instante.

Habían pasado dos enteros odiándolo. Dos años repitiéndome que era un cabrón sin escrúpulos, que me había destruido la carrera sin pestañear y que si algún día lo volvía a ver le escupiría a la cara.

Y ahora estaba allí, a escasos metros, y mi primer pensamiento traicionero fue: qué hijo de puta tan atractivo .

Me odié al instante por pensarlo y por recordar, aunque fuera un segundo, la química absurda de aquella noche en el bar, años atrás, cuando casi nos besamos y él me rechazó. Me odié sobre todo por no poder dejar de mirarlo.

Él sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. Evaluando cuánto daño podía hacerme todavía. Y la respuesta era demasiado.

Como siempre.

Por las personas como él, con dinero y poder, siempre jugaban en otra liga. Hacían y deshacían a su antojo, sin preguntarse cómo nos sentíamos los demás.

Aparté la vista con brusquedad y fingí interesarme por la carta.

Las letras se me mezclaron de pronto y empecé a ver en gris.

El ruido de la mesa se volvió lejano. Solo era consciente de su presencia, de lo fácil que resultaba recordarlo como el enemigo perfecto…

y de lo injusto que era que, después de todo, mi cuerpo todavía reaccionara a él de esa forma.

Quería matarlo.

Y al mismo tiempo me odiaba a mí misma por encontrarlo tan jodidamente sexy.

No estaba preparada para esto. Ni un poco.

Había ensayado mentalmente el reencuentro mil veces: la mirada fría, la sonrisa cortante, la indiferencia perfecta.

Pero en ningún momento llegué a contemplar la posibilidad de que mi cuerpo reaccionara antes que mi cabeza.

De que el simple hecho de verlo me dejara sin aire y con ganas de salir corriendo.

Pensé en levantarme y largarme de allí. En inventarme cualquier excusa —un dolor de cabeza, una llamada urgente, un mareo— y desaparecer de aquella mesa antes de que la situación se volviera más absurda.

Entonces busqué a Nico con la mirada. Estaba un par de asientos más allá, conversando con Daphne, pero como si notara mi pánico levantó la vista hacia mí.

No dijo nada. Solo me sostuvo la mirada un segundo y movió apenas la cabeza, casi imperceptible.

Quédate. Un ruego silencioso. Un por favor, no me dejes solo con todo esto.

Tragué saliva y me obligué a no moverme.

Me quedé clavada en la silla, aunque por dentro estuviera histérica.

Las manos me temblaban. El estómago se me había convertido en un nudo apretado e impredecible.

Cada risa de la mesa me sonaba demasiado alta.

Cada movimiento de Marlon, que captaba por el rabillo del ojo, me ponía los pelos de punta.

El camarero se acercó con la bandeja de bebidas. Intenté centrarme en él, en cualquier cosa que no fuera el hombre sentado junto a mí.

El chico dejó las copas con cierta torpeza y, al inclinarse hacia mí, rozó el borde de la mía. El líquido se balanceó peligrosamente. Estuve a punto de tirarme el vino tinto encima.

—¡Cuidado! —exclamé, apartándome de golpe.

Marlon resopló. Un sonido corto, casi divertido, que me llegó como una bofetada.

Le lancé una mirada asesina. Él sostuvo mis mirada un segundo, con esa ceja ligeramente arqueada que siempre me había sacado de quicio, y después apartó la vista como si la escena le resultara irrelevante. Como si yo le resultara irrelevante.

Apreté los dientes. El camarero se disculpaba a mi lado, pero apenas lo oía. Solo pensaba en lo mucho que quería tirarle la copa a la cara. Y en lo mucho que me odiaba por haber notado, otra vez, lo bien que le quedaba esa camisa blanca y remangada.

Me hundí un poco más en la silla y me llevé una mano al vientre, disimuladamente.

Con razón llevaba dos días estreñida. El estrés y los nervios me estaban destrozando por dentro.

El estómago me dolía con esa presión sorda y molesta que solo aparecía cuando todo se me iba de las manos. Necesitaba hacer algo. Cualquier cosa.

Respirar. Calmarme. Dejar de mirarlo cada tres segundos como una idiota.

Pero no podía.

Y eso, más que cualquier otra cosa, me estaba volviendo loca.

Coño, es el tío que te jodió la vida. ¿Cómo vas a obviar su presencia? El pensamiento resbaló por mi cabeza, dejándome un poco fría.

Sí, Marlon era mi enemigo. No podía olvidar eso en ninguna circunstancia.

Solo esperaba que el resto de los diez días que nos quedaba por vivir allí no fueran similares a este encuentro, y que Marlon me dejase en paz.

Cogí mi bolso y saqué un sobrecito para el estreñimiento. Ya que no podía desahogarme escupiéndole en la ensalada a Marlon, por lo menos aliviaría el dolor de estómago. Y eso tenía que servir. Porque, de lo contrario, Nico y Angy iban a celebrar una boda y un funeral.