Capítulo 3
Luna
—No puedo creer que te hayas quedado —dijo Daphne, levantando el pie izquierdo para admirar el zapato de satén que acababa de probarse—.
Cuando Nico me llamó para decirme que habías estado a punto de coger un avión, casi me da un infarto.
Imagina que nos quedamos sin la madrina más importante de la ceremonia.
—Casi me da un infarto a mí —murmuré, hundiéndome más en el sofá de la suite—. Y todavía me estoy preguntando si fue la decisión correcta, que conste. No es que me apetezca demasiado ser cortés con el único hombre sobre la faz de la Tierra que es un cerdo reconocido y está orgulloso de ello.
Daphne intentó no reírse, pero a cambio le salió como un sonido ronco y nasal parecido al que haría… sí, un cerdo.
—Fue la decisión correcta —dijo Nico, que estaba sentado en el borde de la cama con una expresión de satisfacción que me daban ganas de borrarle de un puñetazo.
Y no es que se lo mereciera, pero me daba rabia que él estuviera muy feliz…
mientras yo me sentía miserable—. Y te lo voy a recordar todos los días durante el resto de nuestra amistad .
¿Recuerdas cuando casi te pierdes mi boda por culpa de un mamarracho?
Y tú me dirás: No, Nico, no lo recuerdo, porque decidí quedarme y fui la mejor amiga que jamás hayas tenido .
—Pausa—. Por eso Daphne y tú sois como mis hermanas, aunque no compartamos sangre.
—Eso no va a pasar —dije, aunque su intento de dorarme la píldora no me molestó en absoluto—.
Porque no voy a ser la mejor amiga que jamás hayas tenido.
Voy a ser una amiga —por no decir una víctima atroz de las circunstancias— que pasará los próximos cinco días evitando a tu cuñado como si fuera la peste bubónica.
O un agente a punto de ponerme una multa.
Y eso, Nico, se merece ser correspondido en igualdad de condiciones en algún momento del futuro.
No te creas que no me voy a cobrar esta deuda.
Daphne soltó una risa y se dejó caer en el sofá a mi lado, con los zapatos todavía puestos.
A solo diez días de la boda, nos quedaba por delante una lista interminable de cosas por hacer, entre las que se incluían —¡cómo no!—, la prueba de vestuario y la clásica charla entre amigos para calmar los nervios.
—La peste bubónica. Me encanta la comparación. ¿Te importa si la uso para describir a mi ex jefe?
—Úsala libremente.
—Chicas, por favor —dijo Nico, levantando las manos en un gesto de rendición—. No es para tanto. Marlon es un hombre razonable. Si le das una oportunidad...
—¿Una oportunidad? —Me incorporé en el sofá y lo miré con los ojos entrecerrados—.
¿Una oportunidad para qué? ¿Para que me destroce la carrera otra vez?
Porque la primera vez fue muy divertida, pero no sé si estoy lista para una segunda ronda, la verdad.
Es que soy una chica a la que la adrenalina no le gusta demasiado.
—Luna...
—No, Nico. En serio. Te quiero, eres mi mejor amigo, y por eso mismo voy a quedarme y voy a sonreír y voy a hacer todo lo que me pidas durante esta semana. Pero no me exijas que le dé una oportunidad también. Eso no va a pasar.
Daphne me puso una mano en el brazo, y su toque era tan familiar como el de Nico.
Los tres llevábamos años siendo inseparables, desde aquel primer año de universidad en el que Nico y yo compartimos clase de Historia del Arte y Daphne se nos unió en el bar de la esquina.
Desde entonces, habíamos pasado por todo juntos: exámenes, rupturas, mudanzas, pérdidas.
Ellos eran mi familia, y por eso sabía que podía ser honesta en su presencia sin recibir una mirada reprobatoria o un “tía, cálmate”.
—Vale, vale —dijo Daphne, con ese tono conciliador que usaba siempre que Nico y yo estábamos a punto de discutir—. Nadie te está pidiendo que le des una oportunidad. Solo te estamos pidiendo que no le tires un zapato a la cabeza en la cena de ensayo.
—Eso no lo puedo prometer, lo siento.
—¿Y si te compro un bolso nuevo? —ofreció Nico, con esa sonrisa de cachorro que siempre funcionaba conmigo—. El que viste en la tienda de la calle Siete. El azul.
—No puedes comprarme con objetos materiales. Tampoco sería justo.
—¿Y si te compro el bolso y además te dejo elegir el menú de la cena de ensayo?
—Nico, para.
—¿Y si además...?
—Nico, te voy a matar.
Pero no pude evitar que una sonrisa me curvase los labios.
Era imposible enfadarse con él cuando ponía esa cara, cuando usaba ese tono de voz. Lo había conocido en el peor momento de su vida, y desde entonces habíamos construido una amistad que había sobrevivido a todo. Un cuñado destructor de carreras no iba a ser suficiente para separarnos.
O eso esperaba.
—No es gracioso —dije, pero mi voz ya no sonaba tan dura—. Sabéis que no es gracioso.
—Lo sé —dijo Daphne, y su expresión se suavizó—. Y sé que esto es difícil para ti. Pero también sé que eres la persona más fuerte que conozco. Si alguien puede sobrevivir a cinco días en una isla con su archienemigo, esa eres tú. ¡Será como en las comedias románticas!
—Archienemigo. Me gusta cómo suena. ¿Crees que debería hacerle una declaración formal de guerra? Ya sabes… así será más fácil meterle una sombrillita de cóctel en el ojo.
—Podríamos hacerle una pancarta —sugirió Nico—. "Bienvenido a la boda de tu hermana, Marlon. Te odio con cada fibra de mi ser."
—Eso es demasiado sutil —me quejé.
—¿Y qué te parece esto? —Nico se aclaró la garganta de forma teatral—. “Bienvenido a la boda de tu hermana, Gilipollas. Espero que te atragantes con una gamba”.
—Esa ya me va gustando más.
Daphne se rio, y su risa era tan contagiosa que terminé uniéndome a ella solo unos segundos después.
Por un momento, todo el odio y la rabia se disolvieron en el sonido de nuestra risa compartida.
—No sé si puedo hacer esto —solté de pronto, recordando el pellizco en el estómago que sentía cada vez que pensaba en él.
—¿Hacer qué? —preguntó Daphne.
—Estar cerca de él. Mirarlo a la cara. Fingir que no pasó nada. Cada vez que lo veo, solo puedo pensar en aquella portada. En cómo me miró mi jefe cuando me despidió. En todas las entrevistas que perdí. En todos los meses que pasé sin poder dormir. Es… extraño.
Nico se levantó de la cama y se sentó a mi lado, en el sofá. Me puso un brazo sobre los hombros, y su gesto era tan familiar que sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—¿Sabes qué pienso cuando te veo? —dijo en voz baja—. Pienso en la noche que nos conocimos, cuando estabas en la biblioteca de la universidad llorando porque habías suspendido un examen de Historia del Arte.
—Fue un examen muy difícil.
—Pienso en cuando te mudaste a San Francisco sin conocer a nadie y construiste una carrera desde cero. Pienso en cuando perdiste tu trabajo y, en lugar de rendirte, empezaste a escribir artículos para una revista de moda y los convertiste en piezas de investigación que la gente leía con avidez.
—Nico...
—Pienso en que eres la persona más fuerte y terca que conozco. Y que, si hay alguien en este mundo que puede mirar a Marlon Jones a la cara y no desmoronarse, esa persona eres tú.
Apreté los labios para no llorar. No quería llorar.
—Eres un maldito manipulador, ¿lo sabes?
—Lo sé. —Me besó en la frente y se levantó—. Por eso soy tan buen arqueólogo. Sé cómo convencer a la gente para que cave en los lugares correctos.
—Esa metáfora no tiene ningún sentido.
—Tiene todo el sentido. Pero no voy a discutirlo ahora. Tengo que ir a buscar a Angy para la prueba del vestido. Vosotras seguid con los zapatos.
Se fue antes de que pudiera decir nada más, y la puerta se cerró con un golpe suave. Me quedé mirando la madera durante un momento, sintiendo el peso de sus palabras en el pecho.
Luego Daphne se inclinó hacia mí y bajó la voz.
—¿De verdad estás bien? —preguntó—. Porque puedo ver tu incomodidad desde lejos. Y no me refiero a lo de Marlon. Me refiero a todo.
—No lo sé —admití—. He estado tan centrada en odiarlo que no he tenido tiempo de pensar en otra cosa. Y ahora que estoy aquí, ahora que tengo que enfrentarme a él, no sé qué hacer. Las comedias románticas están geniales para pasar el rato, pero no te enseñan cómo lidiar con un hombre como Marlon.
—No tienes que hacer nada —dijo Daphne—. Solo tienes que estar aquí. Y si en algún momento necesitas escapar, yo te cubro. Te inventaré una emergencia, una llamada de trabajo, lo que sea.
—¿De verdad lo harías?
—Claro. Para eso están las amigas.
Sonreí y le dio un pequeño codazo.
—Eres la mejor.
—Lo sé. Ahora, cállate y pruébate estos zapatos. Quiero ver cómo quedan con el vestido. Me da la impresión de que vamos a pasar un calor insoportable durante la boda.
Miré los zapatos y el vestido, que descansaban sobre la cama, y le tuve que dar la razón.