Mi hombre Escorpio (Mis hombres del Zodiaco) Capítulo 6
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Capítulo 6

La danza de los espejos

El aire en los aposentos privados del rey no olía a cera ni a flores secas; olía a ozono y tierra quemada, ese residuo eléctrico que se pega al paladar.

Lysander caminó alrededor de Elara como un cirujano evaluando una herida antes del corte.

Sus pasos eran silenciosos sobre la alfombra de seda negra, absorbía el sonido hasta hacerlo asfixiante.

—Muestra tu palma —ordenó él. Su voz no era un mandato real, sino una instrucción clínica, desgastada por años de experimentación. No hubo dulzura en su tono, solo la frialdad de quien sabe exactamente dónde duele antes de que el bisturí toque la piel—. Libera un fragmento. Un suspiro de energía.

Elara levantó la mano con una vacilación que él notaría en segundos.

Sus dedos temblaban ligeramente, no por miedo al dolor, sino por el terror reverencial a lo que yacía bajo su piel.

Abrió la palma. No hubo luz brillante ni estruendo; solo un humo oscuro, denso como petróleo, se desprendió de sus poros flotando hacia el centro de la habitación con una gravedad propia.

Parecía tener vida, ondulando en el aire estancado.

Lysander observó sin parpadear, sus ojos negros absorbiendo cada movimiento del humo. Se acercó lo suficiente para que ella pudiera sentir el calor de su cuerpo a través de la túnica, pero sin tocarse. Extendió una mano, la palma abierta hacia el vórtice oscuro.

—No lo contengas —murmuró, y en ese susurro hubo un peligro diferente al del castigo—. Déjame ver cómo fluye.

Ella obedeció, soltando más de esa energía oscura que parecía aspirar la luz a su alrededor.

El humo se espesó, girando lentamente entre ellos, creando una barrera invisible.

Lysander retrocedió para estudiar el patrón de flujo, sus dedos trazando líneas invisibles en el aire mientras analizaba la resistencia magnética.

Pero entonces, un error de cálculo humano: la manga de su túnica, pesada y caída con elegancia, rozó el borde del pulso mágico de Elara.

El contacto fue mínimo, apenas una fricción de tela contra energía pura.La reacción no fue un choque; fue una resonancia.

Un rugido sordo estalló en la habitación.

Las sombras proyectadas por las velas se despegaron de las paredes como piel húmeda que se arranca.

No eran simples manchas oscuras ahora; cobraron forma, espesándose, alargándose hasta convertirse en criaturas hambrientas de tinta y vacío que reptaban sobre el mármol frío.

Se arremolinaron alrededor de ellos, un enjambre de consciencias líquidas buscando calor, buscando posesión.

Elara dio un paso atrás, pero Lysander se interpuso, su cuerpo firme como una roca en medio del caos.

Las sombras no los atacaban; los rodeaban, girando a su alrededor con una curiosidad voraz que les erizaba la piel.

Él extendió sus propias manos, liberando oleadas de poder oscuro para contener al enjambre, pero las sombras respondieron a él y a ella simultáneamente, oscilando entre ambos como un péndulo desbocado.

No había repulsión. Había reconocimiento.

Lysander la miró, sus ojos dilatados por una revelación que le helaba la sangre: su magia no era opuesta a la de ella. Era su complemento. Su antídoto y su veneno en un solo cuerpo. Si él podía descontrolarse con el caos, ella era la única capaz de anclarlo, o quizás, de destruirlo por completo.

Las sombras se calmaron repentinamente, retrocediendo hacia las esquinas como agua que se retira tras una marea.

El silencio que siguió fue más pesado que antes.

Lysander y Elara quedaron de pie, hombro con hombro, respirando el mismo aire cargado de ozono y electricidad estática.

Él giró la cabeza lentamente para mirarla.

Estaban a centímetros. Podía contar las pestañas grises de ella, podía ver el reflejo del fuego en sus pupilas tormentosas.

Elara no retrocedió. Su cuerpo era una tensión eléctrica, un arco cargado que esperaba ser disparado.

La proximidad de él, la forma en que su piel pálida contrastaba con su propia sombra, le provocó una oleada de calor en las palmas.

No era miedo. Era algo más antiguo y aterrador: el reconocimiento.

—¿Fue rápido? —susurró ella. Su voz no fue un susurro de pregunta inocente; fue un cuchillo afilado envuelto en terciopelo, cortando la tensión con una honestidad brutal—. Lo de tu madre... ¿Fue rápido?

Lysander se quedó completamente inmóvil. La sangre pareció congelarse en sus venas. Nadie tocaba ese tema. No los nobles que temían su poder, ni los monjes que pedían purificación. Nadie había preguntado por el momento preciso de la muerte, por la velocidad con que el caos devoró a quien más amaba.

Elara lo miró sin apartar la vista, sin retirar la pregunta, sin ofrecer disculpas por su audacia. Estaba buscando algo en él, una grieta en su armadura de control absoluto donde pudiera esconderse ella misma.

Lysander sintió cómo las palabras se le atascaban en la garganta, pero su boca se movió antes de que su mente pudiera detenerlo. La máscara del rey se resquebrajó.

—No —dijo él. Su voz era grave, rasposa, como si arrastrara piedras—. No fue rápido.

Tres palabras. Pero el peso de ellas llenó la habitación entera, colapsando el espacio entre ellos hasta que no había aire para respirar.

Fue la verdad más desnuda que había dicho en años, expuesta sin filtros ni estrategias.

El terror al caos se volvió a manifestar, pero esta vez mezclado con una vulnerabilidad que le resultaba extraña y dolorosa en los huesos.

Elara sintió un nudo en el estómago, no de repulsión, sino de empatía profunda. Vio la sombra del mismo dolor en sus ojos, la misma forma de carga invisible. Ver su sufrimiento como espejo del propio era exactamente el tipo de conexión que había prometido no permitirse jamás.

Un golpe seco en la puerta rompió el hechizo. La intimidad forzada se deshizo como humo bajo un vendaval. Lysander recuperó la máscara instantáneamente, girando hacia la entrada con una fluidez que desmintió por completo su reciente vulnerabilidad. Pero Elara ya lo había visto sin ella.

La puerta se abrió y Lysandra Vane entró en el cuarto, envuelta en capas oscuras que parecían absorber la poca luz restante.

Su rostro era impasible, pero sus ojos plateados escudriñaron la escena con una precisión quirúrgica: captando la tensión, el calor residual, el silencio roto por las tres palabras prohibidas.

—Mi Señor —dijo ella sin preámbulos, su voz cortante como un cristal rotó—. Silas Vane ha sido visto en los márgenes del bosque encantado. No está solo; trae consigo seguidores.

La noticia cayó sobre ellos como una losa de plomo.

La amenaza externa se materializaba justo cuando el muro interno entre Lysander y Elara estaba a punto de derrumbarse.

Lysandra entregó la información mirando exclusivamente al rey, excluyendo deliberadamente a Elara del intercambio, un gesto sutil pero calculado que marcaba territorio dentro de la dinámica del poder.

Lysander asintió una vez, su rostro volviendo a ser el mármol frío del monarca.

Pero en el fondo de sus ojos negros, algo había cambiado.

La información sobre Silas Vane era solo otro enemigo para eliminar; lo que acababa de descubrir con Elara era una variable que no podía controlar con espadas o sumisiones.

—Gracias —dijo él, y la palabra sonó hueca en el aire cargado de magia contenida—. Cierra las cortinas. Nadie entrará aquí hasta que decida lo contrario.

Lysandra Vane asintió y salió, cerrando la puerta con un clic suave pero definitivo.

Elara se quedó de pie junto a él, la respiración aún agitada por la pregunta que habían compartido en el umbral del dolor.

Las sombras volvieron a asentarse sobre las paredes, pero ahora parecían vigilarlos, testigos mudos de una dualidad que había encendido una chispa imposible de apagar.

Nadie dijo nada más. El silencio volvió a llenar la habitación, pero ya no era el mismo.

Era un silencio cargado de promesas y advertencias, donde cada gota de sudor en su frente y cada latido del corazón resonaba como una declaración de guerra silenciosa.

Se miraron por última vez antes de que la oscuridad los envolviera completamente, sabiendo que lo que acababan de descubrir no era solo magia; era un destino compartido, y ninguno de los dos estaba preparado para huir de él.