Mi hombre Escorpio (Mis hombres del Zodiaco) Capítulo 5
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Capítulo 5

Deuda de sangre y sombra

El aire en el Salón del Trono no olía a leña ni a cera; olía a miedo antiguo, a incienso denso que cubre la sangre con un velo de santidad falsa.

Lysander no se levantó cuando las puertas de roble oscuro cedieron al empuje.

Permaneció sentado sobre la piedra fría del trono, los dedos entrelazados bajo el borde de la mesa, las yemas presionando hasta enrojecer el hueso como quien contiene una bestia a punto de rugir.

Arion entró primero. Sus túnicas de terciopelo negro absorbían la luz de las ventanas empañadas por el frío exterior, volviéndolo un recorte humano, una sombra que caminaba entre las columnas.

Detrás de él, los monjes avanzaban en formación procesional, sus pasos resonando sobre el mármol con el eco seco de huesos golpeados contra la piedra.

—Su Majestad —dijo Arion, y su voz no era la de un inquisidor furioso, sino la de un cirujano que prepara una incisión. Era suave, hipnótica, como un rezo que amenaza con convertirse en sentencia—. La Iglesia solicita la entrega de la intrusa. La herejía se ceba en sus venas y exige purga.

Lysander no parpadeó. Sus ojos negros, profundos como pozos sin fondo, recorrieron el rostro del cardenal, buscando la grieta que siempre existe bajo la porcelana de la devoción fanática.

—La Iglesia no gobierna Umbra —dijo Lysander.

Su voz fue baja, áspera, cortando el aire denso con la precisión de una daga—.

Ustedes rezan a un dios muerto mientras yo mantengo vivo mi reino.

El silencio que siguió fue tan pesado que Elara, observando desde las sombras del balcón superior sin ser vista, sintió cómo se le oprimía el pecho. Dos monjes dieron un paso involuntario hacia atrás, como si la frialdad de aquella negación fuera un escudo térmico real.

—La excomunión es una posibilidad que el Papa considera —insistió Arion, y por primera vez, una sombra cruzó su máscara de porcelana.

No era miedo; era cálculo—. Si se niega a entregarla, la maldición caerá sobre sus hombros.

Pero no subestime lo que viene, Lysander.

El mago oscuro Silas Vane está en los bosques.

Recluta sombras para su culto. Os deseo suerte conteniendo lo que viene cuando el cielo se cierre sobre vuestro cuello.

Mencionar aquel nombre fue como arrojar una antorcha encendida al interior de un depósito de pólvora.

Lysander no movió un músculo, pero la mandíbula se le tensó con tal fuerza que el tendón en su cuello saltó visible bajo la piel pálida.

Un segundo. Menos de un segundo. Y luego, como si nunca hubiera existido, la máscara volvió a caer.

Pero para quien lo miraba con la intensidad suficiente, ese micro-gesto fue una confesión: él conocía a Silas Vane.

No era un enemigo desconocido; era un viejo demonio que volvía de las cenizas.

Arion sonrió entonces. Una sonrisa lenta, sin calor, que no llegó a los ojos y dejó en el aire el sabor metálico de la victoria anticipada. No había venido a negociar; había venido a medir la herida. Y ahora sabía exactamente dónde clavar la daga: en la conexión visceral entre el rey y la intrusa.

—La suerte es un lujo —respondió Lysander, con una calma que heló el aire de los pulmones—. Pero la soberanía no se negocia. Saquen a sus sombras antes de que las queme yo mismo.

Arion hizo una reverencia lenta, casi teatral, y retrocedió sin prisa hasta el umbral. Allí se detuvo, con la mano sobre el marco de roble, y miró hacia arriba, como si pudiera verla a ella en las sombras del balcón.—Hasta pronto, monarca —susurró—. El fuego no pide permiso para quemar.

Las puertas se cerraron con un estruendo que vibró en los cimientos.

El salón quedó sumido en el silencio, solo roto por el crujido de las banderas rojas golpeando contra la piedra en el exterior.

Lysander permaneció inmóvil sobre su trono durante un minuto completo, sin moverse ni respirar con mayor fuerza que de costumbre.

No era paz; era la contención antes del estallido.

***

La noche cayó como una losa de plomo sobre el Castillo Real.

Elara no pudo soportar más el encierro de los pasillos, donde cada sombra parecía susurrar el nombre de su linaje proscrito.

Siguiendo el rastro de un aire frío que se filtraba por las grietas del mármol, subió a la terraza trasera, alejándose de la arquitectura opresiva para buscar algo más real, aunque fuera solo el viento cortante.

Lysander ya estaba allí. De espaldas, apoyado en la balaustrada de piedra helada, mirando hacia los Bosques Encantados que se extendían como un mar negro y agitado bajo la luna sin estrellas.

No se volvió al oír sus pasos; su postura cambió ligeramente, una tensión en los hombros que delataba que sabía quién era ella antes de verla.

Ella avanzó hasta detenerse a dos metros de él.

El frío de la piedra penetraba la fina tela de su vestido, pero no sentía el frío; sentía el peso de lo ocurrido horas atrás, y ahora, la presencia de él como una segunda gravedad.

—Silas Vane —dijo ella finalmente. No era una pregunta. Era una prueba lanzada al vacío.

Lysander se quedó en silencio. El viento le movió los mechones oscuros que caían sobre su frente, pero no hizo nada para quitárselos. Cuando habló, su voz fue más baja que de costumbre, un rumor grave que parecía vibrar en la tierra misma bajo sus pies:—Lo conozco.

Eso era todo. Solo tres palabras. Pero fueron como abrir una herida sellada que ninguno de los dos sabía que tenía abierta hasta ese momento.

No hubo explicación sobre cómo lo conocía, ni advertencias sobre su poder, ni justificaciones.

Solo la confesión desnuda de un pasado compartido en las sombras.

Elara sintió cómo algo dentro de ella se desarmaba.

Había esperado evasión, había preparado sus defensas para una mentira o una amenaza, pero no esto: la honestidad cruda y dolorosa de un hombre que reconoce su propio miedo reflejado en el nombre de otro monstruo.

La mirada de él, cuando finalmente se volvió hacia ella por un instante, no era la del tirano calculador ni la del protector posesivo.

Era la mirada de alguien que teme lo que hay dentro de los bosques, y temer es humano.

—¿Qué sabe? —preguntó ella, pero su voz sonó frágil, sin el acero que usaba para sobrevivir a sus propias pesadillas.

—Sabe cómo se siente ver al caos devorar a quien amas —respondió Lysander, y por un segundo, la máscara del rey cayó del todo—.

Y sé que no hay barrera de piedra ni conjuro oscuro que pueda detenerlo si tú y yo decidimos ser su puerta.

El aire entre ellos se volvió irrespirable, cargado de una electricidad estática que hacía erizar el vello de sus brazos.

No hubo toques, no hubo palabras dulces o promesas vacías.

Solo la comprensión silenciosa de que habían cruzado un punto de no retorno.

La trampa se había cerrado sobre ambos: él necesitaba su magia para contener lo que venía, y ella necesitaba su poder para sobrevivir a lo que ya era parte de su ser.

Lysander volvió a mirar los bosques, pero esta vez no parecía ver un territorio; veía una amenaza viva.—No hay vuelta atrás, Elara —dijo, casi como si hablara consigo mismo—. Ahora somos cómplices del incendio antes de que siquiera haya comenzado a arder.

Ella se apoyó en la balaustrada, dejando que el frío de la piedra anclara su cuerpo mientras la realidad de sus palabras le quemaba por dentro.—Entonces no miremos —susurró ella, con una voz que temblaba pero no cedía—. Miremos juntos y veamos si podemos apagarlo antes de que nos consuma.

El viento sopló más fuerte, arrastrando el olor a tierra húmeda y magia antigua desde la oscuridad de los bosques.

Se quedaron allí, dos figuras solitarias bajo un cielo sin estrellas, sabiendo que la guerra no se libraba con espadas ni ejércitos, sino en esa delgada línea donde el control se quiebra y el deseo tóxico se convierte en el único lenguaje que queda. Y ninguno de los dos quería huir.