Mi hombre Escorpio (Mis hombres del Zodiaco) Capítulo 4
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Capítulo 4

El primer toque de guerra

El aire en los pasillos inferiores del Castillo Real no olía a leña ni a incienso.

Olía a piedra vieja, cera derretida y ese metal frío que precede a la sangre seca.

Lysander caminaba medio paso delante de Elara; sus botas de cuero oscuro golpeaban el suelo con una cadencia que no pedía permiso para ser escuchada.

Ella seguía los pasos del rey como una sombra intentando imitar la forma de quien proyecta luz, estudiando cada grieta en las paredes, cada recoveco donde las sombras se espesaban hasta parecer líquidas.

—Estos pasillos no aparecen en los mapas que entregan a los visitantes —dijo Lysander sin detenerse.

Su voz era áspera, un rumor grave que parecía vibrar contra la piedra misma—.

Aquí el tiempo no fluye igual. Aquí las puertas se cierran por voluntad propia y las ventanas olvidan qué es la luz del sol.

Elara asintió, aunque él no miró atrás para ver si lo hacía.

Sus dedos temblaban ligeramente a los costados de su túnica; un nervio que ella intentaba aplastar bajo el control.

Sabía que estaba siendo evaluada, medida por la profundidad de sus ojos y la estabilidad de su respiración.

No era una prisionera común; era una variable inestable en la ecuación perfecta que Lysander mantenía a duras penas.

Caminaron más profundo, hacia donde el eco se volvía opaco, como si las paredes estuvieran absorbiendo los sonidos del mundo exterior para guardarlos en su vientre de piedra.

La temperatura bajó: una frialdad que no provenía del invierno sino de algo interno, ancestral.

Lysander se detuvo ante una puerta maciza de madera negra; sin cerradura visible, sin bisagras a la vista.

Solo existía un panel liso y oscuro que parecía beber la poca luz de las antorchas cercantes.

Elara sintió algo tirando de ella, una fuerza magnética en el centro del pecho, una urgencia visceral que no podía racionalizar.

Dio un paso hacia esa puerta negra. Su mano se levantó instintivamente; los dedos buscando la textura de la madera como si supiera su nombre de memoria, como si el lugar la estuviera llamando desde las profundidades de su propia sangre maldita.

Lysander se movió con una velocidad que desafiaba la inercia del momento.

Su mano rodeó la muñeca de Elara antes de que sus dedos pudieran rozar la superficie oscura.

No fue un agarre brutal, no tortura; fue firme, preciso, como el cierre de un nudo en una cuerda que podría cortar las manos si se afloja demasiado.

La piel de él era pálida, fría contra la calidez febril de ella, pero bajo ese contacto hubo una electricidad estática que hizo que los huesos de su brazo pareciesen reorganizarse.

Cuentó los segundos en silencio: uno. Dos. Tres. Cuatro.

En esos cuatro segundos, Elara no sintió miedo ni dolor.

Sintió reconocimiento. Y Lysander no sintió dominio ni seguridad.

Sintió un escalofrío recorrerle la columna vertebral; una sensación de que su propio control se había desmoronado bajo el peso de su contacto con ella.

Fue como si hubieran tocado un cable eléctrico desnudo y ambos hubieran sido quemados por la misma chispa invisible.

Lysander soltó su muñeca tan rápido como quien retira la mano del fuego, dando un paso atrás que le separó de ella en el mismo instante que recuperaba su postura reglada.

Sus ojos oscuros se clavaron primero en la puerta negra, luego en Elara, y de nuevo en la madera oscura con una expresión que rompió por primera vez la máscara de frialdad calculadora que llevaba puesta todo el día.

Había algo allí: un destello de terror puro o quizás de deseo prohibido, antes de que cerrara los párpados y volviera a ser el monarca intocable.

—Esa puerta no existe para ti —dijo Lysander. Su voz estaba controlada, pero Elara notó la tensión en su mandíbula; cómo los músculos se contraían bajo la piel pálida como si estuvieran luchando contra un impulso mayor—. No es tu territorio. No es tu lugar.

Elara miró su propia muñeca donde él la había sostenido.

La piel seguía caliente, ardiendo con una marca invisible que parecía latir al ritmo de su corazón.

No retrocedió. Se quedó ahí, mirando la puerta negra sintiendo esa atracción hacia ella que no podía explicar racionalmente; como si algo al otro lado la conociera mejor que él mismo.

Antes de que pudiera formular una pregunta, antes de que el silencio entre ellos se volviera incómodo, una figura emergió de las sombras del cruce siguiente.

Lysandra Vane se materializó como un fantasma hecho de terciopelo y veneno; su presencia silenciosa haciendo que Elara diera un paso involuntario hacia Lysander, buscando inconscientemente la barrera que él había levantado entre ella y el peligro.

—Su Majestad —la voz de Lysandra fue baja, precisa, cortando el aire denso como una hoja de acero—.

Ha llegado noticias del Padre Silas. Ha convocado un concilio de emergencia para exigir la purga de todos los linajes proscritos.

No es solo una petición ahora; es una declaración de guerra eclesiástica.

Lysander no cambió su expresión. Su rostro permaneció como el mármol pulido, sin grietas visibles, pero Elara vio cómo sus ojos se volvían más oscuros, acumulando una tormenta que amenazaba con desatar el caos que él pasaba la vida entera conteniendo.

—¿Quiénes están en el concilio? —preguntó Lysander, sin apartar la vista de su espía.

—Tres nobles del consejo real. Simpatizantes declarados de la Iglesia.

Han firmado la petición de mano a mano, con sangre y sellos sagrados.

Es una traición directa desde dentro de tus propias paredes —respondió Lysandra, sus ojos gris plateado escaneando el rostro de Elara brevemente antes de volver al rey—. Arion ha preparado esto durante meses.

El silencio que siguió fue pesado, cargado con la gravedad de un juicio inminente. Elara sintió cómo su propia existencia se convertía en el combustible de una guerra política que acababa de estallar. No era solo una amenaza externa; era el suelo bajo sus pies deshaciéndose.

Lysander giró lentamente hacia ella. La miró durante dos segundos completos, esos segundos donde pareció decidir si la usaba como escudo o la sacrificaba para salvar su trono. Cuando habló, lo hizo directamente a Elara, ignorando por completo a Lysandra en ese instante crucial.

—Que venga el concilio —dijo Lysander, y su voz resonó con una autoridad que heló el aire—. Los recibiré en el salón del trono. Y tú, intrusa...

Se detuvo, buscando las palabras exactas, el tono perfecto para definir lo que ella era ahora: no un activo estratégico ni una víctima a proteger por caridad.

—Sigue bajo mi protección —concluyó Lysander—. Sin condiciones. Ni siquiera la de la Iglesia podrá tocarla mientras yo respire.

Elara sintió el peso de esas palabras en el pecho, una presión que no era dolor pero tampoco alivio.

Protección y posesión eran sinónimos en su boca; un intercambio de poder que ella aceptaba porque no tenía alternativa, pero que ahora se sentía como un pacto firmado con fuego propio.

Lysandra la observó desde las sombras, con una expresión indecisa entre advertencia y evaluación, calculando si esta decisión del rey era el colapso de su control o el surgimiento de algo nuevo y más peligroso.

Lysander dio media vuelta para continuar por los pasillos oscuros, pero antes de perderse en la penumbra, sus ojos volaron un instante hacia la puerta negra; como si necesitara asegurarse de que ella no volviera a intentar cruzarla.

El aire entre ellos parecía haber cambiado, cargado con una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Elara se erizara y que el corazón de Lysander latiera contra sus costillas con una fuerza bruta que él ya no podía negar.

El primer toque había ocurrido. Y aunque las palabras de protección sonaron fuertes, lo que realmente sucedió fue algo mucho más profundo: la barrera entre el control y el caos se había quebrado, y ninguno de los dos sabía cómo volver a cerrarla.