Capítulo 3
Cenizas de un linaje maldito
La biblioteca privada del Castillo Real no olía a libros; olía a polvo antiguo, cera derretida y el sabor metálico del miedo que se asienta en los huesos cuando las sombras te observan.
Lysander atravesó los pasillos entre estantes de madera oscura sin hacer ruido, como si la alfombra roja tuviera hambre de sus pasos, mientras Elara lo seguía arrastrando la sombra de su propia resistencia.
No había luz salvo la lámpara de aceite sobre el escritorio central, donde las llamas danzaban en un ritmo irregular, proyectando siluetas que se estiraban hacia ella como garras invisibles.
—Siéntate —ordenó él, sin volverse. Su voz era baja, áspera como terciopelo rasgado, cargada con el peso de quien no necesita levantarla para quebrar un reino entero.
Elara obedeció al sillón de cuero negro frente a la chimenea, donde las brasas crepitaban con un sonido seco y violento.
Lysander permaneció de pie, apoyado en el estante más cercano; sus ojos negros absorbían toda la luz restante, convirtiéndose en pozos sin fondo.
No había amabilidad en su postura. Era la calma del depredador que sabe que la presa no tiene escapatoria.
—Dime —comenzó él con una suavidad que resultaba más aterradora que un grito—. ¿Cómo se llamaba tu aldea antes de que el silencio la devorara?
Elara apretó los labios. Las manos le temblaban sobre el regazo, cubiertas por la tela fina de su vestido real, pero él no miró sus manos. La miraba a ella. A sus ojos grises tormentosos, donde el miedo luchaba contra una rabia feroz y antigua.
—No lo recuerdo —mintió Elara con voz ronca.
Lysander sonrió levemente, una grieta en la porcelana de su frialdad. No era un gesto amable; era la sonrisa de quien ha encontrado un hueso que morder.
—Mientes —susurró—. La memoria no se borra cuando te marcan con sangre. Solo cambia de forma. ¿Qué edad tenías? Cuando los monjes vinieron por ti.
El silencio en la sala se volvió espeso, casi líquido, llenando el espacio entre ellos hasta que les costaba respirar. Elara sintió cómo las cicatrices de su frente ardían bajo el pelo negro recogido desordenadamente. Recordó el humo, los gritos ahogados, el sabor metálico del miedo en la boca.
—Diez años —respondió finalmente con un hilo de voz que no era más que un susurro roto—. Y tú... ¿sabes lo que pasó? Porque si vienes aquí para burlarte, mejor vámonos.
Él se impulsó desde el estante y dio un paso hacia ella.
Luego otro. Hasta que la distancia entre ellos fue apenas unos centímetros de aire caliente cargado de electricidad estática.
Elara contuvo la respiración, sintiendo cómo su corazón golpeaba contra sus costillas como una bestia atrapada en una jaula de huesos.
—No vengo a burlarme —murmuró Lysander, y por un segundo, el rey desapareció para dejar paso al hombre que la estudiaba con curiosidad hambrienta—. Vengo a entender por qué sigues viva cuando todos los demás murieron. ¿Qué sintieron los monjes cuando te tocaron durante el ritual?
La pregunta fue tan precisa, tan quirúrgica, que Elara retrocedió mentalmente.
Alguien más habría preguntado sobre su linaje o su magia; nadie había preguntado sobre la *sensación* del momento de la muerte.
Ella miró a Lysander buscando una trampa en sus ojos negros, pero solo encontró un vacío profundo, un espejo que reflejaba su propio dolor sin juicio ni lástima.
—Se detuvieron —dijo Elara y su voz sonó extraña en la habitación, como si hablara desde lejos—.
La magia de los monjes... era fuego. Quería quemar lo que había en mí.
Pero cuando mis manos tocaron sus rostros...
el fuego se apagó. No hubo llamas. Solo silencio.
Mi magia no proyecta; absorbe. Anulaba su poder justo en el momento del contacto.
Por eso sobreviví. Porque soy un agujero en la realidad, y ellos...
eran demasiado ruidosos para entrar en mí.
Lysander se quedó quieto. El aire en la habitación pareció solidificarse, volviéndose irrespirable.
Sus ojos negros brillaron con una intensidad repentina, como si el fuego de las brasas hubiera pasado a sus pupilas.
Se enderezó levemente, un movimiento involuntario que delató que algo dentro de él se había roto o reconfigurado.
—Absorber —repitió él, casi para sí mismo—. Una variable incontrolable. Si la Iglesia necesita fuego para sus rituales... tú eres el agua que lo apaga. No eres una hereje, Elara. Eres un arma que nadie sabe cómo usar. Y eso es mucho más peligroso que cualquier blasfemia.
Elara sintió un frío recorrerle la columna vertebral.
La verdad de sus palabras era como un puñal helado clavándose en su pecho: no solo eran cazados por sangre, sino por una función práctica, una utilidad mágica que los convertía en amenazas existenciales para el orden establecido.
Se dio cuenta de que Lysander sabía todo esto antes incluso de haberla interrogado.
Su curiosidad intelectual había sido solo la excusa; su verdadera motivación era entender cómo funcionaba esa variable que amenazaba con desestabilizar su control absoluto.
La proximidad entre ellos se volvió física, un campo de fuerza que hacía que cada respiración fuera un acto consciente.
Él no la tocó, pero Elara podía sentir el calor de su cuerpo irradiando sobre sus manos frías, una advertencia silenciosa de poder y dominio.
Quería retroceder, pero sus pies estaban clavados al suelo por el miedo y algo más oscuro: una atracción magnética hacia esa oscuridad que él representaba.
—¿Por qué me preguntas esto? —susurró ella con la garganta seca.
Lysander levantó lentamente su mano derecha.
El movimiento fue fluido, lento, como si estuviera hipnotizado por el gesto propio.
Sus dedos se extendieron hacia el rostro de Elara, deteniéndose a un centímetro de las cicatrices que surcaban su frente pálida.
No la tocó. Solo dejó que sus yemas flotaran allí, creando una barrera invisible, una promesa de contacto que nunca llegaría.
—Porque —respondió él con voz ronca, casi inaudible— quiero saber si es real. Si esta magia... o este vacío en ti... te quema tanto como a mí me quema el miedo de perderlo todo.
El momento colgaba en el aire, frágil y cargado de una tensión sexual que parecía tener peso propio.
Elara no respiró. No parpadeó. Se dejó atrapar en esa distancia infinitesimal, donde la posibilidad de ser tocada era más intensa que cualquier caricia real.
En ese instante, Lysander no parecía un tirano; parecía un hombre a punto de caer al abismo que él mismo había cavado para los demás.
Un golpe seco y brutal contra la puerta de roble interrumpió la danza como un disparo de arcabuz.
El sonido estalló en la habitación, rompiendo el hechizo, deshaciendo el silencio cargado en mil pedazos.
Lysander retiró su mano con una velocidad vertiginosa, recuperando la máscara del rey en menos de un segundo, volviendo a ser la estatua fría y controlada que Elara conocía.
La puerta se abrió con violencia. Un guardia entró seguido por un mensajero envuelto en túnicas negras bordadas con hilos plateados que parecían sangrar bajo la luz tenue del fuego.
En su pecho, el sello inquisitorial brillaba como una mancha de sangre fresca: el emblema de alto nivel del Padre Silas.
—Su Majestad —dijo el mensajero, con voz que no tembló a pesar de estar en presencia del rey más poderoso de Umbra—.
El Padre Silas exige la entrega inmediata de la intrusa bajo sello inquisitorial mayor.
Si no se cumple antes del amanecer, la excomunión será pública y el reino entero caerá bajo la maldición divina.
Lysander tomó el documento que le ofrecían, sus dedos largos pasando sobre el pergamino sin apenas mirarlo.
Lo leyó en silencio, su expresión impasible, mientras Elara sentía cómo el alivio de la interrupción se convertía en una decepción fría y dolorosa en el estómago.
No fue solo miedo lo que sintió al ver a Lysander alejarse; fue la pérdida de ese momento donde él había bajado la guardia, donde ella había visto al hombre detrás del tirano.
—Retírate —dijo Lysander finalmente sin levantar la vista del mensajero—.
El castillo no abrirá sus puertas a ninguna orden externa que no sea firmada por mí mismo.
Y tú... —hizo una pausa, mirando directamente a los ojos de Silas en el sello—.
Dile al Padre que el fuego que él teme apagar es el único que mantiene este reino en pie.
El mensajero se quedó petrificado y luego se inclinó con una rapidez nerviosa antes de salir arrastrándose por la puerta cerrada.
El silencio volvió a caer sobre la habitación, pero ya no era el mismo.
Ahora había una nueva capa de tensión, más densa, cargada con las consecuencias políticas que acababan de desatarse.
Lysander se giró hacia Elara y sus ojos negros brillaron con una intensidad renovada. Ya no estaba perturbado por su magia; ahora lo era por la escalada que él mismo había provocado.
—Parece que hemos hecho un enemigo muy fuerte —dijo él, y en su voz había un destello de algo que no era miedo, sino anticipación de la batalla—. Ahora no es solo una cacería, Elara.