Mi hombre Escorpio (Mis hombres del Zodiaco) Capítulo 7
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Capítulo 7

El mercado de las almas

El aire del Mercado Negro no es solo olor; es una sustancia física que se pega a la piel, espesa y grasienta.

Huele a leña verde quemada, a sudor agrio y a algo dulce podrido que el tiempo ha olvidado fermentar.

Lysander lo conoce demasiado bien. Camina entre las sombras de los callejones como un lobo en territorio ajeno: mirada fija, músculos tensos bajo la túnica negra que intenta ocultar su estatus real con capas de tela áspera y sucia.

Elara camina a su lado, pero no se mueve como una intrusa; se desliza.

—No por aquí —murmura ella sin detenerse, señalando un callejón estrecho a tres pasos del que él había trazado en su mapa mental. Su voz es tan baja que apenas ruge contra el zumbido de las conversaciones ocultas—. La luz de la antorcha ciega al centinela en la esquina.

Lysander se detiene en seco. El aire entre ellos se vuelve eléctrico, cargado con una estática que le eriza el vello del brazo.

Se gira hacia ella y la estudia. No es la mirada de un rey evaluando a una súbdita, ni la de un cazador mirando a su presa; es la mirada de alguien que acaba de encontrar un espejo roto en el suelo y se da cuenta de que puede cortarse con él.

—Lo sabía —dice ella, desviando la vista hacia sus propias botas desgastadas—. Sabía dónde estaban los ojos. No como tú, Rey. Yo sé cómo respiran las sombras.

Él no responde con una orden. Solo asiente, casi imperceptiblemente, y continúa avanzando por el nuevo camino que ella ha marcado.

La tensión entre ellos cambia de forma: ahora es una igualdad incómoda, un terreno neutral donde él no tiene autoridad y ella no tiene miedo.

El ambiente los rodea como una manta húmeda.

Las antorchas parpadean sobre caras que quieren ser invisibles, rostros marcados por la desnutrición o el vicio, ojos que escudriñan con avidez de depredadores hambrientos.

Lysandra Vane los espera detrás de una cortina negra y mugrienta en una trastienda donde el aire es aún más pesado.

Los mapas están extendidos sobre una mesa manchada de aceite rancio y vino viejo, dibujados con tizas que brillan tenuemente bajo la luz tenue.

Ella no saluda; solo señala un punto en la superficie con un dedo largo y delgado.

—Silas Vane —dice Lysandra, su voz como un cuchillo envuelto en terciopelo—. No actúa solo. El dinero que mueve, el oro de los reinos vecinos... viene de aquí. De dentro del Consejo Real.

Lysander inclina la cabeza, sus ojos negros escudriñando los nombres trazados con furia: tres apellidos, tres rostros nobles que han sonreído a su lado durante banquetes. Ninguno confirmado como traidor todavía, pero la sombra de la duda ya se ha posado sobre ellos como un pájaro de presagio.

Elara no dice nada al principio. Su mano se contrae sobre el mapa, los nudillos blancos por la presión.

De repente, sus ojos se clavan en un símbolo dibujado con tinta roja en el margen del pergamino: una runa que quema a quien la mira demasiado tiempo.

Es el símbolo de su clan. El linaje maldito que fue sacrificado para apaciguar dioses muertos.

El mundo deja de existir. El ruido del mercado, el olor a humedad, todo se desvanece en un rugido sordo en sus oídos. Su sangre se congela y luego hierve al mismo tiempo. El aire se le escapa de los pulmones como si alguien hubiera arrancado las costillas de su caja torácica.

—Elara —dice Lysander, pero su voz es apenas un hilo roto en el silencio repentino que ella ha creado.

Él lo nota antes de que ella pueda procesarlo: la palidez repentina, el temblor invisible en sus dedos, la forma en que se retuerce como si le hubieran clavado una espada caliente en el esternón. Sin pensar, sin calcular, sin consultar a su lógica ni a su orgullo, Lysander se mueve.

Un paso adelante. Su cuerpo se interpone entre ella y el mapa, creando un muro físico de carne y hueso contra la revelación que la está destrozando por dentro.

Es un gesto tan rápido que él mismo apenas lo reconoce hasta que ya es irreversible: una interposición involuntaria, un escudo corporal ante el dolor ajeno.

Lysandra observa desde las sombras. No dice nada.

Solo archiva ese dato en su memoria con la misma precisión con que guarda venenos para momentos críticos: *El Rey protege al activo más allá de sus órdenes*.

Guarda el secreto y vuelve a mirar los mapas, pero sus ojos grises plateados brillan con una nueva intensidad calculadora.

Elara respira hondo, forzando el aire a entrar en sus pulmones contra la resistencia de su pecho.

Mira hacia Lysander, buscando en su perfil la frialdad habitual, pero solo encuentra la tensión de un hombre que acaba de traicionarse a sí mismo.

No dice nada. Simplemente siente el calor de su espalda y sabe, con una certeza aterradora, que esa protección no es política. Es más peligrosa que eso.

—Vamos —dice Lysander, sin apartar la vista del mapa—. Hay algo más aquí que necesitamos ver antes de salir.

Pero el tiempo se ha agotado. Al salir a los callejones, el silencio del mercado parece haberse vuelto más pesado, cargado de una anticipación eléctrica que les hace sentir como presas en una trampa.

Justo cuando están a tres pasos de la salida, entre dos edificios que parecen inclinarse hacia ellos para aplastarlos, una sombra se desprendió de la pared lateral.

El atacante emerge sin sonido. Lleva un capuchón oscuro y un cuchillo corto que brilla bajo el reflejo del fuego.

El filo va directo al vientre de Elara, pero ella no espera; sus instintos, forjados en años de supervivencia, se activan antes que su mente.

Se desplaza hacia la izquierda con una fluidez felina.

El acero rasga el aire y corta la tela del antebrazo derecho de Elara. Una línea roja brillante aparece sobre su piel pálida.

Lysander ya está en movimiento. No hay grito, no hay advertencia.

Solo un destello negro de velocidad contenida.

Tres movimientos. Un paso lateral que rompe la guardia del atacante, una llave brutal en el cuello que le corta el flujo sanguíneo al instante, y un golpe seco de su antebrazo sobre el punto exacto donde la columna se une al cráneo.

El hombre cae al suelo de piedra con un golpe sordo, inconsciente antes de tocar el pavimento. Sin sangre. Sin gritos. Solo el silencio ominoso de una ejecución en medio del caos.

Lysander se vuelve hacia Elara instantáneamente. Sus ojos bajan a su antebrazo, donde la sangre brota lentamente, oscura y espesa contra la tela negra. Algo en su cara se tensa, una grieta minúscula en su máscara de control perfecto que él no logra sellar antes de actuar.

Le toma el brazo con las dos manos. No es la restricción de un carcelero; es diferente. Sus dedos son firmes pero cálidos, y hay una urgencia visceral en su toque que contradice todo lo que ha sido hasta ahora.

—No te muevas —susurra él, aunque sus ojos buscan algo más profundo en ella que solo la herida física. Examina el corte como si fuera un mapa de territorio hostil, ignorando las miradas de los transeúntes que huyen al notar su cercanía.

Elara lo mira a él, y luego a sus manos sobre su piel herida.

No dice nada. Siente el calor de su palma mezclándose con la sangre fría del corte, una conexión eléctrica que le recorre la columna vertebral hasta la nuca.

Es un cuidado que no ha recibido nunca, un toque que no es posesión ni sumisión.

—¿Estás bien? —pregunta él, pero la pregunta suena a desafío, como si temiera que ella vaya a decirle que no, o peor aún, que diga que sí y tenga que creerlo.

Ella asiente lentamente, incapaz de articular otra cosa. El silencio se cierra entre ellos más pesado que antes. No hay palabras para lo que acaba de ocurrir: la violencia contenida del rey, el miedo real en sus ojos cuando vio su sangre, la forma en que él se puso en medio de ella sin dudarlo.

Lysander se agacha junto al atacante inconsciente y levanta con cuidado la capucha del hombre.

Bajo el cuello, oculto por la tela sucia, hay un sello tallado en la piel: un símbolo de la Iglesia que brilla con una luz tenue bajo su propia magia.

El mismo sello que los soldados usaban en el bosque para perseguirla.

La sangre se le hiela en las venas a Lysander. La implicación es clara y aterradora: Arion sabía adónde irían. La Iglesia tiene ojos en cada rincón del Mercado Negro, y esta noche no fue una casualidad. Fue una trampa que ya estaba tendida.

Se levanta de un salto, el sello olvidado por la urgencia de lo que sigue. Mira a Elara, cuya piel pálida brilla bajo las antorchas tenues, con los ojos oscuros llenos de algo nuevo: no solo miedo, sino una comprensión compartida del abismo en el que están cayendo.

—Volvemos —dice él, su voz grave y definitiva, sin dejar espacio para dudas o preguntas—. Ahora mismo.

El camino de regreso al castillo transcurre en un silencio que pesa más que cualquier conversación posible. Caminan por las sombras, cada paso resonando como un latido en el suelo frío del mercado.