Mi guion llamado TÚ 33
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Adela

Ha sido la jornada más larga, caótica y extraña de toda mi vida al frente de La Molienda.

Nueve horas de servicio continuo tras el encontronazo, nueve horas de miradas cruzadas por encima de la máquina de café, de roces supuestamente accidentales al pasar junto a los molinillos, de tazas que casi se me resbalan de las manos cada vez que los ojos de Miri buscaban los míos sobre las cabezas de los clientes.

Nada. Hemos sido profesionales hasta el ridículo, rozando la comedia romántica.

Pero ahora ya no hay clientes, ni cierres de caja, ni excusas que inventar.

Entramos a mi piso en un silencio eléctrico, donde el único sonido es el ritmo apresurado de nuestro caminar y el de Mollete que, enseguida sale disparado.

Observo a Miri y siento una punzada ardiente en el bajo vientre, un dolor de necesidad que lleva macerándose todo el día en el fondo de mis entrañas.

Antes de que me dé tiempo a encender la luz del recibidor, el portón se cierra y el recibidor queda sumergido en penumbra, apenas iluminada por la claridad que entra desde el ventanal del salón.

Me giro sobre mis talones. Miri está ahí, a escasos centímetros, aguardando con los labios a medio abrir.

Esta vez no hay alcohol, ni el fantasma de la duda sobre qué demonios significa esto, ni la sombra de su ex flotando en el ambiente. Aunque tampoco hay prisa.

Le quito las gafas con una lentitud deliberada y las dejo sobre la consola del pasillo.

Sin sus cristales de por medio, sus ojos me miran con una intensidad que es capaz de hacerme vibrar el corazón; devorándome, reconociéndome por fin sin máscaras.

Le cojo las manos. Las siento frías por la brisa de la calle y las llevo directamente a mi cintura, haciendo que se pegue a mí.

Miri exhala un suspiro tembloroso y apoya la frente contra la mía.

—Vamos a mi cuarto —murmuro contra sus labios.

Ella se limita a asentir y a rozar su boca contra la mía en un beso diminuto que me eriza hasta la piel.

Cuando llegamos, la ventana está abierta de par en par, y la luz de la luna llena entra a raudales, recortando el contorno de la cama y bañando la estancia en tonos plateados y sombras.

No enciendo ninguna lámpara. Quiero verla bajo esta luz, quiero que el aire fresco de Santander entre por la ventana mientras abrasamos las sábanas.

Nos detenemos al pie de la cama. Miri me mira y yo llevo mis manos hacia su cintura, para empezar a desnudarla mientras siento el calor abrasador de su vientre desnudo. La piel de Miri es maravillosa, real. Y cuando su torso queda expuesto ante mí bajo la luz de la noche, me quedo sin aliento.

Mis ojos recorren su pecho, la curva generosa de sus senos, la peca oscura que tiene justo entre las clavículas, la línea de su cintura y las pecas diminutas que salpican sus hombros como un mapa estelar.

Me inclino hacia delante y apoyo los labios en esa peca de la clavícula.

La beso con devoción, sintiendo cómo se le acelera el pulso debajo de mi boca.

Miri gime flojito, un sonido rasgado que recorre todo mi cuerpo de una manera deliciosa. Sus manos suben a mi nuca, enterrándose en mi pelo, y tiran de mí para buscar mi boca.

Nos besamos. Dios santo, nos besamos como nunca antes nos hemos besado.

Como jamás he besado a nadie. Mi lengua busca la suya con una mezcla de hambre y ternura.

La saboreo a fondo, disfrutando del sabor a café que todavía conserva, de la textura tibia de su boca.

Miri responde abriendo los labios por completo, envolviendo mi lengua con la suya, haciéndome temblar las rodillas.

Mientras nos besamos, las manos de Miri no se quedan quietas.

Descienden por mi cuerpo y también busca desnudarme.

La ropa cae poco a poco, y su pecho desnudo se aprieta contra el mío.

Paso los dedos por sus costillas, amoldando mis palmas a sus caderas, antes de deshacer el beso un segundo, lo justo para mirarnos.

Miri tiene las mejillas encendidas, los labios hinchados y los ojos brillando en la oscuridad.

—Eres preciosa —susurro en su oído, rozando el lóbulo con mis labios antes de descender por su cuello.

Deslizo las manos por su cuerpo, encontrándome con su culo por dentro del pantalón. Y pronto, lo empujo hacia abajo para obligarla a quitárselo y quedarse en bragas frente a mí. Una prenda de algodón que se marcan en la curva redondeada de sus caderas.

Me arrodillo delante de ella. No tengo prisa alguna. Quiero venerar cada milímetro de la mujer que lleva años esperando por mí. Por la que yo también llevo esperando.

Apoyo el rostro contra su vientre. Huelo su piel, y le planto un beso en el ombligo.

Luego otro a la derecha, sobre la cadera.

Miri deja caer la cabeza hacia atrás, respirando a bocanadas profundas, y sus dedos vuelven a enredarse en mi pelo, sujetándome, dándome vía libre para disponer de su cuerpo.

Deslizo la lengua por la piel de su muslo izquierdo, subiendo despacio hacia la ingle.

Noto cómo sus músculos se tensan al contacto con mi saliva, y acaricio con las palmas de las manos la cara interna de sus piernas, abriéndolas un poco.

Con la punta de los dedos, engancho la goma de sus bragas y las bajo con una lentitud casi tortuosa por sus rodillas hasta sacárselas por los pies.

Ahora está completamente desnuda ante mí bajo la luz plateada de la noche.

La miro desde abajo; la belleza sin artificios de un cuerpo de mujer real y hermosa. Miri baja la vista hacia mí y sonríe. Se sabe deseada y se sabe amada. Tal y como siempre debió ser.

Me pongo en pie. Miri me ayuda a quitarme el resto de la ropa hasta que yo también me quedo desnuda. Nos miramos de frente, a escasos centímetros de distancia.

Nos contemplamos sin ropa por primera vez a la luz clara de la luna, y lo hacemos de verdad, reconociéndonos, evaluando el impacto de lo que una vez fuimos y ahora somos.

La cojo de la cintura y la llevo sobre la cama.

Miri cae de espaldas sobre el edredón. Su pelo se desparrama sobre las almohadas y me subo a la cama a gatas, colocándome entre sus piernas. Me apoyó sobre las rodillas y los antebrazos, suspendiendo mi cuerpo justo sobre el suyo.

Nos miramos fijamente a los ojos durante diez segundos. El silencio del dormitorio solo está roto por el murmullo lejano que hay en la calle y nuestras respiraciones.

Me inclino y vuelvo a besarla. Es un beso hambriento, carnal, donde nuestras lenguas se buscan con desesperación. Mientras la beso, bajo una de mis manos entre nuestros cuerpos, buscando el espacio húmedo entre sus muslos.

Acaricio la cara interna de su muslo derecho con las yemas de los dedos, ascendiendo muy despacio.

Miri abre las piernas un poco más, y acomoda su cuerpo al mío de forma natural, ofreciéndose por completo.

La piel le arde, ultrasensible. Deslizo la mano hacia su sexo y descubro que ya está empapada, lista y esperándome.

Un gemido ronco se escapa de la garganta de Miri contra mi boca al sentir el primer roce de mis dedos húmedos contra su coño.

Separó mis labios de los suyos y bajo el rostro hacia su cuello, mordisqueando la piel de su garganta mientras mis dedos empiezan a trabajar abajo.

Acaricio su clítoris con la yema del dedo índice en círculos lentos, sin aplicar demasiada presión.

Miri arquea la espalda sobre el colchón, clavando sus uñas en mis hombros.

—Cómo me gusta que hagas eso —dice Miri.

—Y a mí me gustas tú.

Aumento la velocidad de mi dedo, y siento cómo su clítoris está hinchado, sensible, latiendo bajo mi toque.

Con la otra mano, me sujeto a su cadera, anclándola a la cama para que no se me escape.

Miri empieza a moverse de forma instintiva, buscando el ritmo de mi mano, pidiéndome más con el balanceo de su cuerpo.

Me elevo sobre un brazo para volver a mirarla a los ojos. No quiero perderme ni un solo matiz de su rostro. Tiene los ojos entornados, enfocados en los míos, con las pupilas dilatadas ocupándolo casi todo. Y joder, sus labios tiemblan con cada exhalación.

Paso de los círculos a deslizar mi dedo, rozando la entrada de su sexo con la humedad que su propio cuerpo genera. Miri suelta un suspiro entrecortado que termina en un gemido. Introduzco la punta del dedo corazón dentro de ella.

Está tan caliente, tan húmeda que a mí también se me corta la respiración.

—Mírame —murmuro. Muy cerca de sus albios.

Y ella lo hace. No aparta los ojos de los míos ni un solo instante.

Empujo el dedo entero hacia dentro, despacio, sintiendo cómo sus paredes se contraen alrededor de mí justo cuando introduzco un segundo dedo.

Miri suelta un jadeo sonoro, arqueando la espalda aún más.

Me inclino y me meto uno de sus pezones en la boca, succionándolo mientras mis dos dedos se mueven dentro de ella en un ritmo constante, profundo y cadencioso.

Miri empieza a perder la respiración. Sus manos se aferran a mis sábanas con una fuerza comunal, arrugando la tela.

Sus muslos se mecen a los lados, marcando una danza lenta y abrasadora.

Empujo mis dedos hacia arriba y cuando rozo ese punto de placer, el cuerpo de Miri da una sacudida involuntaria.

—Aah… —gime, llenando toda la habitación.

Entro y salgo de ella con soltura, profundizando en cada embestida, mientras mi pulgar presiona su clítoris en cada movimiento ascendente.

Siento el calor acumulándose en mi sexo, el roce de su cuerpo desnudo contra mí, haciéndome desear correrme con ella. Me acomodo mejor entre sus piernas, dejando que mi sexo se presione contra la parte externa de su muslo a medida que me muevo.

Miri ya no puede mantener la mirada fija; sus ojos se entornan hacia arriba, sus párpados aletean y su boca deja salir una cadena ininterrumpida de suspiros, gemidos y jadeos.

—Eso es… ahí, Adela… ahí…

Yo me concentro en el tacto. En la textura de sus paredes internas abrazando mis dedos.

En el ritmo creciente de sus movimientos.

En la respiración desbocada que choca contra mí.

Noto cómo sus músculos empiezan a pulsar rítmicamente alrededor de mi mano, la señal inequívoca de que está a punto de llegar al orgasmo.

Y cuando vuelvo a buscar su boca con la mía, atrapando sus gemidos en un beso. Miri explota.

Lanza un gemido prolongado, mientras su cuerpo entero tiembla sobre la cama.

Mantengo mis dedos dentro de ella durante todo el clímax, disfrutando de la entrega absoluta de su orgasmo. Le beso los párpados, las mejillas, los labios temblorosos…

Cuando las convulsiones empiezan a remitir, retiro la mano muy despacio.

Sin romper el contacto visual. Y antes de que yo pueda llegar al orgasmo, me arrastra sobre su cuerpo.

Desliza su mano por mi espalda, baja hasta mi cintura y me gira hasta colocarme debajo de ella, mirándonos de frente con las piernas entrelazadas.

Su mano baja sin dudarlo hacia mi sexo y cuando sus dedos rozan mi sexo, suelto un gemido involuntario.

—Dios…, estás ardiendo —murmura cerca de mi boca.

Miri empieza a acariciarme y yo cierro los ojos, echando la cabeza hacia atrás sobre la almohada.

—No hagas eso —me pide Miri—. Quiero ver cómo te corres.

Sus ojos están clavados en los míos, llenos de un amor y una devoción tan apabullantes que se me saltan las lágrimas.

Miri introduce dos dedos dentro de mí y empieza a moverse en un vaivén lento y profundo que me llena por completo. Mientras me penetra con una mano, con la otra me agarra la nuca, atrayéndome hacia ella para besarme.

Mi ritmo respiración se vuelve caótica. Siento la tensión acumularse en la parte baja de mi espalda, y enseguida, aprieto mis piernas alrededor de las suyas, buscando más presión, empujándome contra su mano.

—Eso es, córrete para mí —susurra Miri contra mis labios.

El orgasmo llega enseguida, una ola de placer denso y cegador que me hace arquear la espalda.

Miri no deja de mover los dedos durante mi clímax, prolongando la ola de placer hasta sacarme la última gota de energía. Me besa la sien, el cuello, las mejillas, sujetándome contra su pecho para que no caiga al vacío.

Cuando el último temblor remite, me quedo agotada. Mi respiración es un silbido entrecortado, y el corazón me late tan fuerte contra las costillas que me parece imposible que no rompa la piel.

Miri retira la mano con cuidado y me rodea la espalda con ambos brazos, pegándome a su cuerpo sudoroso y cálido. Me acurruco contra su cuello, escondiendo la cara en el hueco de su hombro. El olor de las dos, nos envuelve en una atmósfera densa, perfecta.

—¿Estás bien? —susurra Miri muy flojito, rozando sus labios contra mi sien.

Asiento, apretándola un poco más fuerte contra mí.

—Mejor que bien —consigo decir, completamente exhausta—. Estoy en casa.

Siento a Miri sonreír contra mi pelo.

—Y yo también.

Subo una pierna y la enredo con las suyas por debajo del edredón, que ha quedado apartado a los pies de la cama.

La cabeza de Miri descansa sobre mi brazo extendido; su cara está a escasos centímetros de la mía.

Nos miramos en la penumbra, sonriendo como si fuéramos dos personas que han llegado al lugar correcto después de un viaje largo y lleno de curvas.

Le planto un último beso en la punta de la nariz. Miri cierra los ojos con un suspiro y acomoda la frente contra mí.

Escucho el sonido a Mollete, acomodándose en su camita al pie de la cama, soltando un resoplido perruno de satisfacción.

El calor del cuerpo de Miri rodeando el mío es la mejor sensación que he conocido jamás.

Y por eso —a los pocos segundos— me quedo dormida con el sonido de su respiración marcando el ritmo de mi corazón, sabiendo que mañana nos despertaremos juntas para abrir La Molienda.

Y esta vez, lo haremos agarradas de la mano.