Mi guion llamado TÚ Epílogo
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Epílogo

Miri

Un año después.

Un borrador se ha convertido en el mejor guion de mi vida. Porque no ya no necesito inventar excusas para regalarle una caricia a Adela cada vez que me cruzo con ella detrás de la barra.

—Si sigues mirándome así, vas a conseguir que vuelque la jarra de leche —murmura Adela sin girarse, aunque sé perfectamente que está sonriendo.

—Solo estoy comprobando que estás haciendo bien el trabajo —murmuro entre bromas, acercándome un paso más por la espalda para apoyar la barbilla en su hombro—. Y controlando que no te bebas el vino blanco antes de que llegue la gente.

—El vino es para la celebración. Y la celebración es por ti, mi preciosa guionista —dice, girándose entre mis brazos.

Me quita las gafas con un gesto rápido, me besa la punta de la nariz y vuelve a ponérmelas, asegurándose de que queden rectas—.

Estás guapísima, por cierto. Esa camiseta de Star Wars debajo de la americana te queda de maravilla.

—Es mi americana de la suerte. La de los días grandes.

Y hoy es, objetivamente, el día más grande de mi vida.

La Molienda está a punto de abrir, pero esta tarde no habrá pizarras con los cafés del día ni clientes con prisas pidiendo un expreso para llevar. La puerta está cerrada al público con un cartel hecho a mano que pone: «Cerrado por celebración personal».

En el centro de la cafetería, las mesas se han despejado para dejar sitio a una bandeja enorme de picoteo y varias botellas de vino enfriándose en cubetas de hielo.

En una esquina, sobre la alfombra de su rincón favorito, Mollete descansa con una pajarita de tela escocesa atada al collar.

Se la ha dejado poner sin protestar a cambio de tres trozos de cecina.

La campanilla de la puerta se oye unos segundos después, interrumpiendo nuestro beso frente a la máquina de café.

—¡Llegó el séquito de fans! —retumba la voz de mi hermano nada más cruzar el umbral.

Viene cargado con un ramo de flores gigante que casi no le deja ver el camino, seguido por el resto del grupo y varios de nuestros clientes habituales, que han terminado convirtiéndose en parte del paisaje de nuestras vidas.

—¡Felicidades! —Álex desplaza a Adela de un empujón cariñoso para envolverme en un abrazo—. ¡Nuestra Miri ha vendido su primera serie!

En cuestión de cinco minutos, la tranquilidad de La Molienda se transforma en un caos maravilloso. Las copas chocan, las risas rebotan en las paredes y el ambiente se llena de un ambiente que me deja con el corazón muy calentito.

—Un momento de atención, por favor —dice Álex, subiéndose a un taburete con su copa de vino en la mano y pidiendo silencio con golpecitos en el cristal—. Ahora que estamos todos aquí para celebrar que Miri ha firmado el contrato con la productora…, quiero cobrar mi apuesta.

—¿Cobrar el qué? —pregunto frunciendo el ceño. Apoyo la espalda contra el pecho de Adela, que me rodea con los brazos por detrás.

—Marcos, me debes cincuenta euros —aclara Álex, mirándolo ahora a él—. Dijiste que estas señoritas nunca iban a saltar al vacío. Y ahora, míralas. ¡Por Miri! ¡Por su guion! ¡Y por el compromiso de dos de las personas más importantes de mi vida!

Un murmullo de risas colectivas recorre toda la cafetería.

Miro a mi alrededor mientras todos brindan a nuestra salud.

Es una sensación casi irreal. Durante años, mi mayor miedo era que la verdad saliera a la luz y arruinara la amistad perfecta que teníamos.

Pensaba que confesar lo que sentía significaría perder a Adela, perder el lugar que sentía como mi hogar.

Y resulta que al otro lado del miedo solo había esto: la gente que nos quiere celebrándonos sin reservas, una copa de vino en la mano y la mujer de mi vida pegada a mi espalda, dándome pequeños besos en el cuello cuando cree que nadie nos mira.

—Oye —me susurra Adela al oído, aprovechando que Álex ha iniciado una discusión con Marcos—. ¿Vas a leerles la dedicatoria o te la vas a guardar solo para mí?

Me doy la vuelta entre sus brazos para mirarla de frente. Saco del bolsillo trasero de mis vaqueros la primera página impresa del piloto, arrugada de tanto doblarla y desplegarla durante estos días de reuniones con los productores.

—Creo que prefiero que la oigan todos —respondo con una enorme sonrisa en los labios.

Así que… me armo de valor y ahora soy yo quien da un par de golpecitos en mi copa para llamar la atención. Las conversaciones se apagan poco a poco y todas las miradas se posan en mí.

—Bueno, antes de que Álex arruine el momento.

O mi hermano Pol quiera intervenir… —empiezo, ganándome un abucheo cariñoso de mi hermano—, quería daros las gracias por estar aquí.

Esta serie no habría existido si no me hubiera pasado años escribiendo diálogos a escondidas en las servilletas de La Molienda entre cliente y cliente.

Y, sobre todo, no habría existido si no hubiera tenido la suerte de enamorarme de la persona más terca, brillante y maravillosa que he conocido jamás.

Busco la mirada de Adela, que me observa con los ojos ligeramente empañados por la emoción.

—El primer episodio de la serie está dedicado a ella —sonrío, y después leo el papel—. Por ser la musa que nunca pidió serlo, por los cafés infinitos a altas horas de la madrugada y por demostrarme que el mejor guion de mi vida no lo escribí yo: lo vivimos juntas.

El aplauso que estalla en la cafetería es ensordecedor.

Pol suelta un silbido, Sara se limpia una lágrima y Mollete se levanta de su alfombra para dar un par de ladridos de aprobación antes de volver a tumbarse.

Adela no espera a que termine el barullo: me coge de las solapas de la americana, me atrae hacia ella y me besa de verdad, sin prisas, sin timidez y sin importarle lo más mínimo que estemos rodeadas de espectadores.

Horas más tarde, el murmullo de las voces se ha ido apagando hasta desaparecer por completo.

La fiesta ha terminado. Mi hermano se ha llevado a los últimos supervivientes a un bar cercano y nosotras nos hemos quedado a solas en La Molienda.

La luz principal está apagada y solo queda encendida la tira cálida que recorre la parte inferior de la barra y la lámpara de pie del rincón, donde hace un par de meses pusimos una zona de lectura.

El silencio de la cafetería de noche es uno de mis sonidos favoritos en el mundo.

Estoy sentada sobre la mesa de madera del fondo, con las piernas colgando, viendo cómo Adela termina de pasar un paño húmedo por la superficie de la máquina de café.

Se ha quitado el delantal y lleva puesta una de mis sudaderas viejas —que le queda ligeramente grande en los hombros— y su pelo rizado cae a cascadas sobre su cuello y espalda.

—Ya está todo listo para mañana —dice, dejando el paño a un lado y caminando despacio hacia mí—. Dani abrirá el turno de mañana, así que no tenemos que madrugar.

Se coloca entre mis piernas abiertas y apoya las manos en mis muslos. Yo le rodeo el cuello con los brazos, atrayéndola un poco más hacia mi cuerpo.

—Me gusta verte con mi ropa… —admito, acariciándole la nuca con la yema de los dedos.

—Y a mí me gusta que tu ropa ocupe la mitad de mi armario en casa. O bueno, de nuestro armario.

Nos quedamos así un momento, meciéndonos en la penumbra de la cafetería. Mollete ronca suavemente desde su rincón, sumido en un sueño profundo y lleno de restos de cecina.

—¿Te da miedo? —me pregunta de pronto Adela, y levanta la mirada para fijarla en la mía—. Lo de la serie. El rodaje, los cambios de ritmo… Es un salto muy grande.

Me quedo pensativa un segundo. Es verdad que el futuro viene cargado de incertidumbre, de plazos de entrega vertiginosos, de reescrituras de guion a contrarreloj y de viajes que nos obligarán a organizarnos de otra manera.

Pero cuando miro a la mujer que tengo delante, el vértigo desaparece por completo.

—Un poco —reconozco con sinceridad—. Pero luego me acuerdo de que hace un año me moría de miedo solo de pensar en decirte que te quería. Y mírame ahora. Si sobreviví a eso, puedo sobrevivir a cualquier sala llena de profesionales.

Adela sonríe y mis ojos se quedan anclados en su lunar.

—Vas a ser la mejor. Y yo voy a estar ahí para prepararte el mejor café de especialidad del mundo cada vez que te quedes bloqueada en una escena.

—Vaya, ningún otro guionista del país tiene un servicio de cáterin tan increíble.

—Ventajas de acostarte con la dueña…

Me río contra sus labios justo antes de que vuelva a besarme. Cuando nos separamos, apoyo mi frente contra la suya.

He pasado años intentando escribir la historia perfecta sobre el papel, buscando las palabras exactas, los giros de guion adecuados y los finales felices que hicieran suspirar a los espectadores.

Pero mientras recojo mis cosas, le doy la mano a Adela y apagamos la última luz antes de salir a la calle con Mollete, me doy cuenta de una cosa: las mejores historias no son las que se planifican en un ordenador.

Son las que te despeinan, las que te rompen los esquemas y las que se viven con la persona que tienes al lado. Las que acaban siendo…

Mi guion llamado TÚ.